Capítulo 3
La sala de visitas estaba al fondo del edificio, junto a un pequeño patio donde varios niños jugaban alrededor de un columpio de colores ya algo desgastados por el uso.
Había dibujos infantiles pegados en las paredes, estanterías repletas de cuentos y una mesa baja con cajas de lápices de colores abiertas, como si alguien hubiera querido recordar a toda costa que aquel lugar seguía siendo un espacio para la infancia, aunque detrás de cada una de aquellas sonrisas hubiera una historia que ningún niño debería haber conocido tan pronto.
Mientras esperaba sentada en uno de los sillones, mis manos no dejaron de entrelazarse una y otra vez sobre el regazo.
Nunca conseguía acostumbrarme a aquellos minutos de espera. Eran apenas unos instantes, pero siempre tenía la sensación de que el corazón empezaba a latirme tan fuerte que cualquiera podía oírlo desde el otro extremo de la sala.
Entonces escuché su voz.
—¡¡Mamá!!
Me levanté antes incluso de verla.
Sofía apareció corriendo por el pasillo con las trenzas completamente despeinadas, sujetando un dibujo enorme contra el pecho.
Apenas llegó hasta mí, se lanzó a mis brazos con toda la fuerza de una niña de cinco años que todavía seguía creyendo que un abrazo podía arreglar el mundo entero.
La estreché tan fuerte que durante unos segundos fui incapaz de decir una sola palabra. Solo enterré la cara en su pelo, aspirando aquel olor inconfundible a champú infantil y colonia de fresa que todavía seguía siendo el olor más bonito que había conocido.
—Mi vida... —susurré con la voz rota—. Qué ganas tenía de verte.
Ella se apartó apenas unos centímetros para mirarme muy seria.
—Yo más.
—¿Más que yo?
Asintió convencidísima.
—Muchísimo más.
No pude evitar reír mientras le besaba la frente, las mejillas y la punta de la nariz.
—Eso es imposible.
—Bueno... empate.
Sonrió satisfecha.
—Vale —concluyó con voz cantarina.
Me cogió inmediatamente de la mano y empezó a tirar de mí hacia una de las mesas pequeñas.
—Ven, que tengo muchas cosas que enseñarte y no nos va a dar tiempo.
Aquella frase me atravesó el pecho como un cuchillo.
No nos iba a dar tiempo. Una niña de cinco años ya medía las tardes por el reloj.
Me senté frente a ella intentando que mi sonrisa no se rompiera.
Sofía desplegó el enorme dibujo con un orgullo que parecía iluminarle toda la cara.
—Lo he hecho yo.
Observé el papel despacio.
Había una casa con un tejado rojo, un jardín lleno de flores gigantes y dos figuras cogidas de la mano delante de la puerta. Una era adulta, con el pelo largo y un vestido azul. La otra tenía dos coletas torcidas y sostenía un globo rosa.
Sobre nuestras cabezas había escrito, con letras todavía inseguras:
"MAMÁ Y YO EN CASA."
Noté que tenía que hacer un esfuerzo enorme para seguir respirando.
—Es precioso.
—Esta eres tú.
Señaló la figura adulta, con esa inocencia de quien cree que ciertas obviedades necesitan explicación.
—Y esta soy yo. La más chiquitita.
Asentí despacio.
—Ya lo había adivinado.
—Y aquí vivimos otra vez juntas.
Levantó la cabeza para comprobar mi reacción.
—Porque vamos a volver a vivir juntas pronto, ¿verdad? Y entonces podríamos tener una casa tan bonita como esta, ¿nos mudaremos?
Sentí que el mundo entero se detenía.
No podía prometerle algo que no dependía de mí. Pero tampoco podía romper aquella esperanza.
Le acaricié una de las trenzas con toda la dulzura de la que fui capaz.
—Yo estoy haciendo todo lo posible para que eso pase.
Ella sonrió con esa fe absoluta que solo tienen los niños.
—Yo también.
—¿Y qué haces tú?
—Portarme muy bien.
Tragué saliva.
—¿Quién te ha dicho que tienes que portarte bien?
