Todo lo que haría por ti Capítulo 26 #2
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Capítulo 26 #2

Asentí, aunque algunas heridas no desaparecían porque alguien pronunciara las palabras correctas.

—¿Y Jorge?

La expresión de Óscar cambió.

Jorge había quedado en libertad mientras avanzaba el procedimiento.

Su situación era completamente distinta a la de Javier.

Había participado en hechos graves y tendría que responder por ello, pero también se había tenido en cuenta que actuó condicionado por su drogadicción, por las deudas que acumuló y por la presión que Javier ejerció sobre él aprovechándose precisamente de su vulnerabilidad.

A eso se sumaban su colaboración desde el principio, el hecho de que su declaración hubiera resultado decisiva y, sobre todo, su delicadísimo estado de salud.

—No existe riesgo de fuga —me explicó Óscar—. Apenas puede desplazarse sin ayuda algunos días. Sigue con el tratamiento, pero...

No terminó la frase.

No era necesario.

—¿Está peor?

Óscar asintió.

Sentí una punzada que no supe interpretar.

Jorge me había hecho daño. Mucho. Tomó decisiones imperdonables y permitió que su adicción destruyera cuanto encontraba a su paso.

Yo había pasado años enfadada con él, decepcionada y agotada de esperar que se convirtiera en el hombre que nunca había conseguido ser. Y lo último fue ya el colmo.

Sin embargo, era el padre de Sofía.

Y se estaba muriendo. La vida no le trató bien. Jorge era jovencísimo, estaba empezando a vivir y, no obstante, todo apuntaba a que iba a dejar de hacerlo.

—Quiere verla —dijo Óscar.

Levanté los ojos.

—¿A Sofía?

—Sí.

—¿Para qué?

Óscar tardó unos segundos en responder.

—Para despedirse.

Llevé a nuestra hija a su casa unos días después.

Yo había hablado antes con Sofía y le había explicado que su padre estaba muy enfermo, aunque no quise anticiparle todo lo que él deseaba contarle. No sabía si había hecho bien.

En realidad, desde que era madre había descubierto que la mayoría de las decisiones importantes se tomaban sin tener ninguna certeza.

Cuando abrió la puerta, me costó reconocerlo.

Había adelgazado todavía más. Caminaba despacio y la ropa parecía colgar de un cuerpo que se había quedado demasiado pequeño. Tenía la piel apagada, los ojos hundidos y una fragilidad que jamás habría relacionado con el hombre que yo había conocido.

Óscar nos acompañó. Vino porque yo se lo había pedido, aunque se mantuvo apartado y dejó claro que podía marcharse si Jorge prefería estar a solas con nosotras.

—Quédate —dijo él.

Solo pronunció aquella palabra.

Sofía apareció en el salón y se detuvo al verlo.

Durante unos segundos, ninguno de los dos supo qué hacer.

—Hola, princesa —dijo Jorge finalmente.

—Hola, papá.

Ella se acercó despacio.

—Estás muy delgado.

Jorge sonrió.

—Sí. No estoy comiendo todo lo que debería.

—Mamá dice que hay que comer de todo.

—Tu madre siempre ha sabido hacer las cosas mejor que yo.

Aquella frase me escoció en lo más profundo de mi ser.

Sofía se sentó frente a él. Jorge la miró durante un largo rato, intentando memorizar cada detalle de su cara, y yo comprendí que había imaginado aquella conversación muchas veces sin encontrar una forma menos terrible de empezar.

—Estás aquí porque necesito contarte una cosa importante.

—¿Qué cosa?

—Tengo que hacer un viaje.

Sofía frunció el ceño.

—¿Adónde?

Jorge tragó saliva.

—Al cielo.

La niña se quedó completamente quieta.

—¿Te vas a morir?

Jorge cerró los ojos un instante antes de responder.

—Sí, cariño.

—¿Cuándo?

—No lo sé.

—¿Mañana?

—No creo.

—¿La semana que viene?

—Tampoco lo sé.

—Entonces no sabes nada.

A Jorge se le escapó una risa triste.

—No. En eso tienes razón.

Sofía bajó la cabeza y comenzó a mover los dedos sobre sus rodillas. Yo quise acercarme, pero me obligué a permanecer donde estaba. Aquel momento les pertenecía a ellos.

—No quiero que te mueras —dijo finalmente.

La cara de Jorge se descompuso.

—Yo tampoco quiero morirme todavía.

—Pues no lo hagas.

Él tuvo que apartar la mirada.

—Ojalá fuera tan fácil.

Sofía empezó a llorar. Jorge alargó una mano y ella se dejó tocar la mejilla.

—Necesito decirte otra cosa —continuó—. Yo no he sido un buen padre.

—A veces no venías.

—Lo sé.

—Y otras veces prometías cosas y no las hacías.

—También lo sé.

—Mamá se enfadaba mucho contigo.

—Tu madre tenía motivos para enfadarse.

Yo sentí que se me llenaban los ojos de lágrimas.

Jorge respiró con dificultad antes de continuar.

—He cometido muchos errores, Sofía. He hecho cosas muy mal y he herido a personas que no lo merecían.

También he hecho daño a tu madre y a ti.

No puedo cambiar eso, aunque me gustaría.

Pero necesito que sepas que te quiero. Te he querido siempre, incluso cuando estaba tan perdido que no sabía demostrarlo.

