Capítulo 26
Los días posteriores fueron adquiriendo una normalidad que, durante las primeras semanas, me costó incluso reconocer.
Después de tanto tiempo viviendo pendiente de cualquier ruido, de cualquier llamada y de cualquier amenaza que pudiera aparecer de la nada, despertar por las mañanas y comprobar que no había sucedido nada durante la noche se convirtió en una sensación extraña.
Supongo que una se acostumbra también al miedo cuando lo soporta demasiado tiempo. Yo había aprendido a convivir con él hasta tal punto que, cuando comenzó a desaparecer, dejó tras de sí un espacio enorme que no sabía muy bien con qué llenar.
Sofía, en cambio, parecía tener una capacidad mucho mayor para aceptar la tranquilidad.
Volvió poco a poco a sus rutinas, a sus dibujos, a sus preguntas interminables y a esa costumbre de dejar objetos en los lugares más insospechados de la casa.
Había días mejores y días peores, por supuesto, y algunas noches todavía se despertaba sobresaltada y venía corriendo a mi cama, pero cada vez ocurría con menos frecuencia.
Yo no le pedía que olvidara nada. Ni siquiera sabía si eso era posible.
Me conformaba con verla recuperar espacios de su infancia que nunca debería haber perdido.
Y, en medio de aquella nueva vida que las dos estábamos intentando construir, Óscar empezó a ocupar un lugar cada vez más importante sin que ninguna de nosotras se diera cuenta de cuándo había sucedido exactamente.
Al principio, todas sus visitas tenían un motivo perfectamente razonable. Al menos, eso era lo que él pretendía hacerme creer.
Pasaba por casa para contarme alguna novedad relacionada con Javier León, para preguntarme si había recordado algún detalle que pudiera resultar útil o para informarme de los avances de la investigación.
Después comenzó a aparecer con documentos que perfectamente podría haberme enviado por correo y con noticias que perfectamente podría haberme comunicado por teléfono. Más adelante, las excusas se volvieron directamente de lo más divertidas.
—Estaba por la zona —me dijo una tarde, cuando abrí la puerta y lo encontré con una bolsa de una pastelería en la mano.
Miré hacia la calle y después volví a mirarlo a él.
—¿Por la zona?
—Sí.
—Óscar, tú vives a veinte minutos de aquí.
—Depende del tráfico.
—Y trabajas en la dirección contraria.
—También depende del tráfico.
—No, eso no depende del tráfico.
Se quedó pensativo durante unos segundos, buscando una explicación que pudiera salvarlo.
—He dado una vuelta.
—Una vuelta más larga que un día sin pan —le dije, risueña.
—Necesitaba despejarme.
—¿Y despejarte te ha llevado exactamente hasta mi puerta?
Levantó la bolsa que llevaba en la mano.
—He traído pasteles.
—Eso no responde a mi pregunta.
—Pero mejora mucho la conversación.
Sofía apareció entonces detrás de mí y, en cuanto vio la bolsa, decidió que cualquier interrogatorio debía darse por concluido.
Óscar entró en casa con la satisfacción de quien acababa de ser absuelto de todos los cargos y, menos de media hora después, los tres estábamos sentados alrededor de la mesa de la cocina discutiendo sobre quién se había comido el último pastel de chocolate.
Ese tipo de escenas empezó a repetirse cada vez con mayor frecuencia.
Óscar pasaba por casa prácticamente a diario, aunque nunca daba la impresión de que estuviera imponiendo su presencia.
Algunas veces se quedaba apenas diez minutos y otras terminaba cenando con nosotras porque Sofía insistía en que no podía marcharse justo cuando íbamos a pedir una pizza o porque yo había cocinado demasiado y, según él, desperdiciar comida era un delito gravísimo que podía obligarlo a intervenir.
No sé en qué momento dejamos de preguntarle si se quedaba a cenar. Simplemente poníamos un plato más sobre la mesa.
Tampoco sé cuándo empezó a tener una taza preferida en nuestra cocina. Era una enorme, de color azul, que Sofía le había asignado porque decía que las demás eran demasiado pequeñas para él. Una mañana la encontré lavándola y colocándola cuidadosamente en un estante distinto.
—¿Qué haces?
—Esta es la taza de Óscar.
—Ya sé cuál es.
—Pues por eso. Tiene que estar aquí.
—¿Por qué?
Me miró con la paciencia de quien intenta explicar algo evidente a una persona especialmente lenta.
—Porque así sabemos dónde está cuando venga.
No contesté.
Aquella frase se quedó conmigo durante todo el día. “Cuando venga”. No si venía. Ni siquiera cuando volviera a venir. Para Sofía, la presencia de Óscar ya formaba parte de la rutina de la casa. Y, aunque me costara reconocerlo, para mí también.
Había aprendido a identificar el sonido de su coche antes de que se detuviera frente a la puerta. Algunas tardes me descubría mirando la hora sin motivo aparente y, cuando él aparecía poco después, comprendía que en realidad sí existía un motivo.
Me había acostumbrado a sus mensajes preguntando si necesitábamos algo, a sus llamadas breves y a la manera en que se preocupaba por las dos sin hacernos sentir débiles o incapaces, sino solo queridas.
