Todo lo que haría por ti Capítulo 6
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Capítulo 6

El miércoles transcurrió con esa calma engañosa que tienen los días en los que una no espera que ocurra nada extraordinario.

Llevaba toda la mañana trabajando sin dejar de pensar, de vez en cuando, en la tarde anterior con Sofía.

Aún podía verla corriendo entre los chorros de agua del parque, empapada de la cabeza a los pies, riéndose con esa carcajada tan limpia que siempre conseguía borrar de un plumazo semanas enteras de tristeza.

Había guardado el dibujo de las dos delante de aquella casa con flores gigantes en la primera página de mi agenda y, cada vez que la abría para apuntar una medicación o una cita, terminaba sonriendo sin remedio.

Miguel estaba sentado junto al ventanal del jardín intentando resolver un crucigrama cuando me acerqué con dos cafés. Afirmaba que el médico le había prohibido el vino, pero nunca el café con leche, y sostenía que aquella era una victoria personal sobre el paso del tiempo.

—Hoy estás exultante.

—Ni que fuera una estrella de Hollywood —le contesté risueña.

—Ni que una de esas brillara más que tú, Lucía.

Sonreí mientras le alcanzaba la taza.

—Supongo que todavía me dura la felicidad de ayer.

—Y que te dure mucho.

No había terminado la frase cuando el teléfono comenzó a vibrar dentro del bolsillo de mi uniforme.

Miré la pantalla casi por costumbre.

Javier León.

Sentí un pequeño vuelco.

Me levanté despacio.

—Perdóneme un momento.

Miguel hizo un gesto con la mano para que contestara sin preocuparse.

Me alejé unos pasos hasta el jardín y apoyé la espalda contra el tronco del limonero.

—¿Sí?

—Hola, Lucía.

La voz de Javier sonó tan tranquila como siempre.

—Espero no molestarte.

—En absoluto.

—Te llamo porque acabo de salir de una reunión y quería que fueras la primera en saberlo.

Noté cómo el corazón empezaba a latirme más deprisa.

—¿Ha ocurrido algo?

—Sí.

Hubo un breve silencio.

—El informe de vuestra salida de ayer ha sido excelente.

Respiré aliviada.

—Me alegro muchísimo.

—Y hay algo más.

Esperó un instante antes de continuar.

—Ya está aprobado oficialmente que, a partir de ahora, puedas ver a Sofía dos días por semana.

Cerré los ojos.

—¿Cómo...?

—Los martes, como hasta ahora... y también todos los jueves.

Sentí que las piernas dejaban de sostenerme y tuve que sentarme en el banco más cercano.

—¿Pero todos los jueves?

—Sí. Bueno, un jueves por semana —bromeó.

No pude contener las lágrimas.

Lloraba y sonreía al mismo tiempo, incapaz de ordenar todo lo que estaba sintiendo.

—No sé... no sé cómo darle las gracias.

—Deja de repetirte tanto, mujer.

—Claro que sí.

Me sequé los ojos con el dorso de la mano.

—Hace unos días solo podía verla una tarde. Ahora son dos. Usted no sabe lo que eso significa para mí.

Su voz conservó la misma serenidad.

—Sí creo saberlo.

Guardó un breve silencio antes de añadir:

—Disfrútalo mucho. Mañana la tendrás esperándote.

Cuando colgué permanecí inmóvil unos segundos.

Todavía seguía mirando la pantalla apagada cuando escuché los pasos de Miguel acercándose despacio con ayuda de su bastón.

—Buenas noticias.

No era una pregunta.

Asentí sin dejar de llorar.

—Dos tardes.

Él sonrió con una emoción sincera.

—Ya ves... algunas puertas tardan mucho en abrirse, pero cuando empiezan a hacerlo ya no hay quien las cierre.

No fui capaz de responderle.

Simplemente lo abracé.

Cuando regresé al control de enfermería todavía tenía los ojos algo enrojecidos. Lola levantó la vista de unos informes y, al verme, dejó el bolígrafo inmediatamente.

—¿Qué ha pasado?

Negué con la cabeza intentando hablar.

—Nada malo.

—Pues entonces cuéntamelo ya porque me estás asustando.

