Todo lo que haría por ti Capítulo 22
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Capítulo 22

Óscar no nos permitió improvisar nada.

En cuanto salimos de casa de Jorge, Lola lo llamó.

Yo no estaba en condiciones de hablar con nadie.

Ni siquiera podía ordenar todo lo que acababa de escuchar y, mientras ella le explicaba a Óscar que Jorge había confesado, que estaba dispuesto a declarar y que teníamos mucho más de lo que habíamos imaginado, permanecí sentada en el coche con las manos sobre las rodillas, mirando un punto fijo al otro lado del parabrisas.

No lloraba. Había llorado tanto durante aquellos meses que quizás mi cuerpo decidió concederme una tregua, aunque por dentro sentía que algo se había abierto y no sabía cómo cerrarlo.

La confesión de Jorge había respondido a muchas preguntas, pero también había convertido mis peores recuerdos en algo todavía más terrible.

Ya no tenía que preguntarme qué me había ocurrido aquella tarde.

Sabía que alguien había echado droga en mi bebida.

Sabía quién lo había hecho. Sabía quién se lo había ordenado.

Y sabía que Javier León había estado jugando conmigo desde mucho antes de que yo empezara a sospecharlo.

Óscar apareció menos de una hora después. Nos citó en su despacho y escuchó la historia completa sin interrumpirnos más de lo imprescindible. Cuando terminamos, no dijo nada durante unos segundos. Se quedó sentado frente a nosotras, con los codos sobre la mesa, repasando mentalmente cada detalle.

—No vais a volver a hablar con Javier —dijo al fin.

—Yo no pensaba invitarlo a tomar café —respondió Lola.

Óscar la ignoró.

—Y tampoco vais a decirle a nadie que Jorge está dispuesto a declarar. A nadie significa a nadie, Lucía.

—Lo he entendido.

—No, quiero asegurarme de que lo has entendido de verdad, porque a partir de ahora cualquier movimiento precipitado puede echarlo todo a perder.

Jorge tiene que ir a la policía, entregar el dinero y contar exactamente lo mismo que os ha contado a vosotras.

Después serán ellos quienes decidan cómo actuar.

—¿Y si se echa atrás?

Era el miedo que llevaba conmigo desde que habíamos salido de su casa.

—Entonces tendremos un problema —admitió Óscar—. Pero no creo que lo haga.

—Yo sí —murmuré—. Jorge lleva toda la vida echándose atrás.

Óscar me observó con atención.

—Esta vez tiene una razón para no hacerlo.

No pregunté a qué se refería. Era evidente que hablaba de Sofía, del cáncer o de la culpa que había visto en él.

Yo no estaba preparada para concederle a Jorge ningún mérito.

Había decidido declarar después de ayudar a destruir mi vida y cuando sabía que apenas le quedaba tiempo para vivir.

Si aquello era valentía, llegaba con demasiados años de retraso.

Sin embargo, declaró. Lo hizo al día siguiente.

Entregó el dinero que Javier le había dado y explicó cómo se reencontró con él tras años, dónde, en qué circunstancias y qué había aceptado a cambio de drogas.

Reconoció que había puesto una sustancia en mi bebida y contó todo lo que sabía sobre Alfonso y Gertrudis. La policía empezó a comprobar cada parte de su declaración y, por primera vez desde que aquella pesadilla había comenzado, las piezas no se volvían contra mí.

Encajaban a mi favor.

Óscar fue quien ideó el resto y la policía estuvo de acuerdo.

—Javier no sabe que Jorge ha hablado —me explicó—. Y, de momento, conviene que siga sin saberlo.

—¿Qué quieres que haga?

—Lo que haces normalmente. El martes vas al centro a ver a Sofía.

Sentí una punzada de inquietud.

—¿Y si Javier no aparece?

—Aparecerá.

—¿Cómo puedes estar tan seguro?

Óscar esbozó una sonrisa que no llegó a serlo del todo.

—Porque necesita verte perder.

Aquella frase me acompañó hasta el martes.

La noche anterior apenas conseguí dormir.

Lola insistió en que no estuviera sola y terminó instalándose en mi casa con una bolsa de ropa, dos botellas de vino que no abrimos y la convicción de que, si Javier intentaba acercarse a mí, tendría que pasar primero por ella.

