Capítulo 7
Un par de semanas después, los martes y los jueves se habían convertido en los dos pilares sobre los que sostenía el resto de mi vida.
Ya no necesitaba rodearlos en el calendario porque los conocía de memoria, porque mi cuerpo parecía saber cuándo se acercaban y yo amanecía distinta, más ligera, incluso antes de abrir los ojos.
Seguía contando las horas, por supuesto.
Seguía mirando el reloj en Los Almendros hasta que Lola amenazaba con quitármelo y guardarlo en el cajón de los medicamentos, pero tener dos tardes con Sofía había cambiado algo dentro de mí.
Ya no vivía únicamente esperando.
Por fin, empezaba a creer que quizás avanzábamos.
Aquel jueves llegué al centro con una sorpresa que no esperaba. Una de las educadoras me recibió en la entrada y, en lugar de conducirme a la sala de visitas o decirme que Sofía estaba preparándose para salir, me entregó un delantal amarillo con pequeños limones dibujados.
—¿Y esto?
—Esta tarde tenemos taller de repostería. Algunas familias pueden participar y Sofía lleva desde ayer diciendo que su madre hace las mejores tartas del mundo.
La miré horrorizada.
—Pues empezamos con una mentira importante.
La educadora se echó a reír.
—Eso ya se lo explica usted.
—Yo no hago las mejores tartas del mundo. Una vez intenté hacer un bizcocho y podía utilizarse como arma defensiva.
—Demasiado tarde. Su prestigio ya está por las nubes.
Entré en la sala de actividades todavía riéndome y encontré varias mesas cubiertas con manteles de plástico, cuencos de colores, harina, huevos, chocolate y bandejas llenas de pequeños moldes.
Había niños por todas partes, algunos acompañados por familiares y otros junto a los educadores, todos con delantales demasiado grandes y gorros de papel que parecían empeñados en caerse.
Sofía estaba de espaldas a la puerta.
Llevaba un delantal rosa, el pelo recogido en dos coletas y tenía ya una mancha de harina en una mejilla a pesar de que el taller ni siquiera había empezado.
—¿Es verdad que tu madre hace las mejores tartas del mundo? —le estaba preguntando un niño.
—Sí.
Me llevé una mano al pecho.
—Sofía.
Se volvió al escuchar mi voz y su cara se iluminó.
—¡Mamá!
Corrió hacia mí y se abrazó a mi cintura, dejando dos huellas blancas sobre mi ropa.
—Cariño, tenemos que hablar seriamente sobre la reputación que me estás creando.
Me miró sin entender.
—¿Qué reputación? ¿Eso qué es?
—Has dicho que hago las mejores tartas del mundo.
—Sí.
—Eso no es verdad.
Sofía frunció el ceño.
—Sí es verdad.
—¿Qué tarta te he hecho yo?
Se quedó pensando durante unos segundos.
—La de mi cumpleaños.
—Esa la compré.
—Pero tú la elegiste.
La lógica era tan perfecta que no tuve nada que responder.
—De acuerdo. Soy una gran repostera.
—Ya te lo he dicho.
Nos sentamos juntas en una de las mesas y nos explicaron que íbamos a preparar magdalenas de chocolate.
Sofía escuchó las instrucciones con una seriedad absoluta durante aproximadamente treinta segundos. Después decidió que las cantidades eran simples sugerencias y empezó a echar harina en el cuenco con un entusiasmo que terminó dejando media mesa cubierta de blanco.
—Despacio, mi amor.
—Pero hay que echarla toda.
—Sí, pero no desde una altura de dos metros.
—Así cae mejor.
—Y también sobre mi pelo.
Se echó a reír.
Yo intenté romper los huevos y ella insistió en hacerlo sola.
El primero cayó dentro del cuenco con media cáscara. El segundo terminó en la mesa. Con el tercero conseguimos algo parecido a un éxito y lo celebramos chocando las manos como si acabáramos de ganar un campeonato.
—Ahora hay que mezclar —dijo ella.
—Eso sí puedes hacerlo tú.
Cinco minutos después me arrepentí.
Sofía removía la masa con tanta energía que cada vuelta de la cuchara enviaba pequeñas gotas de chocolate hacia nosotras. Una terminó en mi nariz y ella se quedó mirándome durante un segundo antes de romper a reír.
