Capítulo 8
A la mañana siguiente llegué a Los Almendros después de haber dormido menos de cuatro horas y con una energía que no recordaba haber sentido desde hacía meses.
Había pasado buena parte de la noche preparando la casa para Sofía, aunque, en realidad, la casa seguía preparada desde el mismo día en que se marchó.
Su habitación permanecía exactamente igual.
Aun así, había cambiado las sábanas, limpiado cada rincón, colocado su pijama favorito sobre la cama y llenado la nevera con tantas cosas que, cuando terminé de guardar la compra, comprendí que debía de esperar que mi hija se quedara conmigo aproximadamente hasta cumplir los dieciocho.
Había dormido poco y estaba agotada, pero no me importaba. Aquella tarde iba a recogerla. Iba a subirla al coche, llevarla a casa, prepararle la cena y acostarla en su propia cama. Cada vez que lo pensaba sentía unas ganas impresionantes de reír y llorar al mismo tiempo.
Aquel viernes, además, no era un día cualquiera en Los Almendros.
Miguel cumplía noventa y cinco años y, cuando crucé la puerta de la residencia, el salón principal ya estaba decorado con guirnaldas de colores, globos y una enorme pancarta que Lola había colgado ligeramente torcida porque, según ella, la perfección era aburridísima y las personas interesantes siempre tenían algo fuera de sitio.
Mi turno de ese día comenzaba más tarde, pues mis horarios diferían de unos días a otros.
Y las chicas ya se habían lucido cuando llegué.
Sobre una mesa, habían colocado varias fotografías de Miguel a lo largo de su vida.
Había una en blanco y negro de cuando era maestro, rodeado por más de treinta niños; otra del día de su boda, en la que aparecía tan joven y elegante que costaba reconocerlo; y una preciosa imagen sentado junto a su mujer en una playa, muchos años antes de que ella muriera.
—¡Por fin! —exclamó Lola en cuanto me vio entrar—. Pensaba que te habías fugado con tu hija antes de tiempo.
Me llevé inmediatamente un dedo a los labios y miré alrededor para comprobar que Miguel no estuviera cerca.
—Todavía no se lo he contado.
—Pues cuéntaselo ya, porque yo llevo desde que me desperté como si me hubiera tocado la lotería. Esta mañana casi abrazo al panadero y el hombre no ha tenido ninguna culpa. Qué alegría me diste cuando me llamaste anoche.
Me reí y la abracé con fuerza. Lola me devolvió el abrazo sin hacer ninguna broma durante unos segundos, algo tan extraño en ella que terminó emocionándome todavía más.
—No sabes lo feliz que soy —le confesé.
—Sí lo sé —respondió con una suavidad poco habitual—. Y por eso estoy tan feliz yo también.
Me separé para mirarla, pero enseguida recuperó su expresión habitual y me empujó hacia el pasillo.
—Venga, busca al cumpleañero antes de que me ponga sensible y arruine una reputación que me ha costado treinta años construir.
Encontré a Miguel en el jardín, sentado bajo el limonero con el bastón apoyado junto al banco.
Llevaba una camisa azul que no le había visto nunca y el pelo perfectamente peinado.
Al acercarme, abrió los brazos con resignación, como si llevara toda la mañana soportando felicitaciones y estuviera dispuesto a aceptar una más por educación.
—Pero bueno... ¿quién es este caballero tan elegante?
—Un hombre al que están torturando desde primera hora —respondió.
—Cumplir noventa y cinco años no es una tortura.
—Tú espera a cumplirlos y luego hablamos.
Me incliné para darle un beso en la mejilla y me senté a su lado.
—Feliz cumpleaños, Miguel.
—Gracias, hija.
—Tengo un regalo para usted.
Saqué del bolso un paquete envuelto en papel dorado y se lo entregué.
Miguel lo abrió con la lentitud de quien pertenece a una generación que todavía pensaba que el papel de regalo debía conservarse para otra ocasión.
Cuando descubrió el libro, pasó la mano despacio por la cubierta.
Era una edición preciosa de El viejo y el mar, con ilustraciones y una encuadernación que sabía que le gustaría.
—Hace muchos años que no lo leo —dijo.
—Pues ahora vamos a leerlo juntos.
Levantó la vista hacia mí.
—¿Juntos?