Yo agradecí su presencia más de lo que fui capaz de decirle.

El martes no fui a trabajar, esperando que llegase la tarde.

Antes de salir de casa, comprobé varias veces el dispositivo de grabación.

Óscar me había explicado cómo funcionaba y la policía estaría cerca, pero eso no consiguió tranquilizarme.

Tenía que actuar con normalidad. No podía buscar la confesión de una forma demasiado evidente ni hacer preguntas que despertaran las sospechas de Javier.

Solo debía provocarlo lo suficiente para que su orgullo hiciera el resto.

Parecía sencillo cuando Óscar lo explicaba.

No lo era cuando llegué al centro y vi el edificio delante de mí.

Entré intentando respirar con normalidad.

Cada paso me recordaba todas las veces que había cruzado aquellas puertas sin saber qué estaba ocurriendo realmente.

Todas las esperas. Las visitas concedidas y retiradas.

Las promesas que desaparecían de un día para otro.

Las veces que había intentado comprender por qué, cuando parecía que Sofía y yo estábamos avanzando, alguien volvía a alejármela.

Ahora sabía la respuesta. Javier. Siempre había sido Javier.

Vi a Sofía y me aferré a ella durante el tiempo que nos permitieron estar juntas.

Hablamos, nos reímos y conseguí no decirle nada.

Ni una palabra sobre Jorge. Ni una palabra sobre la policía.

Ni una promesa que pudiera romperse si algo salía mal.

Cuando llegó el momento de despedirnos, la abracé durante unos segundos más de lo habitual.

—Te quiero muchísimo —le dije.

—Yo también te quiero.

Salí con el corazón destrozado y la esperanza golpeándome por dentro con tanta fuerza que casi dolía.

Javier me esperaba.

Estaba apoyado junto a la entrada, impecablemente vestido, con aquella tranquilidad que durante tanto tiempo había confundido con seguridad. Al verme, se incorporó y sonrió.

—Lucía.

Seguí caminando.

—No tengo nada que hablar contigo —disimulé.

—Deberías.

Me detuve.

Cada músculo de mi cuerpo me pedía que siguiera adelante, pero recordé las palabras de Óscar. Javier necesitaba verme perder.

Me volví hacia él.

—¿Qué quieres?

Su sonrisa se ensanchó.

—Ahorrarte viajes.

Sentí un escalofrío.

—No sé de qué hablas.

—Pronto no tendrás que seguir viniendo aquí.

Lo miré sin responder.

—Sofía va a salir del centro.

Durante una fracción de segundo olvidé que todo aquello formaba parte de un plan.

—¿Qué?

Javier disfrutó de mi reacción. Lo vi. Vi cómo se recreaba en mi desconcierto antes de continuar.

—Van a entregarla a una familia de acogida temporal.

El corazón me golpeó con violencia.

Sabía que debía mantener la calma, pero aquella frase atravesó todas mis defensas.

—Estás mintiendo.

—No.

—No pueden hacer eso.

—Claro que pueden. De hecho, es una solución bastante habitual. Una familia estable, un entorno adecuado y personas sin antecedentes que compliquen la situación.

Apreté los puños.

—¿Durante cuánto tiempo?

Javier se encogió de hombros.

—Unos meses, al menos.

—¿Al menos?

—Podrían ser más.

Lo dijo despacio. Con sadismo.

Quería que cada palabra me doliera y no se molestaba en ocultarlo. En aquel instante comprendí que Óscar tenía razón. Javier no se conformaba con ganar. Necesitaba contemplar el daño.

—No vas a conseguirlo.

—Yo no tengo que conseguir nada. Las decisiones las toman otros profesionales.

—No. Las tomas tú.

Su expresión cambió apenas un instante.

—No sé de qué hablas.

—Sí lo sabes.

Me acerqué un poco.

—Todo esto es por venganza.

—¿Venganza?

—Porque no quise estar contigo.

Javier soltó una risa.

—No te concedas tanta importancia.

—¿Entonces por qué?

—Porque Sofía necesita estabilidad.

—La tiene conmigo.

—Tú no eres una buena madre.

Aquellas palabras me hicieron daño, aunque sabía que las pronunciaría. Javier conocía perfectamente dónde golpear.

