Todo lo que haría por ti Capítulo 2
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Capítulo 2

Conduje hasta el centro con las ventanillas bajadas, aunque el aire cálido de aquella tarde de verano apenas conseguía aliviar el nudo que llevaba instalado en el pecho desde hacía meses.

Había aprendido que el camino hasta allí era el peor momento de la semana.

Mientras trabajaba, mi cabeza estaba ocupada con medicaciones, paseos, sonrisas y conversaciones.

Cuando me sentaba al volante para ir a visitarla, en cambio, el silencio me obligaba a enfrentarme a la única pregunta para la que seguía sin encontrar respuesta.

¿Cómo había podido pasar?

Habían transcurrido ya varios meses y seguía despertándome algunas madrugadas, convencida de que todo había sido una pesadilla.

Durante unos segundos creía que iba a abrir la puerta de su dormitorio y encontraría a Sofía jugando con sus lápices de colores, descalza, con el pelo revuelto y aquella manía tan suya de sacar la lengua cuando dibujaba.

Después la realidad volvía a caer sobre mí con el mismo peso insoportable de siempre y recordaba que mi hija estaba internada en un centro de protección de menores, esperando a que un juez decidiera si su madre era digna de volver a abrazarla cada noche.

Y entonces me costaba respirar.

Siempre había pensado que el dolor tenía un límite.

Que el cuerpo, por puro instinto de supervivencia, terminaba acostumbrándose a cualquier herida.

Me había equivocado. Había dolores que no se hacían más pequeños con el tiempo.

Solo aprendían a esconderse mejor para sorprenderte cuando menos lo esperabas.

Quizás por eso nunca había conseguido olvidar mi infancia.

Mi padre era un hombre de los que convertían la casa en un lugar imprevisible.

Nunca sabíamos si iba a llegar de buen humor o si cualquier palabra bastaría para desatar otra tormenta.

Yo crecí escuchando gritos al otro lado de la puerta de mi habitación, abrazando la almohada para no oír llorar a mi madre y aprendiendo demasiado pronto que el miedo también podía tener sonido.

Algunas noches él la insultaba. Otras, golpeaba los muebles. Y otras... otras, levantaba la mano contra ella mientras yo permanecía inmóvil, sintiéndome demasiado pequeña para proteger a la única persona que tenía.

Fue entonces cuando empezaron mis episodios de sonambulismo.

Lo supe muchos años después, cuando mi madre me contó que más de una madrugada me encontraba caminando por el pasillo completamente dormida, con los ojos abiertos pero sin reconocerla, murmurando frases sin sentido.

Los médicos dijeron que algunos niños reaccionaban así a situaciones de ansiedad extrema y que, con el tiempo, desaparecería.

Y desapareció.

O al menos eso creí.

Mi padre murió cuando yo todavía era muy joven. Durante mucho tiempo pensé que, con él, también desaparecerían todos nuestros fantasmas.

Pero la vida rara vez arreglaba las cosas de una forma tan sencilla. Mi madre intentó reconstruirse, y nunca la juzgué por ello. Se enamoró otra vez, volvió a casarse y comenzó una nueva vida que, supongo, necesitaba desesperadamente después de tantos años de sufrimiento.

Solo que, en aquella nueva vida, yo parecía no encontrar mi sitio.

Nunca fue una mala mujer. Jamás podría decir eso de ella. Simplemente... era como si hubiera gastado toda su capacidad para querer mientras intentaba sobrevivir a su primer matrimonio.

Llegaba cansada, ausente, pendiente de empezar de nuevo, y yo encaré el final de mi adolescencia con la extraña sensación de convertirme poco a poco en un recuerdo de la etapa que tanto deseaba dejar atrás.

Nos queríamos, sí, pero entre nosotras siempre quedó una distancia que ninguna de las dos supo cruzar.

Quizás por eso, cuando conocí a Jorge, confundí la necesidad de sentirme querida con el amor.

Los dos estudiábamos Formación Profesional, aunque en módulos distintos.

Él cursaba Mecánica y yo Auxiliar de Enfermería especializada en atención sociosanitaria, convencida desde muy joven de que quería dedicar mi vida a cuidar personas mayores. No tuve la suerte de disfrutar de mis abuelos, y me hubiera encantado.

Jorge y yo coincidíamos en la cafetería, en la parada del autobús o en los pasillos cuando terminaban las clases.

Él tenía esa seguridad insolente que a los dieciocho años parecía irresistible.

Era guapo, divertido, sabía exactamente qué decir para hacerte reír y conseguía que una chica tímida como yo creyera que, por fin, alguien la había elegido por encima del resto.

