Capítulo 21
Dos días después, Óscar me llamó a media mañana.
No me dio ninguna explicación por teléfono. Se limitó a preguntarme si podía verlo aquella tarde y, cuando traté de averiguar si había descubierto algo, respondió que prefería hablar conmigo en persona.
Su tono bastó para que el resto de la jornada se convirtiera en una tortura. Atendí a los residentes, revisé unas circulares y hasta conseguí mantener una conversación con Miguel sobre un documental que había visto la noche anterior, pero mi cabeza estuvo en otra parte durante horas.
Lola tardó exactamente tres minutos en darse cuenta.
—¿Qué te pasa?
—Nada grave, espero.
—Vale. Reformulo la pregunta para que no pierdas el tiempo mintiéndome. ¿Qué ha pasado?
La miré desde el otro lado de la mesa del pequeño despacho que compartíamos en Los Almendros. Llevaba un bolígrafo metido en el moño y tenía delante una carpeta que llevaba abierta por la misma página desde hacía al menos diez minutos.
—Me ha llamado Óscar.
El cambio en su expresión fue inmediato.
—¿El detective?
—¿Cuántos Óscar conoces tú?
—Ninguno más. Pero me gusta asegurarme antes de emocionarme. ¿Qué ha descubierto?
—No me lo ha dicho. Quiere verme esta tarde.
Lola cerró la carpeta.
—¿A qué hora nos vamos?
—Me ha citado a mí.
—Sí, eso ya lo he entendido. ¿A qué hora nos vamos?
Ni siquiera discutí. A aquellas alturas sabía que intentar impedir que Lola me acompañara era una pérdida de energía y, para ser sincera, tampoco tenía ganas de presentarme sola.
Desde que contaba con Óscar para averiguar qué escondía Javier León, cada día me levantaba con el temor de descubrir algo que no quisiera saber.
Dos días antes había sentido que por fin estaba haciendo algo útil, que dejaba de esperar respuestas para ir a buscarlas.
Aquella tarde, mientras Lola conducía hacia el lugar donde habíamos quedado, esa seguridad había desaparecido.
Óscar nos esperaba en una cafetería tranquila, alejada del centro. Estaba sentado al fondo, frente a una mesa pequeña, y se levantó cuando nos vio acercarnos. Sus ojos se detuvieron un instante en Lola antes de volver a mí.
—No esperaba que vinierais juntas —observó.
—Yo tampoco —le respondí.
—Es una historia preciosa —intervino Lola mientras tomaba asiento—. Algún día te la contamos. ¿Qué has descubierto?
Óscar la observó durante un segundo. Después me miró a mí, quizás esperando que pusiera un poco de orden.
—Me alegra saber que no estás sola en esto, Lucía.
Volvió a sentarse y acercó una carpeta que había dejado junto a su taza de café. El gesto consiguió que se me encogiera el estómago.
—He estado siguiendo a Javier León desde que hablamos.
—¿Y?
—Y tiene una vida bastante “normal”.
Lola dejó escapar el aire.
—Pues empezamos estupendamente.
—Eso no significa que no haya encontrado nada.
Óscar abrió la carpeta, pero mantuvo una mano sobre los documentos.
—El primer día no ocurrió nada significativo. Fue al trabajo, comió con dos personas que he identificado como compañeros del centro y volvió a su casa. Ayer repitió prácticamente la misma rutina hasta última hora de la tarde. Entonces salió de nuevo.
Sentí que mis dedos se aferraban al bolso que tenía sobre las piernas.
—¿Adónde fue?
—A una zona residencial a las afueras. Aparcó y esperó dentro del coche unos veinte minutos. Después llegó un hombre.
Óscar sacó varias fotografías y las dejó boca abajo sobre la mesa.
—¿Qué hombre?
—Eso es lo que esperaba que pudieras decirme tú. Debes fijarte bien, por si lo conoces.
Me acercó la primera fotografía.
Javier aparecía junto a su coche, hablando con alguien. La imagen estaba tomada desde cierta distancia y el hombre nos daba la espalda. Miré la siguiente. En ella, ambos estaban de perfil. La tercera mostraba a Javier sacando algo del interior de su chaqueta.
Un sobre.
Pasé a la siguiente fotografía y sentí una punzada desagradable en el pecho. Javier le entregaba el sobre al tipo ese. En otra imagen, el tipo lo abría y miraba en su interior.
—¿Dinero? —preguntó Lola.
Óscar asintió.
