24. La elección
Nuria espera al otro lado de la mesa dos a que yo diga algo, a que llore, a que me caiga, a que haga lo que hace una mujer cuando por fin sabe lo que yo acabo de saber.
No se acerca; ha aprendido, en las otras veces, que acercarse en este punto lo estropea.
La mariposa abre y cierra las alas entre las dos, verde, viva, ajena.
El nombre —el que subió entero hace un momento, el que llevo seis años sin dejar salir, las dos sílabas— lo tengo aquí, en la boca, a un centímetro de decirse.
Sólo tengo que abrir los labios. Es lo más fácil del mundo y es lo único imposible.
Y aquí está la parte que importa, la parte técnica, la que ningún médico va a entender nunca y que yo entiendo perfectamente, porque llevo toda la vida midiendo lo que la gente no quiere medir: lo sé entero.
No me falta un dato. Tengo la mañana completa, minuto a minuto, la foto de las siete y cincuenta y dos, la puerta, la ruta equivocada, el retrovisor que no miré, la hebilla, la curva que leí yo misma, el nombre, el peso, la hora.
No hay laguna. No hay bruma. No queda nada tapado.
Está todo, nítido, sobre la mesa, encendido bajo el foco como un cuerpo listo para abrir.
Y aun así puedo elegir.
Eso es lo que nadie va a creer nunca, lo que Fenoll no podría escribir en ningún informe sin que se lo tacharan: que en este punto, con la verdad entera delante y los ojos abiertos, todavía hay una elección.
Ya no entre saber y no saber —eso se acabó, eso no vuelve, lo sabido no se desabe—, sino entre dos maneras de seguir de pie mañana por la mañana.
Dos mujeres distintas que pueden salir de esta sala cuando amanezca, y sólo puedo ser una.
Puedo dar el paso. Decir el nombre en voz alta, decirle a Nuria «fui yo, cerré la puerta, la olvidé, trabajé toda la mañana mientras se moría», y ser, a partir de este segundo y durante cada día del resto de mi vida, la mujer que dejó a una niña de dos años en un coche a cincuenta grados a treinta metros de su mesa.
Conozco a esa mujer. La he tenido sobre esta clase de mesas: no a ella, pero a las de su especie, a las que un día entienden algo así de sí mismas.
Esa mujer no puede vivir. No es una manera de hablar; es un pronóstico, lo firmo yo.
Esa mujer se levanta una mañana cualquiera, seis meses o dos años después, y no encuentra una sola razón para seguir levantándose, y hace lo que hace la gente que se queda sin razones, y viene a parar a una sala como esta, a una mesa como esta, y otra forense le lee la hora.
He leído a suficientes de ésas como para saber exactamente cómo termina el camino que empieza con decir ese nombre en voz alta.
O puedo no dar el paso. Y entonces, al otro lado, sigue habiendo un hombre.
Metódico. Paciente. Un hombre que elige a los que se mueren solos y se sienta con ellos para que nadie se vaya sin testigo, que corona a los descartados, que deja mariposas.
Un monstruo, sí, no me engaño sobre eso.
Pero un monstruo ajeno, uno que no soy yo, uno al que se puede odiar sin morirse de odiarlo, perseguir sin culpa, cazar.
Un monstruo al que dedicar los años que me queden, cada mañana, cada expediente, en vez de dedicárselos a mirarme el dorso de la mano derecha.
Un enemigo fuera en vez de un crimen dentro.
Es más habitable. Es, sencillamente, más habitable.
Es tan fácil. Es sólo dejar de mirar lo que ya he mirado.
Volver a poner el nombre en su caja, la caja en el cuarto, cerrar el cuarto con llave y perder la llave otra vez, como la perdí hace seis años.
No es olvido; el olvido no se elige, el olvido llega solo o no llega.
Esto no llega solo. Esto se hace, con las manos, con voluntad, como se hace todo lo mío.
Es una decisión, tomada en frío, con el pulso firme, con toda la cabeza, que es lo que la hace imperdonable y lo que la hace mía.
Suelto el nombre.
Lo dejo caer sin decirlo, abro la mano por dentro y lo suelto, y en cuanto lo suelto empieza a apagarse, dócil, agradecido casi, como se apaga la luz de una sala cuando sales y le das al interruptor, y la niña de la mesa vuelve a no tener nombre.
Vuelve a ser la séptima. La inconclusa. La desconocida del talud a la que todavía le debo lo suyo.
El zapato rojo vuelve a ser el zapato de una desconocida.
Todo vuelve a su sitio, al sitio falso, al habitable.
