Todo lo que haría por ti Capítulo 4
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Capítulo 4

Dos días después, yo estaba sentada con Miguel bajo el limonero de Los Almendros, escuchándole contar por tercera vez aquella semana la historia de una alumna que había escrito “vaca” con b porque, según ella, las vacas eran animales demasiado grandes para llevar una letra tan pequeña.

Miguel se reía cada vez que llegaba a esa parte, y yo me reía con él, no porque no conociera ya el final, sino porque había aprendido que algunas historias no se contaban para sorprender, sino para volver a sentirse acompañado en un recuerdo.

La tarde estaba tranquila.

Lola había conseguido convencer a doña Teresa de que los geranios podían sobrevivir sin un cuarto riego, don Ernesto dormitaba en el sillón con la dignidad de quien juraría que solo estaba “descansando los ojos”, y yo intentaba concentrarme en aquel pequeño remanso de paz sin sufrir la ansiedad de que no vería a mi hija al llegar a casa.

Ese era, sin lugar a ninguna duda, el momento más duro del día.

No me tocaba ver a Sofía hasta la semana siguiente, y esa certeza me pesaba como una puerta cerrada. Me repetía que debía acostumbrarme, que una visita a la semana era lo que había, que desesperarme no cambiaba nada. Pero ninguna madre aprende a conformarse con echar de menos a su hija.

El teléfono empezó a vibrar en el bolsillo del uniforme justo cuando Miguel me preguntaba si Sofía seguía dibujando casas con flores gigantes.

Miré la pantalla sin demasiado interés, pensando que quizás sería alguna compañera desde dentro de la residencia, pero al ver el nombre que aparecía escrito me quedé inmóvil.

Javier León. Mi antiguo profesor me dio su número cuando estuvimos charlando.

Sentí un vuelco extraño en el estómago.

—Perdone, Miguel —murmuré, levantándome despacio—. Tengo que cogerlo.

Él no preguntó nada. Solo me observó con esa atención suya, como si hubiera entendido antes que yo que aquella llamada podía cambiarme la tarde.

—¿Sí? —contesté, alejándome unos pasos hacia la zona más silenciosa del jardín.

La voz de Javier sonó serena, amable, perfectamente medida.

—Lucía, buenas tardes. Perdona que te llame al trabajo, pero quería comentarte algo.

Me apoyé en el respaldo de un banco porque las piernas, de pronto, me parecieron menos firmes.

—¿Ha pasado algo con Sofía?

—No, no. Está bien. Tranquila. Precisamente te llamo por algo bueno.

Me llevé una mano al pecho.

—Dígame.

—He estado revisando tu expediente, hablando con el equipo técnico y valorando la situación.

Una sola visita semanal me parece insuficiente, teniendo en cuenta el vínculo que existe entre Sofía y tú.

Así que he conseguido que puedas venir también esta tarde, si quieres.

No será una visita muy larga, pero sí podrías verla un rato.

Y procuraré que, esto mismo, ocurra más a menudo.

Durante unos segundos no supe qué decir.

Miré el jardín, el limonero, las flores, las ventanas de la residencia. Todo seguía igual, y sin embargo el mundo acababa de abrirse un poco.

—¿Esta tarde? —le pregunté, casi sin voz.

—Esta tarde. Si es que te viene bien, claro.

—Sí, sí, cómo no. Lo que sucede es que me resulta increíble.

—Pues no lo es. Tu hija te estará esperando.

Al otro lado escuché una respiración suave, casi una sonrisa.

—A veces hay margen para hacer las cosas con humanidad, Lucía. No siempre, pero a veces sí. Y creo que tú y Sofía lo necesitáis.

Tuve que cerrar los ojos.

No quería llorar allí, en mitad del jardín, con el uniforme puesto y Miguel mirándome desde el banco.

—No sé cómo darle las gracias.

—Ven a verla. Con eso basta.

Cuando colgué, me quedé un momento quieta, sujetando el móvil contra el pecho. Miguel seguía observándome desde su sitio, y no hizo falta que le explicara demasiado. Debió de verlo en mi cara, porque sonrió antes incluso de que yo pudiera hablar.

—Vas a verla.

Asentí, y esta vez no conseguí impedir que se me llenaran los ojos de lágrimas.

—Esta tarde. Me dejan verla otra vez esta tarde.

Miguel apoyó las dos manos sobre el bastón y me miró con una ternura inmensa.

—Entonces no sé qué haces todavía aquí.

Me reí entre lágrimas.

—Estoy trabajando.

—Pues trabaja deprisa.

Entré en la residencia casi corriendo y encontré a Lola en el control, revisando unas hojas con cara de estar peleándose con la burocracia como si fuera un enemigo personal. Al verme, levantó la cabeza y frunció el ceño.

—¿Qué ha pasado?

—Me han llamado del centro.

Su expresión cambió al instante.

—¿Sofía?

—Está bien. Está bien —me apresuré a decir—. Me dejan verla esta tarde. Javier León ha conseguido otra visita. El hombre del que te hablé, ¿lo recuerdas?

Lola abrió la boca.

Después dejó la carpeta sobre la mesa con un golpe seco.

—¿Y tú qué haces aquí plantada?

—Me quedan casi dos horas de turno.

—Te quedan cero horas de turno.

—Lola…

—Cero. Redondas. Matemáticas puras.

—No puedes cubrirme.

