Todo lo que haría por ti Capítulo 25
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Capítulo 25

Me desperté con un brazo dormido, un dolor considerable en el cuello y la sensación de que algo me impedía moverme.

Tardé unos segundos en recordar por qué.

Sofía estaba pegada a mí, atravesada en la cama de una forma que desafiaba cualquier ley conocida sobre el espacio disponible, con una pierna sobre mi cuerpo y Manolo aplastado entre las dos.

La noche anterior había conseguido llevarla hasta su habitación después de que Lola y Óscar se marcharan, pero apenas había durado allí una hora. A las tres de la madrugada apareció junto a mi cama, arrastrando a Manolo por un brazo y preguntándome en voz baja si podía dormir conmigo.

No hizo falta que me explicara que había tenido una pesadilla.

Ni siquiera le pregunté. Levanté el edredón, ella se metió a mi lado y, antes de que pudiera decirle nada, se abrazó a mí con tanta fuerza que comprendí que tardaríamos un tiempo en acostumbrarnos a que ninguna de las dos tuviera que despedirse.

Me quedé observándola durante un buen rato. La luz de la mañana entraba por las rendijas de la persiana y le daba en el pelo, que tenía completamente revuelto.

Dormía profundamente, con la boca un poco abierta y una mano aferrada a mi camiseta, exactamente igual que la noche anterior en el sofá.

Aún me costaba aceptar que estaba allí. Mi primer pensamiento al abrir los ojos había sido que debía prepararme para ir a verla al centro y, durante una fracción de segundo, había sentido esa punzada de siempre antes de que la realidad regresara.

Sofía estaba en mi cama.

Sofía vivía conmigo.

No tenía que mirar el reloj, preparar una bolsa para una visita ni pensar en cuánto tiempo nos concederían juntas. Podía quedarme allí observándola hasta que despertara y, cuando lo hiciera, desayunaríamos sin que nadie viniera a buscarla.

La emoción me duró hasta que alguien empezó a aporrear la puerta.

Sofía abrió los ojos de golpe.

—¿Qué pasa?

—Nada, cariño.

Los golpes volvieron a sonar.

—¡Lucía! —gritó Lola desde el otro lado—. ¡Sé que estáis ahí! ¡Y traigo churros, así que abre antes de que me los coma por despecho!

Sofía se incorporó en la cama con una sonrisa.

—Es Lola.

—Sí. Nadie más amenaza con comerse un desayuno por despecho a estas horas.

No me dio tiempo a detenerla. Saltó de la cama y salió corriendo por el pasillo con el pijama arrugado, el pelo disparado en todas direcciones y Manolo colgando de una mano. Fui detrás, todavía intentando desperezarme, pero cuando llegué a la entrada ya había abierto la puerta.

Lola apareció cargada con una bolsa de churros, una botella de chocolate y otra bolsa enorme.

—Buenos días a las dos mujeres más felices del planeta.

Sofía se lanzó a abrazarla y Lola tuvo que levantar los brazos para salvar el desayuno.

—¡Cuidado! ¡El cariño es precioso, pero el chocolate caliente quema una barbaridad!

La casa se llenó de ruido en cuestión de minutos. Lola había traído más comida de la que necesitábamos, ropa para Sofía que, según ella, había visto y no había podido evitar comprar, y un cepillo para el pelo porque consideraba que la situación capilar de la niña era una emergencia nacional.

Sofía se ofendió, aseguró que su pelo estaba precioso y acabó sentada en una silla mientras Lola intentaba desenredarlo y yo preparaba la mesa.

Desayunamos durante casi una hora. Sofía hablaba sin parar, saltando de un tema a otro con la misma velocidad con la que mojaba los churros en el chocolate.

Quería saber qué haríamos aquel día, si podía llevar a Manolo, si Rodolfo tenía que quedarse cuidando la casa y si la planta necesitaba que alguien le diera de comer.

