Todo lo que florece en la muerte 25. Nuria, después
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25. Nuria, después

Nuria no ha dormido.

Son las once de la mañana del quince de enero y sigue con la ropa de anoche, la misma con la que estuvo en la sala de autopsias, con el olor del sitio todavía pegado al jersey, sentada a la mesa de su cocina pequeña, con un café que se ha hecho hace una hora y se ha enfriado sin que se lo beba y una caja de cartón acolchada delante.

Dentro de la caja, sobre el algodón, está la hembra.

La que forzó. La que crió en secreto durante meses y despertó fuera de estación para que saliera el día catorce y no otro, siguiendo al pie de la letra la receta que la propia Vera le dictó por teléfono tres días antes, sin sospechar para qué se la pedía.

Cumplió. Salió cuando debía, la sacó Nuria del terrario de madrugada con las manos temblándole, la llevó al Instituto envuelta en un paño templado para que no se le entumeciera con el frío, la posó viva sobre la mesa dos mientras Vera miraba la puerta equivocada, e hizo lo que Nuria necesitaba que hiciera: abrirle a Vera, por un momento, la única grieta por la que podía entrar la verdad.

Y luego se murió, esa misma noche, en el trayecto de vuelta, sobre el asiento del copiloto, porque las luna nacen sin boca y viven lo justo, porque estaba previsto que se muriera nada más cumplir.

Todo salió como Nuria lo planeó, cada pieza, hasta el último detalle.

Y no sirvió de nada.

Nuria coge el móvil. Lleva desde el amanecer haciendo lo mismo, en esa cocina que se ha ido llenando de luz de mañana sin que ella se moviera: escribe y borra.

Vera, ¿estás bien? ¿Has dormido algo?

Lo borra. Es la pregunta de siempre, la de guardia, la que lleva tres años mandando cada mañana como quien le toma la temperatura a una casa desde fuera, y esta mañana suena obscena, imposible, como si no hubiera pasado nada, como si anoche no hubiera visto a Vera coger la verdad entera con las dos manos y soltarla a propósito y ponerse a datar una mariposa.

No se le puede preguntar a alguien si ha dormido después de haberle visto hacer eso.

Lo tuviste. Lo tuviste entero, te lo vi en la cara, te vi el nombre subirte a la boca. Estaba ahí, con nombre y todo. ¿Por qué lo soltaste, Vera? ¿Por qué, si lo tenías, si era el final, si era salir?

Lo borra también. Ya sabe por qué. Lo entendió anoche, en el segundo exacto en que Vera la miró desde el otro lado de la mesa, desde el otro lado de un cristal que Nuria no veía pero notaba, y le preguntó ¿qué querías que tuviera?

con los ojos secos y la voz firme. Lo soltó porque al otro lado del nombre no había nada que se pudiera vivir.

Nuria lo sabe. Nuria, que la conoce desde que era su alumna, desde que Vera la puso a contar larvas para curarle el miedo a mirar, sabe que Vera no es una mujer que no pueda mirar; es todo lo contrario, es la mujer que mejor mira que ha conocido nunca, la que no aparta la cara de nada.

Vera miró. Miró la verdad entera, con esa cabeza suya que no se equivoca ni con un grado, midió las dos orillas —la de decir el nombre y la de callarlo—, calculó lo que había en cada una, y eligió, en frío, la única en la que le quedaba suelo que pisar.

No es locura. Ojalá fuera locura, porque a la locura se la trata.

Es aritmética. Es una mujer haciendo una cuenta de supervivencia y eligiendo el resultado que la deja viva.

Y contra la aritmética de Vera no ha ganado nunca nadie, ni un juez, ni Fenoll, ni ella.

Escribe otra, y esta le sale de más abajo.

Llevo desde aquella mañana de agosto pensando que si te hubiera dejado pasar un minuto antes, si no te hubiera entretenido en la puerta con la tontería del cambio de turno, si te hubiera soltado dos minutos antes, a lo mejor habrías salido antes al coche, a lo mejor.

Un minuto. Llevo seis años con ese minuto.

Y ayer intenté arreglar seis años y ese minuto con una mariposa criada a escondidas, como si el amor fuera un termostato, como si se pudiera calcular la dosis de verdad que aguanta una persona y dársela clavada el día justo.

Perdóname por las dos cosas. Por el minuto de entonces, que a lo mejor no cambió nada y a lo mejor lo cambió todo y nunca lo sabré.

Y por la mariposa de ahora, que era mi manera de pedirte perdón por el minuto y me ha salido igual de mal.

Esa no la borra enseguida. Se queda mirándola un rato largo, con el pulgar sobre el botón de enviar, con la luz de las once dándole en la pantalla.

Es lo más verdadero que ha escrito en su vida, las dos culpas suyas puestas una al lado de la otra, la vieja y la nueva.

Y por eso mismo no puede mandarla, porque mandarla sería ponerle a Vera delante otra vez el minuto, la puerta, el nombre, todo lo que Vera acaba de guardar bajo llave a un precio que Nuria no quiere ni calcular, para poder seguir de pie una mañana más.

