Capítulo 15
No supe cuánto tiempo permanecí sentada en la cama de Sofía. Quizás fueron dos minutos o quizás quince.
Había perdido por completo la noción del tiempo mientras miraba la maceta de margaritas junto a la ventana y dejaba que las lágrimas cayeran sin intentar detenerlas.
Aquella habitación seguía conservando algo del fin de semana, aunque apenas hubieran pasado unos días desde que mi hija había dormido allí.
Me levanté finalmente y fui al baño para lavarme la cara. Tenía los ojos hinchados y el pelo revuelto, y el uniforme de Los Almendros seguía debajo de la chaqueta porque ni siquiera había tenido fuerzas para cambiarme.
Me miré unos segundos en el espejo y pensé que debía preparar algo de cena, aunque solo fuera por no acostarme con el estómago vacío. La idea de entrar en la cocina, sin embargo, me pareció agotadora.
Fue entonces cuando llamaron a la puerta.
Me extrañó.
No esperaba a nadie y, durante un segundo, pensé que podía ser Lola. Era perfectamente capaz de presentarse en mi casa con una botella de vino, una bolsa de patatas y la intención de instalarse en mi sofá hasta que dejara de llorar. Caminé hacia la entrada sin preguntar siquiera quién era y abrí.
Javier estaba al otro lado.
Lo miré sin comprender.
—¿Ha pasado algo?
—No. Tranquila.
Levantó una mano y me enseñó mi teléfono.
—Se te ha caído en el suelo del coche. Lo he encontrado cuando ya estaba casi en casa.
Me llevé una mano al bolsillo de la chaqueta y después al bolso, como si todavía existiera alguna posibilidad de que tuviera otro móvil allí.
—No me lo puedo creer.
Javier me lo entregó.
—Estaba debajo del asiento.
—Yo nunca pierdo las cosas. Soy muy cauta con eso, no vayas a pensar que…
—Alguna vez tenía que ser la primera —me interrumpió con calma.
Seguía mirándolo, desconcertada. Era cierto que solía ser muy cuidadosa con mis cosas, especialmente desde que Sofía estaba en el centro.
El móvil se había convertido en una especie de prolongación de mi cuerpo porque vivía aterrada ante la posibilidad de perder una llamada relacionada con ella. Lo comprobaba constantemente, revisaba que tuviera batería antes de salir de casa y hasta dormía con el sonido al máximo.
—Es que no entiendo cómo se me ha podido caer.
—Lucía, has tenido una tarde horrible. Creo que podemos perdonarte haber perdido un teléfono durante veinte minutos.
Sonrió ligeramente y yo bajé la mirada hacia la pantalla. Tenía razón. Aquella tarde habría podido olvidar mi propio nombre y probablemente no me habría dado cuenta.
—Gracias por traerlo.
—No es nada.
Javier hizo ademán de marcharse, pero antes de girarse miró hacia las escaleras y se llevó una mano al cuello.
—¿Te importa darme un vaso de agua? He venido directo y me estoy muriendo de sed.
—Claro. Entra.
—No quiero molestarte.
—No molestas.
Lo dije demasiado rápido, quizás porque en el mismo instante en que abrí la puerta comprendí cuánto me pesaba la idea de volver a cerrarla y quedarme sola.
No quería seguir sentada en la habitación de Sofía mirando sus cosas.
No quería llamar a Lola y preocuparla todavía más.
Solo necesitaba que hubiera otra voz dentro de la casa durante un rato.
Me aparté para dejarlo pasar.
—Además, creo que me vendrá bien un poco de compañía. En el caso de que pudieras quedarte, claro, que igual te esperan y… —continué sonrojada, por si mi propuesta sonaba atrevida.
Javier me miró durante un instante y después asintió.
—Entonces me quedaré. No me espera nadie, tranquila.
Entró y cerré la puerta detrás de él. Me resultó raro verlo allí.
Hasta entonces Javier pertenecía a otros lugares: el centro, la residencia, una cafetería, su coche.
Verlo en mi salón, junto a la manta que Sofía y yo habíamos utilizado para nuestra noche de pizza y película, me produjo una sensación difícil de explicar.
—Puedes sentarte —le dije—. Voy a por el agua.
—No hace falta que me atiendas.
—Sé servir un vaso. Tengo formación específica.
Conseguí hacerle sonreír.
Fui a la cocina y abrí la nevera. Al ver la botella de zumo de naranja, cambié de idea y saqué dos vasos. No tenía sed, pero necesitaba hacer algo con las manos, así que los llené y regresé al salón.
—Te he engañado.
Javier miró el vaso.
—Esto no es agua.
—Es zumo.