Cuando le expliqué que las plantas no comían de la misma manera que las personas, me miró con una compasión que dejó bastante claro que no confiaba demasiado en mis conocimientos.

—Podríamos ir a Los Almendros —propuso Lola—. Miguel lleva días preguntando cuándo vas a llevarla.

La idea me encantó. Durante todos aquellos años, Miguel había escuchado hablar de Sofía tantas veces que probablemente sabía más de ella que muchas personas que la conocían en persona.

Había celebrado conmigo cada pequeña buena noticia y se había enfadado ante cada injusticia.

Pero la había viso poco. Y ahora, además, era el responsable de que yo tuviera al mejor abogado posible ocupándose de todo.

Sofía aceptó el plan en cuanto le recordé que Los Almendros estaba lleno de personas mayores.

—¿Muy mayores?

—Algunos bastante.

—¿Más que tú?

Lola soltó una carcajada tan fuerte que casi derramó el café.

—Muchísimo más que yo —le respondí, mirándola con dignidad—. Aunque tu concepto de la vejez necesita una revisión urgente.

Nos arreglamos sin prisa. Sofía eligió su ropa y la adornó con la mejor de sus sonrisas.

Cuando llegamos a Los Almendros, pensé que sería una visita tranquila.

Me equivoqué.

Sofía tardó aproximadamente cuatro minutos en revolucionar la residencia.

Entró de mi mano, observándolo todo con una curiosidad imposible de contener, pero enseguida empezó a saludar a cada persona que se cruzaba con nosotras.

A una señora le dijo que sus pendientes eran preciosos.

A otro residente le preguntó por qué llevaba un bastón si podía andar y, antes de que yo pudiera disculparme, el hombre empezó a explicarle con entusiasmo que el bastón era una medida de seguridad y terminó dejándoselo para que lo examinara.

Lola caminaba detrás de nosotras, encantada.

—No sé por qué estás nerviosa. Está haciendo de relaciones públicas.

—Acaba de preguntarle a Don Ernesto si sus dientes son de verdad.

—Investigación de campo.

A los diez minutos, media residencia sabía que Sofía había llegado. Algunos trabajadores salieron a conocerla porque habían oído hablar de ella durante meses, y otros ya la conocían de anteriores ocasiones.

Yo la presentaba y ella sonreía, contestaba preguntas y terminaba haciendo otras mucho más indiscretas. Doña Rita le preguntó cuántos años tenía y Sofía respondió antes de preguntarle los suyos. La señora le dijo ochenta y nueve.

—Pues no los aparentas.

Aquello provocó tal entusiasmo que la mujer quiso darle un caramelo.

—La niña tiene un futuro brillante —declaró Lola—. Sabe exactamente qué decir.

Miguel apareció al final del pasillo.

Yo había imaginado muchas veces aquel reencuentro, pero no estaba preparada para su reacción. Se detuvo en seco al vernos y se quedó mirando a Sofía. Ella también lo observó, aunque probablemente solo veía a un hombre mayor que se acercaba despacio con una emoción que no intentaba disimular.

—¿Puede estar tan guapa? —preguntó.

Asentí.

Miguel se llevó una mano al pecho.

—Madre mía.

Sofía me miró.

—¡Miguel!

No tuve que añadir nada más. Ella sabía perfectamente quién era y Miguel se agachó un poco, aunque enseguida se llevó una mano a la espalda.

—Hasta aquí llego —admitió—. Los años no perdonan.

Sofía se acercó más.

—Mamá dice que tú nos has ayudado mucho —le tuteó con esa inocencia infantil.

Miguel me miró.

—Tu madre exagera.

—No exagero nada.

—Pues haces mal, porque a mi edad uno tiene derecho a parecer más modesto de lo que es.

Sofía sonrió y, sin previo aviso, lo abrazó.

Miguel se quedó perplejo.

Vi cómo cerraba los ojos y apoyaba una mano sobre la espalda de la niña. Cuando volvió a abrirlos, tenía lágrimas.

