Capítulo 24
Los dos días siguientes pasaron con una lentitud tan alucinante que apenas fui capaz de asumirlos.
El abogado que Miguel había insistido en pagar se movió como si llevara años esperando aquel caso. Presentó escritos, habló con quien tenía que hablar, pidió medidas urgentes y convirtió en orden lo que para mí era todavía una maraña de miedo, pruebas, declaraciones y esperanza.
Óscar me llamó varias veces para explicarme lo imprescindible, Lola se instaló prácticamente en mi sofá y Miguel, desde Los Almendros, me enviaba mensajes a través de ella como si fuera un general retirado dirigiendo la batalla desde su sillón favorito.
Cuando llegó la autorización del juez, no grité.
No lloré tampoco. Me quedé con el teléfono pegado a la oreja, escuchando al abogado decirme que podía ir a recoger a Sofía esa misma tarde, y durante unos segundos no entendí el idioma en el que me hablaba.
Lola estaba delante de mí, con las manos juntas bajo la barbilla y los ojos abiertos de par en par, esperando una señal.
—Puede venir conmigo —le susurré.
Lola se tapó la boca.
—¿Hoy?
Asentí, y entonces sí. Entonces rompí a llorar.
No fue un llanto elegante ni bonito. Fue un llanto de años, de noches sin dormir, de despedidas en pasillos, de informes injustos y abrazos medidos con reloj.
Lola me rodeó con los brazos y lloró conmigo, aunque al cabo de unos segundos se separó para mirarme con una autoridad que no admitía réplica.
—Dúchate, ponte guapa y no aparezcas allí con cara de haber sobrevivido a una guerra, aunque básicamente sea lo que has hecho.
—No sé si puedo conducir.
—No vas a conducir. Hoy mando yo, que para algo llevo dos días fingiendo que no estoy histérica.
Me duché con las manos temblando. Elegí ropa tres veces, me maquillé apenas lo suficiente para no parecer tan pálida y recogí el pelo porque sabía que Sofía acabaría tirándose a mi cuello y quería sentirla sin nada de por medio.
Antes de salir, me detuve en el salón y miré alrededor. La casa seguía igual, pero ya no era igual. El sofá, la mesa, la manta doblada, el muñeco, la planta… Todo parecía adquirir tintes mágicos.
En el trayecto hasta el centro apenas hablamos.
Lola conducía concentrada y yo tenía las manos entrelazadas sobre el bolso, apretándolas tanto que me dolían los dedos.
Cuando llegamos, el edificio me pareció distinto.
Había entrado allí tantas veces con el estómago encogido que no sabía cómo hacerlo sin miedo.
Esta vez, sin embargo, no iba a despedirme.
Iba a llevármela.
Una trabajadora nos recibió con una sonrisa contenida, de esas que intentan no desbordarse por profesionalidad, pero que no pueden esconder del todo la alegría. Firmé documentos, escuché indicaciones, asentí a cosas que Lola tuvo que recordar por mí porque mi cabeza estaba en una sola puerta.
Y entonces Sofía apareció.
Llevaba su mochila rosa colgada de un hombro, el pelo algo despeinado y una expresión de incertidumbre que me rompió y me reconstruyó en el mismo segundo. Al verme, se quedó quieta. Después miró a la trabajadora, como si necesitara confirmar que aquello no era una visita más.
—¡Mamá!
Di un paso hacia ella.
—Nos vamos a casa, cariño.
La mochila cayó al suelo.
Sofía corrió hacia mí con un grito que todavía hoy me parece imposible recordar sin que se me llenen los ojos de lágrimas.
Me agaché justo a tiempo para recibirla y ella se me lanzó encima con tanta fuerza que casi perdí el equilibrio.
La abracé como había querido abrazarla durante meses, sin reloj, sin puerta de salida, sin una voz al fondo recordándonos que el tiempo se había terminado.
—¿De verdad? —me preguntó contra mi cuello—. ¿De verdad voy contigo?
—De verdad.
—¿A casa? ¿Para siempre?
—Para siempre.
Se separó apenas para mirarme, con la cara encendida y los ojos brillantes.
Entonces volvió a abrazarme, y Lola, que intentaba mantenerse entera a dos pasos de nosotras, soltó un sollozo enorme y nada discreto.
—Perdón —dijo, abanicándose la cara con una carpeta—. Es alergia a la felicidad, que me da muy fuerte.
Sofía se lanzó también a sus brazos y Lola la levantó del suelo como si no pesara nada.
—Mi niña preciosa, hoy tienes permiso para pedir todo lo que quieras.
—¿Helado?
—Empezamos fuerte, me gusta.
Salimos del centro con su mochila, una bolsa con sus cosas y el corazón tan lleno que me costaba caminar. Sofía no soltó mi mano ni un segundo. En el coche se sentó en su sillita, hablando sin parar.
