Todo lo que haría por ti Capítulo 19
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Capítulo 19

Javier tardó un rato, aunque durante ese tiempo había conseguido cambiarme tres veces de ropa, recoger una cocina que ya estaba recogida y preguntarme unas veinte veces qué demonios estaba haciendo.

La conversación con Lola seguía dando vueltas en mi cabeza, especialmente aquella pregunta que había dejado flotando entre las dos: si Javier se cansaba de ayudarme porque yo no quería nada con él, ¿qué significaría eso?

Me avergonzaba pensar de aquella manera. Me avergonzaba tanto que intentaba convencerme de que no era eso lo que estaba haciendo, de que no pensaba en acercarme a Javier para asegurarme su ayuda ni para conseguir que Sofía tuviera más posibilidades de volver a casa.

Yo empezaba a quererlo, eso era verdad. Me preocupaba por él, agradecía su presencia y había noches en las que incluso esperaba que llamara a mi puerta porque la casa se hacía menos triste cuando estaba dentro.

Quizás el problema era mío.

Javier nunca me había pedido nada a cambio de lo que hacía. Quizás Lola se equivocaba al desconfiar de sus intenciones.

O quizás la que se equivocaba era yo al esperar sentir algo extraordinario.

Tenía veinticinco años, una hija de cinco que vivía en un centro de menores y una vida que parecía haberse roto en tantas partes que ya ni siquiera sabía por dónde empezar a recogerlas.

No necesitaba mariposas en el estómago ni que me temblaran las piernas al ver a un hombre. No era una adolescente. Javier era bueno conmigo, me hacía sentir protegida y, si cerraba los ojos e intentaba imaginar una vida tranquila, podía verlo formando parte de ella.

Podía imaginarlo sentado a mi mesa. Podía imaginarlo entrando en casa después del trabajo. Podía imaginarlo incluso con Sofía, porque ya había visto el cariño con el que la trataba y la facilidad que tenía para calmarla.

Quizá el amor también podía empezar así. Con calma. Con agradecimiento. Con alguien que aparecía cuando los demás se marchaban.

Cuando sonó el timbre, me miré una última vez en el espejo del recibidor.

Llevaba unos vaqueros y una blusa sencilla que me había puesto después de quitarme un vestido porque me parecía demasiado evidente y de cambiar una camiseta porque me parecía exactamente lo contrario.

Me sentí ridícula al darme cuenta de que estaba nerviosa.

Abrí.

Javier esperaba al otro lado con una bolsa de papel en una mano.

—He traído la cena porque, después de conocerte durante estas semanas, ya sé que cuando dices que estás bien significa que no lo estás y que cuando dices que has cenado probablemente te has comido un yogur.

Sonreí y me aparté para dejarlo pasar.

—Te estás volviendo un poco insoportable.

—Es una de mis mejores cualidades.

—No sé quién te ha dicho eso.

—Mi autoestima.

Entró y caminó hacia la cocina con una familiaridad que no habría tenido unas semanas antes.

Lo observé sacar los envases de la bolsa y sentí una punzada al comprobar cuánto espacio había ocupado ya en mi vida.

Sabía dónde guardaba los vasos, dónde estaban los cubiertos y cuál era el cajón que se atascaba.

Sabía que el zumo de naranja estaba en la puerta de la nevera y que yo siempre olvidaba comprar servilletas.

Había entrado poco a poco. Casi sin que me diera cuenta.

Aquella noche había traído hamburguesas y patatas, y terminamos cenando en el salón, como otras veces. Javier me contó que seguía removiendo cielo y tierra para ayudarme.

—Sé que estás cansada de escucharme pedirte paciencia —me dijo mientras señalaba mi hamburguesa casi intacta—, así que esta noche no voy a hacerlo. Solo voy a pedirte que comas un poco más, porque llevas diez minutos desmontando el pan como si esperases encontrar una respuesta dentro.

Miré el plato.

—Estoy comiendo.

—Has mordido una patata.

—Era bastante grande.

—Lucía, una patata no cuenta como cena por mucho que intentes defenderla.

Cogí otra y la levanté delante de él.

—Dos. Ya hemos duplicado la cantidad.

Javier negó con la cabeza y yo terminé riéndome. Fue un momento sencillo, uno de esos momentos que últimamente se habían vuelto tan escasos que casi no sabía qué hacer con ellos.

Y quizás precisamente por eso decidí que podía intentarlo.

No tenía que sentir algo enorme desde el principio.

Podía dar una oportunidad a un hombre que me quería bien.

Podía dejar de analizar cada gesto y permitir que las cosas ocurrieran.

Tal vez la atracción apareciera después, cuando mi vida dejara de ser una sucesión de miedos.

Tal vez el amor no siempre empezara con un incendio y pudiera hacerlo con algo mucho más sencillo.

Con alguien quedándose.

Cuando terminamos de cenar, Javier recogió los envases y yo llevé los vasos a la cocina.

Al regresar, lo encontré de pie junto a la ventana, observando la maceta de margaritas que Sofía había dejado durante aquel único fin de semana en casa.

Las flores continuaban vivas, aunque una empezaba a inclinarse y yo llevaba dos días intentando decidir si necesitaba más agua o precisamente menos.

—Siguen resistiendo —comentó Javier cuando me acerqué.

—Contra todo pronóstico. Sofía se sorprenderá cuando le lleve la foto el martes.

—A lo mejor es una buena señal.

Me detuve a su lado.

