Todo lo que haría por ti Capítulo 9
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Capítulo 9

Salí de Los Almendros con el regalo de Miguel todavía presente en el corazón, olor a tarta en el uniforme y la sensación de que nunca en mi vida había conducido tan despacio y tan deprisa al mismo tiempo.

Quería llegar cuanto antes, pero me daba miedo que cualquier imprevisto retrasara el momento, así que respeté cada semáforo, cada señal y cada límite de velocidad con una disciplina que habría hecho llorar de emoción a cualquier examinador de tráfico.

En el asiento trasero llevaba la sillita de Sofía, que había limpiado la noche anterior aunque no tenía ni una mota de polvo, y en el maletero había una bolsa con una chaqueta por si refrescaba, una botella de agua, pañuelos, galletas y probablemente todo lo necesario para sobrevivir a una catástrofe natural durante varios meses.

Todo por si lo necesitaba durante el trayecto a casa, que duraría apenas unos minutos.

Cuando aparqué delante del centro, tuve que quedarme unos segundos dentro del coche.

Apagué el motor y apoyé las dos manos sobre el volante, respirando despacio mientras miraba la entrada que había cruzado tantas veces con el corazón encogido.

Durante meses había entrado allí sabiendo que, pasara lo que pasara durante la visita, acabaría saliendo sola. Aquella tarde era diferente. Aquella tarde Sofía iba a cruzar conmigo la puerta.

Entré casi conteniendo la respiración y encontré a Javier en el recibidor hablando con una de las educadoras. Al verme, miró su reloj y sonrió.

—Puntual.

—He salido de una fiesta de cumpleaños del trabajo en cuanto he podido.

—Eso suena a excusa bastante poco responsable —bromeó.

—El cumpleañero tiene noventa y cinco años y cree ser mi abuelo postizo. Creo que ha merecido la pena.

Javier arqueó las cejas.

—Entonces retiro lo dicho. ¿Tú has bailado?

—Toda la residencia. Incluso un ancianito casi se cae de espaldas y probablemente mañana presentará una reclamación formal contra Lola y contra mí —bromeé también.

Se echó a reír y me indicó con un gesto que me acercara al mostrador.

—Solo tienes que firmar aquí. Ya conoces los horarios y las condiciones. Si surge cualquier problema, aunque sea una tontería, llamas. No tienes que demostrar nada ni convertir el fin de semana en un examen, Lucía. Quiero que entiendas eso.

Aquella última frase consiguió aliviar un miedo que ni siquiera había sabido reconocer.

Desde que Javier me dio la noticia, una parte de mí no había dejado de pensar que todo tenía que salir perfecto.

La comida perfecta, la casa perfecta, la madre perfecta.

Como si un vaso roto o una rabieta pudieran devolverme de golpe al peor momento de mi vida.

—¿Y si hago algo mal? —le pregunté antes de poder evitarlo.

Javier me miró con una mezcla de paciencia y sorpresa.

—Tienes una hija de cinco años. Claro que vas a hacer algo mal. Probablemente varias cosas. Eso es ser madre, no cometer un delito.

Me reí, nerviosa.

—Es que tengo miedo de estropearlo.

—Pues deja de tenerlo. Sofía no necesita un fin de semana perfecto. Necesita estar contigo.

No tuve tiempo de responder porque, en ese momento, escuché unos pasos rápidos por el pasillo y una voz que llevaba toda la tarde esperando.

—¡Mamá!

Mi pequeña apareció con una pequeña maleta rosa arrastrando detrás de ella y una mochila colgada de un solo hombro. Llevaba el pelo recogido en dos trenzas, unas zapatillas blancas y una sonrisa tan enorme que sentí que todo mi cuerpo se quedaba pequeño para la emoción que me invadió.

Corrí hacia ella. No esperé a que llegara. Me arrodillé y abrí los brazos, y Sofía se lanzó contra mí con tanta fuerza que las dos estuvimos a punto de terminar sentadas en el suelo.

