Todo lo que haría por ti Capítulo 1
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Todo lo que haría por ti

Todo lo que haría por ti

Por Sarah Rusell

© inepub.com

Capítulo 1

Aquella tarde entré en Los Almendros con el sol todavía golpeando los cristales de la entrada y esa prisa silenciosa que intentaba disimular siempre que me tocaba visitar a mi hija a la salida de mi turno.

En realidad, se trataba de echar solo un par de horas, pues había trabajado varias más por la mañana.

No era una prisa de pies, porque llevaba años aprendiendo a caminar despacio por los pasillos de la residencia de ancianos, a no sobresaltar a nadie, a no entrar en una habitación como si el mundo exterior pudiera meterse allí de golpe.

Era una prisa de corazón. Una ansiedad pequeña, escondida debajo del uniforme, que empezaba a moverse dentro de mí desde el mismo momento en que fichaba y que no me abandonaba hasta que salía por la puerta.

Los Almendros era una residencia pequeña, privada y familiar, de esas en las que todavía se sabía quién quería la leche templada, quién fingía odiar el pescado aunque luego dejara el plato limpio y quién necesitaba que le hablaran de usted porque le parecía la última frontera de la dignidad.

Tenía un jardín interior con jazmines, geranios y un limonero enorme bajo el que Miguel solía sentarse a leer cuando el calor aflojaba.

A mí me gustaba pensar que no trabajaba en un lugar donde la gente esperaba el final, sino en una casa grande donde cada uno conservaba, a su manera, una parte de lo que había sido.

—Mira quién viene con cara de haber mirado el reloj cuarenta veces antes de entrar —dijo Lola en cuanto me vio aparecer por el control.

Lola tenía treinta años, cinco más que yo, y era una de esas mujeres capaces de llamar la atención por allí por donde pasara.

No era especialmente alta, tenía unas curvas preciosas que jamás intentaba esconder y una melena castaña, abundante e indomable, que siempre se escapaba del moño a mitad de turno.

Ella decía que su pelo era igual que ella: incapaz de obedecer órdenes sencillas. Tenía una risa enorme, una lengua rapidísima y un corazón tan grande que a veces parecía que no le cabía en el pecho.

Era la mejor compañera que una podía tener en un trabajo así, porque sabía hacer reír a un residente con dolor, consolar a una familia sin invadirla y cambiar un turno sin poner cara de mártir, que eso ya era nivel santo con nómina.

—Buenas tardes a ti también —le contesté, dejando el bolso en la taquilla.

—No me vengas con ese tono de virgen de estampita. Hoy vas a ver a Sofía y se te nota hasta en la coleta.

Me giré hacia ella, intentando poner cara seria, aunque ya sabía que no me saldría.

—¿Tanto?

—Lucía, por favor. Si te pusiéramos luces, servirías de árbol de Navidad.

Me reí mientras me abrochaba la chaqueta del uniforme.

Lola siempre decía que yo podría haber sido modelo, que no entendía qué hacía cambiando pañales y repartiendo medicación cuando, según ella, alguien debía estar buscándome para una campaña de perfumes carísimos.

Yo nunca supe verme así. Era alta sin exagerar, esbelta, con el pelo rubio largo y unos ojos verdes que ella llamaba “ojos de protagonista sufridora”, porque Lola tenía esa delicadeza de elefante con tacones.

A mí me bastaba con verme limpia, correcta y capaz de sonreír aunque el día viniera torcido. Nunca había querido ser la mujer más guapa de ninguna parte. Prefería ser la que conseguía que alguien se sintiera un poco menos solo.

Empecé la ronda por la habitación de doña Carmen, que estaba sentada junto a la ventana con una rebeca lavanda sobre los hombros y las manos cruzadas sobre el regazo.

Había sido modista y conservaba esa elegancia natural de las mujeres que se habían peinado a la perfección toda la vida antes de salir incluso a comprar el pan.

Su hijo vivía en Alemania y la llamaba por videollamada de vez en cuando, pero ella seguía mirando la puerta cada tarde con una esperanza educada, como si no quisiera molestar demasiado al destino.

—Buenas tardes, mi reina —le dije, acercándome para besarle la mejilla—. ¿Cómo hemos comido hoy?

