Capítulo 20 #2
—Javier me llamó para decirme que había problemas con mi expediente. Existía una prueba de drogas que había dado positivo y yo ni siquiera sabía que me la habían hecho.
Óscar frunció el ceño.
—¿Cómo es posible que no lo supieras?
—No lo sé. Mi abogado de oficio no me explicó nada. Javier fue quien me contó que había un primer resultado y que estaban esperando una prueba confirmatoria.
—¿Y también dio positivo?
Asentí.
—Una sustancia sedante e hipnótica. Según él, podía provocar desorientación, conductas automáticas y pérdida de memoria. Podría explicar que yo saliera de casa sin saber lo que hacía.
—¿La consumiste?
—No.
No dudé.
—Jamás.
Óscar mantuvo los ojos fijos en mí.
—¿Has visto los informes?
La pregunta me golpeó.
—No.
Lola se volvió hacia mí.
—¿Nunca?
Negué despacio.
—Javier me explicó todo.
Óscar apoyó los antebrazos sobre las piernas y guardó silencio durante unos segundos.
—¿Quién te dijo que las visitas se reducían?
—Javier.
—¿Quién te informó de que ya no podías sacar a tu hija del centro?
—Javier.
—¿Y quién te contó que estaban valorando que pasara los fines de semana con una familia acogedora?
Sentí que me costaba respirar.
—Javier.
Lola soltó una maldición en voz baja.
—Y después fue él quien consiguió detenerlo —añadí.
Nadie dijo nada. Aquello era lo peor. Yo misma podía escuchar cómo sonaba. Javier me había dado todo. Después me lo había quitado. Y luego había vuelto a salvarme.
—Dios mío —murmuré.
Óscar se acercó más a mí.
—Todavía no sabemos nada.
—Sí sabemos algo.
Lo miré.
—Sabemos que anoche me amenazó porque no quise besarlo.
Él levantó la cabeza.
—¿Qué ocurrió exactamente?
Se lo conté.
Le expliqué las visitas de Javier a mi casa, las cenas y el modo en que se había convertido en una presencia constante.
No intenté defenderlo esta vez. Tampoco intenté defenderme a mí.
Reconocí que había confiado en él porque estaba desesperada y porque parecía ser la única persona capaz de ayudarme a recuperar a Sofía.
—Anoche me besó. Me aparté y le dije que no sentía eso por él. Entonces dejó de fingir.
Óscar se quedó muy serio.
—¿Qué te dijo?
—Que me iba a arrepentir.
—¿Algo más?
—Que después de todo lo que había hecho por mí, no esperaba que le pagara así.
Óscar se puso en pie y caminó unos pasos por la habitación.
—Esto huele muy mal.
—Ya lo sé.
—Es un hombre de más de cuarenta y pico de años —continuó Óscar— que fue profesor tuyo cuando eras una adolescente.
Años después aparece dirigiendo el centro donde vive tu hija, empieza a gestionar personalmente tu caso, se convierte en la única persona que te transmite información sobre decisiones que afectan a la niña y termina entrando en tu casa.
Cuando rechazas una relación con él, te amenaza.
Sentí náuseas.
—Y se ha hecho pasar por sobrino de tu tía para acercarse a mí también en el trabajo.
Óscar me miró.
—Eso es lo que tenemos que averiguar.
—No puede ser una casualidad.
—Por supuesto que no lo es. Y vamos a demostrarlo.
Fue la primera respuesta completamente firme que dio.
Lola empezó a caminar por la habitación.
—Yo sabía que ese hombre no me gustaba. Lo sabía. Pero esto... esto es una locura.
—¿Por qué Gertrudis? —pregunté.
Los dos me miraron.
—¿Por qué ella? ¿Cómo sabía que iba a ingresar aquí? ¿Cómo consiguió entrar en su casa? ¿De dónde sacó sus cosas?
Óscar volvió la vista hacia su tía.
La pregunta pareció afectarle.
—Si te refieres a sus efectos personales, algunos de los que hay aquí no son de mi tía. Debió comprarlos.
—¿Cómo?
Me miró.
—Como te lo cuento. Ese hombre ha mentido en todo. Pero vamos a averiguar qué hay detrás de todo esto.
Lola respondió antes que él.
—Óscar es detective privado.
Me quedé mirándolo.