Óscar no llegaba a nuestra casa dispuesto a rescatarnos. No pretendía organizar nuestras vidas ni tomar decisiones por nosotras. Simplemente estaba disponible cuando lo necesitábamos y, a veces, también cuando no sabíamos que lo necesitábamos.
Además, parecía haberse propuesto demostrarnos que la vida podía ser algo más que quedarse en casa intentando recuperarse.
Fue él quien comenzó a organizar planes.
Algunos eran sencillos, como ir a merendar a algún sitio que había descubierto o llevar a Sofía a un parque enorme donde, según aseguró, había columpios tan altos que una podía acabar en Portugal si se impulsaba demasiado.
Otros requerían una preparación considerable y me hacían sospechar que llevaba días organizándolos, aunque él fingiera que se le acababan de ocurrir.
Un sábado apareció a primera hora de la mañana y nos dijo que nos pusiéramos ropa cómoda.
—¿Para qué? —le pregunté.
—Es una sorpresa.
—No me gustan las sorpresas.
—Eso es mentira.
—No me gustan tus sorpresas.
—Eso también es mentira.
Sofía ya estaba corriendo hacia su habitación.
—¿Vamos al campo?
—Puede.
—¿Hay animales?
—Puede.
—¿Hay comida?
—Por supuesto.
—¡Mamá, date prisa!
Me crucé de brazos y miré a Óscar.
—Estás utilizando a mi hija para presionarme.
—Estoy fomentando su capacidad de liderazgo.
Terminamos pasando el día en una pequeña finca donde Sofía pudo acercarse a los caballos, darles de comer y montar durante un rato acompañada por una monitora. Después hicimos un picnic bajo unos árboles y Óscar sacó de una mochila comida suficiente para alimentar a un regimiento.
—¿Tú esperabas que vinieran más personas? —le pregunté.
—No.
—Entonces, ¿por qué hay seis bocadillos?
—Porque no sabía cuáles os gustaban.
—Podrías haber preguntado.
—Y estropear la sorpresa.
—Hay tres bolsas de patatas.
—Diferentes sabores.
—Y una tortilla.
—Eso ha sido cosa de mi madre.
—¿Tu madre sabe que vienes con nosotras?
Óscar se quedó quieto un instante.
Fue apenas un segundo, pero lo vi.
—Sí.
—¿Y qué le has contado?
—Nada.
—Óscar.
—Le he dicho que iba a pasar el día con unas amigas.
—¿Unas amigas?
—¿Qué querías que le dijera?
—La verdad.
—Esa era la verdad. De momento —murmuró sonriente.
Sofía apareció corriendo en ese momento y la conversación quedó interrumpida, aunque yo no olvidé la forma en que había pronunciado aquellas palabras.
“Unas amigas. De momento”. Debería haberme parecido una descripción completamente normal y, sin embargo, me produjo una sensación que preferí no analizar.
Aquel fue solo el primero de muchos planes.
Hubo tardes de cine, excursiones, meriendas, paseos junto al mar y una visita a un parque de aventuras donde comprobé una vez más que Sofía no tenía ningún miedo a las alturas y yo sí.
Óscar se rio de mí durante un rato, hasta que terminó atrapado en una tirolina porque el mecanismo se bloqueó y tuve la satisfacción de verlo colgado a varios metros del suelo mientras aseguraba que la situación estaba totalmente controlada.
—¿Te hago una foto? —grité desde abajo.
—Ni se te ocurra.
—Es para recordar este precioso momento.
—Lucía.
—Sonríe.
Sofía y yo nos reímos tanto que acabamos llorando.
Hacía mucho tiempo que no me sentía así. Ligera. Tranquila. Capaz de disfrutar de un día sin preguntarme qué podía salir mal.
Óscar tenía mucho que ver con aquello, aunque yo intentara convencerme de que simplemente era un buen amigo que había llegado a nuestras vidas en el peor momento y que decidió quedarse durante la reconstrucción.
También me mantenía informada de todo lo relacionado con Javier León.
No lo hacía delante de Sofía y nunca me contaba detalles innecesarios.
Esperaba a que ella estuviera en su habitación, en el colegio (pues el curso ya había comenzado) o entretenida con cualquier cosa y entonces me explicaba cómo avanzaba el procedimiento.
Javier continuaba en prisión provisional a la espera de juicio.
La investigación había permitido reunir muchas más pruebas de las que yo imaginaba y el testimonio de Jorge abrió caminos que hasta entonces nadie había podido seguir.
Aparecieron comunicaciones, movimientos de dinero y conexiones entre personas que demostraban que nada de lo ocurrido había sido fruto de un impulso aislado.
—El caso es sólido —me aseguró Óscar una tarde—. Eso es lo importante.
Estábamos sentados en el patio. Sofía estaba en el cumple de una amiguita y yo había aprovechado para preguntarle algo que llevaba días preocupándome.
—¿Cuánto tardará el juicio?
—No puedo darte una fecha exacta. Hay que cerrar bien la instrucción y queda trabajo por hacer, pero Javier no va a salir mañana por la puerta.
—¿Estás seguro?
—Sí.
Debió de notar que todavía necesitaba algo más porque dejó la taza sobre la mesa y me miró con seriedad.
—Lucía, sé que después de todo lo que has vivido te cuesta confiar en que alguien pueda protegerte, pero ahora mismo Javier está donde tiene que estar. Y hay mucha gente trabajando para que responda por lo que ha hecho.