Capítulo 5
El martes siguiente viví el turno más largo de toda mi vida.
Ni siquiera los residentes, con su capacidad infinita para hacerme olvidar durante unas horas cualquier preocupación, consiguieron distraerme del todo.
Miguel me preguntó un par de veces si me encontraba bien porque, según él, llevaba toda ausente.
Me limité a decirle que tenía el presentimiento de que iba a ser un martes especial.
No sabía por qué lo sentía. Simplemente había despertado con esa intuición extraña que, de vez en cuando, parecía empeñarse en recordarme que la esperanza también existía.
Cuando llegué al centro de menores, respiré hondo antes de cruzar la puerta principal.
Aquel edificio seguía imponiéndome el mismo respeto y el mismo dolor que el primer día, pero ya conocía las aulas, los pasillos y hasta el dibujo de una jirafa que Sofía había pegado semanas atrás en el corcho del recibidor.
Saludé con una sonrisa tímida y avancé hacia la sala de visitas convencida de que todo sería igual que siempre.
Sin embargo, antes de que pudiera llegar, escuché una voz detrás de mí.
—Buenas tardes, Lucía.
Me giré y encontré a Javier León apoyado con tranquilidad junto al mostrador de recepción. Vestía como de costumbre, impecable, con un traje azul cielo perfectamente planchado y una camisa blanca que parecía recién salida de la tintorería.
Sonreía con esa serenidad que, desde que lo había reencontrado, siempre conseguía transmitirme una sensación de calma tremenda.
—Buenas tardes.
Él dio un par de pasos hacia mí.
—Hoy no vais a quedaros en la sala de visitas.
Lo miré sin entender.
—¿Cómo?
Sonrió un poco más.
—Sofía ya está preparada.
Fruncí el ceño.
—¿Preparada para qué?
Guardó unos segundos de silencio, disfrutando casi de la sorpresa.
—Para ir al parque contigo.
Sentí que el tiempo se detenía.
Lo miré convencida de haber entendido mal.
—Perdón... ¿qué ha dicho?
—Lo que has oído. El equipo ha autorizado una salida de unas horas. Es una prueba, una forma de ir ampliando poco a poco las visitas. Una educadora estará cerca por si necesitáis cualquier cosa, pero la tarde será vuestra.
Las lágrimas comenzaron a llenarme los ojos antes incluso de ser consciente de que estaba llorando.
Negué con la cabeza varias veces.
—No... no puede ser...
Javier sonrió con una naturalidad desarmante.
—Claro que puede ser.
—Pero... ¿cómo?
Me llevé una mano a la boca, incapaz de controlar la emoción.
—¿Cómo ha conseguido esto?
Él se encogió ligeramente de hombros.
—Te dije que movería algunos hilos.
—Pero...
—Lucía, escúchame.
Esperó a que volviera a mirarlo.
—Tú no eres una delincuente. No estás entre las personas más buscadas del país ni has cometido un crimen horrible.
Lo que ocurrió aquella noche fue una situación muy seria y debía investigarse, por supuesto.
Pero también hay que valorar quién eres, cómo has cuidado siempre de tu hija y el vínculo tan fuerte que existe entre las dos.
Mi obligación es proteger a Sofía, sí...
pero también facilitar que una buena madre pueda seguir siendo su madre.
No pude contenerme más.
Las lágrimas empezaron a caer una detrás de otra mientras intentaba reír al mismo tiempo.
—Perdón... es que...
—No pidas perdón por llorar.
Me ofreció un pañuelo de papel.
—Creo que hoy tienes derecho.
Respiré varias veces intentando serenarme.
—No sé cómo agradecerle todo esto.
Él negó con la cabeza.
—Haz una sola cosa.
—¿Cuál?
—Disfruta de tu hija.
En ese momento una educadora apareció por el pasillo.
Y detrás de ella...
—¡¡Mamá!!
Sofía salió corriendo con una pequeña mochila rosa colgada a la espalda y una gorra torcida que casi le tapaba una ceja. Se lanzó contra mí con tanta fuerza que estuve a punto de perder el equilibrio.
La abracé riendo y llorando al mismo tiempo.
—Mi amor...
Ella se apartó un poco para mirarme.
—¿Es verdad?
—¿El qué?
—¡Que hoy vamos al parque!
La miré completamente sorprendida.
—¿Tú ya lo sabías?
Asintió con entusiasmo.
—Me lo dijeron antes de que llegaras.
Volvió a abrazarme.
—¡Vamos, mamá, que quiero enseñarte los chorros!
Nos despedimos de la educadora y salimos del centro caminando de la mano. A unos metros de distancia, otra profesional del centro permanecía discretamente pendiente de nosotras, dejándonos nuestro espacio sin interferir en la tarde.
El parque estaba lleno de niños.
Había columpios, un castillo de cuerdas, toboganes enormes y una zona de juegos de agua donde decenas de pequeños corrían de un lado para otro intentando escapar de los chorros que aparecían por sorpresa desde el suelo.
Sofía me miró con los ojos muy abiertos.
—¿Puedo?
—Claro que puedes.
No había terminado la frase cuando ya estaba corriendo hacia el agua.
Los primeros chorros la hicieron dar un pequeño salto de sorpresa antes de romper a reír con esa carcajada limpia que siempre conseguía contagiarme. Corría intentando adivinar por dónde saldría el siguiente, pero perdía todas las apuestas y acababa empapada una y otra vez.
—¡Mamá, ven!
Negué riendo.
—¡No llevo ropa para mojarme!
—¡Da igual!
Volvió a llamarme con tanta insistencia que terminé quitándome las zapatillas y entrando descalza.
El primer chorro me alcanzó de lleno en las piernas.
Sofía se dobló de la risa.
—¡Te ha pillado!
—¡Ha sido culpa tuya!
—¡Otra vez!
Empezamos a correr como dos niñas más.
Durante casi media hora olvidé los informes, los jueces, los expedientes y los meses de angustia. Solo existíamos ella y yo, persiguiéndonos entre el agua, riéndonos hasta que nos dolía la barriga y terminando completamente empapadas bajo el sol de la tarde.
Después nos sentamos en un banco para secarnos un poco mientras compartíamos un helado de fresa.
—¿Sabes una cosa? —me preguntó muy seria.
—¿Qué?
—Hoy huele a cuando éramos nosotras.
Sentí un nudo en la garganta.
—Siempre seremos nosotras.
Apoyó la cabeza sobre mi hombro.
—Lo sé.
Cuando llegó la hora de volver, emprendimos el camino despacio, todavía con el pelo húmedo y las zapatillas salpicadas de agua. Sofía llevaba una flor diminuta en la mano que había recogido del césped y me la entregó justo antes de entrar en el centro.
—Para que la pongas en casa.
La cogí con un cuidado infinito.
—La pondré donde pueda verla todos los días.
Nos abrazamos largo rato antes de despedirnos. Aquella vez no hubo lágrimas. Solo un beso muy fuerte y una promesa.
—El martes que viene.
—El martes que viene —le repetí.
Mientras me alejaba, me giré una última vez.
Sofía seguía en la puerta, sonriendo y agitando la mano con la misma ilusión con la que había pasado toda la tarde.
Y yo comprendí que unas pocas horas podían no parecer gran cosa para el resto del mundo.
Pero, para una madre y una hija que llevaban meses esperando un momento así, habían sido un pequeño pedazo de vida recuperada.