Capítulo 10
Me desperté el sábado antes de que sonara el despertador y durante unos segundos no recordé por qué me sentía tan extrañamente feliz.
Permanecí tumbada, mirando el ventilador del techo, hasta que escuché un pequeño ruido al otro lado del pasillo y todo regresó de golpe.
Sofía estaba en casa.
Me levanté descalza y caminé hasta su habitación con tanto cuidado que parecía estar entrando en un lugar sagrado.
Dormía atravesada en la cama, con una pierna fuera de la sábana, el pelo cubriéndole media cara y Rodolfo atrapado debajo de un brazo.
Me apoyé en el marco de la puerta y me quedé mirándola.
Durante meses me había despertado muchas mañanas con la impresión de haber escuchado sus pasos por el pasillo.
Algunas veces incluso me había levantado antes de recordar que no estaba allí.
Aquella mañana, por fin, no tenía que convencerme de nada.
Podía acercarme, apartarle el pelo de la frente y besarla.
Sofía abrió un ojo.
—Mamá, me estás mirando mucho.
—Es posible.
Cerró los ojos otra vez y se dio la vuelta, anunciando que todavía estaba dormida. Yo sonreí y le dije que era una pena, porque tenía preparada una sorpresa. Tardó menos de un segundo en incorporarse de golpe, provocando que Rodolfo saliera disparado al suelo.
—¿Qué sorpresa?
—Primero desayunamos.
—No tengo hambre.
—Hay tortitas.
—Ahora sí.
Media hora después estábamos sentadas en la cocina con una montaña de tortitas entre las dos, fresas, chocolate y más entusiasmo del que necesitaba cualquier desayuno.
Sofía intentó sonsacarme la sorpresa de todas las maneras posibles, pero yo conseguí resistir a un interrogatorio que habría agotado a cualquier policía.
Quiso saber si había animales, si necesitaba bañador, si íbamos a volar en avión, si Rodolfo venía con nosotras y hasta si tenía que ponerse guapa. Yo me limité a decirle que llevara ropa cómoda y zapatillas, lo que ella interpretó como una pista de enorme importancia.
—Vamos a escalar una montaña.
—Claro. Y después saltamos en paracaídas.
Me miró con los ojos muy abiertos y tuve que aclarar rápidamente que era una broma. Con Sofía había aprendido que cualquier idea, por absurda que fuera, podía convertirse en un plan perfectamente razonable.
Cuando subimos al coche, le entregué una pequeña mochila con agua, crema solar y una gorra.
Durante todo el trayecto fue intentando adivinar nuestro destino mientras yo hacía verdaderos esfuerzos por no decir nada.
Conseguí mantener el secreto hasta que apareció a lo lejos el enorme cartel del parque de atracciones.
Sofía leyó el nombre y se quedó en silencio durante dos segundos, algo extraordinario en ella. Después soltó un grito de felicidad y empezó a dar pequeños saltos dentro de la sillita.
—¿Vamos ahí?
—Eso parece.
—¿Todo el día?
—Todo el día.
El plan quedó establecido inmediatamente.
Teníamos que montar en todas las atracciones, comer algodón de azúcar, ganar un peluche y hacernos fotografías en cualquier lugar divertido que encontráramos.
Cuando intenté explicarle que quizás no nos daría tiempo a todo, solucionó el problema con una facilidad admirable.
—Pues corremos.
Entramos cogidas de la mano y durante los primeros minutos ninguna de las dos supo hacia dónde mirar. Había música, banderines de colores, globos gigantes y atracciones girando por todas partes. Sofía tiraba de mí en una dirección y, antes de llegar, descubría algo mejor en la contraria.
Empezamos por el tiovivo porque aseguró que necesitábamos ir despacio para calentar.
Eligió un caballo blanco con una pluma rosa y me invitó a subir al de al lado.
Durante todo el recorrido se dedicó a saludar a la gente y consiguió que yo terminara haciendo lo mismo, aunque no conociera a una sola persona.
Después llegaron los coches de choque infantiles, un tren que atravesaba un bosque lleno de animales mecánicos y unas tazas giratorias que me hicieron arrepentirme seriamente del desayuno.
Sofía se reía cada vez que yo le pedía que dejara de hacer girar el volante central y, por supuesto, lo hacía todavía más deprisa.
La pequeña montaña rusa fue nuestra siguiente parada. Sofía gritó durante todo el recorrido, cerró los ojos en la primera bajada y me agarró la mano con tanta fuerza que casi me dejó sin circulación. Nada más bajar, sin embargo, aseguró que no había tenido ni un poco de miedo.