—¿Qué pasa?
—Tienes chocolate.
—¿Dónde?
—Aquí.
Me señaló la nariz.
—¿Y tú no tienes nada?
—No.
Cogí un poquito de harina con la punta de los dedos y le hice una pequeña raya en la mejilla.
Sofía abrió la boca, indignada.
—¡Mamá!
—Ahora sí.
Se abalanzó sobre el cuenco.
—Ni se te ocurra.
Metió dos dedos en la harina.
—Sofía...
La guerra duró menos de un minuto porque una educadora apareció a nuestro lado y nos miró con los brazos cruzados. Las dos nos quedamos completamente quietas.
—Ha empezado ella —dijo Sofía, señalándome.
—¡Qué traidora!
La educadora intentó mantener la seriedad, pero terminó riéndose.
—Voy a fingir que no he visto nada. Una sola vez.
—Gracias —respondimos las dos a la vez.
Aquello hizo que volviéramos a reír.
Mientras las magdalenas estaban en el horno, los niños prepararon pequeñas cajas de cartón para guardarlas.
Sofía dibujó dos figuras cogidas de la mano en la tapa de la nuestra y escribió nuestros nombres debajo.
Después añadió una casa, como siempre hacía últimamente, con el tejado rojo y demasiadas flores alrededor. Como siempre.
—Esta vez has hecho una puerta muy grande —le dije.
—Es para que entren nuestras cosas.
Sentí que el corazón se me encogía.
—¿Qué cosas?
—Mis juguetes. Y mi ropa. Y el oso.
Continuó pintando sin levantar la cabeza.
—Cuando vuelva.
Me quedé observándola durante unos segundos antes de besarle el pelo.
—Claro.
—También quiero llevarme los dibujos.
—Todos. Tengo muchos.
—Pues compraremos una carpeta enorme.
—¿Más grande que yo?
—Muchísimo más grande que tú.
Sonrió satisfecha y siguió coloreando.
Cuando las magdalenas estuvieron listas, el olor a chocolate llenó toda la sala. Las nuestras habían quedado un poco torcidas y una se había desbordado por completo, pero Sofía insistió en que eran las mejores.
Probamos una juntas.
—Está buena —dije, sorprendida.
Ella me miró con expresión triunfal.
—Porque tú haces las mejores tartas del mundo.
—Magdalenas.
—Es lo mismo.
—No es lo mismo.
A esas alturas ya sabía que discutir con ella era una batalla perdida.
La tarde pasó entre chocolate, risas y niños enseñándose unos a otros sus cajas. Por primera vez desde que Sofía vivía allí, tuve la sensación de estar haciendo algo completamente normal con mi hija. No una visita. No una salida autorizada. No un tiempo medido por adultos que tomaban notas.
Simplemente una madre haciendo magdalenas con su niña.
Y quizás por eso, cuando llegó la hora de despedirnos, me costó un poco más de lo habitual.
—El martes vengo otra vez —le recordé mientras le limpiaba una mancha de chocolate que seguía teniendo junto a la boca.
—Lo sé.
—Y nos comemos las magdalenas que queden.
—No van a quedar.
—¿Por qué?
—Porque me las voy a zampar todas.
—Doce magdalenas no.
—Diez.
—Seis.
—Nueve.
—Cuatro.
—Ocho.
La miré.
—Has salido negociadora.
—¿Ocho?
—Seis.
—Vale —terminó diciendo con esa voz cantarina que provocaba en mí más ganas de comérmelas que a las magdalenas.
Me abrazó riendo y yo cerré los ojos, guardando durante unos segundos el peso de su cuerpo contra el mío.
—Te quiero, mamá.
—Yo te quiero más.
—Eso es imposible.
—Algún día entenderás que no.
La educadora la cogió de la mano y Sofía se alejó con su caja de magdalenas bajo el brazo, volviéndose para saludarme antes de desaparecer por el pasillo. Me quedé unos segundos mirando la puerta cerrada, como hacía siempre, hasta que respiré hondo y me obligué a caminar hacia la salida.
La noche estaba templada. Había dado apenas unos pasos fuera del edificio cuando escuché mi nombre.
