Capítulo 14
El martes llegué al centro con el cuerpo entero en tensión, como si cada paso hacia la puerta principal me acercara a una conversación para la que no estaba preparada.
Durante todo el camino había ensayado frases que sonaban razonables en mi cabeza y crueles en cuanto intentaba imaginárselas a Sofía.
No podía decirle que habían vuelto a reducir las visitas por una prueba de drogas que yo ni siquiera sabía que existía.
No podía decirle que unos adultos que no la conocían como yo la conocía habían decidido que, de momento, era mejor verla solo una tarde a la semana y dentro de aquellas paredes.
No podía decirle que estaban valorando si una familia extraña podía cuidarla mientras resolvían algo que yo seguía sin entender.
Entré en la sala con una sonrisa cuidadosamente colocada, de esas que una madre aprende a fabricar incluso cuando tiene el alma rota.
Sofía estaba sentada en una mesa baja con un dibujo delante, pero en cuanto me vio dejó el lápiz y corrió hacia mí. La abracé con tanta fuerza que la educadora tuvo que esperar unos segundos antes de recordarnos, con toda la delicadeza posible, que la visita sería en aquella sala.
Sofía se apartó un poco y me miró confundida.
—¿No vamos al parque?
Sentí el primer golpe.
—Hoy nos quedamos aquí, cariño.
—¿Por qué?
Me arrodillé delante de ella, intentando que mi voz no temblara.
—Porque esta semana los mayores tienen que organizar unas cosas.
Ella frunció el ceño. Con cinco años podía no entender los expedientes, ni los informes ni las resoluciones, pero sabía perfectamente cuándo una respuesta no explicaba nada.
—Pero otras tardes hemos ido.
—Lo sé, mi vida.
—¿Entonces por qué ahora no?
Le acaricié las manos, pequeñas y calientes entre las mías.
—A veces hay que esperar un poquito.
Sofía retiró una mano y miró hacia la puerta.
—¿Y el jueves vienes?
No respondí lo bastante rápido. Fue apenas un segundo. Pero ella lo entendió.
—¿No vienes el jueves?
El nudo que llevaba en la garganta empezó a cerrarse.
—Esta semana no, cariño.
La cara de Sofía cambió de una forma que me partió en dos. Primero fue confusión. Después sorpresa. Y luego esa tristeza enorme, desproporcionada para un rostro tan pequeño.
—Pero dijiste que venías martes y jueves.
—Lo dije, es cierto.
—Y dijiste que si me portaba bien...
—No tiene nada que ver con portarte bien.
—Yo me he portado bien.
La voz se le rompió.
—Le hice caso a la cuidadora. Guardé mis cosas y…
—Sofía...
—¿Y tampoco podré volver a casa otro fin de semana?
Empezó a llorar.
No fue una rabieta. No gritó ni pataleó. Solo se quedó de pie delante de mí, con los hombros encogidos y lágrimas cayéndole por las mejillas, como si acabaran de quitarle algo que ya se había atrevido a creer suyo otra vez.
La abracé enseguida.
—Mi amor, escúchame. No es culpa tuya. No has hecho nada mal. Nada.
—¿Entonces por qué?
Porque nadie confiaba en mí. Porque un análisis que yo no entendía seguía flotando sobre mi vida como una sombra. Porque el mundo adulto podía ser torpe, lento y cruel con una niña que solo quería dormir en su cama.
Pero no podía decirle eso.
—Porque hay cosas que todavía tienen que arreglarse —murmuré contra su pelo—. Pero yo estoy aquí. Voy a seguir viniendo. Siempre.
—Pero solo los martes.
Aquello sonó como una condena.
Yo cerré los ojos.
—De momento.
—No quiero de momento.
—Yo tampoco.
Sofía lloró más fuerte y yo sentí que me desgarraba por dentro.
La educadora nos miraba desde cierta distancia, con una pena sincera, pero sin intervenir.
Quizás porque sabía que ninguna frase profesional podía competir con el dolor de una niña que acababa de perder, otra vez, el pequeño trozo de normalidad que le habían devuelto durante unos días.
