Capítulo 16
A la mañana siguiente me despertó el timbre cuando todavía estaba intentando decidir si tenía fuerzas para levantarme de la cama.
Había dormido mal, con despertares constantes en los que la misma idea regresaba antes incluso de que pudiera abrir los ojos: los privilegios se habían acabado.
El fin de semana con Sofía se había convertido en una excepción que quizás no volviera a repetirse durante mucho tiempo y, en algún lugar que yo no podía ver, existía una prueba toxicológica capaz de decidir una parte de nuestra vida.
Miré el reloj y me incorporé de golpe. Todavía me faltaba más de una hora para entrar a trabajar, así que descarté que fuera Lola, porque ella ya estaría en Los Almendros, ya que entraba antes que yo.
Caminé hacia la puerta arrastrando los pies, con el pelo alborotado y una camiseta vieja que no habría elegido para recibir a nadie.
Cuando abrí, encontré a Javier al otro lado.
—Buenos días —me dijo, observándome durante un segundo—. Espero que no estuvieras pensando ir a trabajar así.
Bajé la mirada hacia mi ropa.
—No. Estaba pensando seriamente en llamar a la residencia y decir que me había atacado un oso.
—No parece una excusa demasiado creíble.
—Tú no has visto los animales que hay en mi barrio.
Sonrió y levantó ligeramente las llaves de su coche.
—Vengo a llevarte a por el tuyo.
Tardé unos segundos en recordar que mi coche seguía aparcado delante del centro. La tarde anterior había regresado con Javier y, entre el teléfono olvidado, la cena improvisada y todo lo demás, ni siquiera había pensado en cómo iría a buscarlo.
—No tenías que venir.
—Es un placer.
—Podía haber cogido un taxi.
—¿Y?
—O pedirle a Lola que me acercara después del trabajo.
Javier inclinó un poco la cabeza.
—Lucía, cuando alguien hace algo por ti, ¿siempre tienes que elaborar una lista completa de alternativas para demostrar que podrías haber sobrevivido sin ayuda?
Me quedé mirándolo.
—No siempre.
—¿Solo conmigo?
—Últimamente eres tú quien aparece haciendo cosas por mí.
Aquello lo dejó en silencio durante un instante. Después sonrió de una forma distinta, más suave, y señaló hacia el interior de la casa.
—Vístete. Te espero abajo.
—Tardaré diez minutos. Pero puedes pasar si quieres…
—No quiero que me taches de intruso. Con lo de anoche, me conformo —bromeó.
No pude sonreír porque los músculos que lo permiten debía tenerlos atrofiados.
Cerré la puerta. Me duché deprisa, me vestí y me arreglé lo suficiente para no parecer una mujer que había pasado media noche mirando el techo. Cuando bajé, Javier estaba apoyado junto al coche, consultando el teléfono.
—Catorce minutos —dijo al verme—. Estoy impresionado. Creí que tardarías mucho más.
—Y yo estoy preocupada porque los hayas contado.
Me abrió la puerta del copiloto con un gesto exageradamente formal y subí negando con la cabeza. Solo cuando arrancó me di cuenta de que no tomábamos el camino directo hacia el centro.
—Mi coche está en la otra dirección.
—¿Y?
—Entonces, ¿adónde vamos?
—A desayunar.
Lo miré.
—Javier, tengo que trabajar.
—Y yo también. Disponemos de cuarenta minutos y conozco un sitio donde sirven unas tostadas que justifican llegar cinco minutos tarde a cualquier lugar.
—Yo no llego tarde.
—Qué vida tan triste.
Intenté protestar, pero no tenía demasiadas ganas.
La verdad era que no había desayunado y tampoco me apetecía llegar a Los Almendros con la cabeza llena de todo lo ocurrido.
Quizás cuarenta minutos en una cafetería no fueran a solucionar nada, pero la noche anterior una cena compartida había conseguido que el dolor pesara un poco menos.
