Capítulo 12
Gertrudis llegó a Los Almendros el miércoles por la mañana, acompañada por dos personas de una empresa de transporte sanitario y una mujer que resultó ser la trabajadora social que gestionó su ingreso.
Tenía ochenta y dos años, el cabello completamente blanco y un cuerpo tan frágil que parecía haberse ido encogiendo poco a poco hasta ocupar el menor espacio posible en el mundo.
La demencia estaba ya muy avanzada. Había dejado de hablar hacía casi un año, necesitaba ayuda para absolutamente todo y apenas reaccionaba a lo que ocurría a su alrededor.
Comía con asistencia, no podía caminar sola y pasaba gran parte del día sentada en un sillón adaptado, con las manos descansando sobre el regazo y la mirada perdida en algún lugar al que ninguno de nosotros podía acompañarla.
—No tiene hijos —me explicó una compañera mientras revisábamos su historial—. Tampoco marido. Viuda desde hace más de veinte años.
—¿Nadie?
—Aparece un sobrino como familiar de referencia. Parece que es quien se ocupa de todo.
Miré a Gertrudis a través de la puerta entreabierta de su habitación.
La auxiliar que la había acompañado hasta allí estaba colocando su ropa en el armario mientras ella permanecía completamente ajena al movimiento, mirando hacia la ventana sin que pudiera saber si veía los árboles del jardín o algo mucho más lejano.
No supe por qué me produjo tanta ternura.
Había conocido a muchos residentes con deterioros cognitivos graves.
Formaba parte de mi trabajo y sabía que no debía permitir que cada historia se instalara dentro de mí, porque de hacerlo habría terminado llevándome Los Almendros entero a casa.
Pero había algo en Gertrudis que me conmovía especialmente.
Quizás era su silencio. O aquella manera de permanecer quieta mientras todos hablábamos a su alrededor.
Me acerqué y me agaché delante de ella.
—Hola, Gertrudis. Yo soy Lucía.
No hubo ninguna reacción. Sus ojos continuaron fijos en un punto indefinido.
—Trabajo aquí y voy a cuidar de usted.
Esperé. Nada. Ni un parpadeo diferente ni un movimiento de las manos.
—No le haga caso —intervino Lola desde la puerta—. La simpática soy yo.
Gertrudis no reaccionó tampoco a ella, como era de esperar.
A partir de ese momento, empecé a pasar más tiempo con ella. No porque necesitara más atención que otros residentes, sino porque me resultaba imposible entrar en su habitación, hacer mi trabajo y marcharme sin intentar llegar de alguna manera hasta el lugar en el que parecía haberse encerrado.
Le hablaba mientras la ayudaba a vestirse.
Le contaba qué tiempo hacía, qué flores habían salido en el jardín o la última discusión entre don Ernesto y don Emilio por el tamaño de las porciones de postre.
Algunas veces le describía la ropa que iba a ponerle y le daba a elegir entre dos blusas, aunque nunca respondiera.
—Hoy tenemos azul o verde. Yo elegiría la verde, pero la decisión es suya.
Esperaba unos segundos.
—Verde, entonces. Me parece que estamos de acuerdo.
Lola me observaba algunas veces desde la puerta.
—Sabes que no te está contestando, ¿verdad?
—No podemos estar seguras.
—Lucía, llevas cinco minutos discutiendo con ella sobre pendientes.
—Y hemos llegado a una conclusión.
—¿Cuál?
—Los de perlas.
Lola negaba con la cabeza y se marchaba sonriendo.
No sabía cuánto comprendía Gertrudis. Nadie podía saberlo con certeza.
Quizás mi voz no significaba nada para ella.
Quizás las palabras se perdían antes de llegar a alguna parte.
Pero yo siempre había pensado que una persona no dejaba de merecer conversación solo porque hubiera perdido la capacidad de responder.
El viernes le llevé una crema de manos con un olor muy suave a lavanda.
Se las masajeé despacio mientras le contaba que Sofía había decidido que una margarita necesitaba una hermana para no sentirse sola y que, por culpa de aquello, probablemente terminaríamos convirtiendo su habitación en un jardín botánico.