Fue entonces cuando la puerta se abrió suavemente.
Javier apareció en la entrada. No entró de golpe ni interrumpió con autoridad. Se quedó unos segundos observando la escena y después avanzó despacio, con una expresión serena que, en aquel momento, me pareció un salvavidas.
—Vaya —dijo con voz tranquila—. Aquí hay alguien que está muy enfadada con los adultos.
Sofía levantó la cara de mi hombro y lo miró entre lágrimas.
—No puedo ir al parque.
Javier se agachó a cierta distancia, sin invadirla.
—Ya me he enterado, pequeña.
—Ni a casa.
—Eso parece.
—¿Por qué?
Él respiró hondo, como si la pregunta fuera importante y mereciera una respuesta pensada.
—Porque hay unos papeles muy pesados que algunos mayores tienen que ordenar antes.
Sofía se limpió la nariz con la manga y yo saqué un pañuelo de inmediato, casi por reflejo.
—¿Papeles?
—Papeles aburridísimos —continuó Javier—. De esos que no tienen dibujos ni pegatinas ni purpurina. Un desastre.
Sofía lo miró con cierta desconfianza.
—¿Y por unos papeles no puedo ir con mamá?
—Por unos papeles y porque los mayores, a veces, somos muy lentos haciendo las cosas bien.
Yo lo miré, sorprendida por la naturalidad con la que había dicho aquello.
Javier mantuvo la atención en Sofía.
—Pero te voy a decir algo importante. Esto no pasa porque tú hayas hecho nada mal. Ni porque tu madre haya dejado de querer verte. Tu madre quiere verte tanto que, si pudiera, vendría con una tienda de campaña y dormiría en la puerta.
Sofía me miró.
—¿Dormirías en la puerta?
Sonreí entre lágrimas.
—Con saco de dormir y todo.
—¿Y almohada?
—Y almohada.
—¿Y Manolo?
—Si Manolo quiere.
La niña soltó una pequeña risa mezclada con llanto. Fue apenas un sonido breve, pero bastó para que yo pudiera respirar un poco.
Javier sonrió con suavidad.
—Entonces hacemos un trato. Mientras los mayores arreglan esos papeles, tú aprovechas los martes para enseñarle a tu madre todo lo importante. Dibujos, historias, canciones, lo que quieras. Y ella va a seguir viniendo cada martes sin fallar.
Sofía se limpió las mejillas con el pañuelo que yo le había dado.
—¿Tú vas a arreglar los papeles?
Él tardó un segundo en responder.
—Voy a ayudar todo lo que pueda.
Aquella frase, dicha delante de mi hija, me hizo sentir una mezcla de gratitud y desesperación. Gratitud porque acababa de calmarla cuando yo no encontraba palabras. Desesperación porque necesitaba creerle con todas mis fuerzas.
La visita continuó con una tristeza pegada a los bordes, aunque poco a poco Sofía consiguió volver a dibujar.
Me enseñó una casa nueva, esta vez con una puerta cerrada y una llave enorme pintada al lado. Me dijo que era para que nadie se equivocara de puerta cuando nos dejaran volver.
Yo le pedí que escribiera nuestros nombres junto a la ventana y ella lo hizo con la lengua asomando entre los labios, concentradísima.
Leímos un cuento, jugamos a inventar finales felices y merendamos unas galletas que apenas probé.
Cada vez que Sofía se distraía, yo la miraba intentando memorizarlo todo: sus dedos manchados de lápiz, la forma en que colocaba a Manolo sobre una silla, la seriedad con la que me explicaba que los pulpos no podían vivir solos porque tenían demasiados brazos para aburrirse.
Cuando llegó la despedida, volvió a abrazarme fuerte.
—El martes.
—El martes, mi vida.
—Pero no llegues tarde.
—Nunca.
—Y si arreglan los papeles antes, vienes.
Le acaricié la cara.
—En cuanto pueda, estaré aquí.
La educadora la llamó con mucha suavidad. Sofía me dio un beso, recogió su dibujo y se fue caminando despacio, volviéndose varias veces. Yo mantuve la sonrisa hasta que desapareció por el pasillo.