—Bueno —murmuró—. Ya está. Ahora sí que no quiero que nadie me moleste durante el resto del día.

Sofía se separó.

—¿Por qué?

—Porque acabo de reencontrarme con mi bisnieta.

Me quedé mirándolo.

—¿Tu qué?

Miguel levantó la barbilla.

—Mi bisnieta.

—Miguel…

—No pienso discutirlo.

—Pero técnicamente…

—He dicho que no pienso discutirlo. Tú eres mi nieta, ella es mi bisnieta y punto. A ver quién tiene narices de llevarme la contraria.

Lola levantó una mano.

—Yo desde luego no.

Sofía parecía encantada.

—Nunca he tenido bisabuelo.

—Pues ya tienes uno —respondió Miguel—. Y con muchos ahorros, por lo visto, porque últimamente todo el mundo habla de ellos.

No pude evitar reírme.

La noticia se extendió por la residencia a una velocidad extraordinaria.

En menos de media hora, Miguel ya había presentado a Sofía como su bisnieta a cuatro residentes, dos auxiliares y una mujer que probablemente ni siquiera sabía quién era él.

La llevaba de un lado a otro con un orgullo que me emocionaba, y Sofía se dejaba presentar encantada.

Después empezó el verdadero caos.

Sofía descubrió una sala donde varios residentes jugaban a las cartas y quiso aprender. Cinco minutos más tarde estaba acusando a uno de hacer trampas.

Luego encontró un pequeño equipo de música y convenció a dos ancianas para que le enseñaran una canción que ellas recordaban de su juventud. Terminó bailando en medio de la sala mientras Lola aplaudía y Miguel aseguraba a todo el mundo que aquel talento era hereditario.

—¿Hereditario de quién? —le pregunté.

—De mí.

—No sois familia.

Miguel me miró con ofensa.

—Hace media hora que sí. Intenta mantenerte al día.

Yo no recordaba haber visto Los Almendros tan animado. Incluso algunos residentes que solían permanecer apartados se acercaron para observar a Sofía. Ella no parecía incómoda ante la edad, la enfermedad ni las limitaciones de nadie. Hablaba con todos con una naturalidad que me llenó de orgullo.

Fue entonces cuando llegamos hasta Gertrudis.

Estaba sentada en su lugar habitual, cerca de una ventana. Su estado apenas había cambiado y, como casi siempre, parecía ausente de todo lo que ocurría a su alrededor. Sofía se detuvo al verla.

—¿Quién es?

Sentí una punzada en el pecho.

—Se llama Gertrudis.

No quería contarle nada más. No allí.

Sofía se acercó despacio y se sentó en una silla frente a ella. Durante unos segundos no hizo nada. Después levantó a Manolo y lo colocó sobre sus rodillas.

—Este es Manolo. No habla mucho, pero escucha muy bien.

Lola me miró.

Yo me quedé quieta.

Sofía siguió hablando con Gertrudis. Le explicó que acababa de mudarse con su madre, que tenía un peluche llamado Rodolfo y una planta a la que solo le quedaban tres margaritas, aunque aquello era mejor que no tener ninguna. Gertrudis no reaccionó al principio.

Entonces ocurrió. Fue algo mínimo. Tan pequeño que pensé que lo había imaginado.

Las comisuras de sus labios se elevaron apenas.

Lola me agarró del brazo.

—Lucía.

—Lo he visto.

Miguel se acercó.

—¿Qué pasa?

—Ha sonreído.

Gertrudis seguía mirando a Sofía.

La niña no parecía darse cuenta de la conmoción que acababa de provocar. Continuó hablándole de Manolo y, cuando le preguntó si quería tocarlo, Gertrudis movió ligeramente los dedos.

Nadie dijo nada.

Yo sentí que se me llenaban los ojos de lágrimas.