—Bastante, por lo que pude ver.
—¿Y por qué demonios va Javier por ahí repartiendo sobres con dinero?
No respondí.
Había cogido la última fotografía y no podía apartar los ojos de ella.
El hombre se había girado por completo hacia la cámara. Y entonces pude ver su cara. ¡La cara de Jorge! ¡La cara del padre de mi hija!
El corazón me dio un golpe tan fuerte que durante unos segundos dejé de escuchar la conversación.
—No puede ser.
Lola se volvió hacia mí.
—¿Qué pasa?
Le tendí la fotografía.
—Es Jorge.
—¿Quién?
La miré.
—El padre de Sofía.
El silencio duró apenas un instante.
Lola me quitó la foto de las manos y la examinó con atención. Yo no necesitaba comprobarla de nuevo. Por supuesto que era él. Con un aspecto más desmejorado, pero Jorge al fin y al cabo.
—¿Estás segura? —me preguntó Óscar.
—Completamente. Cómo iba a equivocarme en algo así. No es el butanero. Compartí mi vida con él.
—¿Qué relación tiene tu ex con Javier León?
—Ninguna.
La respuesta salió demasiado rápido.
—Que yo sepa —añadí—, se conocieron en el instituto, de pasada.
—Pues ya ves que hay bastante más de esa observación —replicó Óscar—. Y Javier le ha dado dinero.
Me levanté.
Lola alzó la cabeza.
—¿Adónde vas?
—A preguntarle por qué.
—Lucía.
—No. Nadie me va a parar.
Agarré el bolso y guardé la fotografía dentro antes de que Óscar pudiera impedirlo.
—Necesito esto.
—Espera un momento. No creo que sea buena idea que vayas ahora a enfrentarte con él.
—Yo tampoco —dijo Lola mientras se levantaba—. Pero como va a hacerlo de todas formas, será mejor que conduzca yo.
Óscar se puso en pie.
—Al menos dime dónde vive.
—No hace falta.
—Lucía, estoy investigando a Javier. Si Jorge tiene relación con él, necesito saber cuál es antes de que aparezcas en su casa y le adviertas de que alguien los ha visto.
Sabía que tenía razón. Lo sabía y, aun así, me resultaba imposible sentarme de nuevo.
Javier llevaba semanas apareciendo en mi vida, acercándose a Sofía, haciendo preguntas, fingiendo una preocupación que cada vez entendía menos.
Y ahora descubría que se veía a escondidas con su padre y le entregaba dinero.
—Jorge no habla si no quiere hablar —dije—. Pero conmigo tendrá que hacerlo.
—Eso es muy optimista —murmuró Óscar.
—¿Vienes o no, Lola?
—Por supuesto que voy. Alguien tendrá que impedir que acabes detenida.
Salimos de la cafetería antes de que Óscar pudiera convencernos de lo contrario. Durante el trayecto apenas hablé. Lola lo intentó un par de veces, pero terminó desistiendo cuando comprendió que no iba a conseguir que pensara con claridad.
Yo solo veía el sobre. Javier entregándoselo a Jorge. Jorge contando el dinero.
Y Sofía en medio de algo que no entendía.
—A la derecha —indiqué.
—Ya sé dónde vive ese canalla.
La miré.
—¿Cómo vas a saberlo?
—Porque me has hecho venir contigo otras veces.
No respondí. Era cierto. Hacía años, cuando Sofía todavía esperaba que su padre cumpliera alguna de sus promesas, yo había ido a buscarlo más veces de las que quería recordar.
El edificio seguía igual de descuidado. Lola aparcó y me siguió sin hacer preguntas. Subimos hasta el segundo piso y me detuve delante de la puerta.
Llamé. Nada.
Volví a hacerlo.
—Jorge, sé que estás ahí.
Escuché movimiento al otro lado.
Lola arqueó las cejas.
—Vaya. Qué casualidad.
La cerradura giró y la puerta se abrió apenas unos centímetros.
Jorge me miró.
Durante un segundo, ninguno de los dos habló. Después sus ojos se abrieron y trató de cerrar la puerta.
—¡Jorge!
Empujé, pero él hizo fuerza desde el otro lado.
—¡Lárgate, Lucía!
Entonces Lola me apartó, lanzó todo el peso de su cuerpo contra la puerta y consiguió abrirla.
—¿Ves? —dijo, recolocándose la camiseta—. Mis curvas tienen que valer para algo más que para contonearlas.