Después se me cayó entera.
Me quedé de pie en medio de la sala, con los brazos vacíos y una presión tan fuerte en el pecho que pensé que iba a partirme. La educadora me dijo algo amable, pero apenas lo escuché. Asentí, recogí mi bolso y salí al pasillo como si caminara dentro de una niebla.
Javier me esperaba cerca de la entrada.
—Lo siento —dijo.
Negué con la cabeza.
—No puedo seguir haciendo esto.
—Sí puedes.
—No. No puedo verla llorar así y después irme a casa. No puedo explicarle cosas que ni yo entiendo. No puedo prometerle que voy a volver cuando cada semana alguien cambia las reglas.
Él se acercó un poco.
—Hoy lo has hecho muy bien.
Me reí sin alegría.
—Hoy he mentido muy bien.
—Hoy la has protegido.
Me tapé la cara con una mano.
—Estoy agotada.
—Es normal que lo estés.
Durante unos segundos ninguno de los dos dijo nada. Afuera empezaba a oscurecer y el cristal de la puerta reflejaba mi cara pálida, mis ojos hinchados y esa versión de mí que casi no reconocía desde hacía meses.
—Te llevo a casa —dijo Javier.
Bajé la mano.
—No hace falta.
—No te lo estoy preguntando por educación. Te estoy diciendo que no deberías conducir así.
—Pero tengo el coche fuera…
—Mañana buscaremos la forma de que lo recojas. O te traigo yo. Pero ahora déjame llevarte.
Debería haber insistido en que podía hacerlo sola. Era lo que llevaba meses haciendo: poder sola, caer sola, levantarme sola. Pero aquella tarde no me quedaban fuerzas para demostrar nada.
—Vale —susurré.
Salimos juntos. En el aparcamiento, el aire fresco me golpeó la cara y me hizo darme cuenta de que llevaba demasiado rato conteniendo la respiración.
Javier abrió la puerta del copiloto y esperó a que entrara. No dijo nada durante los primeros minutos de trayecto, y agradecí aquel silencio más que cualquier conversación.
Me limité a mirar por la ventanilla, viendo pasar las calles de siempre como si pertenecieran a otra vida.
Pensé en Sofía preguntando por los jueves.
Pensé en la casa dibujada con la puerta cerrada.
Pensé en la planta de margaritas que pasé al salón, esperando una vuelta que ya no sabía cuándo llegaría.
—Voy a mover cielo y tierra —dijo Javier al fin, sin apartar la vista de la carretera—. Lo de la prueba, lo del régimen de visitas, lo del posible acogimiento. No voy a dejarlo estar.
Me giré hacia él.
—¿Por qué haces tanto por mí?
Javier tardó un poco en responder.
—Porque creo que se está cometiendo una injusticia.
Aquello bastó.
En ese momento, yo no necesitaba más explicaciones. Necesitaba creer que alguien, aunque fuera una sola persona, veía lo mismo que yo: que Sofía y yo no éramos un expediente ni una sospecha ni un problema que colocar en una carpeta.
Éramos una madre y una hija intentando volver a casa.
Cuando el coche se detuvo frente a mi edificio, Javier apagó el motor y me miró.
—Descansa.
—No sé si podré.
—Inténtalo.
Asentí y abrí la puerta, pero antes de bajar me volví hacia él.
—Gracias por lo de antes. Con Sofía.
—No me des las gracias por eso.
—Me has ayudado mucho.
Su expresión se suavizó.
—Siempre que pueda, lo haré.
Me quedé con aquella frase mientras subía a casa.
Al entrar, la maceta de margaritas seguía en la ventana de la habitación de Sofía. La tierra estaba húmeda, las flores un poco inclinadas hacia la luz y Rodolfo permanecía sentado sobre la cama, cumpliendo su misión de guardián silencioso.
Me senté junto a él y, por primera vez desde que había dejado el centro, lloré sin intentar ser fuerte.
Porque aquel martes había vuelto a demostrarme que no había nada más cruel que devolverle a una niña un pedazo de hogar para arrebatárselo de nuevo.