Quería saber si Rodolfo estaba enfadado porque hacía mucho que no lo veía, si la planta seguía viva o si ya la había matado como a otras anteriores, y si podía elegir las sábanas de su cama que a ella le gustaban y que yo había lavado tres veces desde el último fin de semana por puro dolor.
—Rodolfo está un poco dramático, pero se le pasará. Y la planta vive.
—¿Vive bien o vive regular?
Lola soltó una carcajada.
—Vive con dignidad, que es más de lo que podemos decir muchas personas.
Sofía rio, y aquel sonido llenó el coche de una forma que me hizo cerrar los ojos un instante. Había imaginado muchas veces aquel regreso, pero ninguna imaginación se parecía a tenerla allí, real, hablando de muñecos, renos y plantas con la naturalidad de quien acaba de recuperar el mundo.
Cuando llegamos a casa, Sofía subió las escaleras casi saltando. Yo iba detrás con su bolsa y Lola cargaba la mochila, demasiado callada para ser ella. Abrí la puerta despacio, pensando que quizás Sofía querría entrar a su ritmo, mirar cada rincón, comprobar que todo seguía allí.
Pero no hubo tiempo.
Al encender la luz, me encontré con Óscar, a cuyo lado corrió Lola.
—¡Bienvenida a casa!
Sofía dio un salto y se llevó las manos al pecho. Yo también. Porque Lola sostenía junto a él una pancarta enorme que decía: “SOFÍA, BIENVENIDA A TU CASA”. Tardé un segundo en comprender que aquellos dos estaban aliados en la sombra para sorprendernos.
Óscar se había encargado de todo. El salón estaba decorado con globos, guirnaldas, una mesa llena de comida, platos de colores, vasos con dibujos, una montaña de helados en una nevera portátil y, en el centro del sofá, Rodolfo sentado como anfitrión de honor.
A la planta le habían puesto un lazo ridículo alrededor de la maceta.
Sofía abrió la boca.
—¿Todo esto es para mí?
Óscar bajó un poco la pancarta y sonrió.
—Todo.
La niña miró a Lola.
—¿Y tú cómo has corrido tanto? Casi te caes y todo….
Lola levantó la barbilla con misterio.
—Tengo poderes. Y ganas de verte feliz. Una combinación muy peligrosa.
Sofía soltó una carcajada y corrió hacia Rodolfo, a cuyo lado colocó a Manolo. Los abrazó con fuerza, después cogió a Rodolfo y le dio un beso en la nariz. Al ver el lazo de la planta, se quedó muy seria.
—Está guapísima.
—Se lo hemos dicho —respondió Óscar—, pero se le ha subido un poco.
Entonces Sofía reparó en él de verdad. Lo miró de arriba abajo, con esa curiosidad descarada de los niños, y después vino hacia mí sin apartarle los ojos.
—Mamá, ¿quién es?
La palabra me atravesó entera.
“Mamá”.
Me había llamado así millones de veces, pero aquella tarde sonó distinto. Sonó a casa. A permiso. A futuro.
Me agaché a su altura y le acaricié el pelo.
—Es Óscar. Nos ha ayudado mucho.
Sofía lo observó otra vez y bajó la voz, aunque no lo suficiente.
—Es muy guapo.
Lola se atragantó con su propia risa.
Óscar levantó las cejas, divertido, y yo sentí que se me encendía la cara.
—Sofía…
—¿Qué? Es verdad.
—Gracias —dijo Óscar, con una solemnidad encantadora—. Intentaré merecer semejante valoración.
—Habla raro —susurró ella.
—También es verdad —añadió Lola—. Pero se le coge cariño.
La fiesta empezó sin que nadie la declarara inaugurada.
Sofía quiso probarlo todo, aunque solo mordió un trozo de pizza, dos patatas, media croqueta y una cucharada de helado antes de decidir que primero había que enseñarles la casa a Manolo y Rodolfo porque llevaban mucho tiempo sin comprobar si todo estaba en orden.
Recorrió las habitaciones con ellos en brazos, explicando dónde dormiría, dónde guardaría sus cosas y qué estante sería para sus cuentos.
Yo la seguía a unos pasos, intentando no llorar cada vez que decía “mi cuarto” o “mi cama”.
Lola, en cambio, lloraba sin ningún pudor y luego fingía que se le había metido polvo en el ojo, a pesar de que estábamos en una casa más limpia que un quirófano porque yo había ordenado hasta los cajones de los cubiertos por pura ansiedad.
Después vinieron los juegos. Sofía quiso jugar a adivinar películas, pero hacía trampas porque describía todas con frases imposibles como “esa donde hay una señora que corre mucho y alguien se enfada”, y Óscar, muy serio, intentaba acertarlas como si estuviera resolviendo un caso criminal.