—Mi amor.

La abracé y cerré los ojos.

—Mi vida... Mi niña...

—¡Nos vamos a casa!

Aquellas palabras me rompieron por dentro.

Me separé apenas lo suficiente para mirarla.

—Nos vamos a casa.

Sofía volvió a abrazarme, y yo hundí la cara en su pelo para que no viera que estaba llorando.

—Eh, chiquitina —escuché entonces a nuestra espalda—. ¿No te olvidas de nada?

Sofía levantó la cabeza y miró a Javier.

—No.

Él señaló la mochila.

—¿Llevas el dinosaurio?

Los ojos de Sofía se abrieron de golpe.

—¡Rodolfo!

Se soltó de mí y salió corriendo hacia la educadora que todavía permanecía en el pasillo.

—¡Me he olvidado de Rodolfo!

Javier negó con la cabeza con fingida gravedad.

—Lo sabía. Un fin de semana entero sin Rodolfo habría sido una catástrofe.

Lo miré sonriendo.

—¿Qué es Rodolfo?

—Un dinosaurio verde que lleva dos semanas durmiendo con ella y que, por lo que tengo entendido, tiene problemas de comportamiento.

—Es un tiranosaurio —explicó Sofía, regresando con un muñeco de peluche apretado contra el pecho—. No sabe portarse bien porque tiene los brazos muy cortos.

—Es una explicación razonable —dijo Javier.

Sofía se acercó a él con toda naturalidad para despedirse y Javier se agachó hasta quedar a su altura.

Me sorprendió la ternura con la que le habló, sin utilizar ese tono exageradamente infantil que algunos adultos empleaban con los niños.

Y lo que me sorprendió del todo fue que conociera el detalle de Rodolfo, cuando él no era un cuidador, sino el director del centro.

—Pásalo muy bien, Sofía. Hazle caso a mamá y a tu vuelta me cuentas qué ha sido lo mejor del fin de semana.

—Trato hecho.

La niña levantó la mano y Javier chocó la suya con ella antes de incorporarse. Yo los observaba con una gratitud difícil de expresar. Había algo profundamente tranquilizador en comprobar que el hombre que estaba ayudándome trataba a mi hija con tanta familiaridad.

—Vamos —dijo Javier, cogiendo la maleta para acercarla hasta la puerta—. No tenéis tiempo que perder. Disfrutad.

—Gracias.

—Lucía...

—Ya sé. Que no le dé las gracias.

—Exacto.

—Pues se las voy a dar igualmente.

Él negó con la cabeza, divertido.

—Hasta el domingo.

Salimos de allí de la mano. Nunca olvidaré aquellos primeros pasos.

Sofía caminaba a mi lado arrastrando a Rodolfo por un brazo y hablándome sin parar, pero yo apenas podía escucharla. Solo miraba nuestras manos unidas. Después miraba el coche. Después volvía a mirarla a ella.

Nadie venía detrás para decirme que se había terminado el tiempo. Ninguna educadora iba a acompañarla de vuelta a su habitación. No había una despedida esperando al final de aquella tarde.

Abrí la puerta trasera y Sofía se quedó mirando su sillita.

—¡Está aquí!

—Claro que está aquí.

—Pensaba que la habías quitado.

Me dolió tanto aquella frase que tuve que sonreír para que ella no lo notara.

—Nunca.

La ayudé a sentarse, le abroché el cinturón y, antes de cerrar la puerta, me incliné para besarle la frente.

—¿Preparada?

—¡Sí!

—¿Adónde vamos?

Sofía levantó los brazos todo lo que le permitió el cinturón.

—¡A casa!

Durante el trayecto no dejó de hablar. Me contó quién había ganado una carrera en el patio, que Nora quería un conejo pero su madre decía que los conejos se comían los cables, que Daniela había perdido un calcetín y nadie sabía cómo, y que ella había decidido que, cuando fuera mayor, tendría una casa con piscina, siete perros y una habitación solo para pintar.