—He sido una buena madre para ella.

—Eso no es lo que dicen los informes.

—La realidad es que llevas meses intentando apartarla de mí.

—No seas ridícula.

—¿Ridícula? Primero aumentaron las visitas. Después me las quitaron. Más tarde volvieron a concedérmelas y, cuando Sofía y yo empezábamos a pensar que todo iba bien, aparecía un nuevo problema. Siempre ocurría lo mismo.

Javier me miró con una calma que empezaba a resquebrajarse.

—Quizás deberías haberte preguntado antes por qué.

—Me lo pregunté durante meses. Ahora ya lo sé.

—No sabes nada.

—Sé que disfrutabas.

La sonrisa desapareció de su rostro.

—¿De qué?

—De verme creer que estaba cerca de recuperarla y quitármela otra vez. De hacerte necesario para mí.

Javier dio un paso hacia mí.

—Ten cuidado, Lucía.

Sentí miedo.

No iba a negarlo. Estaba sola frente al hombre que había dedicado tiempo a destruirme y sabía hasta dónde era capaz de llegar. Sin embargo, también sabía que la policía estaba cerca.

—¿He dado en el clavo?

—No tienes ni idea de lo que dices.

—Entonces mírame a los ojos y dime que no jugaste conmigo.

Javier me sostuvo la mirada.

—No lo hice.

Sonreí.

—Claro que lo hiciste. Lo tenías todo planeado.

—Vaya, vaya. Creo que alguien se cree una listilla.

Me detuve, pero no me volví de inmediato.

—¿Sabes cuál ha sido siempre tu problema? —me preguntó.

Giré lentamente.

—Que confías mucho en la gente. Incluso en la escoria. Y poco en alguien como yo, que era quien te convenía.

Javier ya no sonreía.

—Te dije que te arrepentirías, Lucía. A mí tú no me rechazas y te vas de rositas.

Sentí que la grabadora pesaba sobre mi cuerpo.

—Qué suerte tienes. Supongo que debe de ser fácil ganar cuando controlas las reglas.

—No tienes ni idea.

—Pues explícamelo.

—No entenderías la mitad.

—Inténtalo.

Javier se acercó hasta quedar a poca distancia de mí.

—¿Quieres saberlo? Sí, Lucía. Fui yo.

Tuve que contener la respiración.

—¿Tú qué?

—Fui yo quien manejó los hilos mientras tú corrías de un lado para otro intentando entender qué estaba pasando. ¿Recuerdas cuando empezaron a darte más visitas?

No respondí.

—Estabas feliz. Sofía también. Era casi enternecedor.

La crueldad de su voz me revolvió el estómago.

—Después desaparecieron.

—Sí.

—¿Por qué?

Javier sonrió.

—Porque quería que supieras lo que se sentía al perder algo.

Tuve que clavarme las uñas en las palmas para no reaccionar.

—¿Jugaste con nosotras?

—Tú lo llamas jugar. Yo lo llamo enseñarte que las decisiones tienen consecuencias.

—Sofía era una niña.

—Sofía era lo único que te importaba lo suficiente.

Sentí una oleada de odio.

—Eres un monstruo.

—Y tú sigues sin entender nada. Añadía visitas y después conseguía que las retiraran. Dejaba que os ilusionarais. Que pensarais que estabais avanzando. Y entonces aparecía un informe, una duda, cualquier pequeño obstáculo.

—¿Cualquier obstáculo que tú inventabas?

—Algunos necesitaban un poco de ayuda.

—¿Y Gertrudis?

Javier entrecerró los ojos.

Había ido demasiado lejos.

Lo supe en cuanto vi su reacción.

—¿Qué pasa con ella?

—Dímelo tú.

—No te incumbe. Ese es otro tema.

—Claro que sí. Forma parte de lo mismo.

Javier volvió a acercarse.

—No sé quién te ha estado llenando la cabeza de estupideces, pero deberías tener cuidado.

—¿Es una amenaza?

—Es un consejo.

—No quiero tus consejos.

—Entonces sigue haciendo lo que mejor sabes hacer. Equivocarte.

—¿Como me equivoqué contigo?

Su rostro se endureció.

—Sobre todo conmigo.

—Nunca me enamoré de ti, Javier.

Aquella frase hizo más daño que cualquier otra.

