Todo lo que haría por ti Capítulo 20
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Capítulo 20

Llegué a Los Almendros a la mañana siguiente después de haber dormido apenas un par de horas y con la amenaza de Javier todavía resonando dentro de mi cabeza.

No había conseguido librarme de aquellas palabras en toda la noche.

Las había escuchado mientras daba vueltas en la cama, cuando me levanté a beber agua, durante la ducha y en cada semáforo del trayecto hasta la residencia.

Pero lo peor no era la frase. Lo peor había sido su cara al pronunciarla, porque durante unos segundos no había quedado nada del hombre que yo creía conocer.

No había quedado nada  del antiguo profesor amable que me había reconocido a la salida del centro.

Tampoco del director comprensivo que aseguraba mover todos los hilos posibles para que pudiera ver a Sofía ni del hombre que aparecía en mi casa con comida cuando yo estaba demasiado destrozada para pensar en cenar.

El Javier que me había amenazado la noche anterior tenía una mirada que no había visto jamás.

Y yo estaba aterrada.

Había pasado meses confiándole mi vida. Él conocía cada detalle de mi expediente, mis miedos, mis horarios y la desesperación que me producía estar separada de Sofía.

Sabía dónde trabajaba y dónde vivía. Sabía qué días visitaba a mi hija, qué cosas me hacían llorar y hasta dónde era capaz de llegar con tal de recuperarla.

También sabía que yo estaba sola.

Aquella era la idea que más miedo me daba.

Durante toda la noche había intentado comprender qué había ocurrido.

Un hombre enamorado podía sentirse dolido por un rechazo. Pero un hombre que te quería no te advertía que ibas a arrepentirte.

Necesitaba hablar con Lola.

Necesitaba contarle todo, pedirle perdón por no haber escuchado sus advertencias y reconocer que había tenido razón desde el principio.

Ella había visto el peligro antes que yo.

Me había dicho que Javier tenía demasiado poder sobre mi vida, que no le gustaba la forma en que se acercaba a mí mientras yo dependía de él para saber qué ocurría con mi hija.

Yo lo había defendido. Había llegado incluso a plantearme iniciar una relación con él porque pensaba que podría darle estabilidad a Sofía.

Sentía náuseas cada vez que lo recordaba.

Entré en la residencia todavía con el bolso colgado del hombro y busqué a Lola. La encontré al fondo del pasillo hablando con una auxiliar. En cuanto me vio, se despidió de ella y caminó hacia mí con tanta rapidez que ni siquiera me dio tiempo a saludarla.

—Tengo que hablar contigo.

—Y yo contigo —le respondí enseguida—. Lola, ha pasado algo horrible con Javier.

Su expresión cambió, pero no de la manera que esperaba. No pareció sorprendida de que mencionara a Javier. Pareció confirmar algo que ya la tenía preocupada.

—Lo mío también tiene que ver con él.

Me quedé loca.

—¿Qué ha pasado?

Lola miró alrededor y me cogió del brazo para apartarme del paso de los demás.

—No vas a creértelo.

—Después de anoche, creo que puedo creerme cualquier cosa.

Aquella frase consiguió detenerla.

—¿Qué hizo?

—Te lo voy a contar, pero dime primero qué ha pasado aquí.

Lola dudó durante unos segundos. Después bajó la voz.

—En la habitación de Gertrudis hay un chico que dice que es su sobrino.

Al principio no entendí la importancia de aquello. Estaba demasiado alterada y mi cabeza seguía atrapada en la noche anterior.

—¿Y?

—Su único sobrino, Lucía.

La miré. Entonces comprendí. Sentí un frío inmediato.

—No.

—Sí.

—¿Qué quieres decir con su único sobrino?

Lola me explicó que el hombre había llegado poco después de comenzar el turno.

Se llamaba Óscar Medina y llevaba varios meses fuera de la ciudad.

En principio, pensaba permanecer fuera mucho más tiempo por cuestiones de trabajo, pero sus planes habían cambiado de manera inesperada y había regresado casi sin avisar.

Se sentía culpable por no haber estado junto a Gertrudis durante aquellos meses y había acudido a Los Almendros prácticamente en cuanto pudo.

—Cuando me ha dicho que era su sobrino, yo no he sospechado nada —continuó Lola—. Le he comentado que, por suerte, su primo venía bastante a ver a Gertrudis y que se preocupaba mucho por ella. Pensaba que lo tranquilizaría saber que alguien de la familia había estado pendiente.

Ya sabía lo que iba a decirme.

Aun así, no quería escucharlo.

—Y él te ha dicho que no tiene primos.

Lola asintió.

—Se ha quedado completamente desconcertado. Al principio pensaba que yo estaba confundiendo a Gertrudis con otra residente, pero cuando le he dicho que el hombre se llamaba Javier León y que venía asegurando que era su sobrino, me ha explicado que eso es imposible.

Me apoyé contra la pared. La noche anterior, Javier me había amenazado.

Aquella mañana descubría que también había mentido sobre Gertrudis.

Todo empezó a girar demasiado deprisa.

—¿Estás segura?

—He mirado el expediente.

Cerré los ojos.

—¿Qué pone?

—Óscar Medina. Único familiar de referencia. Sobrino. No sé cómo no nos habíamos fijado hasta ahora en que los nombres no se correspondían.