El lugar estaba casi vacío a aquella hora. Elegimos una mesa junto a la ventana y Javier pidió café, mientras yo me decidía por un zumo y una tostada con tomate. Cuando la camarera se marchó, me descubrí mirando el teléfono sobre la mesa para comprobar que seguía allí.
—No volverás a perderlo en una temporada —comentó Javier.
—No tiene gracia.
—Un poco sí.
—Desde que Sofía está en el centro, no me separo de él. Me da miedo que llamen y no me encuentren, ya te lo dije.
—Lo entiendo.
La sonrisa desapareció de su rostro y durante unos segundos permanecimos en silencio. Yo no quería volver a hablar del día anterior, pero tampoco conseguía pensar en otra cosa. La imagen de Sofía llorando seguía persiguiéndome.
—¿Has sabido algo? —pregunté finalmente.
Javier negó despacio.
—Todavía no. Es demasiado pronto.
—Ya.
Bajé la vista hacia mis manos.
—Es absurdo. Hasta hace unos días ni siquiera sabía que estaba esperando un resultado y ahora siento que llevo toda la vida esperándolo.
La camarera dejó el desayuno delante de nosotros. Javier esperó a que se alejara antes de responder.
—No es el primer expediente en el que un documento se retrasa o algo se traspapela, Lucía. A veces una prueba está pendiente de incorporar, otras veces un informe llega a un departamento y tarda en aparecer donde debería. No te digo que esté bien, porque no lo está, pero ocurre.
Lo miré con desesperación.
—Mientras ocurre, mi hija está en un centro.
—Lo sé.
—Y yo solo puedo verla los martes.
—También lo sé.
—Entonces comprenderás que no pueda tomármelo como un simple error administrativo, más cuando la primera prueba es defectuosa. Jamás me habría drogado, y mucho menos siendo madre.
Javier dejó la taza sobre el plato y me observó con atención.
—No te estoy pidiendo que lo hagas. Te estoy pidiendo que no des por hecho que todo está perdido porque ahora mismo no tengamos una respuesta.
—¿Y si llega?
—Llegará.
—¿Y si vuelve a decir que consumí drogas?
La pregunta llevaba toda la noche dentro de mí. Pronunciarla en voz alta me hizo sentir miedo de verdad.
—No lo creo. Tienes que confiar, Lucía. Debe tratarse de un error. De verdad que no lo creo.
—¿Por qué?
—Porque te creo a ti.
Lo dijo con tanta sencillez que me quedé callada.
Javier continuó hablando con calma.
—Te he escuchado contar lo que recuerdas de aquella noche.
He visto cómo eres con Sofía. Sé que no es una prueba científica y que mi opinión no sustituye a ningún informe, pero no creo que seas una consumidora ni que abandonaras conscientemente a tu hija para irte de fiesta.
Te lo he dicho muchas veces y te lo repetiré tantas como necesites.
Noté que se me llenaban los ojos de lágrimas y bajé la mirada hacia la tostada.
—No puedo volver a llorar. Tengo que entrar a trabajar.
—Entonces no llores.
—Qué gran consejo.
—Para eso estudié tantos años.
Me reí a pesar de todo y me limpié rápidamente debajo de los ojos.
—Confía en tu suerte, Lucía.
La frase me hizo sonreír con tristeza.
—Nunca he tenido suerte.
Javier permaneció callado.
Yo tampoco supe por qué continué hablando, pero aquella mañana estaba demasiado cansada para esconderme detrás de respuestas bonitas.
—De pequeña pensaba que la gente tenía una cantidad de suerte repartida al nacer.
A unos les tocaban familias normales, padres que no pegaban a sus madres y casas donde nadie tenía miedo.
A otros nos tocaba aprender a escuchar los pasos por el pasillo para saber si aquella noche era mejor no salir de la habitación.
La expresión de Javier se volvió seria.
—No sabía eso.
—Casi nadie lo sabe. No es algo de lo que me guste hablar.
—¿Tu padre?
Asentí.
—Murió hace años. Mi madre volvió a casarse y empezó otra vida. Supongo que yo le recordaba demasiado la anterior.
