Capítulo 13
La llamada llegó a media mañana, cuando yo estaba en la habitación de Gertrudis peinándole despacio el cabello blanco.
Había empezado a hacer aquello cada día, aunque ella no reaccionara. Le pasaba el cepillo con suavidad, le colocaba una pinza discreta y después le ponía un poco de crema en las manos, convencida de que, aunque no pudiera responderme, alguna parte de ella tenía que sentir todavía el cuidado.
—Hoy vamos a dejarte guapísima —le dije, como si Gertrudis pudiera opinar sobre el asunto—. Aunque no sé si te importa demasiado, la verdad. A lo mejor estás pensando que soy una pesada con mucho tiempo libre. Y no es así, que debo darme patadas en el culo, pero me encanta mimarte.
Su mirada continuó fija en la ventana. No hubo un gesto, ni un parpadeo distinto, ni un movimiento de los dedos.
Aun así, me quedé unos segundos observándola con ternura, porque me producía una compasión extraña aquella mujer que parecía haberse ido a vivir dentro de sí misma sin poder regresar.
Y que además era tía del hombre al que yo consideraba mi particular “salvador”.
Entonces el móvil vibró en el bolsillo del uniforme.
Al ver el nombre de Javier en la pantalla, sonreí de forma automática. Su presencia se había convertido en algo cercano, casi tranquilizador. No pensé en nada malo. No podía imaginar que, en apenas unos minutos, iba a sentir que alguien volvía a arrancarme a mi hija de los brazos.
—Hola, Javier —contesté, saliendo al pasillo para no hablar dentro de la habitación.
Al otro lado hubo un silencio demasiado breve para ser casual.
—Lucía, necesito verte.
La sonrisa se me borró de golpe.
—¿Ha pasado algo con Sofía?
—Sofía está bien.
Apoyé una mano en la pared.
—Entonces, ¿qué ocurre?
—Prefiero hablarlo contigo en persona. No quiero hacerlo por teléfono.
El cuerpo se me puso rígido. Conocía ese tono. Era el tono de los médicos antes de dar una mala noticia, el de los policías la noche en que todo se torció, el de las personas que intentaban prepararte para un golpe sin decirte todavía dónde iba a doler.
—Javier, por favor, dime qué pasa.
—Hay problemas con tu expediente.
Sentí que el pasillo se estrechaba a mi alrededor.
—¿Qué problemas?
—Lucía, de verdad, necesito explicártelo bien. ¿Puedes salir un momento? Estoy cerca de Los Almendros. Puedo esperarte en la cafetería de la esquina.
Miré hacia el control de enfermería, donde Lola discutía con don Ernesto porque, según él, dos galletas no podían considerarse desayuno digno para un hombre de su edad. Todo seguía igual. La residencia seguía respirando su rutina de lunes. Pero yo ya no formaba parte de aquella normalidad.
—Voy para allá —le dije.
No recordé cómo le pedí a Lola que me cubriera.
Solo recordé su cara cambiando en cuanto me vio aparecer, pálida y con el teléfono todavía en la mano.
No hizo preguntas inútiles. Me cogió por los hombros, me dijo que me largara, que ella se encargaba, y me apretó un segundo contra su pecho antes de dejarme marchar.
Javier estaba sentado en una mesa apartada de la cafetería cuando llegué. No llevaba traje aquel día, sino pantalón oscuro y camisa azul clara, pero seguía teniendo esa apariencia impecable, ordenada, como si la vida jamás consiguiera arrugarlo del todo. Al verme entrar, se levantó de inmediato.
—Lucía.
—Dime qué pasa.
Ni siquiera me senté.
Él señaló la silla con un gesto suave.
—Por favor.
—No puedo sentarme si no sé qué está ocurriendo.
Me miró unos segundos, serio, y entonces comprendí que no iba a suavizarlo mucho más.
—Han revisado tu expediente después de la salida de fin de semana.
Me puse a la defensiva.
—¿Hice algo mal?
—No. En absoluto.
—¿Sofía dijo algo? ¿Le pasó algo? ¿Alguien ha dicho que no estuvo bien conmigo?
—No, Lucía. El informe del fin de semana es bueno.
—Entonces no entiendo nada.
Me senté porque las piernas empezaban a temblarme.
Javier dejó una carpeta sobre la mesa, aunque no la abrió. Aquello me asustó más que si hubiera desplegado todos los papeles delante de mí.
—Hay una cuestión pendiente que se ha vuelto a poner encima de la mesa. Y necesito saber si tu abogado te la explicó en su momento. Es que verás, tengo la impresión de que no estás bien asesorada.
—¿Qué cuestión?
Él respiró hondo.
—El cribado toxicológico inicial.
Durante unos segundos aquellas palabras no significaron nada.
—¿El qué?
—La prueba de drogas que te hicieron la noche en que ocurrió todo.
Lo miré sin parpadear.
—¿Qué prueba de drogas?
Javier frunció ligeramente el ceño, como si mi reacción confirmara algo que ya sospechaba.
—Lucía... ¿nadie te habló de eso?
—No. ¿Qué me estás contando? Alfonso, mi abogado no dijo ni mu al respecto de este tema.
La voz me salió casi sin aire.
—Pero ni una palabra.
Él bajó la mirada un instante.
—De acuerdo.
—¿De acuerdo qué? Javier, explícate.
—Aquella noche, cuando la policía intervino, se solicitó una valoración médica. Por cómo te encontraron, por el estado de desorientación y por las circunstancias, se hizo un cribado de alcohol y sustancias.
Me quedé helada.
