Capítulo 18
A partir de aquel día, mi vida entró en una especie de equilibrio extraño, como si caminara sobre una cuerda demasiado fina y Javier fuera la única persona que sujetaba uno de los extremos.
El resultado positivo no había provocado una decisión inmediata sobre Sofía, pero sí había convertido cada día en una amenaza silenciosa. Yo seguía viéndola los martes, dentro del centro, siempre bajo supervisión, y cada visita se me quedaba corta de una forma casi física.
Unos días después, Javier me llamó para decirme que había conseguido frenar, al menos de momento, la posibilidad de que Sofía pasara los fines de semana con una familia acogedora.
Me explicó que el equipo había aceptado esperar antes de dar ese paso, que todavía quedaban cosas por revisar y que él había insistido en que mover a la niña de nuevo podía hacerle más daño que bien.
Yo debería haber sentido alivio. Y lo sentí. Pero también una culpa enorme.
Porque, si Sofía no salía con una familia, significaba que no salía casi nunca. Significaba que mi hija pasaba los martes conmigo durante un rato, dentro de aquellas paredes, y el resto de la semana seguía allí, esperando.
Esperando a una madre que la quería con locura pero que no podía llevársela. Esperando a que unos adultos decidieran si podía volver a dormir en su cama o si tenía que aprender a querer otra casa.
—No puedo evitar sentirme egoísta —le confesé a Javier una noche, sentada en el sofá de mi casa, con una taza de tila entre las manos—. Sé que no quiero que vaya con otra familia, pero tampoco puedo soportar pensar que está encerrada allí porque yo no puedo sacarla.
Javier se había acercado después del trabajo, como empezaba a hacer algunas noches.
Al principio siempre había una excusa: un detalle del expediente, una pregunta que no le había quedado clara, un papel que quería explicarme.
Después, poco a poco, dejó de hacer falta una razón tan clara.
Venía y me ayudaba a sostener las noches.
—No estás siendo egoísta, Lucía —respondió con calma—. Estás intentando evitarle otro cambio. Sofía necesita estabilidad, no ir acumulando casas provisionales.
—Pero yo no puedo darle esa estabilidad.
—Todavía no.
Aquella palabra era pequeña, pero él sabía usarla como si fuera una manta.
Todavía. Todavía no podía verla más. Todavía no podía traerla a casa. Todavía no podía demostrar qué había ocurrido. Todavía no significaba nunca.
Y yo necesitaba creerlo.
Javier empezó a convertirse en una presencia constante.
Me llamaba para explicarme cualquier novedad, aunque fuera mínima.
Se acercaba por Los Almendros a ver a Gertrudis y siempre acabábamos coincidiendo unos minutos en el jardín.
Algunas noches pasaba por casa con comida preparada porque, según él, yo seguía teniendo una relación lamentable con la cena cuando estaba triste.
No era invasivo. O al menos yo no lo sentía así.
Quizás porque nunca me exigía nada de entrada. Solo aparecía cuando yo estaba a punto de hundirme y me hablaba con esa serenidad que parecía ordenar un poco el desastre. Me decía que respirara, que no me adelantara a lo peor, que había pasos que dar y que él no iba a soltarme en mitad del camino.
Una noche, después de una visita especialmente dura con Sofía, vino a casa con una bolsa de comida italiana.
Yo apenas probé la cena. Había pasado toda la tarde escuchando a mi hija preguntarme cuándo volvería a su habitación y si Rodolfo seguía cuidándola bien.
Al final, cuando Sofía me pidió que le llevara una foto de las margaritas para comprobar que no se habían muerto, tuve que esconderme en el baño del centro para llorar sin que me viera.
Se lo conté a Javier sin mirarlo.
Él escuchó en silencio, sentado a mi lado en el sofá, mientras yo estrujaba una servilleta entre los dedos.
—No sé cuánto tiempo más puedo hacer esto —murmuré—. Cada martes salgo de allí sintiendo que la abandono otra vez.
—No la abandonas.
—Ella no entiende la diferencia.
—Claro que la entiende. Los niños entienden mucho más de lo que creemos, aunque no sepan explicarlo.
Negué despacio.
—Sofía solo sabe que su madre se va.
Javier se acercó un poco más y me quitó la servilleta de las manos con cuidado.
—También sabe que vuelves.
Lo miré entonces. Estaba muy cerca. Demasiado.
No supe en qué momento había dejado de verlo únicamente como el hombre que me ayudaba con el expediente.
Pero una cosa era empezar a quererlo.
Y otra muy distinta quererlo de aquella manera.
Javier levantó la mano y me apartó un mechón de pelo de la cara. Lo hizo despacio, como si quisiera darme tiempo a apartarme. Yo no me moví, aunque el corazón empezó a latirme con fuerza.
—Lucía...
Su voz sonó distinta. Más baja. Más cercana.
Comprendí lo que iba a pasar un segundo antes de que ocurriera.
Javier se inclinó hacia mí.
No fue brusco. No fue evidente para nadie que hubiera mirado desde fuera. Fue apenas un movimiento, una intención, la distancia reduciéndose entre los dos.
Y yo hice lo único que fui capaz de hacer. Me hice la tonta.
Giré la cara hacia la mesa, cogí un vaso que ni siquiera quería y fingí no haber entendido nada.
—Se ha enfriado la cena —dije, con una torpeza que me dio vergüenza incluso a mí.
