Capítulo 17 #2
No me hizo más preguntas. Me llevó al pequeño despacho que utilizábamos para descansar, cerró la puerta y me dio un vaso de agua. Solo cuando me vio sentada y un poco más tranquila se colocó frente a mí.
—La prueba ha salido positiva —conseguí decir.
Lola frunció el ceño.
—¿La de las drogas?
Asentí.
—Dicen que tenía una sustancia sedante en el cuerpo. Algo que puede hacer que una persona no sepa bien lo que hace y después no lo recuerde.
Lola me miró durante varios segundos.
—Pero tú no tomas nada.
—Ya lo sé.
—No, Lucía. Mírame. Tú no tomas nada. Te conozco desde hace años y sé perfectamente cómo vives.
—A ti te da igual lo que diga un informe.
—Exactamente.
—A los demás no.
Empecé a llorar otra vez.
—Es una prueba confirmatoria, Lola. Ya no pueden decir que el primer resultado fue un error. Ahora hay otro que dice lo mismo.
Ella se agachó delante de mí y me cogió las manos.
—Entonces habrá que averiguar cómo demonios llegó eso a tu cuerpo.
La miré.
—¿Tú también me crees?
Lola pareció ofendida.
—No hagas preguntas idiotas cuando estoy intentando ser una buena amiga.
Aquello consiguió arrancarme una risa entre lágrimas.
Veinte minutos después, Javier llegó a Los Almendros.
Fue Lola quien lo vio entrar y lo condujo hasta el despacho. Cuando apareció en la puerta, me puse de pie sin saber por qué. Parecía haber llegado deprisa y, al verme, su expresión cambió.
Lola lo observó con curiosidad.
—Estoy fuera —dijo finalmente—. Pero si alguien hace llorar más a esta mujer, tendrá que vérselas conmigo.
—Lola...
—Es información importante.
Salió y cerró la puerta.
Javier permaneció unos segundos frente a mí.
—Enséñame el informe.
—No lo tengo aquí.
—Entonces dime exactamente qué pone.
—Lucía, creo que ahora mismo deberías intentar calmarte antes de entrar en todos los detalles.
Negué con la cabeza.
—No decidas lo que puedo soportar. Llevo meses con gente decidiendo por mí. Quiero saber qué dice ese papel.
Javier asintió despacio.
—De acuerdo. El análisis confirma la presencia de una sustancia de efecto sedante e hipnótico y de sus metabolitos. La interpretación considera que la exposición es compatible con el periodo cercano a la noche de los hechos.
—Otra vez esa palabra.
—¿Cuál?
—Exposición.
Lo miré fijamente.
—No dice que yo la tomara.
Javier tardó un instante en responder.
—No. Un análisis puede determinar que una sustancia estuvo en tu organismo. No necesariamente puede establecer cómo llegó allí.
Sentí que el corazón empezaba a latirme con más fuerza.
—Entonces existe una posibilidad.
—Existe la posibilidad de revisar todo el procedimiento y buscar una explicación.
—¿Crees que mezclaron las muestras?
—No lo sé.
—Pero puede haber pasado.
—Puede haber ocurrido un error. También puede existir alguna circunstancia que todavía no conocemos. Lo importante ahora es no inventar respuestas antes de tener información.
Me levanté y empecé a caminar por el despacho.
—Tengo miedo.
Javier se acercó un poco más.
—Lo imagino.
—No imaginas cuánto.
—Entonces dímelo.
Bajé las manos.
—Tengo miedo de que Sofía deje de esperarme. Tengo miedo de que la manden con una familia y esté bien allí. Tengo miedo de que quiera a otra mujer, de que se acostumbre a otra casa y de que un día me mire y yo ya no sea su hogar.
La voz se me quebró.
—Tengo miedo de perderla sin haber hecho nada.
Javier me cogió suavemente por los brazos.
—No vas a dejar de luchar por ella.
—Eso no significa que vaya a ganar.
—Entonces habrá que luchar mejor.
Negué con la cabeza.
—Estoy agotada. Estoy cansada de que todo salga mal.
—Es normal.
—Y ya no sé en quién confiar.
Javier permaneció unos segundos mirándome.
—Confía en mí.
Aquellas palabras me recordaron la cafetería. Su mano sobre la mía. La forma en que me había pedido exactamente lo mismo apenas unos días antes.
—Voy a revisar cada paso que pueda revisar —continuó—. Voy a intentar averiguar cómo se identificaron las muestras, quién intervino y si hubo alguna incidencia. Y si no encontramos un error, buscaremos otra explicación.
Empecé a llorar otra vez.
Esta vez Javier me abrazó.
No fue un gesto breve ni prudente. Me rodeó con los brazos y yo apoyé la frente contra su pecho, completamente vencida. Durante unos minutos no intentó decirme que todo saldría bien ni me ofreció promesas imposibles. Solo permaneció allí mientras yo lloraba.
—No puedo perderla —murmuré.
—No vas a perderla.
—No puedo soportarlo.
—No vas a pasar por esto sola.
Me aferré a su camisa.
—Tengo mucho miedo.
Javier me acarició el pelo.
—Entonces déjame ayudarte a sostenerlo.
Cerré los ojos.
No sabía qué iba a ocurrir. No sabía cómo podía haber una sustancia en mi cuerpo que jamás había tomado ni qué había ocurrido durante aquellas horas que seguían completamente borradas de mi memoria.
No sabía si había salido de casa despierta, dormida o perdida en un estado que ni siquiera podía imaginar.
Solo sabía que el informe decía que aquella sustancia había estado dentro de mí. Y que yo decía la verdad. No la había tomado.
Javier se separó lo suficiente para mirarme.
—Voy a dejarme la piel en esto.
Lo miré durante unos segundos. Después asentí. No tenía nada más a lo que agarrarme.
Y, en aquel momento, Javier parecía ser la única persona capaz de sostenerme mientras todo lo demás volvía a derrumbarse.