—Has gritado más que yo.
—Era de emoción.
—Y me has cogido la mano.
—Para que tú no tuvieras miedo.
La miré con los brazos cruzados y ella me dedicó una sonrisa angelical. Decidí no discutir. Teníamos todo el día por delante y ya empezaba a sospechar que mi hija contaba con una capacidad para la negociación que algún día iba a causarme muchos problemas.
A media mañana encontramos el primer photocall , un enorme castillo con coronas, capas y espadas de plástico. Sofía decidió que ella sería la reina y yo el dragón porque, según explicó, las reinas eran protagonistas y los dragones podían escupir fuego.
Me colocó una cabeza verde gigantesca y posó a mi lado con una corona torcida y expresión solemne.
Después intercambiamos los papeles, nos hicimos una fotografía metiendo la cara en los huecos de dos piratas y otra dentro de un coche antiguo en el que Sofía fingió conducir mientras yo simulaba estar aterrorizada.
A partir de ahí nos hicimos fotos en todas partes. Delante de una fuente, abrazadas a una mascota gigante, con unas gafas ridículas en un escenario de cine y sosteniendo un cartel que decía que era el mejor día del mundo.
En esa última, Sofía me rodeó el cuello con los brazos justo cuando hicieron la fotografía. Al ver la imagen en la pantalla, tuve que apartar la vista durante un instante para que no notara que me había emocionado.
No era solo una fotografía.
Era la prueba de que aquel día había existido.
Después encontramos los puestos de juegos y Sofía se enamoró inmediatamente de un conejo rosa de peluche que debía de medir casi tanto como ella. Para conseguirlo había que derribar unas latas con tres pelotas y yo acepté el desafío con una seguridad que desapareció después del primer lanzamiento.
Fallé. También fallé el segundo. Con el tercero conseguí derribar una sola lata, pero Sofía aplaudió como si acabara de ganar una medalla olímpica.
—Otra vez, mamá. Ahora seguro que puedes.
Su confianza en mí era conmovedora y completamente injustificada. Jugamos cuatro veces y terminamos aceptando que el conejo rosa estaba fuera de nuestras posibilidades, aunque conseguimos un pulpo morado de tamaño mediano que Sofía bautizó inmediatamente como Manolo.
—Rodolfo se va a poner celoso.
—No. Es un dinosaurio adulto y tiene que aprender a controlarse.
No tuve argumentos contra aquello.
En otro puesto, Sofía pescó un patito de plástico y ganó un pequeño llavero con forma de estrella. Yo esperaba que lo guardara junto a sus tesoros, pero me lo puso en la mano y me explicó que era para las llaves de casa.
Aquellas tres palabras consiguieron emocionarme mucho más que cualquier premio.
Lo enganché allí mismo.
—Así siempre viene conmigo.
—Como yo —respondió.
La miré durante unos segundos antes de besarle la frente.
—Como tú.
Comimos hamburguesas y patatas en una terraza mientras Manolo ocupaba una tercera silla. Después compartimos un algodón de azúcar tan grande que acabamos con las manos pegajosas y pequeños hilos rosas en el pelo.
Sofía me hizo prometer que no le contaría a nadie que se había comido casi todo. Cinco minutos después llamó a Lola desde mi teléfono y se lo contó ella misma.
Subimos a una noria desde cuya parte más alta se veía toda la ciudad. Sofía permaneció un buen rato con la nariz pegada al cristal, buscando nuestra casa entre los edificios.
—Está por allí —le indiqué.
—¿Cuál es?
—Desde aquí no podemos verla.
Ella siguió mirando unos segundos.
—Yo sí sé cuál es. La que tiene mi habitación.
Sentí que algo se me cerraba en la garganta.
No respondí. Me limité a rodearla con un brazo y besarle la cabeza, deseando con todas mis fuerzas que llegara pronto el día en que pudiera volver a decir aquello sin que nadie tuviera que autorizarle un fin de semana en su propia cama.
La tarde continuó entre atracciones, risas y fotografías. Repetimos algunas de sus favoritas, entramos en una casa de espejos donde pasamos diez minutos riéndonos de nuestras piernas distorsionadas y terminamos en una atracción de agua de la que salimos mucho más mojadas de lo previsto.
—No pasa nada —aseguró Sofía—. Ya tenemos experiencia con los chorros.
Me reí al recordar nuestra primera salida al parque. Ella también la recordaba. Guardaba nuestros momentos juntas con la misma precisión con la que yo intentaba memorizar cada minuto de aquel día.