—Pues tenías que haber aprendido.

Jorge comenzó a llorar.

—Sí. Tenía que haber aprendido.

Sofía lo miró durante unos segundos y entonces se levantó para abrazarlo.

Jorge la rodeó con los brazos y cerró los ojos. Yo tuve que apartar la cara. No sé cuánto tiempo permanecieron así, pero sentí que cada segundo pesaba más que el anterior.

Cuando nos marchamos, Sofía estaba tratando de procesar la noticia.

—¿Va a morirse de verdad?

Me agaché frente a ella.

—Sí, cariño.

—Pero no sabemos cuándo.

—No.

—Entonces puede tardar mucho.

No supe qué contestar.

Óscar se acercó y se agachó a su altura.

—Puede tardar un tiempo —dijo—. Y mientras tanto puedes pensar qué cosas quieres decirle o hacer para él.

Sofía se secó las lágrimas.

—¿Puedo hacerle un dibujo?

—Claro.

—¿Y muchos?

—Todos los que quieras.

—¿Y se los puede llevar al cielo?

Óscar guardó silencio unos segundos.

—Yo creo que las cosas que queremos de verdad siempre encuentran la forma de acompañarnos.

Sofía lo miró con atención y después asintió.

Aquella noche fue muy difícil. Lloró durante la cena, volvió a llorar mientras se duchaba y, cuando la acosté, me preguntó varias veces si las personas que iban al cielo podían seguir viendo a quienes se quedaban aquí.

Intenté responder lo mejor que pude, pero llegó un momento en el que ya no sabía qué decir.

Cuando por fin se quedó dormida, salí de su habitación y encontré a Óscar esperándome en el pasillo.

—No sé cómo ayudarla —dije.

—Ya la estás ayudando.

—No puedo arreglar esto.

—Porque esto no se puede arreglar, Lucía.

Aquella respuesta me dolió precisamente porque era verdad.

—Entonces, ¿qué hago?

—Te quedas con ella. La escuchas. La dejas llorar cuando necesite llorar y reír cuando le apetezca reír sin que se sienta culpable por hacerlo. No puedes evitarle este dolor, pero puedes impedir que lo atraviese sola.

Noté que las lágrimas empezaban a caerme.

—Ha pasado por demasiadas cosas.

—Sí.

—Es una niña. Una niña que ha sufrido mucho.

—Soy consciente de ello, Lucía.

—No es justo.

—No. No lo es. No lo es en absoluto. Pero te tiene a ti.

Óscar no intentó convencerme de que todo iba a salir bien. No me pidió que fuera fuerte ni buscó una frase bonita con la que disfrazar lo que estaba ocurriendo. Simplemente se acercó y me abrazó.

Yo me aferré a él.

Lloré por Sofía, por Jorge, por mí misma y por todos los meses separadas que nadie podía devolvernos. Lloré por el hombre que Jorge había sido, por el padre que no había sabido ser y por esa despedida que mi hija tendría que aprender a guardar en algún lugar de su memoria.

Óscar permaneció conmigo hasta que escuchamos unos pasos.

Sofía apareció al final del pasillo con el pelo revuelto y los ojos hinchados.

—No puedo dormir.

Me separé de Óscar y fui hacia ella, pero él se agachó antes.

—Yo tampoco.

Sofía lo miró.

—Tú no estabas durmiendo.

—Por eso. Es imposible dormir cuando uno no lo intenta.

Ella estuvo a punto de sonreír.

Óscar propuso hacer chocolate caliente. Eran más de las once de la noche y yo debería haber dicho que no, pero terminamos los tres en la cocina.

Sofía bebió chocolate con demasiadas nubes, Óscar aseguró que aquella noche todas las normas quedaban suspendidas y yo le recordé que en mi casa las normas las ponía yo.

—Eso ha sonado autoritario —repuso.

—Soy la madre.

—Entonces retiro mi protesta.

—Cobarde —murmuró Sofía.

Óscar se llevó una mano al pecho.

—Esta familia me trata fatal.

Sofía se rio.

Fue una risa pequeña y todavía cargada de tristeza, pero me pareció el sonido más hermoso que había escuchado en todo el día.

Más tarde, cuando conseguí acostarla de nuevo, regresé a la cocina y encontré a Óscar lavando las tres tazas.

—No tienes que hacer eso.

—Ya lo sé.

Me quedé observándolo durante unos segundos.

Había llegado a nuestras vidas como el detective que investigaba a Javier León y como el sobrino de Gertrudis. Después se había convertido en el hombre que había creído en mí, que buscó la verdad y que me ayudó a recuperar a mi hija.

Ahora formaba parte de nuestras vidas sin pedir nada a cambio, tenía una taza propia en nuestra cocina, organizaba excursiones, conseguía que Sofía se riera cuando parecía imposible y se quedaba a mi lado cuando yo no sabía cómo seguir adelante.

No había irrumpido en nuestras vidas. No había forzado ningún espacio ni había intentado ocupar un lugar que no le correspondía. Había sucedido de una forma mucho más sencilla y, quizás por eso, mucho más peligrosa.

Óscar había empezado a formar parte de nuestra casa con tanta naturalidad que ninguna de las dos había visto cómo ocurría.

Y aquella noche, mientras lo observaba secar una taza que Sofía ya consideraba suya, comprendí que había algo todavía más inquietante.

Yo tampoco quería imaginar aquella casa sin él.