Capítulo 23
Cuando la inspectora me confirmó que, si el juez lo autorizaba, Sofía podría salir del centro conmigo en cuestión de dos o tres días, sentí que el cuerpo se me quedaba suspendido en algún lugar imposible, entre el alivio y el miedo.
Había esperado aquellas palabras durante tanto tiempo que, al escucharlas, no fui capaz de alegrarme de una forma limpia.
Una parte de mí quería creerlas con desesperación, abrazarlas, salir corriendo hacia Sofía y decirle que todo había terminado.
Otra parte, la que llevaba años recibiendo golpes cada vez que se atrevía a confiar, me obligó a respirar despacio y a no celebrar nada hasta verlo firmado.
Lola apareció a mi lado justo cuando la inspectora se marchaba.
No sé en qué momento había llegado; quizás llevaba allí un rato, observándome con esa prudencia extraña que solo utilizaba cuando sabía que cualquier palabra podía romperme.
Me cogió del brazo y me apartó un poco de la entrada del centro, porque algunos trabajadores se habían asomado y la escena de Javier saliendo esposado había dejado el ambiente cargado de murmullos, miradas y preguntas que todavía no estaba preparada para responder.
—Necesito el mejor abogado —dije, sin mirarla—. No uno bueno, Lola. El mejor. Alguien que sepa moverse rápido, que no deje ni un papel sin presentar ni una llamada sin hacer. No pienso perder ni un solo día por no tener dinero suficiente.
Lola me apretó el brazo con suavidad.
—Ya lo tienes.
Me volví hacia ella.
—¿Cómo que ya lo tengo?
—Miguel.
Tardé unos segundos en entenderlo.
—¿Miguel, mi Miguel?
—No, Miguel Bosé. Claro que Miguel el de Los Almendros.
La habría reñido por el chiste si no me hubiera temblado la boca.
—¿Qué tiene que ver Miguel con esto?
—Se ha ofrecido a pagar lo que haga falta. Me lo dijo ayer, cuando le conté que la cosa se estaba moviendo. Tiene muchos ahorros, muchísimos más de los que aparenta, y quiere usarlos para que Sofía salga de ahí cuanto antes.
Sentí que los ojos se me llenaban de lágrimas por segunda vez en menos de cinco minutos.
—No puedo aceptar eso.
—Sí puedes.
—Lola…
—Lucía, ese hombre te quiere como si fueras de su familia, y a Sofía también, aunque la haya visto menos. Dice que para qué quiere el dinero, si no es para ayudar a la gente que adora cuando más lo necesita.
Me tapé la boca con la mano. Durante años había sentido que tenía que pelearlo todo sola, que cada paso dependía únicamente de mi resistencia, de mi terquedad y de esa esperanza que a veces parecía más una condena que una virtud.
Y de pronto, allí estaban Lola, Miguel, Óscar, incluso una inspectora que me había llamado madre sin titubear.
No estaba sola. Quizás nunca lo había estado tanto como yo creía.
Óscar se acercó unos minutos después. Venía de hablar con la inspectora y traía el gesto serio, aunque en sus ojos había una calma distinta.
—Ha salido bien —dijo.
—Ha salido porque tú lo planeaste —respondió Lola—. Que conste que me cuesta mucho decir cosas buenas de alguien tan serio, pero hoy te lo has ganado.
Óscar sonrió apenas.
—Gracias, supongo.
Yo lo miré todavía intentando asimilarlo todo.
—¿De verdad crees que puede ser tan rápido?
—Sí, la declaración de Jorge se sostiene, y con la grabación de Javier, hay base para pedir medidas urgentes. El abogado tendrá que moverse deprisa, pero sí, Lucía. Esta vez no es humo.
Apreté los labios para no llorar otra vez.
—No sé qué hacer ahora.
—Podrías cenar —dijo él.
Lo miré, confundida.
—¿Qué?
—Cenar. Comer algo caliente. Sentarte sin que nadie te interrogue durante una hora. Parece una actividad humana razonable.
Lola ladeó la cabeza.
—¿Eso es una invitación o una orden policial sin placa?
—Es una invitación —respondió Óscar, mirándome a mí—. Si te apetece.
Mi primera reacción fue decir que no. Tenía la cabeza demasiado llena, el corazón demasiado revuelto y el cuerpo cansado hasta los huesos.
Pero después pensé que llevaba meses posponiendo la vida para cuando Sofía volviera, para cuando la justicia llegara, para cuando el miedo aflojara un poco. Aquella noche no era el final de nada, pero quizás sí el principio de algo.
—Vale —dije.
Lola sonrió de una forma tan descarada que tuve que señalarla con el dedo.
—Ni una palabra.
—No he dicho nada.
—Lo has dicho todo con la cara.
—Mi cara es muy expresiva, no puedo censurarla.
Óscar nos llevó a un restaurante pequeño, tranquilo, de esos en los que nadie parecía tener prisa.
Lola se despidió antes de entrar, con la excusa de que tenía que informar a Miguel y de que alguien debía preparar el desembarco jurídico del siglo.
La conocía lo suficiente para saber que nos dejaba solos a propósito, pero también la quería demasiado para reprochárselo.
Durante la cena hablamos más de lo que esperaba. Óscar no me hizo preguntas incómodas ni trató de empujarme hacia ninguna emoción concreta.
Me contó alguna anécdota hilarante de su trabajo, yo terminé riéndome por primera vez en días y, cuando pedimos una copa de vino, sentí una alegría pequeña, temblorosa, casi tímida. No era euforia. Era algo más hondo. La sensación de que quizás, por fin, podía imaginar una mañana sin miedo.
—Puedes brindar —dijo Óscar—. Te lo has ganado.
Levanté la copa.
—Brindo, pero solo una. No pienso emborracharme.
—No lo había sugerido.
—Lo sé. Lo digo porque jamás perderé las formas por mi hija. Nadie volverá a ponerme en entredicho. A Sofía voy a recibirla entera, consciente y con la cabeza alta.
Óscar sostuvo mi mirada.
—Entonces brindemos por eso.
Chocamos las copas con suavidad. Bebí un sorbo y me permití sonreír. Por primera vez en mucho tiempo, la esperanza no me pareció una trampa.
Cuando terminó la cena, Óscar me llevó a casa. El trayecto fue tranquilo. La ciudad seguía igual, con sus luces, sus semáforos y su gente caminando sin saber que mi mundo acababa de cambiar de sitio. Al llegar a mi portal, él apagó el motor y se volvió hacia mí.
—Enhorabuena, Lucía.
Me quedé mirándolo.
—Todavía no la tengo conmigo.
—No. Pero hoy has recuperado la verdad. Y eso también cuenta.
Asentí, con un nudo en la garganta.
—Gracias por no rendirte.
—Gracias a ti por confiar.
Bajé del coche despacio. Antes de cerrar la puerta, lo miré una última vez.
—Buenas noches, Óscar.
—Buenas noches.
Subí a casa con las piernas cansadas y el corazón despierto. No sabía qué iba a decidir el juez ni cuánto tardaría ni qué obstáculos quedaban todavía por delante. Pero aquella noche, al cerrar la puerta, me apoyé un momento en ella y me permití pensar en Sofía entrando por fin en aquella casa.
Y esta vez no aparté la imagen por miedo a que doliera.