—Mal.

—¿Mal de verdad o mal porque había verdura?

—Las dos cosas pueden ser ciertas, hija.

Sonreí y le coloqué bien la manta sobre las rodillas. Después saqué del bolsillo una horquilla plateada que había visto aquel mediodía en una tienda pequeña y que me recordó a ella.

No era cara ni llamativa, pero tenía unas piedrecitas discretas y una forma delicada, de esas que parecían hechas para sujetar el pelo blanco de una mujer que todavía quería mirarse al espejo y reconocerse.

—Le he traído una cosa.

Doña Carmen abrió los ojos con una sorpresa tan limpia que me hizo daño.

—¿Para mí?

—Para usted. Pero no se lo cuente a Lola, que luego dice que tengo favoritismos.

—Los tienes.

—Sí, pero hay que disimular.

Le puse la horquilla con cuidado y acerqué el espejito de mano. Ella se miró durante unos segundos largos, tocándose el adorno con los dedos como si le hubiera devuelto algo que no sabía que echaba de menos.

—Mi Alejandro decía que yo era muy presumida.

—Su Alejandro tenía muy buen gusto.

—Mi Alejandro me quería mucho.

Le apreté la mano.

—Y la quiere. Desde donde esté, la sigue queriendo.

No dije más, porque había dolores que no necesitaban discursos. Solo una mano cerca.

Al salir, don Ernesto me esperaba con cara de inocente profesional en la puerta de su habitación.

Tenía ochenta y nueve años, una voz ronca y una habilidad extraordinaria para conseguir dulces prohibidos sin que nadie supiera cómo.

Su hija le traía bizcochos los domingos y él pasaba el resto de la semana intentando convencer al personal de que el azúcar, en cantidades pequeñas, podía considerarse terapia emocional.

—Lucía, tú que eres razonable…

—No.

—Pero si no he pedido nada.

—Por eso mismo. Cuando empieza con esa frase, acaba diciéndome que una napolitana de chocolate debería recetarse por la Seguridad Social.

Se llevó la mano al pecho con dramatismo.

—Me hieres.

—Y usted me manipula.

—Un poquito.

Saqué una chocolatina pequeña, la partí por la mitad y dejé un trocito sobre su mesilla.

—Esto no ha ocurrido.

—Te querré hasta el último de mis días.

—Eso me lo dijo ayer por una magdalena.

—También era verdad ayer.

Don Emilio apareció entonces al fondo del pasillo con su andador, mirando la mesilla de don Ernesto como si hubiera presenciado un crimen.

—Lo he visto.

Me giré hacia él con las manos en la cintura.

—Usted no ha visto nada.

—He visto favoritismo.

—Para usted hay galletas sin azúcar en mi bolsillo.

Su expresión cambió de inmediato.

—Ah. Entonces he visto justicia.

Fui hasta él y le entregué el paquete con solemnidad.

Don Emilio, que era diabético, lo recibió como si acabara de firmar un tratado de paz y Lola, que pasaba por allí con una bandeja, tuvo que morderse los labios para no reírse.

Aquel era mi trabajo, o al menos la parte que más me importaba de él.

Revisar tensiones, ayudar en aseos, controlar medicaciones, acompañar paseos, sí.

Pero también recordar que doña Carmen necesitaba sentirse guapa, que don Ernesto necesitaba seguir siendo pícaro y que don Emilio necesitaba no verse castigado por una enfermedad que ya le había quitado demasiadas pequeñas alegrías.

Al rato acompañé a doña Teresa al jardín para regar sus geranios, aunque los pobres geranios debían de estar a punto de pedir socorro por exceso de agua.

Ella decía que las flores eran como las personas mayores, que necesitaban que alguien se acordara de ellas varias veces al día.

Yo no discutía. Le sostenía la regadera, escuchaba por enésima vez cómo había conocido a su marido en una verbena de verano y asentía con la misma atención que la primera vez, porque quizás ella olvidara que ya me lo había contado, pero la emoción con la que lo recordaba seguía siendo nueva.

Cuando regresé al interior, Miguel estaba esperándome junto al ventanal del pasillo.