—Pero yo no había bebido.
—Lo sé, eso está claro.
—Y no consumo drogas.
—Te creo.
—No, no me digas que me crees como si estuvieras intentando calmarme. Te estoy diciendo la verdad. Yo jamás he consumido drogas. Jamás.
—Lucía, escúchame.
—No, escúchame tú. Yo estaba en mi casa. Acosté a mi hija. Recogí el salón. Me metí en la cama. No sé cómo terminé en las escaleras, pero no estaba drogada. No estaba borracha. No estaba de fiesta. No abandoné a Sofía porque quisiera marcharme a ninguna parte.
La voz empezó a romperse y me llevé una mano al pecho, intentando respirar.
Javier se inclinó un poco hacia mí.
—No estoy diciendo que lo hicieras.
—Entonces, ¿qué estás diciendo?
Sus ojos se clavaron en los míos.
—Que en el expediente consta un resultado inicial positivo.
El mundo se quedó en silencio.
Ni la gente de la cafetería, ni la máquina de café, ni los coches de la calle. Todo pareció apagarse de golpe.
—No.
—Lucía...
—No.
Negué con la cabeza muchas veces, como si pudiera deshacer aquellas palabras solo con rechazarlas.
—Eso es imposible.
—El cribado inicial puede dar resultados que luego deben confirmarse. No es una prueba definitiva.
—Pero has dicho positivo.
—He dicho que consta un positivo inicial.
—¿A qué?
Javier dudó apenas un segundo.
—A una sustancia compatible con consumo recreativo. Por eso se pidió una prueba confirmatoria más completa.
Me tapé la boca con las dos manos.
Me dieron ganas de vomitar.
—No puede ser.
—Precisamente porque tú siempre negaste cualquier consumo y porque no había antecedentes claros, se solicitó una ampliación. Una prueba más precisa.
—¿Y mi abogado de oficio sabía esto?
—Debería haberlo sabido.
—Pues bien que se lo calló.
La rabia empezó a mezclarse con el miedo.
—No me explicó nada de esto. Nadie me explicó nada de esto. Yo pensaba que todo era por lo de la escalera, por haber salido de casa, por lo que creyeron los vecinos. ¿Cómo puede ser que haya algo así en mi expediente y yo no lo sepa?
Javier guardó silencio.
Aquella falta de respuesta me destrozó más que cualquier explicación.
—¿Qué prueba confirmatoria? —pregunté, casi sin voz.
—Una prueba toxicológica más amplia. Entre otras cosas, se ha solicitado análisis capilar para valorar si existe consumo habitual o si aquel resultado inicial pudo deberse a otra circunstancia.
—Pero si yo no consumo, eso saldrá limpio.
—Eso esperamos.
—¿Esperamos?
—Todavía no está incorporado al expediente.
Me quedé mirándolo.
—¿Cómo que no está incorporado?
—Hay retrasos. O eso es lo que consta.
—¿Retrasos de meses?
—Puede ocurrir en pruebas periciales, dependiendo del laboratorio, de la tramitación y de cómo se incorpore el informe.
Me levanté de golpe.
—No. No, Javier. No puedo más.
Él también se levantó, pero no me tocó.
—Lucía...
—No puedo más. Me quitaron a mi hija porque me encontraron dormida en unas escaleras sin saber cómo había llegado allí.
He hecho todo lo que me han pedido. Visitas, entrevistas, informes, psicólogos, trabajadores sociales.
Todo. He aguantado que me miren como si fuera una mala madre.
He dejado a Sofía llorando en un centro cada semana.
Y ahora me dices que también creen que me drogué.
La palabra me salió llena de asco.
—Yo no me drogué.
—Tranquila, por favor.
Javier bajó la mirada.
—No voy a negarte que estábamos ante un problema.
Volví a sentarme porque sentí que iba a caerme.
—¿Qué va a pasar?
Él tardó demasiado en responder.
Y yo lo supe antes de que hablara.
—De momento se suspenden las salidas sin supervisión.
No respiré.
—¿Qué?
—El equipo considera que el fin de semana fue bien, pero precipitado, teniendo en cuenta que sigue pendiente esa confirmación toxicológica en la que, por lo visto, nadie había reparado hasta ahora.
—No.
—Lucía...
—No, por favor.
—Podrás seguir viendo a Sofía.
—¿Cómo?
—En el centro.
—¿Cuándo?
Javier apretó la mandíbula.
—Vuelven al régimen anterior. Los martes. Visitas supervisadas.
Sentí que algo dentro de mí se partía con un sonido seco.
—Solo los martes.
—Por ahora, es lo que hay. Lucía, no perderás el contacto con ella, te lo prometo.
—Vigiladas.
—Por ahora.
—¿Y los jueves?
—Suspendidos.
—Así que del resto ni hablamos.
—Me temo que no. Pero será cuestión de tiempo, Lucía. Si tienes la absoluta seguridad de que no pueden sacar nada, yo estoy contigo. No sacarán nada.
Me llevé las manos a la cara y empecé a llorar.
No fue un llanto discreto ni contenido ni digno. Fue un llanto roto, desesperado, de esos que no se pueden controlar porque nacen de un lugar demasiado hondo.
Lloré por Sofía, por su habitación recién ordenada, por la maceta de margaritas en la ventana, por Rodolfo cuidando una cama vacía, por Manolo, por el llavero de estrella, por el sábado en el parque de atracciones y por el domingo junto al lago.
Lloré porque hacía apenas unos días había creído que la vida empezaba a devolvérmela.
Y ahora volvía a quitármela.