—Puedo y voy a hacerlo. Además, don Ernesto lleva veinte minutos fingiendo que duerme para no ducharse, así que necesito canalizar mi agresividad en algún sitio.

La abracé con tanta fuerza que casi la hice perder el equilibrio.

—Gracias.

—No me des las gracias. Vete. Y llévale el cuento de la sirena, que se lo prometiste.

Me separé de golpe.

—¡El cuento!

—Madre mía, menos mal que estoy yo.

Cinco minutos después estaba cambiándome a toda prisa en el vestuario, con las manos torpes y el corazón acelerado.

Pasé por una librería pequeña antes de ir al centro y compré el cuento de la sirena que Sofía me había pedido, uno con tapas brillantes y dibujos de océanos llenos de peces de colores.

También elegí una caja de ceras nuevas, de esas que olían a infancia nada más abrirlas, porque sabía que no había regalo que pudiera hacerla más feliz que un mundo entero por pintar.

Cuando llegué al centro, apenas podía respirar de la emoción. La educadora me hizo pasar a la misma sala de visitas de siempre, y yo me quedé de pie junto a la mesa, con el cuento apretado contra el pecho, esperando el sonido de sus pasos.

—¡Mamá!

Sofía apareció corriendo por el pasillo como si viniera directa desde un sueño. Se lanzó a mis brazos y yo la levanté del suelo, girándola un poco, incapaz de contener la risa y el llanto al mismo tiempo.

—Pero… ¿tú? —dijo ella, apartándose para mirarme con los ojos muy abiertos—. ¡Hoy no era día!

—Hoy es un día sorpresa.

—¿De verdad?

—De verdad.

Me abrazó otra vez, más fuerte.

—Me encantan los días sorpresa.

Nos sentamos juntas en la mesa, tan pegadas que su rodilla rozaba la mía. Cuando saqué el cuento de la sirena, Sofía abrió la boca como si acabara de enseñarle un tesoro.

—¡Te acordaste!

—Claro que me acordé.

—¿Y podemos leerlo ahora?

—Para eso lo he traído.

Se acomodó contra mí, apoyando la cabeza en mi brazo, y empecé a leerle en voz baja.

La historia hablaba de una sirena pequeña que quería encontrar una estrella perdida en el fondo del mar.

Sofía interrumpía cada pocas líneas para señalar un pez, preguntar por qué los cangrejos siempre tenían cara de enfadados o decir que, si ella fuera sirena, tendría el pelo rosa y una mochila impermeable para guardar galletas.

Después abrimos la caja de ceras y dibujamos juntas. Ella hizo otra casa, más grande que la anterior, con una chimenea torcida y un jardín lleno de flores enormes. Esta vez añadió tres figuras: ella, yo y Miguel, al que dibujó con bastón y una sonrisa que ocupaba media cara.

—¿Miguel va a venir a casa también? —pregunté, intentando que no se me quebrara la voz.

—A merendar. Porque es muy mayor y seguro que le gustan las galletas blanditas.

—Le encantan.

—Pues entonces viene.

Yo asentí, como si aquel plan fuera tan sencillo como escoger una tarde cualquiera y abrir la puerta.

A mitad de la visita, Javier León apareció junto a la entrada de la sala. No entró del todo ni invadió nuestro espacio. Se quedó a cierta distancia, con las manos unidas delante del cuerpo y una sonrisa amable, observando el dibujo que Sofía levantó enseguida para enseñárselo.

—Mira, Javier, es mi casa con mamá.

Él inclinó ligeramente la cabeza.

—Es una casa preciosa, Sofía. Y esas flores son enormes.

—Porque las he hecho mágicas.

—Entonces seguro que huelen mejor que las normales.

La niña sonrió, satisfecha, y volvió a colorear el tejado. Javier me miró a mí un instante, con una expresión que me pareció protectora, casi cómplice.

—Me alegro de que hayas podido venir.

—Gracias —dije, de corazón—. De verdad.

—Seguiremos intentando que esto sea un poco más fácil.

No se quedó mucho más. Saludó a la educadora y se marchó por el pasillo con esa forma tranquila de caminar que tenía, como si todo estuviera siempre bajo control.

Lo vi alejarse y sentí una gratitud tan grande que casi me dolió. En aquel instante, Javier León no era para mí un director de centro ni un antiguo profesor de FOL. Era el hombre que me había regalado una tarde más con mi hija.

Y eso, entonces, me pareció inmenso.

Cuando llegó la despedida, Sofía no lloró, pero me abrazó con una fuerza que decía mucho más que las lágrimas. Me pidió que cuidara su cuento hasta la próxima visita, porque quería seguir leyéndolo conmigo, y me hizo prometer que le contaría a Miguel que ya tenía sitio en nuestra casa dibujada.

—Se lo diré en cuanto lo vea.

—Y dile que no se coma todas las galletas.

—También.

Me dio un beso en la mejilla y luego otro en la pulsera de hilo que me había regalado días antes.

—Para que te acuerdes.

—Siempre me acuerdo, mi vida.

Cuando salí del centro, la noche ya había caído del todo. Caminé hasta el coche con el cuento de la sirena contra el pecho y las ceras guardadas en el bolso, sintiendo que, por primera vez en meses, el aire no pesaba tanto.

Había visto a Sofía un día que no me correspondía. Había escuchado su risa. Había dibujado con ella una casa imposible.

Y, mientras arrancaba el coche para volver a casa, me permití creer durante unos minutos que quizás no todo estaba perdido.