26. El octavo expediente
El expediente número ocho llega en un sobre marrón un día cualquiera de finales de enero, y lo abro de noche, cuando la casa ya está a la temperatura a la que trabajo mejor.
Dieciocho grados. Por debajo me distraigo; por encima me duermo.
Lo sé porque lo he medido, tres inviernos de datos en la contraportada de una libreta, y porque hay cosas que una mide siempre igual por mucho que cambie todo lo demás, cosas que se quedan fijas para que una tenga de dónde agarrarse cuando lo otro se mueve.
Sigo de baja. Oficialmente no leo cuerpos; oficialmente descanso, duermo ocho horas, como tres veces.
Pero el sobre está aquí, en mi mesa, sin remite, con la banda gris del tóner en el margen, porque a la gente que me quiere le cuesta negarme lo único que me sostiene, y yo dejo que le cueste, y al final siempre me lo trae.
No pregunto de dónde sale este, ni por qué me lo han traído justo ahora, ni por qué la mano que me lo dejó temblaba un poco al soltarlo.
Hay preguntas que no me hago; la lista es larga y la conozco bien, me la sé de memoria, y hace tiempo que dejé de añadirle entradas porque ya está completa, ya caben en ella todas las cosas de mi vida que no miro.
Me pongo los guantes para no marcar las fotografías. Dos chasquidos de látex, uno por mano: el sonido con el que empiezo, el mismo de siempre, el que hago sin pensar, el que me devuelve a la mesa y a la mujer que sabe estar en ella.
Saco las fotografías primero. Siempre las fotografías primero, antes que el texto, porque el texto de otro ya viene interpretado y una imagen todavía no ha decidido lo que significa.
Una niña. Los huesos dicen que de unos dos años, dos años y dos meses en el centro de la horquilla. Sin identificar; en la casilla del nombre, esa palabra administrativa que ya me sé de memoria, que parece escrita para mí: Desconocida .
Coloco lo que tengo de los otros a un lado, por costumbre, aunque los otros ya están cerrados, sellados, devueltos al archivo general, dormidos bajo su código.
Fueron siete. Los trabajé bien, a conciencia; a cada uno le di lo suyo, su hora y su mariposa, y descansan.
Y ahora hay un octavo, que es como funciona esto, como ha funcionado siempre: nunca se acaba del todo, nunca cierra la cuenta, siempre queda uno más esperando en un talud, en un cajero, en una cama, a que alguien vaya a buscarlo.
Yo voy. Es lo que hago, es lo único que sé hacer entero. Alguien tiene que ir.
A veces, al abrir uno nuevo, al sacar las fotografías de un sobre marrón, me da una sensación rara, un roce de repetición, como si ya hubiera empezado esto antes, muchas veces, más de las que puedo contar, como si esta escena —yo, la lámpara, los guantes, una niña de dos años sin nombre— la hubiera vivido ya y fuera a vivirla otra vez.
Lo aparto. Es una impresión, nada más, de las que da el cansancio.
Los datos no se repiten; cada muerto es su propia hora, cada caso es nuevo.
Estos son datos nuevos. Me lo digo, y sigo.
Leo la escena. Y aquí, en el octavo, hay algo distinto de todos los anteriores, algo que por primera vez me lo pone fácil, que casi me lo regala.
La mariposa ya está.
En los otros siete me tocaba reconstruirla: buscarle el sitio en la escena, entender dónde la había colocado él, imaginar el cuidado del gesto.
En este no hace falta. Está puesta. Una Actias luna sobre el pecho de la niña, las alas abiertas, verde pálido, orientada al norte, colocada con ese cuidado suyo que no es de cualquiera, con oficio.
Fresca. Como si acabara de ponerla, como si él hubiera estado aquí hace nada.
Por una vez no llego tarde a su firma; por una vez la firma me estaba esperando en la fotografía, todavía tibia, y no tengo que imaginar cómo la dejó porque la tengo delante, exacta, perfecta, suya.
No me pregunto cómo ha llegado a una fotografía de archivo, de un cuerpo hallado quién sabe cuándo, una mariposa que no podía estar ahí cuando hicieron la foto, ni por qué la reconozco, ni por qué me suena de mis propias manos, de mis propias jaulas, ni por qué tiene el mismo verde, el mismo aire, la misma envergadura que las que crío en el cuarto de la luz blanca al otro lado del pasillo.
No me lo pregunto. Esta noche no le añado nada a la lista, que ya está llena. Esta noche sólo trabajo.
Me llevo dos dedos a la muñeca. Ochenta y ocho. Bien. El pulso es mío otra vez, obediente, en su sitio. Escribo en la libreta, con el bolígrafo que uso sólo para esto: V8. Mariposa ya colocada. Reciente. Él ha estado.
Y desde algún sitio de la casa, contra un cristal que llevo toda la vida sin encontrar y que ya no busco, empieza otra vez, muy bajo, el aleteo.
No lo apago. Ya no lo intento. Le he tomado cariño, casi; es lo que me acompaña estas noches, el único que se queda cuando se apagan las luces, el único que no se va, batiendo despacio, paciente, al otro lado de un cristal caliente, como quien espera a que yo termine para poder empezar de nuevo, los dos juntos, otra vuelta.
Miro a la niña sin nombre de la fotografía.
Dos años. Sin nadie que la reclame, sin una madre al otro lado del nombre, sin una lista de desaparecidas donde buscarla, porque a estas nunca las echa de menos nadie —o eso me digo, eso me tengo que decir, porque pensar lo contrario, pensar por qué justo estas, por qué siempre de dos años, por qué siempre sin quien las reclame, abriría una puerta que en esta casa no se abre, una puerta con el pomo de latón que hace años no gira.
Le buscaré el nombre. Se lo debo. A esta, y a las que vengan detrás, porque van a venir detrás, lo sé, una tras otra, todas de dos años, todas sin nombre, todas esperándome en su mesa bajo su luz; y yo estaré, cada vez, para que ninguna se quede sin que alguien la mire, para que ninguna se muera del todo sin testigo.
Nada se acaba del todo. Nada muere del todo.
Siempre queda una más, siempre queda algo.
Y mientras quede una más a la que buscarle el nombre, yo tengo con qué levantarme por la mañana, tengo mesa, tengo luz, tengo oficio, tengo una razón; y no hace falta más que eso, una razón por la mañana, para no ser la otra mujer, la que no tiene ninguna.
Acerco el foco. Aliso la ficha con la mano enguantada. El aleteo, dentro, se acompasa a mi respiración, tranquilo, en casa, como si por fin, esta noche, los dos estuviéramos donde teníamos que estar.
Mañana le pongo nombre.