Javier se quedó quieto. Durante un segundo el silencio pesó muchísimo.
Después carraspeó y se apartó un poco.
—Sí. Es verdad.
Yo bebí agua aunque no tenía sed. Él no insistió.
Y quizás eso fue lo que más me desarmó.
Porque una parte de mí había tenido miedo de que se molestara, de que me preguntara por qué me apartaba o de que cambiara de actitud.
Pero Javier solo recuperó el tono sereno de siempre, recogió los platos y me preguntó si quería que revisáramos al día siguiente unas notas sobre el informe toxicológico.
Cuando se marchó, me quedé apoyada contra la puerta cerrada.
No había pasado nada. Y, sin embargo, había pasado algo.
A la mañana siguiente se lo conté a Lola en el vestuario de Los Almendros. Ella estaba recogiendo su pelo frente al espejo y, cuando terminé, dejó la goma sobre la encimera con una lentitud peligrosa.
—No me gusta.
Lo dijo sin rodeos.
—Lola...
—No me gusta, Lucía.
Me senté en el banco y me froté la frente.
—No ha hecho nada malo.
—No he dicho que haya hecho nada malo. He dicho que no me gusta.
—Está ayudándome muchísimo.
—Precisamente.
La miré.
Lola se volvió hacia mí con los brazos cruzados.
—Ese hombre tiene poder sobre lo que más te importa en el mundo, o al menos tú sientes que lo tiene. Te llama por el expediente, te lleva en coche, viene a cenar a tu casa, te consuela cuando estás hecha polvo y ahora intenta besarte. ¿De verdad no ves el problema?
Sus palabras me hicieron daño porque no eran absurdas.
Pero yo no quería escucharlas.
—No es así.
—¿Entonces cómo es?
—Es la única persona que está haciendo algo.
—Eso no lo convierte en la persona adecuada para meterse en tu vida.
Me levanté, nerviosa.
—No se ha metido. Yo le he dejado entrar.
—Porque estás desesperada.
Aquello me golpeó.
—Gracias.
—No lo digo para hacerte daño.
—Pues lo parece.
Lola suspiró y se acercó a mí.
—Ains... Lucía, perdón. Es que me pongo de los nervios y ya mezclo hasta universos. Escúchame. Yo sé que estás sola. Sé que tienes miedo. Sé que Javier te está dando algo que necesitas mucho: apoyo, información, esperanza. Pero precisamente por eso tienes que ir con cuidado. Es muy mayor para ti.
Me quedé callada.
Durante un momento solo escuché el ruido lejano de la residencia despertando al turno de mañana.
—A veces pienso que quizás debería dejarme querer —dije al fin.
Lola frunció el ceño.
—¿Qué significa eso?
Me costó decirlo en voz alta.
—Que si él quiere algo conmigo... quizás debería intentarlo.
—¿Porque tú lo quieres?
No respondí.
Lola entendió la respuesta.
—Lucía.
—No lo mires así.
—¿Cómo quieres que lo mire?
—No sé.
Respiré hondo.
—Empiezo a quererlo, Lola. De verdad. No como... no sé. No como se quiere a alguien cuando te mueres por besarlo. Pero lo quiero. Me importa. Me siento segura con él. Y Sofía necesita estabilidad. Necesita que alguien pueda ayudarnos, que alguien esté ahí, que no todo dependa de mí.
Lola abrió mucho los ojos.
—No estás hablando de enamorarte. Estás hablando de agarrarte a un salvavidas.
—¿Y si es lo único que tengo?
—Me tienes a mí.
—Tú no puedes devolverme a mi hija.
La frase salió cruel. Lo supe en cuanto vi su cara.
—Perdón.
Lola tragó saliva.
—No pasa nada.
—Sí pasa. No quería decir eso.
—Pero lo has dicho porque lo piensas un poco.
No supe negarlo.
Ella se acercó y me cogió las manos.
—Lucía, escúchame bien. Si algún día estás con alguien, que sea porque te tiemblan las piernas de felicidad, no porque creas que tu hija tendrá más posibilidades de volver a casa si tú sonríes a la persona correcta.
Se me llenaron los ojos de lágrimas.
—No sé distinguir nada ahora mismo.
—Pues por eso no decidas nada.
—¿Y si él se cansa de ayudarme?
Lola me miró como si aquella fuera exactamente la frase que llevaba esperando.
—Ahí está el problema.
Me solté suavemente de sus manos.
—No creo que sea así.
—Ojalá tengas razón.
—La tengo.
Pero no lo dije con fuerza. Lo dije porque necesitaba que fuera verdad.
Aquel día intenté trabajar como si la conversación no se hubiera quedado clavada en algún lugar incómodo de mi cabeza. Atendí a Gertrudis, le leí a Miguel unas páginas de nuestro libro y repartí meriendas con una sonrisa que Lola no dejó de vigilar desde el otro lado del pasillo.
Por la noche, Javier me escribió. Solo una frase. «¿Estás bien?»
Me quedé mirando la pantalla durante varios minutos.
Pensé en Lola. Pensé en Sofía. Pensé en el beso que no había ocurrido y en la mano de Javier apartándome el pelo de la cara.
Después respondí. «No mucho.»
Su contestación llegó enseguida. «Paso a verte.»
Y yo, aunque sabía que quizás no debía, no le dije que no.