—No creo demasiado en las señales.

—Tampoco creías en la suerte.

—Y sigo sin creer.

Javier se volvió hacia mí. Estábamos muy cerca, aunque no tanto como para que yo pudiera fingir que no entendía lo que estaba ocurriendo.

—¿Y en mí?

La pregunta me dejó quieta.

Pensé en todo lo que había hecho durante aquellas semanas.

—Sí —respondí—. En ti sí confío.

Su expresión cambió.

No fue nada brusco. Solo una forma distinta de mirarme, una atención que ya había visto la noche anterior y que entonces había decidido esquivar. Esta vez no lo hice. Me obligué a permanecer donde estaba mientras Javier levantaba una mano y me acariciaba la mejilla.

—Pensé que había estropeado las cosas —dijo.

Bajé la mirada durante un instante.

—No estropeaste nada.

—Te apartaste.

—Me asusté un poco.

—¿De mí?

Negué.

—De todo. Últimamente me asusto de todo.

Javier dejó la mano junto a mi rostro.

—No quiero que tengas miedo conmigo.

Aquella frase debería haberme emocionado. Y lo hizo, aunque no de la forma que yo esperaba. Sentí ternura. Gratitud. Un cariño profundo por el hombre que había estado sosteniéndome durante las peores semanas de mi vida.

Me dije que quizá aquello bastaba. Cuando se inclinó hacia mí, no giré la cara. No busqué un vaso. No fingí no entender.

Me quedé quieta y dejé que me besara.

Al principio cerré los ojos e intenté no pensar. Me concentré en todas las razones por las que aquello podía estar bien.

Esperé sentir algo. Cualquier cosa. Una emoción. Un pequeño deseo de acercarme. La necesidad de devolverle el beso.

Pero no ocurrió.

No me desagradó. No sentí rechazo inmediato ni miedo. Fue peor de una forma extraña, porque no sentí prácticamente nada. Su boca estaba sobre la mía y yo permanecía allí, esperando una reacción que no llegaba, intentando convencerme de que quizás necesitaba más tiempo.

Javier profundizó el beso y me rodeó la cintura.

Yo seguí intentándolo.

Durante unos segundos incluso apoyé una mano en su pecho y traté de responder, porque quería estar equivocada. Quería que apareciera algo que justificara todas las veces que había imaginado que quizás podía construir una vida con él.

Pero cuanto más lo intentaba, más clara era la respuesta. Quería a Javier. Lo quería de verdad. Pero no de aquella manera.

Abrí los ojos y apoyé las dos manos sobre su pecho.

—Espera un momento.

Javier no se apartó.

Pensé que quizás no me había oído porque lo había dicho demasiado bajo. Giré ligeramente la cara para romper el beso y respiré.

—Javier, espera. Para un momento.

Volvió a buscar mi boca.

La primera punzada de incomodidad apareció entonces. No era miedo todavía. Solo la sensación de que algo no estaba ocurriendo como debía.

Intenté separarme un poco más.

—Para, para...

Lo dije con suavidad.

Todavía no quería convertir aquello en un problema. Todavía buscaba al Javier que conocía, al hombre paciente que había esperado durante semanas y que nunca parecía exigir nada.

Pero él volvió a besarme.

Esta vez me rodeó con más fuerza y una de sus manos descendió desde mi cintura hasta mi muslo. Sentí sus dedos apretarme a través del pantalón y el cuerpo entero se me tensó.

Le agarré la muñeca.

—Javier, no. Espera.

Él siguió besándome. La alarma se convirtió en miedo. Giré la cabeza y conseguí apartar la boca.

—¡He dicho que pares!

Mi voz sonó más firme.

Javier levantó la cabeza por fin, pero no me soltó.

—¿Qué pasa?

Lo miré sin entender la pregunta.

—Que quiero que pares.

—Hace un momento querías que te besara.

—Sí. Pero ahora quiero parar.

Intenté apartarme y él volvió a acercarme hacia su cuerpo.

—Estás nerviosa.

—No. Bueno, sí, pero no es eso. Solo quiero que pares.

—Lucía, relájate.

Volvió a inclinarse hacia mí.

Esta vez giré la cara antes de que pudiera besarme.

—No quiero.

La mano que tenía en mi muslo ascendió un poco más.

La aparté.

—Javier.

—No pasa nada.

—Sí pasa. Te estoy diciendo que pares.

Mi voz empezó a temblar.

Él volvió a intentar besarme y yo sentí que algo se rompía de golpe dentro de mí. Ya no intenté hacerlo con cuidado. Apoyé las dos manos contra su pecho y lo empujé con todas mis fuerzas.

Javier dio dos pasos hacia atrás. Nos quedamos mirándonos. Yo respiraba deprisa.

Él no. Su cara había cambiado.

Fue una transformación pequeña, pero tan clara que sentí frío. La suavidad desapareció de sus ojos y, durante unos segundos, vi una rabia contenida que jamás había aparecido cuando hablaba conmigo en el centro, cuando visitaba a Gertrudis o cuando me prometía que iba a ayudarme.

—¿Qué demonios te pasa? —me preguntó.

La dureza de su voz me dejó helada.

—Te he dicho que pares.

—Y yo he parado.

—Porque te he empujado.

Javier soltó una risa breve y negó con la cabeza.

—No entiendo a qué estás jugando.

—No estoy jugando a nada.

—La anterior vez te apartaste. Hoy me dejas besarte y, de repente, montas este espectáculo.