Gertrudis siguió mirando hacia la ventana.
—Mi hija habla muchísimo —continué—. Usted y ella harían un buen equipo. Ella pondría toda la conversación y usted podría descansar.
Por un instante creí ver un movimiento en sus ojos. Fue tan pequeño que quizás lo imaginé.
—¿Ha oído eso?
Esperé. Nada. Sonreí de todos modos.
—No pasa nada. Yo tengo paciencia.
Esa tarde terminé de repartir la merienda y fui a buscar una chaqueta que habíamos dejado en la habitación de Gertrudis. La puerta estaba entreabierta y, antes de entrar, escuché una voz masculina.
Me detuve. Aquella voz me resultaba conocida. Empujé suavemente la puerta y me quedé alucinada.
Javier León estaba sentado junto a Gertrudis.
Durante unos segundos pensé que mi cabeza había mezclado dos lugares completamente distintos de mi vida. Él levantó la vista y su expresión reflejó exactamente la misma sorpresa que yo sentía.
—¿Lucía?
Lo miré sin comprender.
—¿Javier?
Nos quedamos observándonos hasta que él se levantó.
—¿Es aquí donde trabajas?
Solté una pequeña risa de incredulidad.
—Exacto, desde hace años.
Javier miró alrededor de la habitación y después volvió a mirarme.
—¿Y usted qué hace aquí?
La respuesta parecía evidente, pero mi cabeza todavía no conseguía encontrar una explicación.
Él miró a Gertrudis.
—Es mi tía.
—No puedo creerme que sea el sobrino del que me hablaron. Me dijeron que había un único familiar.
Me acerqué a la cama todavía sorprendida.
—Llevo toda la semana cuidándola.
—Entonces parece que está en buenas manos.
No sé por qué aquellas palabras me emocionaron.
Miré a Gertrudis, que permanecía igual que siempre, ajena a nuestra conversación.
—Me produce muchísima ternura.
La expresión de Javier cambió ligeramente.
—Siempre fue una mujer muy especial.
Se acercó a ella y le colocó con cuidado un mechón de pelo detrás de la oreja. Después le habló con suavidad, explicándole que tenía que marcharse y que volvería pronto.
Gertrudis no respondió. Ni siquiera volvió la cabeza.
—¿Cuánto lleva así? —le pregunté.
—Demasiado tiempo.
Había tristeza en su voz.
—No tuvo hijos y, cuando empezó a empeorar, yo terminé ocupándome de todo. Durante un tiempo estuvo en su casa con ayuda, pero llegó un momento en que necesitaba atención permanente.
—Tomó la decisión correcta.
Javier me miró.
—Eso intento decirme.
Comprendí perfectamente aquella culpa.
—Aquí estará bien.
Miré a Gertrudis.
—Se lo prometo.
Él mantuvo los ojos sobre mí durante unos segundos.
—Ahora estoy mucho más tranquilo.
No podía creerme la coincidencia, aquella que hacía que mi hija estuviera bajo su cuidado y su tía bajo el mío.
Terminé mi turno poco después. Cuando salí del vestuario con el bolso colgado del hombro, me sorprendió encontrar a Javier junto a la entrada, guardando el teléfono en el bolsillo de su chaqueta.
—Parece que terminamos a la misma hora.
—Eso parece.
Salimos juntos al aparcamiento. Durante el camino seguimos hablando de Gertrudis y le expliqué algunas cosas sobre sus primeros días en Los Almendros.
Le conté que parecía estar tranquila, que comía bastante bien con ayuda y que yo seguía intentando descubrir si prefería los pendientes de perlas o los dorados.
—¿Le preguntas qué pendientes quiere ponerse?
—Claro.
—¿Y contesta?
—Tenemos nuestro propio sistema.
Me miró divertido.
—Eso significa que no.
—Significa que nuestra comunicación es privada.
Se echó a reír.
Al llegar a los coches, pensé que nos despediríamos. Sin embargo, Javier miró la hora y después señaló hacia la calle.
—¿Te apetece tomar algo?
