Capítulo 19 #2
Lo miré sin poder creer lo que escuchaba.
—No estoy montando nada. Pensé que quería intentarlo y me he dado cuenta de que no.
La frase salió antes de que pudiera suavizarla.
Javier no parecía dar crédito.
—¿Que no qué?
Tragué saliva.
—Que no quiero seguir.
—Eso ya lo has dicho.
—Entonces no sé qué más quieres que explique.
—Has dicho que te has dado cuenta.
La forma en que me miraba me obligó a retroceder un paso.
No quería decírselo. No quería explicarle que no me gustaba de aquella manera, que había intentado convencerme de que el cariño podía convertirse en otra cosa y que, al sentir su boca sobre la mía, había comprendido que no iba a ocurrir.
—Creo que deberías irte.
Javier me observó durante varios segundos.
Después soltó otra risa, igual de fría.
—Increíble.
—No quiero discutir.
—Claro que no. Tú nunca quieres nada que no te convenga.
La frase me desconcertó.
—¿Qué significa eso?
—Nada.
Caminó hacia la mesa y cogió las llaves. Yo permanecí junto a la ventana, intentando convencerme de que todo terminaría cuando saliera por la puerta.
—Javier, no quería hacerte daño. De verdad. Pensé que podía sentir algo y no lo sabía hasta que...
Se volvió hacia mí con tanta rapidez que dejé de hablar.
—¿Hacerme daño? ¿De verdad crees que el problema es que me has hecho daño?
—No sé cuál es el problema.
—Ese es precisamente tu problema, Lucía. Que nunca sabes nada. Ni siquiera sabes cómo acabaste drogada en las escaleras aquella puta noche —me soltó, dejándome sin aliento.
—No te reconozco.
—Pues quizás deberías haber mirado un poco mejor.
No supe qué responder.
Javier se puso la chaqueta con movimientos lentos y controlados. Aquello me asustó más que si hubiera gritado.
—Has sabido perfectamente dónde encontrarme cada vez que necesitabas algo —continuó—. Cuando estabas destrozada, cuando tenías miedo, cuando necesitabas información o cuando querías que alguien moviera los hilos por tu hija. Entonces nunca te costaba abrirme la puerta.
Lo miré.
—Tú dijiste que querías ayudarme.
—Y lo he hecho.
—Lo sé. Te lo he agradecido muchas veces.
—Sí. Me has dado las gracias.
La forma en que pronunció aquellas palabras hizo que la gratitud pareciera algo miserable.
—¿Qué quieres que diga?
Javier me sostuvo la mirada.
—Nada. Ya has dicho bastante.
Caminó hacia la puerta.
Yo lo seguí a cierta distancia.
—No quería que esto terminara así.
Él puso una mano sobre el pomo.
—¿Así cómo?
—No lo sé. No quería que te enfadaras.
—No estoy enfadado.
Era mentira. Lo veía en su mandíbula, en la rigidez de los hombros y en aquella mirada que no se parecía en nada a la del hombre que me había pedido que confiara en él.
—Creo que es mejor que te vayas.
Javier abrió la puerta. Sentí alivio. Solo durante un segundo. Porque antes de salir se volvió.
—Te vas a arrepentir de esto.
Me quedé petrificada.
No levantó la voz. No hizo ningún gesto. Precisamente por eso sentí más miedo.
—¿Qué quieres decir?
—Lo sabes perfectamente.
—No. No lo sé.
Javier sonrió apenas.
—Entonces piensa.
Un escalofrío me recorrió la espalda.
—¿Me estás amenazando?
Él me miró durante unos segundos.
—Buenas noches, Lucía.
Salió. Cerré la puerta de golpe. Eché la llave y comprobé el pestillo. Después volví a tocarlo, aunque sabía perfectamente que estaba cerrado.
Me quedé apoyada contra la madera, intentando respirar.
“Te vas a arrepentir de esto”.
La frase se repetía una y otra vez en mi cabeza.
Miré hacia el salón. Las cajas de la cena seguían sobre la mesa y su vaso estaba junto al mío. Hacía apenas media hora yo había pensado que podía construir algo con aquel hombre. Había intentado imaginarlo en mi vida, en mi casa e incluso junto a Sofía.
Ahora tenía miedo de él. No porque hubiera intentado besarme. Ni siquiera porque se hubiera enfadado al sentirse rechazado.
Tenía miedo porque le había pedido que parara y no lo había hecho por las buenas.
Me llevé una mano a la boca y cerré los ojos. Durante un instante volví a sentir sus dedos sobre mi muslo y el cuerpo se me tensó.
Busqué el teléfono. Pensé en llamar a Lola.
Tenía su nombre en la pantalla y el dedo sobre el icono de llamada, pero no llegué a pulsarlo. Si le contaba lo ocurrido, me diría que había tenido razón. Me diría que me alejara de Javier, que no volviera a abrirle la puerta y que buscara ayuda.
Y quizás tuviera razón. Pero Lola no entendía una cosa. Javier era el director del centro donde estaba internada mi hija.
Y yo acababa de rechazarlo. Sentí un frío terrible.
“Te vas a arrepentir de esto”.
Me senté en el sofá con el teléfono entre las manos y pensé en Sofía. Entonces comprendí por qué estaba tan asustada.
No temía que Javier volviera a llamar a mi puerta. Temía que no necesitara hacerlo. Temía que pudiera castigarme sin acercarse a mí.
Aquella noche no dormí. Dejé la luz del pasillo encendida, el teléfono junto a la almohada y comprobé tres veces que la puerta estuviera cerrada.
Pero cada vez que conseguía cerrar los ojos escuchaba la misma frase.
Y, por primera vez desde que Javier León había vuelto a aparecer en mi vida, comprendí que quizás Lola no se había equivocado.
Quizás yo había confiado en la persona errónea.