Me enamoré con la facilidad con la que solo se enamoran quienes llevan demasiado tiempo necesitando un abrazo.

Un año después me quedé embarazada.

Tenía veinte años cuando nació Sofía.

Recuerdo perfectamente la primera vez que la sostuve entre mis brazos. Era tan pequeña que parecía imposible que pudiera caber dentro de aquel cuerpecito todo el amor que despertó en mí en apenas unos segundos.

Abrió los ojos, me agarró un dedo con una fuerza sorprendente y comprendí que, pasara lo que pasara a partir de entonces, mi vida ya no volvería a pertenecerme solo a mí.

Le pertenecería a ella.

Jorge tardó muy poco en demostrar que el chico del que me había enamorado apenas existía.

Las salidas con los amigos empezaron a ser más importantes que volver a casa. Llegaron las mentiras, las infidelidades que ya ni siquiera se molestaba en esconder, el dinero que desaparecía sin explicación y las compañías que olían demasiado a droga y demasiado poco a futuro.

Aguanté más de lo que hoy me perdonaría, quizás porque quería que Sofía creciera con un padre cerca. Pero llegó un momento en que comprendí que era mejor criar sola a una niña que hacerlo junto a un hombre incapaz de superar según qué cosas.

Lo eché de casa.

Desde entonces apareció a visitar a la niña cuando le apetecía, desapareció durante semanas enteras y convirtió la pensión de alimentos en una promesa que casi nunca cumplía.

Sofía preguntaba por él algunas veces. Yo siempre respondía lo mismo: que su papá la quería mucho, aunque la visitara poco.

Nunca quise convertir mis heridas en las suyas.

Después llegó aquella noche.

La noche que había destrozado nuestra vida. Justamente, Jorge vino a verla aquella tarde y terminamos discutiendo. Si no hubiera sido por mi niña, habría cerrado la puerta con rabia, de un portazo, cuando salió.

Después le di de cenar y acosté a Sofía como cualquier otra noche. Le leí un cuento, le di un beso en la frente, esperé a que cerrara los ojos y recogí un poco el salón antes de acostarme yo también. Era una noche exactamente igual que tantas otras.

Y, sin embargo, desperté sentada en las escaleras del edificio.

Todavía hoy era incapaz de entenderlo.

Recuerdo abrir los ojos completamente desorientada, notar el frío del escalón bajo las piernas y escuchar un llanto desgarrador que tardé unos segundos eternos en reconocer.

Era Sofía.

Lloraba dentro de casa.

Los vecinos ya estaban en el rellano. Alguien había llamado a la policía. Alguien intentaba tranquilizar a mi hija mientras otro agente me preguntaba dónde había estado, cuánto había bebido y por qué había dejado sola a una niña de cinco años.

Intenté explicar que no lo sabía. Que me había acostado. Que jamás habría abandonado a mi hija. Que de pequeña había sufrido episodios de sonambulismo.

Pero nadie escuchaba a una mujer aturdida, encontrada en la escalera de un edificio de madrugada mientras una niña lloraba sola al otro lado de una puerta.

Todo ocurrió demasiado deprisa. Los informes. Las declaraciones. Las sospechas. Las miradas. Nadie me creyó.

Y, finalmente, la resolución provisional.

Sofía ingresó en un centro de protección de menores mientras se investigaban los hechos y se valoraba mi capacidad como madre.

Todavía recordaba el instante en que se la llevaron. Sus brazos rodeándome el cuello con todas sus fuerzas. Su llanto llamándome. Sus pequeñas manos intentando no soltarse de mi camiseta.

—Mamá... quiero quedarme contigo...

Aquellas cuatro palabras seguían persiguiéndome cada noche.

Apreté con fuerza el volante al notar que los ojos volvían a llenárseme de lágrimas.

No. No podía llorar ahora. Dentro de unos minutos iba a verla.

Y Sofía merecía encontrarse con la misma madre que siempre había conocido. La que sonreía mientras hacían dibujos, la que inventaba voces para leer cuentos, la que convertía un helado en una fiesta y un paseo en una aventura.

No la madre rota que yo era cuando volvía sola a casa. Respiré hondo y levanté la vista.

A unos metros apareció el edificio donde vivía mi hija desde hacía meses. Pisando suavemente el freno, solo fui capaz de pensar una cosa. Que no había un solo día de mi vida en el que no hubiera lamentado aquella noche en la que, no sé cómo, perdí el control de la situación.

Y que, si existía una mínima posibilidad de recuperar a Sofía, dedicaría el resto de mis días a demostrar que jamás había dejado de ser la madre que ella merecía.