Noventa y cuatro años, antiguo maestro, viudo desde hacía casi veinte y dueño de una serenidad que parecía construida con todas las cosas que la vida le había quitado sin conseguir volverlo amargo.

A él no podía hablarle de don, porque decía que entre familiares eso no era viable.

Desde mi primer mes en Los Almendros, años atrás, decidió adoptarme como nieta sin pedirme permiso. Yo tampoco protesté nunca. Hay afectos que llegan tarde y aun así encuentran sitio.

—Ven, muchacha —me dijo, ofreciéndome su brazo como si fuera él quien me acompañara a mí.

Nos sentamos bajo el limonero, en el banco donde solía leer por las tardes. Llevaba un libro en la mano, pero no lo abrió. Me miró con esos ojos claros que todavía conservaban la paciencia de un maestro acostumbrado a entender a los niños antes de que hablaran.

—Hoy tienes el corazón fuera del uniforme.

Bajé la vista, sonriendo.

—¿Eso en qué se nota?

—En que el reloj parece quemarte en la muñeca. Y en que sonríes sola, que eso solo pasa cuando una persona espera algo muy importante.

Me quedé un momento callada, acariciando la tela del pantalón con los dedos.

—Hoy voy a ver a Sofía.

Miguel sonrió despacio, como si aquel nombre iluminara también una parte de su tarde.

—Entonces enséñamela otra vez. No me canso de verla.

Saqué el móvil del bolsillo y abrí la galería de fotos.

Había tantas imágenes que a veces pensaba que igual se cansaría de verlas, aunque nunca borraba ninguna.

Sofía con pintura azul en la nariz, Sofía dormida abrazada a un peluche enorme, Sofía enseñando un dibujo lleno de flores torcidas, Sofía riéndose con la boca abierta y los ojos brillantes.

Cinco años. Solo cinco. Y, aun así, en algunas fotos me parecía que ya miraba el mundo con demasiadas preguntas.

Miguel fue pasando las imágenes con cuidado, deteniéndose en cada una como si no fueran simples fotografías, sino pequeñas ventanas.

—Siempre he dicho que tiene tus ojos.

—No. Los ojos son de su padre.

—No he dicho el color, Lucía. He dicho los ojos. Mira igual que tú. Como si esperara que el mundo fuera bueno.

Aquella frase me rozó por dentro de una forma extraña. Tal vez porque yo también había querido creer eso durante demasiado tiempo. Tal vez porque, desde que era madre, la felicidad siempre venía acompañada de un miedo pequeño, pegado a los talones.

—Yo solo quiero que sea feliz —murmuré.

—Entonces ya has empezado bien.

No preguntó más. Miguel tenía esa delicadeza.

Sabía acercarse al dolor sin pisarlo. Por eso le quise desde el principio, porque jamás me pidió explicaciones cuando veía que una sonrisa mía llegaba cansada o cuando los martes yo miraba el reloj con una mezcla de alegría y angustia que no siempre sabía esconder.

Lola apareció en la puerta del jardín agitando una carpeta.

—Siento interrumpir este momento de película francesa, pero doña Teresa quiere volver a regar los geranios y creo que esta vez vamos a tener que evacuar a las plantas.

Miguel suspiró con gravedad.

—Esa mujer siempre fue peligrosa.

—¿La conocía de antes? —le preguntó Lola, encantada con cualquier posibilidad de cotilleo geriátrico.

—La invité a bailar una vez.

—¿Y qué pasó?

—Me dijo que no.

Lola abrió los ojos, escandalizada.

—Imposible. Voy ahora mismo a pedirle explicaciones.

—No remuevas heridas antiguas, muchacha.

Nos reímos los tres, y por un momento la tarde pareció sencilla.

Una residencia luminosa. Un limonero. Una amiga disparatada.

Un anciano que me quería como si la sangre no hiciera falta para ciertas cosas.

Guardé el móvil en el bolsillo y volví al pasillo con el pecho un poco más apretado, mirando de nuevo el reloj antes de poder evitarlo.

Aún faltaban horas. Pero aquella tarde iba a verla. Y con eso, durante un rato, el mundo entero parecía un lugar soportable.