No quise contarle más. Había cosas que todavía me costaba ordenar incluso dentro de mi propia cabeza.
—Después apareció Jorge —continué—. Y tampoco fue precisamente un premio de la lotería. Así que no, Javier. Creo que confiar en mi suerte no es una estrategia demasiado buena.
Él no respondió enseguida.
Me miró durante unos segundos y después extendió la mano sobre la mesa.
—Entonces confía en mí.
Sus dedos cubrieron los míos.
Me quedé sin reacción.
No fue un gesto brusco ni especialmente íntimo. Solo una mano sobre otra, un contacto cálido que podría haber significado apoyo y nada más. Sin embargo, sentí algo extraño, una especie de pequeño vuelco que me dejó sin saber qué decir.
Levanté la vista.
Javier me estaba mirando.
Por un momento olvidé la cafetería, el reloj y la tostada que apenas había probado. Me quedé contemplándolo de una forma que debió de resultar demasiado evidente, porque fui consciente de que llevaba varios segundos sin apartar los ojos.
Él tampoco lo hizo.
—Confía en que voy a intentar averiguar qué ha pasado con esa prueba —añadió en voz baja—. Confía en que no voy a dejar de preguntar y en que, si puedo hacer algo por ti y por Sofía, lo haré.
No supe por qué me costaba respirar con normalidad. Quizás porque llevaba demasiado tiempo sola. Quizás porque hacía años que nadie me pedía que confiara en él.
O quizás porque, por primera vez, estaba mirando a Javier no como al director del centro ni como a mi antiguo profesor ni como al hombre que estaba ayudándome con Sofía.
Durante unos segundos vi simplemente a un hombre sentado frente a mí, sosteniéndome la mano y mirándome como si yo fuera importante.
Javier pareció darse cuenta al mismo tiempo.
Retiró la mano, carraspeó y buscó la taza de café.
—Deberíamos terminar. Vas a llegar tarde y no quiero cargar con la responsabilidad de arruinar tu expediente laboral también.
Sonreí.
La conversación recuperó un tono más ligero, pero algo había cambiado. Yo seguía sintiendo el calor de su mano sobre la mía incluso después de que hubiera retirado los dedos.
Terminamos de desayunar y fuimos a buscar mi coche. Antes de despedirnos, Javier me recordó que me llamaría en cuanto supiera algo, aunque fuera para decirme que todavía no había novedades. Yo asentí y, cuando subí a mi vehículo, me quedé unos segundos observándolo alejarse.
Después miré mi propia mano. Me sentí ridícula.
Arranqué el coche y me obligué a pensar en el trabajo. No lo conseguí del todo.
La mañana en Los Almendros estuvo especialmente movida.
Don Ernesto se había levantado convencido de que alguien le robaba los calcetines, Miguel quería empezar nuestro libro durante el descanso y una de las auxiliares había llamado para avisar de que no podía ir a trabajar.
Lola me vio entrar y me observó con tanta atención que intenté pasar de largo.
—Espera.
Me detuve.
—¿Qué?
—Tienes cara rara.
—Gracias.
—No rara de fea, que eres un bombón con piernas. Rara de... rara.
—Tu capacidad para expresarte me conmueve.
Lola entrecerró los ojos.
—¿Ha pasado algo?
—No.
—Estás mintiendo.
—Tengo trabajo.
Me marché antes de que pudiera seguir preguntando. Conocía demasiado bien a Lola y sabía que, si me quedaba un minuto más, acabaría contándole el desayuno, la conversación, la mano sobre la mesa y hasta el número exacto de veces que había mirado a Javier.
A media mañana conseguí concentrarme por fin.
Estuve con Miguel leyendo las primeras páginas de El viejo y el mar y después pasé un rato con Gertrudis.
Aquella mañana parecía más ausente que nunca.
La ayudé a comer y le hablé de cualquier cosa, como siempre, aunque sus ojos permanecieran fijos en un punto indefinido.
—Tu sobrino me ha invitado a desayunar —le conté mientras le limpiaba con cuidado la comisura de los labios—. No sé por qué te cuento esto a ti. Probablemente porque eres la única persona de este edificio que no va a interrogarme.