—Usted lee unos párrafos y yo otros. Después discutimos sobre quién lo interpreta mejor.
Miguel sonrió.
—Eso no tendrá discusión.
—Ya veremos.
Permaneció unos segundos acariciando la cubierta del libro antes de darme las gracias. Entonces respiré hondo, porque llevaba toda la mañana esperando aquel momento y ya no podía contenerlo más.
—Además, hoy no es el único que ha recibido un regalo.
Miguel me observó con atención.
—¿Qué ha pasado?
Intenté disimular la sonrisa, pero fue completamente imposible.
—Esta tarde voy a recoger a Sofía.
—¿Para una visita?
Negué despacio.
—Para llevarla a casa.
Durante unos segundos se quedó completamente inmóvil.
—¿A casa?
—Todo el fin de semana.
Miguel dejó el libro a un lado y abrió los brazos.
—Ven aquí.
Me abracé a él con cuidado. Su cuerpo ya no tenía la fuerza de otros tiempos, pero había tanta emoción en aquel gesto que, durante unos segundos, sentí que volvía a tener un abuelo. Él me acarició el pelo y yo cerré los ojos, intentando no llorar.
—Sabía que llegaría —murmuró.
Me separé para mirarlo.
—Esta noche voy a acostarla en su cama.
—Y mañana desayunaréis juntas.
—Y el domingo también.
Miguel sonrió.
—Entonces hoy los dos tenemos motivos para celebrar.
La fiesta comenzó después del almuerzo.
Lola había conseguido un altavoz y preparado una lista de canciones que, según ella, abarcaba desde la prehistoria hasta la actualidad.
Los residentes fueron entrando poco a poco en el salón mientras Miguel ocupaba un sillón decorado para la ocasión y soportaba una corona de cartón que juró quitarse al menos seis veces, aunque terminó llevándola durante toda la celebración.
Cantamos cumpleaños feliz, Miguel sopló las velas, don Ernesto intentó servirse dos trozos de tarta y doña Carmen apareció con su horquilla plateada y un vestido precioso.
Don Emilio, por supuesto, protestó porque su porción sin azúcar era más pequeña que las demás, y Lola tuvo que explicarle que el tamaño no determinaba la felicidad, aunque él respondió que aquello solo lo decía la gente con un trozo grande.
Todo era exactamente como debía ser.
En algún momento empezó a sonar una canción antigua y Lola apareció delante de mí moviendo los hombros con una expresión que conocía demasiado bien.
—Ni se te ocurra.
—Vamos.
—Estoy trabajando.
—Yo también.
—Lola...
Me cogió de las manos antes de que pudiera protestar.
—Hoy tu hija vuelve a casa y Miguel cumple noventa y cinco años. Si no bailamos hoy, ¿cuándo?
No pude discutir. Empezamos a bailar en mitad del salón, primero nosotras dos, riéndonos mientras intentábamos seguir el ritmo sin chocar con las mesas.
Después doña Carmen se levantó y se unió a nosotras. Don Ernesto empezó a imitar los movimientos de Lola con una concentración absoluta y, cuando quisimos darnos cuenta, casi todo Los Almendros estaba bailando.
Algunos lo hacían de pie, otros desde las sillas y unos cuantos movían únicamente las manos desde sus sillas de rueda, pero nadie parecía dispuesto a quedarse fuera de la fiesta.
—¡Mira a don Ernesto! —gritó Lola.
Me giré y vi al hombre intentando repetir uno de nuestros pasos.
—¡Se va a hacer daño!
—¡Está mejor que nosotras!
Me reía tanto que apenas podía seguir bailando.
Miguel nos observaba desde su sillón, todavía con la corona torcida sobre la cabeza y una sonrisa inmensa en el rostro.
Y durante unos segundos pensé que quizás la felicidad no consistía en tener una vida perfecta.
Quizás era simplemente aquello: una residencia llena de música, una amiga que celebraba mi alegría como si fuera propia, un anciano de noventa y cinco años sosteniendo un libro que íbamos a leer juntos y una niña de cinco años esperando a que terminara de trabajar para volver a casa.
Miré el reloj.
Aquella vez no sentí angustia. Solo una impaciencia inmensa.
Porque, cuando terminara aquella fiesta, iba a buscar a mi hija. Y aquella noche Sofía dormiría en casa.