Todo lo que haría por ti Capítulo 17
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Capítulo 17

La llamada llegó el viernes poco después de las doce, cuando yo estaba sentada junto a Miguel leyendo en voz alta.

Habíamos avanzado muy poco en nuestro libro porque él interrumpía cada dos páginas para contarme alguna anécdota de sus años como maestro y yo, en lugar de recordarle que teníamos una novela por terminar, terminaba haciéndole preguntas hasta que los dos olvidábamos por completo dónde habíamos dejado la lectura.

Aquella mañana, además, yo tampoco conseguía concentrarme demasiado.

Desde que Javier me había hablado del resultado pendiente, vivía en un estado de espera constante.

Cada llamada inesperada me producía el mismo golpe en el pecho, aunque después resultara ser Lola preguntándome dónde había guardado algo o el centro recordándome cualquier detalle relacionado con la visita de Sofía.

Había empezado a mirar el teléfono demasiadas veces al día, convencida de que aquel informe podía aparecer en cualquier momento y cambiarlo todo.

El móvil vibró en el bolsillo de mi uniforme.

—Tienes que contestar —dijo Miguel, mirándome por encima de las gafas—. Llevas cinco minutos leyendo la misma página y yo tengo ochenta y siete años. No puedo permitirme perder el tiempo de esta manera.

Sonreí y cerré el libro.

—Ahora vuelvo.

—Eso espero. Quiero saber si este hombre termina pescando algo antes de que yo cumpla los noventa.

Salí al pasillo con el teléfono en la mano y la sonrisa desapareció en cuanto vi el nombre de Javier en la pantalla. Me quedé quieta durante unos segundos. No sabía por qué, pero tuve la certeza de que no llamaba para hablarme de Gertrudis ni para preguntarme cómo estaba.

Contesté.

—Hola, Javier.

Hubo un silencio al otro lado.

Fue muy breve, pero yo ya conocía aquel silencio. Lo había escuchado antes de que me explicara lo del primer resultado positivo, antes de que me dijera que las salidas con Sofía quedaban suspendidas y antes de descubrir que mi hija podía terminar temporalmente en casa de una familia desconocida.

Apoyé la espalda contra la pared.

—Ha llegado, ¿verdad?

Javier tardó un segundo en responder.

—Sí. Ha llegado hace un rato.

Cerré los ojos.

Durante días había repetido que solo necesitaba que apareciera aquel informe.

Había imaginado muchas veces el momento en que alguien me diría que estaba limpio, que todo había sido un error y que, por fin, podía empezar a demostrar que yo decía la verdad.

Me había aferrado a aquella prueba como si fuera una puerta cerrada y solo necesitara que alguien encontrara la llave.

—Dime que está bien —susurré.

El silencio regresó.

Abrí los ojos.

—Javier, por favor. Dime que está bien.

—Lucía, necesito verte y explicarte exactamente qué dice el informe. No quiero darte una información así por teléfono, porque hay cosas que tienes que entender bien.

Sentí que el pasillo se estrechaba a mi alrededor.

—No vuelvas a hacerme esto. No me digas que necesitas verme y me dejes media hora imaginando qué ha pasado. La otra vez casi me vuelvo loca antes de llegar a la cafetería. Dímelo ahora.

—Prefiero hablar contigo en persona.

—Y yo prefiero saber qué ocurre con mi propia vida. Javier, por favor, dime qué ha salido.

Lo escuché respirar.

—El resultado es positivo.

Durante unos segundos no entendí nada. Aquella palabra no encajaba en ninguna parte de mi cabeza.

No podía encajar porque yo sabía la verdad.

Podían equivocarse los policías, los vecinos o cualquier persona que hubiera interpretado lo ocurrido aquella noche, pero una prueba no podía decir que había en mi cuerpo algo que yo jamás había tomado.

—No —respondí finalmente—. Eso no puede ser.

—Lucía, escúchame. Quiero explicarte lo que sabemos antes de que saques ninguna conclusión.

—No necesito sacar ninguna conclusión. El resultado está mal.

Empecé a caminar por el pasillo sin saber adónde iba. Dos auxiliares pasaron junto a mí y tuve que bajar la voz, así que abrí la primera puerta que encontré y me metí en una pequeña sala vacía.

—Han mezclado las muestras o han puesto mi nombre donde no era. No sé cómo funcionan esas cosas, pero han cometido un error, porque yo no tomé nada. Te lo he dicho desde el primer día y no voy a empezar a dudar de mí misma porque un papel diga lo contrario.

—Yo no te estoy pidiendo que dudes de ti misma —respondió Javier con calma—. Te estoy diciendo que el informe confirma la presencia de una sustancia y que ahora tenemos que entender cómo puede haber ocurrido.

Me dejé caer en una silla.

—¿Qué sustancia?

—Una de efecto sedante e hipnótico. No quiero entrar en términos técnicos por teléfono porque el informe es complejo, pero puede provocar un estado de conciencia profundamente alterado, desorientación y pérdida posterior de memoria.

En determinadas circunstancias, una persona puede realizar acciones de forma automática y no conservar después un recuerdo normal de lo ocurrido.

Me quedé patidifusa.

—¿Estás diciendo que eso podría explicar que saliera de casa?

—Estoy diciendo que los efectos descritos podrían ser compatibles con una conducta desorientada y con una laguna de memoria posterior. No puedo decirte más sin estudiar bien el informe.

