Capítulo 27
Lola apareció en casa un viernes por la tarde con una bolsa enorme colgada del brazo, una sonrisa demasiado satisfecha y esa energía suya que siempre parecía anunciar que había tomado una decisión por todos los presentes.
Sofía, que estaba en el salón terminando un dibujo, levantó la cabeza en cuanto la vio entrar y se le iluminó la cara.
—Traigo una propuesta —anunció, dejando la bolsa sobre una silla—. Y antes de que nadie diga nada, es una propuesta maravillosa.
Yo la miré desde la cocina, donde estaba guardando unos vasos.
—Cuando empiezas así, normalmente alguien acaba metido en un lío.
—Eso es una calumnia.
—Es estadística.
Lola me ignoró con absoluta dignidad y se agachó frente a Sofía.
—Señorita, esta noche te propongo una noche de chicas en mi casa. Cena especial, peli, palomitas, chocolate y permiso para dormir tarde, pero no demasiado, porque luego tu madre me mira con cara de inspectora de Hacienda.
Sofía abrió mucho los ojos.
—¿Con mamá?
—No —respondió Lola, muy seria—. Mamá no está invitada.
Yo dejé el vaso que tenía en la mano.
—Perdona.
Sofía frunció el ceño.
—¿Y por qué mamá no?
—Porque mamá tiene planes.
Me dejó petrificada.
—Mamá no tiene planes.
Lola ni siquiera se giró hacia mí.
—Pues, en ese caso, que los haga.
Sofía nos miró a las dos, interesadísima de repente por un asunto que, hasta hacía tres segundos, no tenía nada que ver con ella.
—¿Qué planes?
—Planes de adulta —contestó Lola.
—Eso suena aburrido.
—No necesariamente.
—Lola —la advertí.
Entonces sí se volvió hacia mí, con una expresión de inocencia tan falsa que casi merecía una denuncia.
—Lucía, cariño, ya es hora.
—¿Hora de qué?
—De que quedes con Óscar.
Noté que el calor me subía al cuello con una rapidez ridícula. Me habría gustado fingir que no entendía de qué hablaba, pero Lola llevaba semanas mirándome como si yo fuera una novela romántica con letra enorme y final anunciado desde el primer párrafo.
—Óscar y yo nos vemos casi todos los días.
—Exacto. Y ya va siendo momento de que os veáis sin que haya una niña, tres tazas de chocolate y una excusa de por medio.
Sofía levantó la mano.
—Yo no molesto.
—Tú eres maravillosa —le dijo Lola—, pero esta noche vas a ser maravillosa en mi casa.
Yo crucé los brazos.
—No voy a llamar a Óscar ahora para pedirle que cene conmigo porque tú hayas organizado un secuestro infantil con palomitas.
—No es un secuestro si la víctima acepta.
—Yo acepto —dijo Sofía de inmediato.
—Traición —murmuré.
Lola sonrió con una satisfacción insoportable.
—Mira qué fácil. Ahora solo falta que tú hagas tu parte.
Podría haberme negado. De hecho, durante unos segundos estuve convencida de que iba a hacerlo.
Tenía varias razones preparadas, todas bastante razonables: que era precipitado, que no quería confundir las cosas, que Sofía quizás se arrepentiría a última hora, que no era el momento.
El problema era que ninguna de aquellas razones sonaba del todo verdadera ni siquiera dentro de mi cabeza.
La verdad era mucho más sencilla y mucho más natural: me apetecía.
Me apetecía cenar con él. Me apetecía verlo sin que una parte de mí estuviera pendiente de Sofía, de la casa, del caso o de cualquier otra obligación.
Me apetecía mirarlo desde el otro lado de una mesa y descubrir qué pasaba si, por una noche, dejábamos de fingir que todo aquello era solo una amistad especial.
Lola debió de leerme la respuesta en la cara porque me tendió el móvil.
—Llámalo.
—Eres insoportable.
—Y eficaz.
Óscar contestó al tercer tono. Al escuchar su voz, casi me arrepentí, aunque ya era demasiado tarde para escapar con dignidad.
—Hola, Lucía. ¿Va todo bien?
—Sí, sí. Todo bien. Solo quería preguntarte una cosa.
Lola me observaba con los brazos cruzados y una sonrisa de directora de orquesta.
—Dime.
Respiré hondo.
—¿Tienes planes esta noche?
Hubo un silencio breve al otro lado. No fue incómodo, pero sí lo bastante largo como para que yo entendiera que él también había notado algo distinto en la pregunta.
—No —respondió—. Todavía no.
—Pues… si te apetece, podríamos cenar juntos tú y yo. Sofía se va con Lola.
Mi amiga levantó los dos pulgares como si acabara de ganar una competición internacional.
—Me apetece mucho —dijo Óscar, y su voz sonó más baja, más cálida—. Muchísimo, de hecho.
Aquello terminó de desarmarme.
Quedamos a las nueve.
Lola y Sofía se marcharon un rato después, cargadas con la mochila de la niña, la bolsa de planes maravillosos y una cantidad de entusiasmo que habría iluminado media ciudad.