Respiré hondo.

—Voy a verla también los jueves.

Lola tardó exactamente dos segundos en rodear el mostrador para abrazarme.

—¡No me lo puedo creer!

Reía casi tanto como yo.

—¡Eso hay que celebrarlo!

—No hace falta.

—Claro que hace falta.

Me señaló con el dedo.

—Y mañana sales diez minutos antes. Ni se te ocurra discutir conmigo.

Aquella noche, al llegar a casa, preparé una pequeña mochila como si fuera una niña organizando una excursión.

Guardé el cuento de la sirena, un bote de pompas de jabón que había comprado de camino a casa, una cajita de horquillas de colores con pequeñas mariposas y unas galletas de mantequilla que sabía que compartiríamos. Ojalá nos dejaran volver al parque.

Mientras colocaba cada cosa dentro, no podía dejar de pensar que, por primera vez en muchos meses, el calendario empezaba a parecerse un poco a la vida que yo soñaba recuperar.

Al día siguiente terminé el turno casi sin darme cuenta. Lola me echó literalmente de la residencia diez minutos antes de la hora.

—Corre.

—Pero todavía...

—Corre.

—Hay cosas que...

—Lucía.

Puso las manos sobre mis hombros.

—Hay una niña esperándote.

No necesité escuchar nada más.

Llegué al centro casi sin aliento.

La tarde con Sofía fue tan sencilla como maravillosa. Ciertamente, pudimos volver a salir.

Hicimos pompas de jabón hasta que una de ellas terminó posándose sobre la nariz de la pequeña, le coloqué una de las horquillas nuevas mientras presumía delante de todos los niños de que "su mamá sabía hacer las coletas más bonitas del mundo" y acabamos sentadas bajo un árbol leyendo otra vez el cuento de la sirena, aunque las dos nos sabíamos ya la historia de memoria.

Cuando regresamos, la educadora vino a buscarla con una sonrisa.

—Venga, Sofía.

Ella me dio un abrazo larguísimo.

—¿Ahora ya vienes siempre dos días?

Le acaricié la mejilla.

—Siempre que me dejen, aquí estaré.

—Entonces esta semana ya te he visto dos veces.

—Y la semana que viene también.

Aquella idea pareció hacerla inmensamente feliz. Entró en el edificio dando pequeños saltitos mientras agitaba la mano para despedirse.

Yo seguía sonriendo cuando escuché una voz conocida detrás de mí.

—Parece que alguien ha pasado una buena tarde.

Me giré.

Javier acababa de salir del edificio con una carpeta bajo el brazo.

—La mejor.

Sonrió.

—Se nota.

Permanecimos unos segundos contemplando la puerta por la que acababa de desaparecer Sofía.

—¿Sabes qué recuerdo de ti? —me preguntó de pronto.

Negué con curiosidad.

—Un día os pedí en clase que hicierais un trabajo sobre el empleo que soñabais tener.

Fruncí ligeramente el ceño.

—Ni me acordaba.

—La mayoría habló de dinero, de montar empresas o de comprarse un coche. Tú escribiste que querías trabajar cuidando personas porque había demasiada gente mayor que terminaba sintiéndose sola.

Lo miré sorprendida.

—¿De verdad recuerda eso?

—Perfectamente.

Sonrió con tranquilidad.

—No todos los alumnos dejan huella.

Bajé la vista un instante.

Hacía mucho tiempo que nadie me hablaba de la chica que fui antes de que la vida empezara a torcerse.

—Al final terminé en una residencia.

—Me alegro mucho.

—Y sigo pensando igual.

—Es evidente.

Lo dijo con tanta naturalidad que terminé riendo.

—Tiene buena memoria.

—No.

Negó despacio.

—Simplemente me alegra comprobar que la vida no ha conseguido cambiar a aquella chica que siempre encontraba tiempo para cuidar de los demás.

Aquellas palabras me emocionaron de una forma difícil de explicar.

Durante meses me había sentido observada como una sospechosa, como una madre puesta constantemente en duda.

Él, sin embargo, parecía mirar mucho más allá de todo aquello.

—Gracias, Javier.

Él sonrió con sencillez.

—No me las des todavía.

Fruncí el ceño.