Miré la puerta cerrada de la sala y sentí un escalofrío.

—Pero yo no la tomé.

—Lo sé.

—No, Javier. No me digas que lo sabes para tranquilizarme.

Yo necesito que entiendas lo que estoy diciendo.

No tomé una pastilla, no consumí nada, no fui a ninguna fiesta y no decidí salir de mi casa dejando a Sofía sola.

Aquella noche estuve con mi hija, preparé la cena, la bañé y la acosté.

Después recogí algunas cosas y me fui a dormir. Eso es lo último que recuerdo.

Me llevé una mano a la frente.

—Y después estaba en aquellas escaleras.

Durante meses había intentado llenar aquel espacio vacío. Había pensado en mis terrores nocturnos de la infancia, en el sonambulismo y en todo lo que había sufrido de niña. Me había convencido de que el miedo, el cansancio y la presión podían haber despertado de nuevo algo que llevaba años dormido.

Ahora un informe decía que había una droga dentro de mí.

—¿Cuándo dice que la tomé?

—El análisis no puede decir eso con exactitud. Determina que la sustancia estuvo en tu organismo y que la exposición es compatible con el periodo cercano a los hechos.

—No me hables de exposición. Yo no me expuse a nada.

La voz se me rompió.

—No tomé nada.

—Te creo.

—El informe no.

—Un informe puede determinar que una sustancia estaba en tu organismo. No puede explicar por sí solo cómo llegó allí.

Me quedé callada.

Aquella frase consiguió abrir una rendija diminuta en mitad del miedo.

—Entonces puede haber un error.

—Puede haberlo. Pero necesito ser sincero contigo: no será fácil demostrarlo.

Sentí que la pequeña esperanza desaparecía de nuevo.

—¿Por qué?

—Porque ya no estamos hablando de un cribado inicial.

Es una prueba confirmatoria y, para cuestionarla, habrá que revisar todo el procedimiento: la identificación de las muestras, su conservación, la cadena de custodia y cualquier incidencia que pudiera haberse producido.

Si hubo un error, tendremos que encontrar dónde ocurrió.

Me puse en pie.

—Entonces búscalo.

—Eso voy a hacer.

—No. No me digas que vas a intentarlo. Búscalo, Javier, porque tiene que estar ahí. Yo sé que no tomé nada y no puedo permitir que un error me quite a mi hija.

Empecé a llorar.

—¿Qué van a pensar ahora? Antes podía explicar que me encontraron dormida y que interpretaron lo peor.

Podía hablar del sonambulismo que sufrí de niña, de mis terrores nocturnos y de todo lo que ocurrió en mi casa cuando era pequeña.

Pero ahora hay una prueba que dice que tenía una droga dentro del cuerpo.

Me tapé la boca con una mano.

—¿Quién va a creerme?

—Yo.

—Tú no decides si Sofía vuelve a casa.

La respuesta salió con más dureza de la que pretendía, pero Javier no pareció molestarse.

—No, Lucía. Yo no decido eso. Pero puedo ayudarte a entender qué ha ocurrido y a buscar cualquier elemento que permita explicar el resultado. Eso sí puedo hacerlo.

—¿Y si no encontramos nada?

—No voy a pensar en eso todavía.

—Pues yo sí tengo que pensarlo. Soy yo quien va a ver a Sofía el martes. Soy yo quien tiene que mirarla a los ojos y explicarle por qué sigue sin poder salir conmigo. Soy yo quien vive con el miedo de que cualquier día me digan que una familia va a llevársela.

La respiración empezó a faltarme.

—Esto lo empeora, ¿verdad?

Javier no respondió enseguida.

No hizo falta.

—Dímelo.

—Sí. Puede complicar la situación.

Me senté otra vez porque las piernas dejaron de sostenerme.

—Van a quitarme a mi hija para siempre.

—No digas eso.

—¿Qué quieres que diga? Hay una prueba que afirma que tenía una droga en el cuerpo la noche en que dejé sola a una niña de cinco años. ¿Qué crees que van a pensar?

—Que existe un resultado que debe ser valorado junto con el resto de circunstancias.

—No me hables como si estuvieras leyendo un expediente.

Hubo un silencio al otro lado.

Cuando Javier volvió a hablar, su voz había cambiado.

—Voy a ir a verte.

—No hace falta.

—Sí hace falta.

—Estoy trabajando.

—Habla con Lola. Dile que necesitas salir un momento.

—No quiero ver a nadie.

—A mí sí.

La seguridad con la que lo dijo me dejó callada.

—Voy hacia Los Almendros —añadió—. No tienes que hacer nada. Espérame allí.

Colgó antes de que pudiera protestar.

Me quedé sentada en aquella habitación sin saber cuánto tiempo había pasado. El teléfono continuaba en mi mano y yo miraba la pantalla apagada, esperando que volviera a sonar y alguien me dijera que todo había sido un error.

Nadie llamó.

Cuando salí, Lola estaba al final del pasillo. Debió de verme la cara porque dejó inmediatamente lo que estaba haciendo y caminó hacia mí.

—¿Qué ha pasado?

Negué con la cabeza.

—Ahora no puedo hablar.

—¿Es Sofía?

—No. Está bien.

La preocupación de su rostro disminuyó apenas un poco.

—Entonces ven conmigo.