Cuando la casa quedó en silencio, me sentí rara. No era la primera vez que Sofía dormía fuera, pero aquella noche la ausencia tenía otro peso. No me quedaba sola para descansar, ordenar o intentar recomponerme. Me quedaba sola para prepararme para una cita.
Una cita con Óscar.
La palabra me dio vértigo.
Me duché con más cuidado del necesario, me sequé el pelo despacio y abrí el armario como si no conociera ni una sola de las prendas que había dentro.
Me probé un vestido negro y lo descarté porque me parecía demasiado evidente.
Después me puse unos pantalones elegantes, una blusa suave y unos pendientes que hacía meses que no usaba.
Me maquillé lo justo para reconocerme mejor, no para esconderme, y cuando me miré al espejo sentí algo que llevaba mucho tiempo sin sentir.
Me vi guapa.
No perfecta. No segura del todo. No completamente libre del miedo que todavía vivía en alguna parte de mí. Pero guapa. Viva. Capaz de salir a cenar con un hombre que me gustaba y permitir que aquello fuera importante.
Óscar llegó puntual. Cuando abrí la puerta, se quedó un segundo mirándome sin disimular demasiado.
—Estás preciosa.
No lo dijo como un cumplido automático. Lo dijo con una sinceridad tan limpia que me costó sostenerle la mirada.
—Gracias. Tú tampoco estás mal.
Sonrió.
—Intentaré no dejar que eso se me suba a la cabeza.
—Tarde.
Cenamos en un restaurante pequeño, tranquilo, con mesas de madera y luces cálidas. Al principio hablamos de cosas triviales, quizás porque los dos necesitábamos acostumbrarnos a estar allí de aquella manera.
Me contó alguna anécdota del trabajo, yo le hablé de Sofía y de las ideas que tenía para los dibujos que quería hacerle a Jorge, y durante un rato todo fue fácil. Muy fácil.
Después la conversación fue cambiando.
No sé quién bajó primero la guardia. Tal vez los dos lo hicimos al mismo tiempo.
Óscar me habló de su familia, de su madre, de la forma en que ella siempre intentaba alimentarlo como si siguiera teniendo quince años, y yo le conté cosas de mi vida que no tenían que ver con el miedo ni con Javier ni con todo lo que había pasado.
Cosas pequeñas. Tonterías. Recuerdos. Gustos. Manías.
Me di cuenta de que él escuchaba con una atención que no buscaba respuestas rápidas. Óscar sabía quedarse en lo que una decía; no pasaba por encima de las palabras.
En algún momento, mientras reíamos por una historia absurda de su adolescencia, sentí que algo se aflojaba dentro de mí.
No desaparecía mi pasado, no se borraban mis heridas, pero dejaban de ocupar toda la mesa. Había espacio para otra cosa. Para sus ojos sobre mí. Para mis ganas de seguir allí. Para esa inquietud dulce que me nacía en el estómago cada vez que sus dedos rozaban los míos junto a la copa.
Al salir del restaurante, caminamos un rato antes de ir al coche. La noche estaba fresca y yo me abrigué con la chaqueta, aunque no tenía frío de verdad.
Óscar caminaba a mi lado, cerca pero sin invadir. Esa era una de las cosas que más me desconcertaba de él. Nunca empujaba. Nunca reclamaba. Me dejaba avanzar a mi ritmo, pero no se alejaba tanto como para hacerme dudar de que quería estar allí.
Cuando me llevó a casa, ninguno de los dos se apresuró a despedirse. El coche quedó detenido frente al portal y, durante unos segundos, permanecimos en silencio. Yo notaba los latidos en la garganta.
—Gracias por la cena —dije.
—Gracias a ti por llamarme.
—Lola prácticamente me obligó.
—Tendré que darle las gracias también a Lola.
Me reí, nerviosa.
—No se las des demasiado. Se vendrá arriba.
Óscar sonrió, pero no apartó la mirada de mí.
—Me alegro de que lo hiciera.
Aquella frase me dejó sin defensa.
Podría haberme bajado del coche. Podría haberle dado las buenas noches con un beso en la mejilla y subir sola, despacio, intentando ordenar todo lo que había sentido. Pero no quería que la noche terminara todavía. Y, por una vez, decidí no esconderme detrás de la prudencia.
—¿Quieres subir un rato?
Óscar me miró con una intensidad tranquila.
—Solo si estás segura.
—Lo estoy.
Subimos sin decir demasiado. Al entrar en casa, encendí una lámpara del salón y dejé el bolso sobre una silla. La ausencia de Sofía se notaba en cada rincón, pero no de una forma triste. Era como si la casa hubiera abierto un paréntesis para nosotros.
—¿Quieres tomar algo? —le pregunté.
—Agua está bien.
Fui a la cocina más por necesidad de hacer algo que por sed. Saqué dos vasos, los llené y tardé unos segundos de más en volver. Cuando regresé, Óscar estaba de pie junto al sofá, mirando una fotografía de Sofía que había sobre una estantería. Al verme, la dejó con cuidado.
