Todo lo que haría por ti Capítulo 11
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Capítulo 11

El domingo me despertó un peso pequeño sobre el estómago y algo que me rozaba la nariz.

Abrí los ojos despacio y encontré a Sofía sentada encima de mí, todavía en pijama, intentando hacerme cosquillas en la cara con el pelo de Manolo. La miré durante unos segundos sin decir nada, disfrutando de aquella imagen que había deseado tantas mañanas desde que se la llevaron.

—Estás despierta —murmuró.

—Ahora sí.

—Llevo mucho rato esperando.

Miré el reloj de la mesilla. Eran las ocho menos cuarto.

—¿Mucho rato?

—Muchísimo. Como cinco minutos.

Se dejó caer a mi lado y se metió debajo de las sábanas.

Yo la rodeé con un brazo y ella acomodó la cabeza sobre mi pecho, todavía remolona en la cama.

Durante unos minutos no hicimos nada. Escuchamos los ruidos de la calle, hablamos de las atracciones del día anterior y discutimos sobre si Manolo había dormido bien o había roncado.

Aquella mañana no quería correr.

El sábado había sido una fiesta desde el desayuno hasta la noche, pero el domingo deseaba otra cosa.

Quería disfrutar de mi hija en casa, verla descalza por el pasillo, encontrar sus juguetes fuera de sitio y escucharla preguntarme qué había para comer.

Quería todas esas pequeñas cosas que antes parecían normales y que ahora me resultaban extraordinarias.

Preparamos el desayuno juntas.

Sofía insistió en hacer zumo de naranja y consiguió que hubiera más pulpa sobre la encimera que dentro de los vasos.

Después untó tostadas con mantequilla y mermelada, se manchó la punta de la nariz y me aseguró que no había sido ella cuando le pregunté quién había dejado una cuchara pegajosa sobre la mesa.

—Ha sido Rodolfo.

—Rodolfo estaba en tu habitación.

—Ha venido y se ha ido.

—Qué rápido.

—Es un dinosaurio.

Me pareció una explicación tan sólida como cualquier otra.

Después del desayuno pusimos música y recogimos la cocina bailando. Sofía secaba los cubiertos mientras yo fregaba y, cada vez que sonaba una canción que conocía, abandonaba cualquier tarea para inventar una coreografía.

Al final terminamos las dos en mitad del salón, usando unas cucharas de madera como micrófonos y cantando tan mal que nuestros vecinos debieron de plantearse llamar a la policía.

Me di cuenta de que volvía a cantar.

Lo había hecho aquella noche en la ducha, cuando me confirmaron las dos visitas semanales, y ahora lo hacía con Sofía delante de mí, riéndose mientras daba vueltas con el pijama todavía puesto.

Durante meses viví en un silencio que ni siquiera había sabido reconocer hasta que mi hija volvió a llenarlo todo de ruido.

Cuando terminamos de arreglarnos, le propuse nuestro plan para aquella mañana.

No habría montañas rusas ni algodón de azúcar ni peluches gigantes.

Íbamos a preparar una cesta, comprar pan recién hecho y pasar unas horas en el campo, junto a un pequeño lago al que yo solía llevarla cuando era más pequeña.

—¿Podemos llevar a Manolo y a Rodolfo?

—Si se portan bien.

—Se portan siempre bien.

Metimos bocadillos, fruta, agua, zumos y unas galletas en una cesta. Yo añadí una manta grande y ella guardó, sin consultarme, a Manolo y a Rodolfo, una pelota, un cuaderno, lápices de colores y una pequeña lupa de plástico que encontró en el fondo de un cajón.

Cuando intenté explicarle que íbamos solo unas horas, me respondió que había que estar preparadas.

El lugar estaba a menos de media hora de casa. Cuando llegamos, el sol brillaba sobre el agua y varias familias habían ocupado ya algunas zonas bajo los árboles.

Había niños corriendo, bicicletas, perros persiguiendo pelotas y parejas sentadas sobre mantas, disfrutando de una mañana tranquila.

Sofía salió del coche con su mochila a la espalda y Manolo bajo el brazo.

—Me acuerdo de aquí.

La miré sorprendida.

—Eras muy pequeña la última vez que vinimos.

—Había patos.

—Sigue habiendo patos.

Aquello fue suficiente para que echara a correr.

Pasamos la primera hora caminando junto al lago. Sofía recogía piedras que consideraba especiales y me obligaba a guardarlas en los bolsillos. Cuando llevaba al menos quince y empezaba a caminar con medio kilo de rocas encima, intenté convencerla de que algunas podían volver a la naturaleza.

—No, mamá. Esta tiene forma de patata.

—Tenemos patatas en casa.

—Pero no de piedra.

Contra aquella lógica tampoco tuve argumentos.

Encontramos los patos y nos quedamos un rato observándolos desde la orilla. Una madre nadaba seguida de varias crías y Sofía se agachó para verlas mejor, completamente fascinada. Me preguntó si los patitos sabían siempre cuál era su mamá y le respondí que seguramente sí.