—Nadie.
Se encogió de hombros.
—Pero si me porto muy bien, seguro que todo sale mejor.
Tuve que apartar la mirada unos segundos.
No quería que me viera llorar. Mi hija siguió sacando dibujos de una carpeta enorme. Había flores. Mariposas. Un arcoíris. Una bicicleta. Un perro verde que, según ella, era azul pero el rotulador se había equivocado.
Y muchas casas. Todas tenían dos ventanas. Y siempre aparecíamos las dos delante.
Después me enseñó una pulsera de hilo que había hecho durante un taller.
—Es para ti.
Me la ató ella misma alrededor de la muñeca con una concentración infinita.
—Así no te olvidas de mí cuando trabajas.
La abracé inmediatamente.
—No existe un solo minuto del día en que me olvide de ti.
Ella sonrió satisfecha.
—Ya lo sabía.
Pasamos el resto de la tarde jugando.
Construimos una torre altísima con piezas de madera que terminó cayéndose entre carcajadas.
Leímos un cuento donde una tortuga quería aprender a volar.
Inventamos nombres ingeniosos para todos los muñecos de una estantería.
Y, cuando salimos un rato al patio, Sofía fue presentándome uno por uno a los niños con los que compartía aquellos días.
—Ella es Nora.
Una niña morena me saludó con una timidez enorme.
—Y él es Pablo.
Un niño pelirrojo levantó la mano desde el columpio.
—Y esa es Daniela.
—Hola —me dijo la pequeña.
Sofía hablaba de todos ellos con una naturalidad que me llenaba de orgullo y de tristeza al mismo tiempo.
Había aprendido a querer. Incluso allí. Aquello demostraba la inmensidad de su corazón. Pero también me recordaba que estaba creciendo lejos de mí.
Nos sentamos un rato en un banco del patio mientras ella apoyaba la cabeza sobre mi hombro.
—¿Sabes una cosa, mamá?
—¿Qué?
—Miguel, el señor de tu trabajo.
Fruncí el ceño.
—¿Qué Miguel? —le pregunté distraída.
—El abuelo que tanto nos quiere.
Sonreí.
—Ah... Miguel.
—¿Sigue contando historias?
—Todos los días.
—Dile que cuando volvamos a estar juntas le voy a enseñar mis dibujos. Tengo ganas de verlo, como aquella vez que me llevaste a su fiesta de abuelitos.
Sentí un nudo en la garganta.
—Se pondrá muy contento.
—Y dile también que he aprendido a escribir mi nombre sin copiar.
—Eso le va a impresionar muchísimo.
—Ya, porque me contaste que es profesor.
—Sí, pero ya está jubilado.
—¿Y eso qué es?
Se lo expliqué con paciencia mientras me la comía a besos.
Podría haberme quedado allí toda la vida. Simplemente escuchándola.
Pero las visitas siempre terminaban demasiado pronto. Una educadora apareció discretamente junto a la puerta.
No dijo nada. Su sola presencia ya me indicaba que había llegado la hora.
Sofía la vio y su sonrisa perdió un poco de fuerza.
Volvió a abrazarme despacio.
—¿Ya?
Asentí.
—Ya, cariño.
—La semana que viene vuelves.
No era una pregunta. Era una necesidad.
—Claro que sí. No me lo perdería por nada del mundo, mi vida.
Le besé la frente.
—Y te traeré el cuento nuevo que me pediste.
—¿El de la sirena?
—Ese mismo.
—Vale. Y si se te olvida, no pasa nada. Lo importantes es que vengas.
Me dio otro abrazo larguísimo.
Cuando empezó a alejarse, se volvió dos veces para saludarme con la mano.
Yo seguía sonriendo. Solo cuando desapareció por el pasillo permití que una lágrima terminara de recorrerme la mejilla.
Permanecí unos segundos con el cuerpo entumecido antes de dirigirme hacia la salida.
Fue entonces cuando me crucé con un hombre que acababa de entrar en el edificio acompañado por una de las responsables del centro.