—Jorge, maldita sea, hemos venido porque sabemos que estás compinchado con Javier León.
Ella lo soltó, aunque no se apartó. Jorge se tambaleó y nos miró con ira, pero aquel sentimiento se desvaneció casi enseguida. Lo que quedó fue algo distinto. Miedo. Vergüenza. Un cansancio tan profundo que por un momento tuve la impresión de que apenas podía mantenerse en pie.
—No sabéis dónde os estáis metiendo —dijo.
—Yo llevo metida en esto desde hace años sin saberlo —respondí—. Así que empieza a hablar.
Jorge cerró los ojos.
—Y yo he estado metido en líos.
—Qué sorpresa —soltó Lola.
—Líos de drogas.
Lo miré. No podía decir que me sorprendiera. Siempre había sabido que Jorge consumió años atrás, aunque durante mucho tiempo me había convencido de que eran episodios aislados, malas épocas, una forma estúpida de evadirse. No había querido imaginar hasta dónde podía haber llegado.
—¿Qué tiene eso que ver con Javier?
Se pasó las manos por la cara.
—Coincidí con él un día. Fue hace tiempo. Yo le debía dinero a un camello y me lo encontré cuando fui a buscar unos gramos. El tío estaba hasta los cojones de esperarme y me dijo que, si no le pagaba, me iba a partir las piernas.
—Qué ambiente tan entrañable —murmuró Lola.
—Cállate, Lola.
Necesitaba escucharlo.
—Javier apareció allí —continuó Jorge—. Iba a comprar.
Sentí una sacudida.
—¿Javier consumía?
—Sí. Cocaína. Me reconoció enseguida. Yo también lo reconocí a él. Pagó lo que yo debía y me sacó de allí. Después compró más, me invitó a unas rayas y fuimos a cenar algo.
Tuve que apretar los dientes.
—Sigue.
—Empezó a preguntarme por ti. Me dijo que me recordaba, que sabía que habíamos estado juntos y que habíamos tenido una hija, que algunas personas se lo dijeron. Me preguntó si seguíamos siendo pareja y yo le dije que no.
Jorge me miró apenas un instante.
—Entonces me dijo que llevaba años enamorado de ti. Que nunca había conseguido olvidarte.
Noté que Lola se tensaba a mi lado.
—¿Y qué quería de ti?
Jorge bajó la cabeza.
—Que lo ayudara a estar contigo.
Durante unos segundos no entendí.
—¿Cómo?
—Yo le dije que no. Que no quería saber nada de tus historias ni de tu vida. Pero él sabía que estaba muy enganchado y me ofreció drogas gratis. Me dijo que solo tenía que seguirle la corriente.
El aire empezó a faltarme.
Había algo en su forma de evitar mis ojos que me provocó un miedo feroz.
—¿Qué hiciste?
—Lucía...
—¿Qué hiciste?
Jorge comenzó a llorar.
No con lágrimas discretas ni con esa emoción que busca compasión. Se derrumbó. Se cubrió la cara con las manos y su cuerpo empezó a temblar.
—Lo siento.
Sentí que el suelo se movía bajo mis pies.
—Dímelo.
—Fue aquella tarde que pasé por tu casa a propósito y discutimos.
Mi corazón se detuvo.
—¿Qué tarde?
—La tarde de la noche que te detuvieron, Lucía.
Me llevé una mano a la boca.
No.
No podía ser.
—Javier me dio algo para que te lo echara en una bebida.
Lola soltó una maldición.
—Hijo de puta.
—Yo no sabía lo que iba a hacer después —se apresuró Jorge—. Te juro que no lo sabía.
—¿Me drogaste?
—Lucía...
—¡¿Me drogaste?!
—Sí.
Me lancé hacia él.
No pensé. No vi nada. Solo sentí una rabia tan brutal que quise hacerle daño, pero Lola me sujetó por la cintura antes de que llegara a tocarlo.
—¡Te deseo la muerte! —le grité—. ¡Ojalá te mueras! ¡Ojalá te pudras por lo que me hiciste!
—Sí, pero después de que te lo cuento todo —murmuró Lola.
Jorge me miró con los ojos llenos de lágrimas.
—El karma se te ha adelantado.
Dejé de forcejear.
—¿Qué?
—Tengo cáncer.
Lola aflojó los brazos.
—Terminal —añadió él—. No me queda mucho.
El silencio que se extendió entre nosotros fue espantoso, pero no sentí pena. Busqué dentro de mí y no encontré ni una sola gota.