—Lo había sospechado.
—Si no te gusta, puedo cambiarlo.
—Me gusta.
Se sentó en uno de los extremos del sofá y yo ocupé el otro.
Durante unos segundos ninguno de los dos habló.
Me sorprendió que el silencio no me resultara incómodo.
Javier no parecía tener la necesidad de llenarlo con preguntas ni de obligarme a hablar sobre lo que había ocurrido aquella tarde, y se lo agradecí.
Bebí un poco de zumo y miré la hora.
—Es tarde, igual tienes cosas que hacer y…
—No tanto.
—No he cenado.
Javier dejó el vaso sobre la mesa.
—Yo tampoco.
Me levanté casi por costumbre.
—Pues preparo algo.
—Ni en broma.
Lo miré.
—¿Por qué?
—Porque llevas todo el día trabajando, has pasado una tarde espantosa y tienes los ojos de alguien que debería estar debajo de una manta, no delante de una sartén.
—Puedo hacer una tortilla.
—No.
—Pasta.
—Tampoco.
—Javier, sé cocinar.
—No he dicho lo contrario. He dicho que hoy no vas a hacerlo.
Había algo tan decidido en su tono que terminé sonriendo por primera vez desde que había salido del centro.
—¿Y qué propones?
Sacó el teléfono del bolsillo.
—Para algo se inventó la comida a domicilio. ¿Qué te gusta?
Me encogí de hombros.
—No siento que me guste nada en este momento. Si como, es por pura supervivencia —le confesé.
—Esa respuesta no cuenta.
—De verdad.
—Llevas horas mal y probablemente no has comido nada desde el mediodía.
Pensé en ello y comprendí que tenía razón. Había almorzado deprisa en Los Almendros y después apenas había probado las galletas de la merienda con Sofía.
—No me apetece nada.
Javier desbloqueó el teléfono.
—Perfecto. Entonces decidiré yo y, si no te gusta, podrás criticarme durante toda la cena.
—No voy a dejar que pidas comida para los dos.
—No te estoy pidiendo permiso.
Lo miré con las cejas levantadas.
—Eso suena un poco autoritario.
—Soy director de un centro. Tengo deformación profesional.
La broma consiguió que volviera a sonreír y me dejé caer otra vez en el sofá. Javier empezó a enumerar opciones con una seriedad exagerada: hamburguesas, comida italiana, mexicana, japonesa. Yo rechazaba cada una sin demasiado entusiasmo hasta que mencionó comida china.
—Puede ser.
—Eso ha sonado casi a emoción.
—No exageres.
—Comida china, entonces.
Me enseñó la pantalla y terminó obligándome a elegir. Pedimos arroz tres delicias, tallarines, pollo con almendras y rollitos de primavera. Cuando añadió unas bolas de helado frito, protesté porque era demasiada comida, pero él aseguró que después de aquel día necesitábamos un postre absurdo.
Mientras esperábamos, fui a cambiarme. Me puse un pantalón cómodo y una camiseta, me recogí el pelo y, al regresar al salón, encontré a Javier de pie delante de la estantería. Estaba mirando una fotografía de Sofía y de mí tomada años atrás en la playa.
—Era muy pequeña —dijo.
Me acerqué.
—Tenía dos años.
En la fotografía, Sofía estaba sentada sobre mis hombros y las dos aparecíamos riéndonos.
Recordaba perfectamente aquel día. Jorge había prometido acompañarnos, pero no apareció, y yo había terminado llevando a la niña sola.
En aquel momento me había parecido una decepción más.
Ahora habría dado cualquier cosa por volver a aquella tarde.
—Siempre hemos sido ella y yo —murmuré.
Javier dejó la fotografía en su sitio.
—Y volveréis a serlo.
Quise creerlo. Necesitaba creerlo.
El timbre sonó al rato y la comida llegó en varias bolsas que llenaron la casa de un olor delicioso. Javier pagó antes de que yo pudiera impedírselo y, cuando protesté, me dijo que ni se me ocurriera.
Llevamos las cajas a la mesa del salón y yo fui a buscar platos, pero Javier me detuvo.
—No, no, deja.
—¿Qué pasa ahora?
—Esto se come directamente de las cajas.
—Qué elegante.
—Hoy no estamos para protocolos.
Terminamos sentados en el sofá con la comida repartida sobre la mesa y los palillos abandonados después de comprobar que ninguno de los dos tenía demasiada habilidad.
Al principio apenas comí, pero poco a poco el cuerpo pareció recordar que llevaba muchas horas sin hacerlo y terminé probando un poco de todo.
Javier no volvió a hablar del expediente hasta que fui yo quien lo hizo.