—¿Por qué?

—Porque el día que realmente aceptaré ese agradecimiento será el día en que vea a Sofía cruzar esa puerta para volver definitivamente a casa contigo.

No supe qué responder.

Solo fui capaz de sonreír con los ojos llenos de lágrimas.

Y, mientras caminaba hacia el coche, pensé que quizás el destino había puesto a aquel antiguo profesor en mi camino justo cuando más necesitaba que alguien creyera en mí.

Aquella noche no conduje directamente hacia casa.

Cuando pasé delante del supermercado del barrio, puse el intermitente casi sin pensarlo y entré en el aparcamiento con una sonrisa que llevaba demasiado tiempo sin visitarme.

No necesitaba comprar nada imprescindible. Tenía la nevera medio llena y podía haber cenado cualquier cosa. Pero aquel día no era un día cualquiera. Por primera vez en muchos meses sentía que la vida, aunque solo fuera un poco, había dejado de caminar siempre en mi contra.

No es fácil encontrar a alguien que te tienda una mano en un lugar donde parece que cualquier gesto por tu parte puede estar sujeto a interpretaciones desfavorables.

Lo que más me alegraba era que veía en los ojos de Javier que él no me cuestionaba. Ese hombre me creía, sin condiciones. Y eso me generaba una ternura complicada de explicar. Quizás porque no la había conocido hasta entonces.

Empujé el carrito despacio por los pasillos, disfrutando de aquel gesto tan cotidiano.

Cogí una bolsa de pasta fresca rellena de queso, una salsa de setas que siempre me había gustado pero que nunca compraba porque me parecía un pequeño lujo innecesario, una botella de limonada con gas, tomates cherry, un trocito de queso curado y una pequeña tarta de chocolate que me tentó.

Cuando llegué al congelador, me detuve unos segundos delante de los helados. No tardé demasiado en decidirme. Fresa con trocitos de fruta.

Sofía decía que era el mejor sabor del mundo y, desde que nació, yo había terminado dándole la razón. Dejé la tarta, porque era demasiado, pero me aferré a ese helado como si fuera el último del mundo.

Al llegar a casa dejé las bolsas sobre la encimera y permanecí unos segundos apoyada en ella, contemplando el silencio del pequeño apartamento.

Hacía unos días aquel mismo silencio me había parecido insoportable. Esa noche, en cambio, tenía algo distinto. No era un silencio vacío. Era un silencio lleno de esperanza.

Me di una ducha larga, dejando que el agua caliente resbalara despacio sobre los hombros y se llevara el cansancio acumulado de toda la semana.

Sin darme cuenta, empecé a tararear una canción que mi madre ponía cuando yo era pequeña y todavía existían días en los que en casa no había gritos.

Al principio solo movía los labios. Después fui cantando un poco más alto, hasta que terminé riéndome de mí misma al descubrir que hacía muchísimo tiempo que no lo hacía.

No recordaba la última vez que había cantado.

Quizás porque una deja de hacerlo cuando el corazón pesa demasiado.

Me preparé la cena con calma, serví la pasta en un plato bonito (el que reservaba para las ocasiones especiales) y cené junto a la ventana abierta, mientras la brisa de la noche movía suavemente las cortinas.

Después me acomodé en el sofá con el bote de helado entre las manos y una cuchara pequeña, exactamente igual que hacía antes de que mi vida se rompiera en dos. Cada cucharada me sabía a celebración, a permiso para volver a ilusionarme sin sentirme culpable.

Antes de acostarme miré el calendario colgado en la cocina. Hasta hacía apenas una semana, cada martes estaba rodeado con un círculo rojo porque era el único día en que podía abrazar a Sofía. Sonriendo, cogí un bolígrafo azul y empecé a rodear también todos los jueves de los meses siguientes.

Me quedé contemplando aquellos dos colores durante un buen rato.

No era la vida que soñaba para nosotras.

Todavía no.

Pero, al menos, ya no sentía que caminara completamente a oscuras.

Aquella noche me acosté con la agradable sensación de que el futuro, aunque todavía estuviera lejos, había decidido por fin empezar a caminar en nuestra dirección.

Y eso me hacía sonreír sin remedio.