Cojo los guantes del carro. Me los pongo.
Dos chasquidos de látex, uno por mano, el sonido con el que empiezo, el mismo con el que empecé el veintisiete de diciembre y llevo empezando toda la vida, el sonido de la cordura y del oficio y de una mujer que todavía tiene trabajo que hacer y una vida por delante para hacerlo.
Acerco el foco un centímetro. Cojo las pinzas planas.
Y me inclino sobre la mesa dos, sobre la mariposa viva, con la calma serena de quien abre un caso nuevo.
—Fíjate —digo, y la voz me sale firme, me sale buena, me sale entera de este lado del cristal—.
Alas abiertas, orientación norte. Como en las otras seis.
La coloca con un cuidado que no es de cualquiera, con oficio.
—Cojo la libreta, la que uso sólo para esto, y anoto con mi letra pequeña—.
Y ha salido en enero. Fuera de temporada, arriesgándose a que no aguantara el frío, sólo para llegar a la séptima a tiempo, en su fecha.
Eso es nuevo. Eso nos dice algo de él que hasta hoy no sabíamos: que su calendario está por encima de todo, incluso de lo posible.
—Vera. —La voz de Nuria se ha roto por algún sitio, se le ha partido en una consonante—. No otra vez. Lo tenías. Lo has tenido entero, en la cara, te lo he visto subir y te lo he visto. Por favor.
—¿El qué? —Y la miro, con los ojos secos, quietos, ya del otro lado del cristal, con la mirada con la que se mira a alguien desde un tren que arranca—. ¿Qué querías que tuviera, Nuria?
Y en su cara veo que lo entiende. Que entiende que no es que se me haya vuelto a caer, que no es un síntoma, que no es la enfermedad ganándome otra vez; que entiende, por cómo la miro, seca y serena y firme, que la que se ha ido no se ha ido sola: que la he despedido yo, con la mano, a propósito, igual que firmo una data.
Que ha sido una decisión. Y eso es peor que la locura, y ella lo sabe, y por eso se le rompe la voz del todo.
Nuria ha visto esto antes, ha estado en este borde otras veces, en esta sala o en mi cocina, con otra fecha.
Van siete, una por cada expediente que me fue trayendo convencida de que me sostenía y que en realidad me daba una vuelta más de cuerda.
Y sabe ya, ahora mismo, con la polilla todavía viva entre las dos, que va a haber un octavo, y un noveno, que esto no tiene fondo, y que ella, otra vez, ha llegado conmigo hasta el borde mismo del otro lado y no ha podido cruzarme, que la más valiente de las dos ha vuelto a fracasar por el margen de una decisión que no era suya.
Recoge del carro la caja de mis polillas, las otras dos, las que traje por si acaso.
La cierra despacio. La deja lejos de mí, en la encimera del fondo, fuera de mi alcance, como se aparta lo que quema o lo que mata.
Es lo único que le queda por hacer esta noche, lo único, y lo hace, y en ese gesto pequeño —apartar de mí las mariposas, quitarme de las manos las herramientas de mi propia condena— está toda la derrota de una mujer que me quiso lo suficiente como para criar en secreto durante meses la única polilla que podía salvarme, y forzarla al día exacto con lo que yo le enseñé, y traérmela hasta mi vieja mesa, y quedarse a mirar, a la distancia que ha aprendido, cómo la cojo y la convierto, delante de sus ojos, en la firma fresca de un asesino que no existe.
Yo vuelvo a la mesa. A la séptima, que otra vez no tiene nombre y a la que otra vez le debo el suyo.
Anoto la orientación de las alas. El estado de las colas, intactas.
La hora, las tres y cuarenta y tantas. Trabajo.
El trabajo no me devuelve preguntas, no me mira la mano, no me lee la hora; el trabajo es el único sitio donde puedo estar sin caerme, y esta madrugada lo necesito más que el aire.
—Reabre los siete —digo, sin levantar la vista de la ficha—. Quiero las curvas cruzadas por especie antes de que amanezca. Y búscame en la lista una de dos años que todavía no hayamos descartado.
La mariposa, sobre la sábana verde, abre y cierra las alas, despacio, viva.
Nace sin boca. No come. Vive los días justos para cerrar un ciclo y, si la dejan, poner los huevos de otro.
La miro, y por fin, esta noche, después de todo, le encuentro entero el sentido, todo el sentido que tiene: que hay cosas que sólo saben florecer una vez y morirse, y volver a empezar en otra, iguales, sin acordarse.
—Tenemos otro —digo—. Vamos a encontrarlo.
Y me pongo a trabajar.