Abrí los ojos despacio.

—Javier no aparece en ese expediente.

—En ninguna parte.

Recordé la primera vez que lo había encontrado en la habitación de Gertrudis. Su sorpresa. Mi alegría por aquella coincidencia increíble. Él había asegurado que no sabía que su tía estaba precisamente en la residencia donde yo trabajaba.

Después me había invitado a tomar algo. Habíamos empezado a vernos.

Todo había comenzado allí.

Me llevé una mano a la boca.

—Dios mío.

Lola me cogió por los brazos.

—Ahora vas a contarme qué ocurrió anoche.

—Intentó besarme.

Su expresión se endureció.

—¿Y?

—Al principio cedí, pero luego le pedí que parara.

No pude continuar durante unos segundos.

—Entonces cambió.

—¿Qué significa que cambió?

—Que se le cayó la máscara.

La voz empezó a temblarme.

—No sé explicártelo mejor. Era otra persona, Lola. Su cara, su forma de mirarme... todo. Le dije que lo quería muchísimo, pero que no de esa manera. Intenté ser amable porque me sentía culpable después de todo lo que había hecho por mí.

—Lucía...

—Ya lo sé. Ahora lo sé.

Me limpié rápidamente una lágrima.

—Se enfadó. Me dijo que después de todo lo que había hecho por mí, aquello era lo que recibía. Y antes de marcharse me dijo que me arrepentiría.

Lola se quedó completamente quieta.

—¿Te dijo exactamente eso?

—Sí.

—¿Te vas a arrepentir?

Asentí.

Vi cómo palidecía.

—Tenemos que hablar con ese chico.

No discutí.

Caminamos juntas hacia la habitación de Gertrudis y, durante aquellos pocos metros, sentí que cada recuerdo de los últimos meses empezaba a cambiar de forma.

Javier había aparecido en el centro. Después había conseguido más visitas.

Más tarde llegaron las salidas y aquel fin de semana maravilloso con Sofía.

Después aparecieron las drogas. Y todo desapareció. Las visitas. Las salidas. Mi hija. La posibilidad de recuperarla.

Javier había sido siempre quien me daba las buenas noticias. También las malas.

Entramos en la habitación.

Gertrudis estaba sentada junto a la ventana y a su lado había un hombre de poco más de treinta años, muy atractivo, de pelo moreno, ojos celestes y complexión atlética.

Llevaba vaqueros y una camisa clara y tenía una pequeña maleta junto a la pared.

Estaba inclinado hacia ella, hablándole con una ternura que me recordó inmediatamente la forma en que yo misma intentaba comunicarme con aquella mujer.

Al vernos, se puso en pie.

Lola hizo las presentaciones.

—Óscar, ella es Lucía. Necesitamos hablar contigo.

Él miró primero a mi amiga y después a mí.

—Supongo que tiene que ver con el hombre que dice ser sobrino de mi tía.

—Tiene que ver con muchas cosas —le respondí.

Nos sentamos.

No sabía por dónde empezar y durante unos segundos permanecí mirando a Gertrudis. Su silencio me pareció de pronto terrible. Javier se había acercado a una mujer que no podía hablar. Había contado delante de ella que era su sobrino y ella no había tenido ninguna forma de desmentirlo.

—¿Conoces a Javier León? —le pregunté.

Óscar negó con la cabeza.

—No había escuchado ese nombre en mi vida hasta hace media hora.

—¿Y estás completamente seguro de que no puede ser familia de Gertrudis?

—Completamente. Mi madre era su única hermana y yo soy hijo único. No existe otro sobrino.

Ya no intenté buscar explicaciones.

La noche anterior había terminado con esa parte de mí.

—Entonces ha mentido.

Decirlo en voz alta me produjo una sensación horrible.

Óscar me observó.

—Eso parece. Ahora necesito saber quién es y por qué ha estado visitando a mi tía.

Respiré hondo.

—Javier León es el director del centro de menores donde vive mi hija.

El silencio que se produjo fue inmediato.

Óscar dejó de mirar a Gertrudis.

—Creo que vas a tener que empezar desde el principio.

Y lo hice.

Le conté lo de Sofía. La noche en que me habían encontrado dormida en las escaleras mientras mi hija lloraba sola en casa, la intervención de la policía y todo lo que había ocurrido después.

Le expliqué que yo jamás había salido de casa conscientemente y que llevaba meses intentando demostrar que no había abandonado a mi hija para irme de fiesta.

Después le hablé de Javier.

Había sido profesor mío de Formación y Orientación Laboral cuando yo estudiaba el ciclo. Nos habíamos reencontrado muchos años después, cuando salía de visitar a Sofía, y él había asegurado recordarme. Desde ese momento había empezado a ayudarme.

Óscar me preguntó cuántos años tenía yo ahora.

—Veinticinco.

Su expresión cambió.

—¿Y él?

—Cuarenta y tantos. Cuarenta y seis, creo que dijo exactamente.

No hizo ningún comentario, pero vi que aquello tampoco le gustaba.

Continué contándole las visitas extraordinarias que Javier había conseguido, las tardes con Sofía y el permiso para llevarla al parque. Después había llegado el fin de semana en casa, el mejor regalo que podía haber imaginado.

Y, poco después, todo se había derrumbado.