Durante unos segundos pensé que había entendido mal.
—¿Qué?
—Soy detective —confirmó él—. Llevo nueve años trabajando en investigación privada.
Me eché hacia atrás en la silla.
—No puede ser.
—Te aseguro que yo tampoco esperaba volver a la ciudad y encontrarme con un desconocido haciéndose pasar por familiar de mi tía.
La situación era tan absurda que, en otras circunstancias, quizá me habría reído. No podía. Pensé en Sofía.
—Tienes que investigarlo, sí.
Las palabras salieron de mi boca antes de que pudiera pensarlas.
Óscar asintió.
—Eso voy a hacer.
—Todo. Necesito saberlo todo.
—Primero necesito que me cuentes absolutamente cada cosa que ha ocurrido desde que volviste a encontrarte con él. Fechas, llamadas, decisiones, visitas. Todo….
—Sí, como cuando supuestamente dejaste tu móvil en su coche, cariño, que eso no me cuadra nada. Nunca lo hubieras perdido de vista —me recordó Lola—. Con esa excusa, se coló la primera noche en tu casa.
—Es verdad, no había caído —suspiré—. Lo haré, Óscar, puedes estar segura.
—Y necesito que no sepa que estoy aquí.
Aquello me dio miedo.
—Ha dicho que me voy a arrepentir.
—Precisamente por eso.
—¿Qué hago si me llama?
Óscar se quedó pensativo.
—De momento, no cambies tu comportamiento de forma brusca. No lo enfrentes y no le digas que sabes que ha mentido sobre Gertrudis.
—No quiero volver a verlo.
—Y no voy a pedirte que estés a solas con él.
Su tono fue firme.
—Pero necesitamos saber qué ha hecho y, sobre todo, qué puede hacer ahora.
Lola me cogió la mano.
—No vas a estar sola.
Miré a mi amiga. Después a Óscar.
Apenas lo conocía. Había aparecido aquella mañana de manera inesperada y, en menos de una hora, cambió por completo todo lo que yo creía saber.
—¿Crees que ha podido inventarse lo de las drogas?
Óscar no respondió enseguida.
—Creo que tenemos que conseguir los informes reales.
Sentí que el corazón se me detenía.
—¿Y si no existen?
Nadie respondió. Me tapé la boca con una mano. Durante semanas había llorado por una prueba que nunca había visto.
Había aceptado perder las visitas, las salidas y los fines de semana con mi hija porque Javier decía que aquello era lo que habían decidido los demás.
Había sentido que le debía gratitud por impedir que Sofía fuera con una familia acogedora.
Todo había pasado a través de él.
—Me ha estado manejando —susurré.
Lola apretó mi mano.
—Todavía tenemos que saber hasta dónde.
Miré a Óscar.
—Encuéntralo.
Él sostuvo mi mirada.
—Lo haré.
—No me importa cuánto tiempo necesites. Averigua qué ha hecho con mi hija.
Mi voz se quebró.
—Y averigua qué me hizo a mí.
Óscar asintió despacio.
—Voy a empezar hoy mismo.
Me levanté y me acerqué a Gertrudis. Durante semanas había creído que Javier se sentaba junto a ella por cariño. Había pensado que aquella mujer vulnerable era una prueba más de su bondad.
Ahora entendía que la había utilizado. Quizás igual que a mí.
—Lo siento —murmuré.
Óscar se acercó.
—¿Por qué?
Miré a Gertrudis.
—Porque estaba delante de mí y no vi nada.
—Él eligió a alguien que no podía desmentirlo.
Aquella frase me atravesó. Me volví hacia Óscar.
—Entonces sabía perfectamente lo que hacía.
Su expresión se endureció.
—Eso es lo que pienso averiguar.
Salí de la habitación de Gertrudis con Lola a mi lado y una certeza que me daba mucho más miedo que todas las dudas de la noche anterior.
Javier León había mentido.
Había entrado en mi lugar de trabajo utilizando a una mujer indefensa y había conseguido que yo creyera que el destino seguía cruzándonos.
Y ahora ya no me preguntaba si podía existir una explicación inocente.
Solo quería saber hasta dónde llegaba todo. Hasta dónde había sido capaz de manipular mi vida. Y, sobre todo, qué pensaba hacer después de prometerme que me arrepentiría.