Sería hacerle a Vera, por segunda vez en dos días, lo que Fenoll lleva tres años sin atreverse a hacerle, y anoche ya lo hizo una vez, con la mariposa, con todo el amor del mundo, y falló, y no tiene derecho a fallar dos veces en dos días sobre la misma persona.

La borra. Letra a letra, despacio, para que dure más, para no perderla del todo tan deprisa.

Le queda una, para Fenoll, y esa sí la manda, porque a Fenoll se le puede decir la verdad en el idioma seco en que las dos se entienden desde hace tres años, el idioma de las que cuidan a Vera por turnos:

No pude. Se volvió a cerrar ella sola, delante de mí.

Yo lo vi elegir, Elsa. Con toda la cabeza, con el pulso firme, como firma una data.

No fue la enfermedad. Fue ella. Recogí lo que había que recoger, que eran sus mariposas, para que no se las llevara ella a casa.

No sé si he hecho bien trayéndole la mariposa o si sólo la he empujado a la octava vuelta.

Dime tú, que para eso tienes los títulos, qué se hace ahora con una persona que prefiere ser el monstruo antes que la madre.

Dímelo, porque yo la quiero y ya no lo sé.

Fenoll tarda en contestar; Nuria se la imagina en su consulta de placas doradas, leyéndolo, quitándose las gafas, decidiendo qué de todo lo que sabe cabe en un mensaje.

Cuando contesta, escribe sólo una línea: Ahora se la acompaña.

Se la quiere y se la acompaña y no se la salva, porque no se puede salvar a nadie de la única cosa que le permite seguir vivo.

Y descansa tú, Nuria, que ayer hiciste lo que yo no me atreví.

Descansa. Y Nuria deja el móvil boca abajo sobre la mesa y llora un rato, por fin, con la cara entre las manos, la primera de las dos que llora en dos días, que es como suele ser y como fue siempre: llora la que se queda fuera, la que mira, nunca la que está dentro; lloró ella hace seis años en aquel pasillo y ha vuelto a llorar ella ahora, y Vera, las dos veces, con los ojos secos.

Cuando termina, se seca la cara con el dorso de la mano, respira, y mira lo que hay en el otro extremo de la mesa, debajo del frutero, medio tapado por un plátano y una naranja, donde lo dejó anoche al llegar sin querer verlo del todo: una carpeta nueva.

Un caso frío que sacó ella del archivo el jueves pasado, antes de que sellaran la unidad de Vidal, «por si acaso», con la misma mano con que lleva dos años sacándole a Vera los expedientes que la mantienen viva y enferma a la vez, con la misma culpa administrada gota a gota.

La número ocho, si la lleva. La primera de la nueva serie, si la lleva.

La cosa que hará que Vera se levante mañana con algo entre las manos, con una niña a la que ponerle nombre, con un hombre al que perseguir, y que la hundirá un poco más hondo en el mismo movimiento: las dos cosas, como siempre, en la misma carpeta, inseparables, el suelo y el pozo en el mismo papel.

Nuria mira la carpeta. No la abre. No la tira. Alarga la mano, la deja a dos dedos del cartón, y la retira.

Se queda así, con la mano cerca y sin decidir, entre el café frío y la mariposa muerta en su caja, sabiendo que tarde o temprano, esta semana o la que viene, cuando Vera llame preguntando si hay algo nuevo, va a tener que elegir ella también, hacer su propia aritmética: si le lleva a Vera el archivo y le devuelve el suelo a cambio de dejarla otra temporada en el pozo, o si no se lo lleva, y la deja sin suelo, a ver si sin nada entre las manos aprende por fin a pisar la verdad, a riesgo de que no aprenda y se caiga del todo por donde se cae la gente que se queda sin razones.

Las dos opciones son una manera de quererla. Ninguna la salva. Ésa es la trampa entera, la que no tiene salida: que da igual lo que Nuria elija, porque las dos elecciones caben dentro del querer y ninguna cabe dentro del salvar.

Y ésa es la parte que a Nuria no le cabe en ningún mensaje, ni enviado ni borrado, la que no sabría decirle a Fenoll ni a nadie: que en esta historia no hay ningún asesino, no lo ha habido nunca, no hay culpable al que odiar ni al que meter en la cárcel; y que aun así hay tres personas —ella, Daniel, la propia Vera— que llevan seis años pagando cada día por un crimen que no existe, con la única moneda que existe para pagar lo que no se puede pagar, que es seguir levantándose cada mañana al lado del hueco, cada uno con el suyo, sin que se llene nunca.

Deja la carpeta donde está, debajo del frutero, medio tapada. Por hoy no decide. Mañana tampoco, a lo mejor. A lo mejor lo decide el día que Vera llame, y lo decide su voz al descolgar, y no ella.

La mariposa, en su caja, sobre el algodón, ya no abre ni cierra las alas. Cumplió, y descansa. Es lo único de esta casa que ha hecho exactamente aquello para lo que servía, lo que salió como estaba previsto, y de nada valió que saliera bien.