—Aunque haya muchas, ¿la encuentran?

—Claro.

—Porque es su mamá.

Asentí.

—Porque es su mamá.

No dijo nada más. Se quedó mirando el agua mientras yo tenía que apartar la vista durante unos segundos.

Después extendimos la manta bajo un árbol y sacamos la pelota.

Jugamos hasta que descubrimos que ninguna de las dos tenía demasiado talento para el fútbol, aunque Sofía decidió que aquello se solucionaba inventando unas reglas nuevas.

Según su versión, no importaba dónde fuera la pelota y ganaba quien se riera más.

Ella ganó.

Cuando nos cansamos, nos tumbamos sobre la manta y miramos las nubes. Sofía encontró un elefante, un helado y algo que, según ella, era claramente una señora enfadada con un bolso. Yo solo veía nubes, pero no quise arruinarle la imaginación.

Le hice cosquillas y empezó a reír mientras intentaba escapar rodando por la manta. Terminamos abrazadas, con el pelo lleno de hierba y los peluches aplastados entre las dos.

Comimos allí mismo. Después sacó el cuaderno y nos sentamos a dibujar el lago, aunque en su versión los patos eran rosas, los árboles tenían corazones y nosotras aparecíamos mucho más altas que cualquier otra persona.

Luego dimos otro paseo y encontramos un pequeño puesto donde vendían plantas y flores. Sofía eligió una maceta diminuta con margaritas blancas. Cuando le pregunté dónde pensaba ponerla, respondió que en la ventana de su habitación.

La compré. No fui capaz de hacer otra cosa.

De regreso a casa colocamos la maceta juntas junto a la ventana. Sofía la regó con tanta generosidad que tuve que rescatarla antes de que las margaritas aprendieran a nadar.

Después preparé algo ligero para merendar y nos sentamos en la cocina, todavía hablando de los patos y de todas las piedras que habían regresado con nosotras.

El reloj avanzaba.

Yo intentaba no mirarlo.

Después, Sofía quiso darse un baño y pasó casi media hora jugando con espuma. Mientras la ayudaba a lavarse el pelo, me contó que quería volver al lago, que la próxima vez llevaríamos más galletas y que teníamos que comprar otra planta para que la primera no se sintiera sola.

Yo asentía a todo. No quería pensar en la hora.

La ayudé a vestirse y después fuimos a su habitación para preparar la maleta. Colocó dentro la ropa del fin de semana con una tranquilidad que yo no sentía. Yo doblaba las prendas una y otra vez porque necesitaba hacer algo con las manos.

—La planta se queda aquí —dijo.

Levanté la vista.

—Claro.

—Para cuando vuelva.

Sentí un nudo en la garganta.

—Para cuando vuelvas.

Guardó a Manolo en la maleta, pero dejó a Rodolfo sobre la cama. Al preguntarle si no quería llevárselo, negó con la cabeza.

—Se queda cuidando mi habitación.

No pude responder inmediatamente.

Cerré la maleta y me senté a su lado.

—¿Sabes que ha sido el mejor fin de semana de mi vida?

—El mío también.

—Incluso aunque no hayamos ganado el conejo rosa.

—La próxima vez lo ganamos.

Sonreí.

—La próxima vez.

Nos quedamos abrazadas unos minutos. Habría detenido el reloj si hubiera sabido cómo hacerlo, pero el final de la tarde se acercaba y tenía que devolverla al centro.

El trayecto fue mucho más silencioso que el del viernes. Sofía miraba por la ventanilla con la cabeza apoyada en un lado de la sillita y yo intentaba concentrarme en la carretera.

Cuando aparqué delante del centro, me quedé unos segundos con las manos sobre el volante. El viernes habría esperado toda mi vida para sacarla de allí. El domingo sentía que cada paso hacia la puerta iba en la dirección equivocada.

Una de las cuidadoras salió a recibirnos. Sonrió al ver a Sofía y se agachó para preguntarle qué tal lo había pasado. Mi hija empezó a hablar inmediatamente del parque de atracciones, de Manolo, de los patos, de las piedras y de las margaritas de su habitación.

Yo me quedé a su lado sujetando la maleta. Cuando llegó el momento, me arrodillé y abrí los brazos. Sofía se abrazó a mí.

—El martes.

—El martes, mi vida.

Me dio un beso y después entró de la mano de la cuidadora. Antes de desaparecer, se volvió para mirarme.

—Mamá.

—¿Qué?

—Cuida mi planta.

Me llevé una mano al corazón.

—Con mi vida.

Sonrió y siguió caminando. Me quedé allí hasta que desapareció. Después regresé al coche sola.

Cuando llegué a casa, encontré dos cucharas de madera sobre el sofá, una piedra con forma de patata en la mesa y varias palomitas del viernes escondidas debajo de un cojín. En la ventana de su habitación, las margaritas blancas todavía tenían la tierra demasiado mojada.

Me senté en su cama y miré a Rodolfo. La casa volvía a estar en silencio.

Pero esta vez era diferente. Sofía había dejado cosas esperando su regreso.