Cuando el sol empezó a bajar, nos sentamos en un banco para descansar.
Sofía estaba agotada, con Manolo abrazado contra el pecho, la gorra medio caída y restos de azúcar pegados en una mejilla.
Yo había hecho más de cien fotografías, me dolían los pies y estaba segura de que al día siguiente descubriría músculos cuya existencia desconocía.
Fue entonces cuando una niña pasó delante de nosotras cogida de la mano de su padre. El hombre llevaba una mochila infantil a la espalda y escuchaba con atención mientras la pequeña le contaba algo. Sofía los siguió con la mirada durante unos segundos.
—Mamá, papá no va a verme al centro.
Sentí que toda la felicidad de aquella tarde se detenía durante un instante dentro de mí. Sofía bajó la mirada hacia el pulpo y empezó a jugar con una de sus patas.
—Las mamás y los papás pueden ir. Pero él no va.
No supe qué responder de inmediato.
La verdad era que yo tampoco sabía dónde estaba Jorge. Desde que Sofía había ingresado en el centro, si antes sabía poco de él, después no había sabido absolutamente nada. Ni una llamada ni un mensaje ni una pregunta.
Había supuesto que la vergüenza le impedía dar la cara.
Porque mientras yo luchaba cada día por recuperar a nuestra hija, él tendría que explicar por qué no había pedido hacerse cargo de ella.
Tendría que reconocer que llevaba años apareciendo y desapareciendo de su vida y que nunca había aprendido a ser padre más allá de unas cuantas visitas y promesas incumplidas.
Quizás le resultaba más fácil no aparecer que enfrentarse a las preguntas de los profesionales del centro. Quizás prefería desaparecer antes que admitir que, cuando su hija más lo había necesitado, él tampoco había estado allí.
Pero Sofía solo tenía cinco años. Y ya cargaba con demasiadas preguntas.
—Papá está trabajando fuera de la ciudad —inventé finalmente.
Levantó la vista.
—¿Muy lejos?
—Bastante lejos.
—¿Y sabe dónde estoy?
Aquella pregunta me rompió un poco más.
—Claro que lo sabe.
—¿Y se acuerda de mí?
La abracé antes de responder.
—Es imposible olvidarse de ti.
Sofía permaneció unos segundos apoyada contra mi pecho. Yo cerré los ojos y la acaricié despacio, pensando que había mentiras que nacían de la cobardía y otras que una madre construía con sus propias manos para proteger el corazón de su hija.
—Cuando venga le voy a enseñar a Manolo —dijo al cabo de un momento.
—Seguro que le gusta.
Pareció conformarse con la respuesta. Apenas un minuto después ya había vuelto a ser ella misma y estaba intentando convencerme de que todavía nos daba tiempo a subir otra vez a las tazas giratorias.
—Ni hablar.
—Una vez.
—Quiero conservar la comida dentro del cuerpo.
—Solo una.
La miré y supe que había perdido antes incluso de empezar la discusión.
Terminamos montando otra vez.
Cuando salimos del parque ya era de noche. Sofía caminaba a mi lado abrazada a su pulpo morado, con el llavero de estrella colgando de mis llaves y una sonrisa cansada en el rostro. Antes de llegar al coche, se detuvo y levantó los brazos para que la cogiera.
—Pesas muchísimo.
—No. Soy pequeña.
La levanté a pesar de que me dolía todo el cuerpo y ella rodeó mi cuello con los brazos. Apoyó la cabeza sobre mi hombro y permaneció unos segundos en silencio, vencida por el cansancio.
—Mamá, hoy ha sido el mejor día del mundo.
La abracé un poco más fuerte.
—Para mí también.
—¿Mejor que tu cumpleaños?
—Mucho mejor.
—¿Mejor que cuando ganaste algo?
Sonreí.
—Nunca he ganado nada.
Sofía levantó la cabeza para mirarme.
—Sí.
—¿Qué he ganado?
Me dio un beso en la mejilla.
—A mí.
Me quedé quieta. Después la abracé con todas mis fuerzas.
Mientras caminaba hacia el coche con mi hija en brazos, un pulpo morado golpeándome la espalda y el corazón completamente desbordado, pensé que tenía razón. Había ganado aquel sábado, aquellas risas, aquellas fotografías y aquel cansancio.
Había recuperado un pequeño pedazo de la vida que durante meses había creído perdida.
Y no pensaba dejar de luchar hasta recuperarla entera.