Después de todo lo que aquella mujer había sufrido, de todo lo que habían intentado hacer utilizando su nombre, verla responder de aquella manera a Sofía me produjo una emoción difícil de explicar. La niña cogió con cuidado la mano de Gertrudis y la colocó sobre el muñeco.

—Es suave —le explicó.

Gertrudis volvió a sonreír.

Esta vez no hubo ninguna duda.

—Bueno —murmuró Lola—. Pues ya está. La niña lleva aquí una hora y ha conquistado hasta a Gertrudis. Mañana dirige la residencia.

Una voz masculina sonó detrás de nosotras.

—No me sorprendería.

Me volví.

Óscar estaba en la puerta.

No esperaba verlo allí y, por alguna razón, sentí una alegría inmediata. Llevaba ropa informal y parecía más relajado que las últimas veces que nos habíamos visto.

—¿Qué haces aquí?

—He venido a ver a mi tía.

Sofía se levantó en cuanto lo vio.

—¡El guapo!

Cerré los ojos.

Lola empezó a reírse.

Óscar, en cambio, pareció encantado.

—Me alegra comprobar que mantengo el título.

—Sofía, por favor.

—¿Qué? Ayer dijiste que era verdad.

—¡Yo no dije eso!

La niña me miró con absoluta inocencia.

—No dijiste que fuera mentira.

Miguel observó a Óscar y después me miró a mí.

No me gustó nada aquella expresión.

—Ah —dijo.

—Ni se te ocurra.

—Yo no he dicho nada.

—Pero lo has pensado muy fuerte.

Óscar terminó conociendo oficialmente a Miguel y pasó un rato con nosotros antes de quedarse a solas con su tía, de cuyo “avance” le hablamos.

Cuando regresó, Sofía estaba participando en una especie de competición improvisada que consistía en lanzar pequeñas pelotas de tela dentro de una cesta.

Había organizado dos equipos, nombrado capitán a Miguel y acusado a Lola de intentar comprar al árbitro.

—Ha transformado el lugar —comentó Óscar.

Miré a mi hija.

Tenía las mejillas rojas de tanto reír y el pelo otra vez desordenado. A su alrededor, varias personas la animaban.

—Sí.

—Parece feliz.

—Lo es.

Me costó pronunciar aquellas palabras sin emocionarme.

Óscar me miró un instante, pero no dijo nada. Después se volvió hacia la competición.

—¿Qué planes tenéis para luego?

—Sobrevivir —respondí—. Si mantiene este ritmo, necesitaré dormir una semana.

—Podríais venir a comer algo conmigo.

Sofía, que tenía un oído extraordinario para todo lo que pudiera implicar comida, se giró.

—¿Dónde?

Óscar sonrió.

—Conozco un sitio.

—Eso no es una respuesta.

—Es un restaurante temático.

La niña abandonó la competición sin ningún remordimiento.

—¿De qué?

—De aventuras. Hay pasadizos, mesas dentro de cuevas, camareros disfrazados y postres que llegan con humo.

Sofía abrió la boca.

Lola levantó una mano.

—Yo también quiero ir.

Óscar la miró.

—No te había invitado.

—No importa. Tengo coche —bromeó.

Sofía se volvió hacia mí con una expresión que dejaba claro que cualquier negativa podía destruir su felicidad para siempre.

—Mamá.

—No pongas esa cara.

—¿Qué cara?

—Esa.

—Es mi cara normal.

Óscar intentó disimular una sonrisa.

Miré a Sofía, después a Lola y finalmente a él.

—Está bien.

La niña gritó de alegría.

Y mientras la veía correr para contarle a su “bisabuelo” que iríamos a comer a un lugar con cuevas, pasadizos y postres que echaban humo, pensé que llevaba menos de veinticuatro horas en casa y ya había conseguido revolucionar mi vida, Los Almendros y probablemente el sistema nervioso de todos los que la rodeábamos.

No podía ser más feliz.