Debí de mostrar mi sorpresa porque añadió inmediatamente:
—No te quitaré mucho tiempo. Quiero preguntarte algunas cosas sobre mi tía y, sinceramente, después de descubrir que eres tú quien la cuida, me quedaría mucho más tranquilo sabiendo cómo la ves.
Pensé en negarme.
No porque no quisiera, sino porque hacía muchísimo tiempo que no quedaba con nadie al salir del trabajo. Mi vida se había reducido a Los Almendros, Sofía, el centro y una casa demasiado silenciosa.
Pero aquel hombre había hecho muchísimo por mí. Y Gertrudis era su tía.
—Vale.
Sonrió.
—Conozco un sitio cerca.
Fuimos a una cafetería a pocas calles de la residencia. Elegimos una mesa en la terraza y yo pedí una cerveza sin alcohol. Javier pidió otra normal y, durante los primeros minutos, hablamos de Gertrudis.
Le expliqué que no había mostrado signos claros de reconocimiento, pero que eso no significaba que no percibiera nuestra presencia. Le conté que parecía relajarse durante los cuidados y que yo intentaba hablarle siempre, aunque no obtuviera respuesta.
—No quiero que nadie la trate como si no estuviera allí —dije.
Javier bajó la mirada hacia su vaso.
—Por eso me alegra que seas tú.
Sentí una pequeña emoción difícil de explicar.
—Haré todo lo posible para que esté bien.
—No me cabe ninguna duda.
Permanecimos unos segundos en silencio, pero no resultó incómodo. La terraza estaba llena de gente y, por primera vez en mucho tiempo, yo estaba sentada tomando algo después del trabajo como cualquier otra persona.
Entonces Javier sonrió.
—Ahora háblame de ti.
Fruncí el ceño.
—¿De mí?
—Sí. Sé que tienes una hija maravillosa, que trabajas cuidando a media residencia y que sigues siendo incapaz de aceptar un cumplido sin ponerte nerviosa. Pero no sé mucho más.
Me reí.
—Mi vida no es muy interesante.
—Eso déjame decidirlo a mí.
Di un sorbo de mi copa antes de empezar a contarle algunas cosas.
Le hablé de Los Almendros, de Miguel, de mi amistad con Lola y de lo mucho que me gustaba mi trabajo.
Evité los detalles más dolorosos de mi infancia y apenas mencioné a Jorge, porque no quería convertir aquella conversación en un repaso de todas las cosas que habían salido mal.
Javier escuchaba con una atención que me sorprendía. No miraba el teléfono. No interrumpía. No parecía tener prisa.
—¿Y qué haces cuando no trabajas ni estás con Sofía?
La pregunta me hizo pensar.
—Últimamente, poca cosa.
—Eso no vale.
Sonreí.
—Antes leía mucho. Me gustaba cocinar para mi niña, aunque no soy especialmente buena. Y también me encantaba bailar.
—Eso sí lo recuerdo.
Lo miré sorprendida.
—¿Qué recuerda?
—La fiesta de fin de curso.
Me eché a reír.
—No puede ser.
—Claro que puede ser. Bailaste durante toda la noche.
—Tenía dieciocho años.
—Y eras feliz.
Aquellas palabras me dejaron sin respuesta durante unos segundos. Javier pareció darse cuenta y cambió ligeramente el tono.
—Por cierto, tenemos que solucionar una cosa.
—¿Cuál?
—Deja de hablarme de usted.
Me reí.
—Fue mi profesor.
—Hace bastantes años.
—No tantos.
—Gracias por intentar salvar mi autoestima, pero ya no estamos en un aula y tú no tienes dieciocho años.
—Me va a costar.
—Practica.
Negué con la cabeza, divertida.
—Está bien, Javier.
Él levantó su vaso.
—Mucho mejor.
Sonreí antes de beber.
Hacía mucho tiempo que no me sentaba en una terraza como cualquier chica de mi edad. Hacía mucho que nadie me preguntaba qué me gustaba, qué hacía antes de que mi vida se llenara de problemas o quién era cuando no estaba cuidando de alguien.
Y pasé una hora hablando de mí sin sentir que tuviera que defenderme de nada.