Capítulo 13 #2
—Ella no va a entenderlo —sollocé—. Va a pensar que he hecho algo mal. Que no quiero verla. Que no quiero llevarla a casa.
—No va a pensar eso.
—Tiene cinco años, Javier. Cinco. Durmió conmigo, fuimos al parque y me dejó una planta en su habitación para cuando volviera. ¿Cómo le explico ahora que no puede volver? ¿Cómo le digo que otra vez solo la veré los martes en una sala?
Javier se acercó entonces y se sentó a mi lado, no enfrente. Su voz bajó de tono.
—No se lo expliques como una culpa. Explícaselo como una pausa.
—Es mentira.
—Es una forma de protegerla.
—¿De protegerla de quién? ¿De mí?
Aquella pregunta me sonó tan ilógica que me hizo llorar más.
Javier no respondió enseguida.
—De la incertidumbre.
Me reí entre lágrimas, sin alegría.
—Qué palabra tan bonita para decir que no confían en mí.
—Yo sí confío en ti.
Lo miré.
Necesitaba tanto escuchar aquello que casi me dolió.
—Pues no sirve de nada.
—Sí sirve. Tienes que confiar en mí, Lucía. Ha surgido un imprevisto, pero nada que no pueda arreglarse.
—No, Javier. No sirve. Tú no puedes devolverme a Sofía.
—Yo solo no. Si por mí fuera, te garantizo que ya estaría contigo.
Aquella frase me hizo levantar la cabeza.
Él me sostuvo la mirada.
—Pero no voy a quedarme quieto.
Me limpié las lágrimas con las manos.
—¿Qué significa eso?
—Significa que voy a revisar todo lo que pueda revisar. Que voy a preguntar por esa prueba. Que voy a intentar saber dónde está el resultado y por qué no se ha incorporado todavía. Que voy a pelear para que esto no se alargue más de lo necesario.
—¿Y si sale mal?
—Entonces veremos qué hacer.
—No va a salir mal.
Lo dije con una firmeza que me sorprendió incluso a mí.
—Porque no hay nada. No puede haber nada.
Javier asintió despacio.
—Entonces necesitamos que eso conste.
Me apoyé contra el respaldo de la silla, agotada de repente.
—Eso sí, Lucía. Hay algo más —murmuró con gesto preocupado e intuí que otro golpe venía de camino.
—Suéltalo ya, Javier. Sin anestesia.
—Se está valorando como posibilidad el acogimiento familiar de Sofía, en tanto todo esto se aclare.
No hay una familia concreta ni una decisión definitiva, pero está sobre la mesa que, si la situación se prolonga, Sofía pase temporalmente a una familia de acogida en lugar de permanecer en el centro.
Me quedé sin respiración. Durante unos segundos no lloré. No hablé. No hice nada.
—Pero ella tiene una familia —susurré al fin—. Me tiene a mí.
—Muy cierto.
—Tiene su casa. Su habitación. Su madre.
—Y lo seguirá teniendo. Lo otro solo es una medida provisional.
—Entonces, ¿por qué quieren darle otra?
—No quieren darle otra familia. Quieren darle un entorno familiar mientras se resuelve lo tuyo. Es cosa de la comisión de valoración, Lucía.
—Lo mío.
La expresión me pareció cruel.
Como si mi vida fuera un trámite, un expediente, una carpeta esperando un sello.
—Sofía no necesita otra casa.
—Estoy de acuerdo.
—Entonces haz algo —le exigí, presa de la furia, como si tuviera derecho a hablarle de ese modo al hombre que más estaba de mi lado.
No sé por qué se lo dije así. Quizás porque estaba desesperada. Quizás porque, en aquel momento, Javier era la única persona que parecía explicarme lo que ocurría sin tratarme como una sospechosa o como una niña incapaz de entender su propia desgracia.
Él no se ofendió.
Solo me miró con una seriedad tranquila.
—Voy a hacer todo lo que pueda por ti y por tu hija. Te lo he dicho muchas veces y te lo repito ahora.