Yo la escuchaba sonriendo, mirándola por el espejo retrovisor cada pocos segundos.

Cuando entramos en nuestra calle, Sofía se incorporó todo lo que pudo en la sillita.

—¡Mira! ¡Mi parque!

—Sigue ahí.

—¡Y la tienda!

—También.

—¡Y nuestra casa!

Aparqué y, antes de que pudiera quitarme el cinturón, ella ya estaba intentando soltarse el suyo.

—Espera, terremoto.

—¡Quiero subir!

Saqué la maleta, la mochila y a Rodolfo del coche, y caminamos hasta el portal. Vivíamos en un piso. No en una casita de cuento con tejado rojo como mi hija solía dibujar, sino en un piso chiquitín y no demasiado nuevo que, sin embargo, siempre nos pareció ideal.

Sofía pulsó el botón del ascensor, entró dando pequeños saltos y, cuando llegamos a nuestra planta, salió corriendo hacia la puerta.

Me detuve detrás de ella. Tenía la llave en la mano y me temblaban los dedos.

Sofía me miró.

—Abre.

Introduje la llave en la cerradura.

—Ábrela tú conmigo.

Puso su pequeña mano sobre la mía y giramos juntas.

Cuando la puerta se abrió, Sofía entró corriendo.

—¡Casa!

Fue de una habitación a otra como si necesitara comprobar que todo seguía allí. Tocó sus juguetes, abrió el armario, miró debajo de la cama y terminó abrazada a un enorme oso de peluche que llevaba meses esperándola en una esquina.

—¡No lo has tirado!

Me quedé paralizada.

—¿Cómo iba a tirar tus cosas?

—No sé.

Me acerqué y me arrodillé junto a ella.

—Escúchame. Esta sigue siendo tu casa. Siempre.

Sofía asintió, satisfecha con una respuesta que para ella parecía tan sencilla como el mundo entero.

La cena fue una pizza que pedimos porque yo había comprado comida para alimentar a un colegio entero, pero Sofía decidió que la primera noche en casa necesitaba pizza.

Me pareció un argumento imposible de discutir. Extendimos una manta en el salón, colocamos cojines en el suelo y elegimos una película después de una negociación de casi veinte minutos en la que ella cambió de opinión siete veces.

Cenamos pizza en el suelo y vimos una película de dibujos que Sofía eligió porque salía una princesa que no quería casarse y prefería tener un dragón.

Ella comentaba cada escena, me explicaba cosas que yo estaba viendo perfectamente y metía la mano en el bol de palomitas con una concentración absoluta. La mitad terminó fuera del bol.

—Ha sido Rodolfo —acusó Sofía.

Miré al dinosaurio, sentado en el sofá.

—Tiene pinta de culpable.

—Es que tiene los brazos cortos.

—Claro.

A mitad de la película, se tumbó contra mí. Le acaricié el pelo. Poco a poco dejó de hablar. Su respiración se volvió tranquila. La miré. Estaba dormida. Mi hija estaba dormida sobre mí. En casa.

Apagué el sonido de la televisión y me quedé completamente quieta, aunque se me estaba durmiendo una pierna y tenía una palomita clavada debajo de la cadera.

No me importó. No quería moverme. No quería hacer nada que pudiera romper aquel momento.

Incliné la cabeza y besé suavemente su pelo.

Durante meses había imaginado cómo sería volver a tenerla allí. Había pensado que lloraría, que gritaría de felicidad o que sentiría algo extraordinario.

Pero la felicidad, descubrí aquella noche, era mucho más sencilla. Era el peso de una niña dormida contra mi cuerpo. Una caja de pizza abierta sobre la mesa. Un dinosaurio verde tirado en el suelo.

Y la certeza de que, cuando amaneciera, Sofía seguiría allí.