—¿Y el dinero? —le pregunté—. ¿Para eso te paga Javier? ¿Para que te compres más drogas antes de morirte?
—No.
—¿Entonces para qué?
—Lo estoy guardando para Sofía.
Me quedé sin palabras.
—No pronuncies su nombre.
—Es mi hija.
—¡No! Una hija no es alguien a quien traicionas y luego intentas compensar con un sobre lleno de dinero.
Jorge agachó la cabeza.
—Estoy arrepentido.
—Pues demuéstralo.
Me miró.
—Entrega ese dinero a la policía.
Su rostro se contrajo.
—Lucía...
—Entrégalo como prueba. Y denuncia a Javier.
—No sabes cómo es ese tío.
—Sé perfectamente cómo es.
Me acerqué hasta quedar frente a él.
—Durante un par de días he conservado una esperanza. Ridícula, seguramente, pero la tenía. Quería creer que Javier había inventado las pruebas. Que aquello de las drogas era mentira, que lo dijo para asustarme.
Jorge negó lentamente.
—No. Por desgracia, eso era verdad. Lo que te di era droga de verdad.
Cerré los ojos. Lola me cogió de la mano y la apretó con fuerza.
—Hay más —dijo Jorge.
Lo miré.
—¿Qué más?
—El abogado.
Sentí un escalofrío.
—¿Alfonso?
—Sí. Javier le pagó.
—¿Para qué?
—Para que al principio guardara silencio.
No conseguía entenderlo.
—¿Silencio sobre qué?
—Sobre todo lo que podía ayudarte. Javier quería que el golpe fuera más impactante. Que la historia pareciera irrefutable antes de que nadie empezara a hacer preguntas. Quería manejarla a su antojo, controlar cuándo salía cada cosa y cómo te afectaba.
Lola lo miró con una repugnancia absoluta.
—Ese hombre es un monstruo.
—Sí —admitió Jorge—. Lo es.
—Y tú eres otro, canalla, cabronazo… —le dijo ella mientras le cruzó la cara con dos sonoras bofetadas.
Por mi parte, pensé en Alfonso. En su pasividad. En las veces que había esperado que me explicara algo, que me defendiera, que hiciera su trabajo. Y mientras yo me hundía, él guardaba silencio porque Javier León le había pagado.
—¿Y Gertrudis? —le pregunté.
Jorge volvió a ponerse tenso.
—Supongo que será la anciana de vuestra residencia. También fue cosa suya.
—Explícamelo.
—Siguió los expedientes de varios ancianos que iban a ingresar en Los Almendros. Buscaba a alguien que estuviera solo. Alguien sin hijos, sin familia cercana, sin nadie que pudiera hacer demasiadas preguntas.
Sentí náuseas de nuevo.
—Hasta que encontró a esa mujer.
—Sí.
—Y entonces preparó toda aquella historia para estar más cerca de ti.
—Sí.
Lola empezó a caminar por la habitación, incapaz de permanecer quieta.
—Dios mío, Lucía. Lo tenía todo preparado. Cada maldita pieza.
Yo seguía mirando a Jorge.
—¿Vas a declarar?
Él tardó tanto en responder que creí que volvería a negarse.
—Javier León es peligroso.
—Eso no responde a mi pregunta.
—Podría hacerme daño.
—Te estás muriendo.
Jorge cerró los ojos.
—Lo sé.
—Y Sofía va a seguir viviendo cuando tú no estés. Vivirá con las consecuencias de todo lo que tú ayudaste a hacerme. Así que decide de una vez qué clase de recuerdo quieres dejarle.
Las lágrimas volvieron a resbalar por sus mejillas.
—Lo hice porque estaba muy enganchado.
—Eso explica por qué lo hiciste. No lo justifica.
Asintió.
—Tienes razón.
Esperé. Jorge respiró hondo y, cuando volvió a mirarme, parecía mayor.
—Declararé.
No dije nada.
—Entregaré el dinero y contaré todo. Lo de las drogas, lo del abogado, lo de Gertrudis. Todo lo que sé.
—¿Aunque Javier vaya contra ti?
—Sí.
Se limpió la cara con ambas manos.
—No puedo seguir viviendo con esta culpa.
Lo miré y pensé que, por primera vez en muchos años, Jorge acababa de hacer algo por Sofía.
Pero llegaba demasiado tarde para que yo pudiera perdonarlo.