—Cállate.

—No te quise entonces y no te quiero ahora, no como tú esperabas. Todo lo hiciste por una mujer que jamás quiso estar contigo.

—Tú no sabes lo que sentías.

Lo miré con repugnancia.

—Y ahí está.

—¿El qué?

—La verdad. No soportaste que te dijera que no.

—No fue así.

—Claro que fue así. Me drogaste, manipulaste pruebas, pagaste a gente y jugaste con una niña porque no soportabas que yo no te eligiera.

Javier se quedó inmóvil.

—¿Con quién has hablado? ¿Con el muerto de hambre ese? No puedes demostrar nada.

—O quizás sí…

—Ni podrás.

—¿Estás seguro?

Por primera vez, vi una sombra de duda.

—¿Qué has hecho?

No respondí.

—Lucía, ¿qué coño has hecho?

Sonreí. Después levanté una mano e hice un gesto con el dedo. Todo ocurrió muy deprisa.

Dos agentes aparecieron desde el interior del edificio y otros dos se acercaron desde el aparcamiento. Javier se volvió, completamente desconcertado, y durante unos segundos no pareció entender lo que estaba ocurriendo.

—¿Qué es esto?

Una inspectora se adelantó.

—Javier León, queda detenido.

La expresión de su rostro cambió.

—¿Detenido por qué?

—Se le informará de todos los cargos.

—¡Esto es una locura!

Uno de los agentes le sujetó un brazo.

—No me toque.

—No oponga resistencia.

—¡He dicho que no me toque!

Intentó apartarse, pero el segundo policía se colocó a su lado. Yo no podía moverme. Tenía el corazón desbocado y las piernas me temblaban tanto que temí caerme.

Javier me miró.

La mujer que parecía dirigir el operativo se acercó.

—Tenemos la declaración de Jorge, el dinero que le entregó, varias pruebas que corroboran su testimonio y una grabación muy interesante de la conversación que acaba de mantener.

Javier palideció.

—No.

—Sí.

—Eso no demuestra nada.

—Ha reconocido usted mismo que manejó las visitas de la menor.

—¡No he reconocido nada!

—También ha explicado que las aumentaba y las retiraba para jugar con las expectativas de Lucía y de la niña.

—¡Ha sacado mis palabras de contexto!

—Tendrá oportunidad de explicarlo.

Le colocaron las esposas.

El sonido me produjo una sensación imposible de describir.

Durante meses había visto puertas cerrarse delante de mí. Había escuchado acusaciones, soportado miradas y sentido que nadie creía mi versión. Y ahora Javier estaba allí, esposado, gritando que todo era una injusticia.

—¡Lucía!

Lo miré.

—¡Esto no ha terminado!

La amenaza resonó con tanta claridad que uno de los agentes lo obligó a seguir caminando.

—Para ti acaba de empezar —le respondí.

Javier salió del centro esposado.

No sentí euforia. No como había imaginado. Sentí alivio, rabia y un cansancio tan profundo que me costaba mantenerme en pie. También sentí miedo. Porque todavía no sabía qué iba a ocurrir.

La inspectora se acercó a mí.

—Lucía.

La miré.

—¿Qué pasa ahora?

—Ahora nosotros hacemos nuestro trabajo.

—¿Y Sofía?

Era la única pregunta que me importaba.

La mujer sonrió.

—Por lo que tenemos, será cuestión de dos o tres días.

No entendí.

—¿Dos o tres días para qué?

—Para que su hija salga de aquí con usted.

El mundo se detuvo.

—¿Mi hija?

—En cuanto lo autorice el juez.

Me llevé una mano a la boca.

—¿Está segura?

—Todo apunta a que la situación puede resolverse muy rápido. Las pruebas que justificaron muchas de las decisiones anteriores están seriamente comprometidas y tenemos motivos suficientes para pedir una revisión inmediata.

Noté que los ojos se me llenaban de lágrimas.

—¿Sofía va a venir conmigo?

—En cuanto el juez lo autorice.

Miré hacia la puerta por la que había desaparecido Javier.

Había entrado en aquel centro preparándome para soportar una última crueldad y acababa de escuchar las palabras que llevaba años esperando.

Sofía podía volver conmigo.

Esta vez, de verdad.