Me aferré a aquella frase como quien se agarra al borde de un precipicio.
—Prométemelo.
—Te lo prometo.
—No puedo perderla, Javier. Es lo único que tengo. Sin Sofía estoy perdida. ¿Te imaginas lo que me está costando tirar para adelante sin ella? Ir cada día a la clínica con esa pena es algo con lo que tengo que lidiar cada jodida hora, y perdona por la expresión.
—No vas a perderla.
—No digas eso si no lo sabes.
—Entonces diré otra cosa.
Esperó a que lo mirara.
—No voy a dejar que pases por esto sola.
Aquello terminó de romperme.
Volví a llorar, pero esta vez Javier me rodeó con un brazo, con cuidado, como si temiera que cualquier gesto brusco pudiera hacerme pedazos.
Yo debería haberme apartado quizás, pero no pude.
Estaba demasiado cansada, demasiado asustada y demasiado necesitada de que alguien sostuviera un poco el peso que llevaba meses cargando sola.
Apoyé la frente en su hombro y lloré allí, en mitad de una cafetería, mientras él me decía en voz baja que respirara, que todavía no estaba todo perdido, que iba a encontrar la manera.
Cuando conseguí calmarme, el café que había pedido sin recordar cuándo estaba frío sobre la mesa. Javier me alcanzó una servilleta y esperó sin presionarme. Esa paciencia suya, aquella forma de no exigirme compostura, me hizo sentir una gratitud inmensa.
—El martes que viene me preguntará por qué no puede venir a casa.
—Dile que los mayores están arreglando algunas cosas.
—Odio mentirle.
—No tienes que contarle todo para decirle la verdad. Puedes decirle que la quieres, que estás luchando y que vas a volver el martes siguiente.
Me quedé mirando mis manos.
—¿Y si deja de creerme?
—No lo hará.
—¿Cómo lo sabes?
—Porque te mira como si fueras su hogar.
Aquella frase me atravesó órganos que no sabía ni que tenía.
Pensé en Sofía en la noria, buscando nuestro piso desde lo alto del parque de atracciones.
Pensé en su voz diciendo que sabía cuál era nuestra casa porque era la que tenía su habitación.
Pensé en la maceta de margaritas, en su pijama de estrellas, en su forma de abrazarse a mí como si el mundo entero empezara y terminara en mis brazos.
—Tengo que volver al trabajo —murmuré.
—¿Puedes?
—No lo sé, pero no me queda otra.
—Puedo acercarte a casa si prefieres.
Negué despacio.
—No. Necesito hacer algo. Si me voy a casa ahora, me hundo.
Javier asintió.
—Entonces vuelve. Estaré pendiente del expediente.
Me levanté con las piernas flojas.
Antes de marcharme, lo miré una vez más.
—Gracias por contármelo todo.
—Tenías derecho a saberlo.
—Nadie me lo había dicho.
—Por eso te he llamado.
Salí de la cafetería con la sensación de haber envejecido años en menos de una hora. El sol seguía brillando fuera. La gente caminaba por la acera con bolsas de compra, hablaba por teléfono, empujaba carritos de bebé o se sentaba en las terrazas como si el mundo no acabara de romperse otra vez.
Yo regresé a Los Almendros casi sin sentir los pasos.
Al entrar, Lola levantó la vista desde el control y su cara se descompuso al verme. No hizo falta que dijera nada. Caminó hacia mí, me abrazó y yo volví a llorar contra su hombro, esta vez en silencio, porque ya no me quedaban fuerzas para hacerlo de otra manera.
—¿Qué ha pasado? —susurró.
Cerré los ojos.
—Me la vuelven a alejar.
Lola me apretó más fuerte.
Y en algún lugar del pasillo, detrás de una puerta entreabierta, Gertrudis seguía mirando por la ventana, perdida en su silencio.
Yo pensé que, quizás, aquel día la entendía un poco mejor.
Porque había dolores tan grandes que una parte de ti también dejaba de hablar.