Gertrudis no reaccionó.
—Lola ya me habría preguntado hasta qué clase de café tomó.
Le acaricié la mano.
—Tú eres mucho más discreta.
Después de comer, sacamos a varios residentes al jardín. Los días eran muy agradables y a Gertrudis le gustaba, o al menos eso había decidido yo, sentarse cerca de los árboles. La acomodé en su sillón, le coloqué una manta ligera sobre las piernas y me senté a su lado.
Estaba contándole que las margaritas de Sofía seguían vivas, algo que consideraba un triunfo teniendo en cuenta mi talento con las plantas, cuando escuché una voz detrás de mi espalda.
—Espero que no estés hablando mal de mí.
Me volví.
Javier caminaba hacia nosotras.
Me sorprendió la alegría que sentí al verlo y me molestó un poco que mi cara no supiera disimularla. Él llevaba una chaqueta ligera y una bolsa pequeña en una mano.
—Estaba hablando con tu tía.
—Eso no responde a mi pregunta.
—Tu tía y yo tenemos conversaciones privadas.
Javier se acercó y se inclinó para besar a Gertrudis en la frente.
—Hola, tía.
Ella no reaccionó.
Él no pareció esperar que lo hiciera.
Se sentó al otro lado y sacó de la bolsa una crema y un pequeño pañuelo de seda.
—He encontrado esto en su casa. Era suyo.
Desdobló el pañuelo. Tenía pequeñas flores azules sobre un fondo claro.
—Es precioso.
—Lo llevaba mucho antes de enfermar.
Se lo colocó con cuidado alrededor del cuello.
—Le gustaban mucho los pañuelos.
Observé la delicadeza con la que arreglaba la tela. Aquella imagen volvió a despertar en mí la misma ternura que había sentido al verlo despedirse de Sofía.
—Le queda bien —dije.
—Siempre fue muy presumida.
—Entonces hemos acertado con los pendientes de perlas.
Javier me miró.
—¿Eso ya está decidido?
—Gertrudis y yo llegamos a un acuerdo.
—¿Te respondió?
—Tenemos nuestro propio sistema.
Sonrió.
Permanecimos los tres en el jardín durante un buen rato. Yo debería haber seguido con mis tareas, pero era mi descanso y Lola, que pasó cerca de nosotros en dos ocasiones, decidió no recordarme que llevaba allí más tiempo del habitual.
Le hablamos a Gertrudis.
Javier le contó que había pasado por su casa para recoger algunas cosas y que las plantas de la terraza seguían vivas porque una vecina las regaba. Yo le expliqué que Miguel había empezado a leer conmigo y que don Ernesto continuaba buscando al ladrón imaginario de sus calcetines.
Gertrudis seguía sin reaccionar.
Aun así, ninguno de los dos dejó de incluirla en la conversación.
En un momento dado, una brisa movió el pañuelo de su cuello y Javier se inclinó para colocarlo. Nuestros dedos coincidieron sobre la tela.
Retiré la mano. Él también. Durante un instante volvimos a mirarnos.
Esta vez fui yo quien carraspeó.
—Voy a comprobar si Miguel necesita algo.
Javier sonrió.
—Claro.
Me levanté y di apenas dos pasos antes de escucharlo.
—Lucía.
Me volví.
—Gracias por cuidarla así.
Miré a Gertrudis.
—No tienes que dármelas.
—Sí, sí tengo que hacerlo.
La forma en que lo dijo me hizo sonreír.
—Entonces estamos en paz. Tú cuidas de Sofía y yo cuido de ella.
Javier mantuvo la mirada sobre mí durante unos segundos.
—Me parece un buen trato.
Seguí caminando hacia el edificio. No quise volverme.
Sabía que él seguía allí, junto a Gertrudis. Y también sabía que algo empezaba a cambiar dentro de mí. Algo pequeño.
Algo que todavía no quería mirar demasiado de cerca.
Pero que, por primera vez en mucho tiempo, no se parecía al miedo.