—¿Tú crees de verdad que esa prueba puede demostrar que no consumo?
Dejó el tenedor sobre la caja.
—Sí.
—¿Y cuánto puede tardar?
—No lo sé.
La respuesta me decepcionó, pero agradecí que no fingiera tener una fecha.
—Voy a preguntar todo lo que pueda, Lucía. Pero no quiero prometerte plazos que no dependen de mí.
Asentí despacio.
—Es que no entiendo nada. Llevo días intentando recordar aquella noche y no puedo. Recuerdo acostar a Sofía. Recuerdo recoger unas cosas. Después... nada.
—No te fuerces ahora.
—¿Cómo no voy a hacerlo?
Miré mis manos.
—Hay una parte de mi vida que decidió todo lo que vino después y yo no consigo recordarla.
Javier guardó silencio durante unos segundos.
—Quizás algún día puedas reconstruirla. Pero esta noche no vas a conseguirlo castigándote.
Levanté la vista hacia él.
—Hablas como si fuera fácil.
—No lo es.
—¿Y cómo sabes lo que hago cuando estoy sola?
Sonrió ligeramente.
—Porque todos hacemos lo mismo cuando algo nos duele. Repetimos las preguntas esperando que alguna vez cambien las respuestas.
No supe qué decir.
Seguimos cenando y, poco a poco, la conversación fue desviándose hacia cosas más sencillas.
Le conté la fiesta de cumpleaños de Miguel, la corona de cartón que había llevado durante toda la tarde y cómo don Ernesto había intentado imitar a Lola bailando.
Javier se rio al escucharme y me pidió que le hablara más de mi trabajo.
Me sorprendió descubrir que podía hacerlo durante horas.
Le hablé de los residentes, de las pequeñas manías que terminábamos conociendo, de quienes necesitaban compañía aunque dijeran que preferían estar solos y de quienes recibían visitas constantes.
Le conté que Miguel había sido maestro y que íbamos a leer juntos el libro que le había regalado por su cumpleaños.
—Ahora entiendo por qué mi tía te gusta tanto —dijo.
—¿Por qué?
—Porque no sabes pasar junto a alguien sin intentar cuidarlo.
Me sentí incómoda con el cumplido y bajé la mirada hacia la comida.
—No es para tanto.
—Siempre haces eso.
—¿Qué?
—Quitar importancia a todo lo bueno que haces.
Me reí.
—Y tú sigues hablando como un profesor.
—Eso sí que es grave.
Finalmente, le hablé largo y tendido de Gertrudis, de cómo me gustaba pasar tiempo con ella y de la ternura que me inspiraba. También de la casualidad que suponía que su tía hubiese acabado en mis manos, y de que ello me permitía devolverle un poco de lo bueno que él hacía por mí.
La cena terminó mucho más tarde de lo que esperaba.
Cuando miré el reloj, me sorprendió comprobar que había pasado más de una hora sin llorar.
El dolor seguía allí. Nada había cambiado.
El martes siguiente continuaba siendo la única fecha que podía ofrecerle a Sofía y la posibilidad de un acogimiento seguía clavada en algún lugar de mi cabeza.
Pero durante un rato no había estado sola con todo aquello.
Javier recogió las cajas antes de que pudiera impedirlo y las llevó a la cocina. Yo lo seguí y me apoyé junto a la puerta mientras él tiraba los envases vacíos.
—Gracias.
Se volvió.
—Por la cena.
Sonreí.
—Y gracias por traerme el teléfono.
—Ese era el motivo oficial de mi visita.
—¿Y el extraoficial?
Javier me miró durante un segundo.
—Asegurarme de que estabas bien.
La respuesta me emocionó más de lo que quería admitir.
Bajé la vista.
—No lo estoy.
—Es evidente.
—Pero estoy un poco mejor que hace dos horas.
Su expresión se suavizó.
—Entonces ha merecido la pena conducir de vuelta.
Lo acompañé hasta la puerta. Antes de marcharse, me recordó que podía llamarlo si necesitaba saber algo sobre Sofía o si tenía alguna duda relacionada con el expediente. Yo asentí, todavía apoyada en el marco, y él me pidió que intentara dormir.
Cuando cerré la puerta, la casa volvió a quedarse en silencio.
Pero aquella vez no me pareció tan insoportable.
Regresé al salón, recogí los vasos de zumo y encontré una de las cajas de comida todavía cerrada. Dentro estaban las bolas de helado frito que habíamos olvidado por completo.
Las guardé en el congelador. Quizás mañana siguieran allí. Quizás hubiera cosas que podían esperar.
Quizás la vida se decidiera, por fin, a sonreírme un poquito.