—Es una niña increíble.
—Lo es.
—Se parece a ti.
—Tiene más carácter.
—Entonces se parece mucho a ti.
Le di su vaso intentando parecer ofendida, pero no lo conseguí.
Nos sentamos en el sofá, al principio con una distancia prudente entre los dos.
Hablamos de Lola, de Sofía, de la cena, de cualquier cosa que nos permitiera prolongar el momento sin nombrar lo evidente.
Pero lo evidente estaba allí. En la manera en que él me miraba.
En mi respiración más torpe. En esa corriente silenciosa que nos iba acercando sin que ninguno de los dos tuviera que moverse demasiado.
Óscar fue el primero en quedarse callado.
Yo también.
Entonces levantó una mano despacio y me apartó un mechón de la cara. Fue un gesto mínimo, pero me atravesó entera. No hubo prisa. No hubo brusquedad. Solo sus dedos rozándome la piel con una delicadeza que me hizo cerrar los ojos un instante.
—Lucía —murmuró.
Abrí los ojos.
—Sí.
No sé si aquello fue una respuesta o un permiso. Quizás las dos cosas.
Óscar se inclinó hacia mí y me besó.
Fue un beso suave al principio, casi una pregunta.
Sus labios tocaron los míos con tanto cuidado que sentí una emoción infantil, inmensa, crecerme dentro del pecho.
Después fui yo quien se acercó un poco más, quien apoyó una mano en su camisa y le respondió.
Entonces el beso cambió. Se volvió más hondo, más real, más nuestro.
No tuvo nada de violento ni de precipitado.
Fue un descubrimiento lento, esperado, precioso.
La confirmación de algo que llevaba semanas construyéndose en las visitas diarias, en las tazas compartidas, en los planes improvisados, en las miradas que ninguno de los dos había querido interpretar demasiado pronto.
Cuando nos separamos, apoyé la frente cerca de la suya y me quedé respirando con dificultad.
—Tengo miedo —le confesé.
Óscar no se apartó. Tampoco fingió no entender.
—Lo imagino.
—Nunca me han salido bien las cosas con los hombres.
Me costó decirlo. Me costó porque sonaba a derrota, porque no quería llevar todo mi pasado hasta ese sofá y colocarlo entre los dos, pero tampoco podía empezar algo con él fingiendo que yo era una mujer sin cicatrices.
Óscar me tomó la mano.
—No tienes que confiar en mí de golpe.
Lo miré.
—¿Y si no sé hacerlo?
—Entonces lo aprenderemos despacio.
Apreté los dedos sobre los suyos.
—No quiero estropearlo.
—No tienes que hacer nada perfecto, Lucía.
—Me cuesta creer eso.
—Ya lo sé.
Su paciencia me desarmaba más que cualquier promesa.
—Puedo ir muy poco a poco —añadió—. Todo lo poco a poco que necesites. No tengo prisa.
Intenté sonreír, aunque los ojos se me habían llenado de lágrimas.
—Eso dices ahora.
—Lo digo ahora y lo diré mañana.
—Tengo mucha paciencia, que conste.
Él arqueó una ceja.
—¿De veras?
—Muchísima.
—Hemos tardado muchas semanas en besarnos. No puedo objetar nada. Te lo compro.
Óscar sonrió, y esa sonrisa me acarició por dentro antes incluso de que volviera a tocarme.
—Lo bueno se hace esperar.
Me reí bajito, todavía emocionada, y él aprovechó ese instante para besarme otra vez.
Esta vez no hubo sorpresa. Solo una certeza cálida extendiéndose por mi cuerpo.
Me permití disfrutarlo sin adelantarme al miedo, sin pensar en lo que podía salir mal, sin buscar el final antes de haber aceptado el principio.
Cuando volvió a separarse, me acarició la mejilla con el pulgar.
—Voy a lograr que confíes —dijo—. No porque te lo pida, sino porque te lo voy a demostrar.
Me quedé mirándolo, con el corazón demasiado abierto y las defensas demasiado cansadas.
—Eso suena difícil.
—Las cosas importantes suelen serlo.
—Y tú eres muy cabezota.
—Mucho.
—Eso puede ser útil.
—Pienso utilizarlo a tu favor.
No supe qué responder. Así que hice lo único que, por una vez, no me dio miedo hacer.
Me acerqué y lo besé yo.
Óscar me recibió con una ternura que me rompió algo antiguo y me construyó algo nuevo al mismo tiempo. Aquella noche no hubo más promesas ni declaraciones imposibles. Solo nosotros dos en el sofá, besándonos despacio, aprendiendo el sabor de un comienzo que ninguno quería forzar.
Y, mientras sus brazos me rodeaban con cuidado, pensé que quizás el amor no siempre llegaba como una tormenta destinada a arrasarlo todo.
A veces llegaba como Óscar.
Con una taza propia en tu cocina, una paciencia infinita y la firme decisión de quedarse el tiempo suficiente para que dejaras de temblar.