Lola propuso un concurso de baile y acabó moviéndose con Rodolfo en la mano mientras Sofía aplaudía sobre el sofá. Yo me reí hasta que me dolió la tripa.
También cantamos. Mal. Muy mal. Tan mal que la planta, según Lola, perdió otra hoja por protesta artística, aunque Sofía aseguró que eso era mentira y que la planta estaba emocionada.
Óscar, que al principio se resistió con una dignidad admirable, terminó cantando una canción infantil con una seriedad tan absurda que Sofía se dobló de risa.
—Óscar canta como si estuviera leyendo las noticias —dijo.
—Es que mi talento principal no es musical —respondió él.
—¿Cuál es?
Óscar me miró un instante antes de contestar.
—Encontrar cosas importantes.
Sofía pareció valorar la respuesta con mucha atención.
—Pues encontraste a mamá.
Se me cerró la garganta. Óscar no dijo nada enseguida, pero su mirada se suavizó.
—Tu madre nunca estuvo perdida —contestó al fin—. Solo había demasiada gente intentando que no la vieran.
Sofía no entendió del todo la frase, o quizás sí, a su manera. Se limitó a venir hacia mí y abrazarme por la cintura antes de pedir otro helado, porque la emoción estaba muy bien, pero el chocolate no podía esperar eternamente.
La tarde se hizo noche sin que nos diéramos cuenta. Comimos demasiado, jugamos más de lo que mi cuerpo habría recomendado y bailamos hasta que Sofía empezó a moverse cada vez más despacio.
Se empeñó en que Manolo también bailara, en que Rodolfo fuera jurado y en que la planta no participara porque “bastante tenía con estar viva”. Lola declaró aquello una falta de respeto vegetal y Óscar propuso levantar acta, lo que provocó otro ataque de risa.
Al final, Sofía se me subió encima en el sofá. Apoyó la cabeza en mi pecho, con Manolo atrapado entre las dos y Rodolfo a nuestros pies, como un guardián de centro comercial. Yo seguí acariciándole el pelo mientras Lola recogía algunos platos y Óscar bajaba la música hasta dejarla en un murmullo.
—No quiero dormirme —murmuró Sofía.
—No te duermas.
—Pero tengo sueño.
—Entonces puedes cerrar los ojos un ratito.
—¿Y cuando los abra estaré aquí?
Tragué saliva.
—Sí, cariño. Vas a estar aquí.
—¿Seguro?
La abracé con cuidado.
—Segurísimo.
Sofía suspiró y, unos segundos después, su respiración empezó a volverse lenta y profunda. Me quedé inmóvil, como si cualquier movimiento pudiera romper aquel milagro. La tenía dormida encima. En mi casa. En nuestra casa. Y no había nadie esperando para llevársela.
Lola se acercó despacio y nos miró con los ojos brillantes.
—Está reventada.
—Ha sido el mejor día de su vida —susurré.
—Y del nuestro.
Óscar apareció a mi lado con una manta. La desplegó con cuidado y la colocó sobre Sofía sin despertarla. Al hacerlo, sus dedos rozaron apenas mi brazo.
—Enhorabuena, Lucía.
Lo miré.
—Todavía me cuesta creerlo.
—Lo sé.
—Tengo miedo de despertar.
—No estás soñando.
Lola, que había escuchado la frase, se cruzó de brazos.
—Y si esto es un sueño, aviso que pienso quedarme porque había helado buenísimo.
Reí bajito, procurando no mover demasiado a Sofía. Óscar sonrió y empezó a recoger en silencio algunas cosas más. Se marcharon tarde, cuando la niña llevaba ya un buen rato dormida sobre mí y yo había decidido que, aunque se me durmieran las piernas para siempre, no pensaba apartarla.
Lola me besó en la frente antes de irse.
—Mañana vengo temprano.
—No hace falta.
—No era una pregunta.
Óscar se detuvo en la puerta un momento después. Me miró a mí, miró a Sofía y luego volvió a sonreír con esa calma suya que empezaba a resultarme peligrosa de una forma muy distinta.
—Descansad.
—Gracias por la fiesta.
—Lola ha dado más miedo que órdenes, pero he colaborado.
—Me lo creo.
Cuando cerré la puerta, el silencio de la casa no me pareció vacío. Me pareció lleno. Lleno de globos, de migas, de risas recientes, de una pancarta torcida y de una niña dormida contra mi pecho.
Miré a Sofía. Tenía una mano cerrada sobre mi camiseta, como si incluso dormida quisiera asegurarse de que no me iba a ir.
Le besé la frente.
—Bienvenida a casa, mi vida.
Y por primera vez en muchísimo tiempo, no tuve que imaginar cómo sería la felicidad.
La tenía dormida encima.