—Hasta mañana, Lucía.
Me detuve.
Javier estaba junto a la entrada, revisando algo en su teléfono.
Lo miré confundida.
—¿Hasta mañana?
Levantó la vista.
—Eso he dicho.
—Pero mañana es viernes, Javier. Debe haberse equivocado.
—Muy bien. Veo que el taller de repostería no ha afectado a tus conocimientos del calendario.
Me reí sin entender nada.
—No vengo los viernes.
Javier guardó el teléfono en el bolsillo y me observó durante unos segundos. Había algo en su sonrisa que empezó a ponerme nerviosa.
—Mañana sí.
Dejé de sonreír.
—¿Cómo?
Se acercó un poco.
—He preferido esperar a que terminaras la visita para decírtelo. Ya está autorizado.
—¿Qué está autorizado?
—Una salida de fin de semana.
No entendí las palabras.
O quizás las entendí por separado, pero mi cabeza fue incapaz de unirlas.
—¿Una qué?
—Una salida de fin de semana, Lucía. Mañana, cuando termines de trabajar, puedes venir a recoger a Sofía.
Me quedé completamente estupefacta.
—No.
Javier frunció ligeramente el ceño.
—¿No quieres?
—No... Quiero decir que no puede ser.
—Pues menos mal. Por un momento he pensado que iba a tener que rehacer bastantes papeles.
Lo miré sin saber si estaba bromeando.
—¿Está diciendo que puedo llevármela a casa?
—Eso estoy diciendo.
Sentí que el aire desaparecía.
—¿A mi casa?
—A tu casa.
—¿A dormir?
Él sonrió.
—Normalmente los fines de semana incluyen noches.
Me llevé las dos manos a la boca.
—No puede ser.
—Otra vez con eso.
—Javier...
—Lucía, respira.
Pero ya estaba llorando.
No llorando como otras veces, intentando disimular o secándome deprisa las lágrimas. Lloraba sin ningún control, con las manos temblándome y el corazón golpeándome tan fuerte que casi me dolía.
—¿Mañana? —conseguí preguntar.
—Mañana.
—¿Y se queda conmigo?
—Hasta el domingo por la tarde.
Solté un sonido extraño, a medio camino entre una risa y un sollozo.
—Dos noches.
—Dos noches.
—Voy a acostarla.
Javier asintió.
—Sí.
—Voy a darle el desayuno.
—Eso suele ocurrir por las mañanas.
—Voy a despertarme y va a estar allí.
Mi voz se rompió por completo.
Javier dejó escapar una sonrisa.
—Vas a tener a tu hija en casa durante todo el fin de semana. Creo que esa es la forma más sencilla de resumirlo.
Me tapé la cara y lloré todavía más. Pensé en su cama vacía. En sus zapatillas guardadas. En los cuentos que seguían en la estantería exactamente donde ella los había dejado. En su vaso rosa. En el cepillo de dientes que nunca había sido capaz de tirar.
—¿Cómo lo ha conseguido?
—No lo he conseguido yo solo. Hay informes, valoraciones, un equipo detrás y una evolución favorable. Pero te dije que movería todo lo que pudiera moverse.
—No sé cómo agradecerle esto.
—Ya se te ocurrirá.
Lo dijo con una sonrisa amable, tan natural que sacó mi sonrisa.
Yo solo podía pensar en Sofía.
—Tengo que irme.
Javier levantó las cejas.
—¿Ahora?
—Tengo que comprar comida. Tengo que limpiar su habitación. Tengo que cambiar las sábanas. No tengo cereales de chocolate.
Él empezó a reír.
—Lucía, son casi las nueve de la noche.
—El supermercado cierra a las diez.
—Por supuesto.
—Y tengo que comprar champú. El suyo. Y fresas. Y yogures de esos que le gustan. Y...
—Vete.
No esperé más.
Eché a andar hacia el coche y, cuando llevaba unos metros, me volví.
—¡Javier!
Él seguía junto a la puerta.
—¿Sí?
—Gracias.
Me miró en silencio durante un instante.
—Hasta mañana, Lucía.
Aquella vez entendí las palabras.
Y creo que nunca en toda mi vida había sido tan feliz de saber que el día siguiente existía.