Tendría alrededor de cuarenta y cinco años. Vestía un traje azul marino perfectamente planchado, camisa blanca, corbata discreta y unos zapatos negros impecablemente lustrados.
No era especialmente guapo ni llamaba la atención por su físico, pero transmitía una imagen de orden absoluto, de esas personas que parecían incapaces de llevar una arruga en la ropa o llegar cinco minutos tarde a una reunión.
Cuando pasó a mi lado tuve la extraña sensación de conocerlo. Él también me miró durante un instante. Como si intentara colocar mi rostro en algún rincón de su memoria.
Esperé a que avanzara unos pasos y me acerqué a la educadora.
—Perdone... ese señor...
Ella sonrió.
—Es Javier León, el director del centro.
Director. Volví a mirar hacia él. Javier León...
De pronto una imagen apareció con total claridad en mi cabeza.
Un aula. Un encerado.
Un hombre más joven explicando contratos de trabajo mientras escribía con una letra perfecta. Formación y Orientación Laboral.
FOL.
Mi profesor.
—Perdone... —lo llamé casi sin pensar.
Él se volvió. Me observó unos segundos. Después arqueó ligeramente las cejas.
—Espera...
Sonrió con amabilidad.
—Lucía... ¿Lucía Martín?
Asentí, sorprendida de que todavía recordara mi apellido tantos años después.
—Sí.
Él sonrió de nuevo.
—Claro... Auxiliar de Enfermería. Siempre te sentabas en la segunda fila.
No pude evitar reír.
—No pensaba que se acordaría.
—Hay alumnos que dejan huella.
Nos estrechamos la mano.
—¿Qué haces aquí? —me preguntó.
Miré instintivamente hacia el pasillo por el que acababa de marcharse Sofía.
—Mi hija está internada.
Su expresión cambió de inmediato.
—Lo siento.
No hizo falta que añadiera nada más. No preguntó con morbo. Solo pareció sinceramente apenado.
Respiré hondo antes de resumir, con la voz todavía temblorosa, todo lo ocurrido durante aquellos meses.
Le hablé de Sofía, de la investigación, de la resolución provisional, de la pesadilla en la que se había convertido mi vida.
También mencioné a Jorge, el padre de la niña, y cómo había pasado de ella, a la que apenas veía. Ni siquiera quiso hacerse cargo de ella cuando pasó aquello.
¿No era para morirse? Rechazó asumir su custodia provisional aduciendo incompatibilidad de horarios para criar una hija, lo que en la práctica se resumía en “no voy a renunciar a mis juergas y a mis vicios por cuidar de una cría”.
Javier escuchó sin interrumpirme una sola vez.
Cuando terminé, negó despacio con la cabeza.
—Recuerdo a Jorge.
Lo miré sorprendida.
—¿Se acuerda de él?
—Claro. Estudiaba Mecánica. Siempre iba rodeado de gente.
Suspiró.
—Nunca me dio buena espina.
Bajé la mirada.
—Yo tardé demasiado en darme cuenta. Y bien caro que lo he pagado.
Él permaneció unos segundos en silencio antes de acercarse un poco más.
Con un gesto pausado, casi paternal, me acarició suavemente la mejilla con el dorso de los dedos.
—Es una verdadera pena que una chica como tú terminara compartiendo su vida con una bala perdida como aquella.
Aquellas palabras, tan sencillas, me hicieron sentir comprendida por primera vez en mucho tiempo.
Como si alguien, por fin, hubiera visto más allá del expediente. Más allá de las sospechas. Más allá de aquella noche.
Javier retiró la mano con una sonrisa serena.
—No puedo prometerte milagros, Lucía. Pero sí puedo prometerte una cosa.
Lo miré sin atreverme casi a respirar.
—Haré todo lo que esté en mi mano para ayudarte.
Y, durante un instante, sentí que quizás, por primera vez desde que el mundo se había venido abajo, alguien acababa de tenderme una mano hacia la esperanza.
Y es que, cuando te encuentras tan increíblemente sola y desvalida como yo me encontraba en esos momentos, agradeces cualquier gesto como si fuera un tesoro.