Todo lo que florece en la muerte 21. Vísperas
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21. Vísperas

Nuria me dejó abierto el camino sin que yo tuviera que pedírselo.

Hace tres días, sin venir a cuento, en mitad de una conversación sobre otra cosa, me pasó el código nuevo del muelle del Instituto, el de la puerta de atrás, la que da a los frigoríficos y al depósito.

«Por si alguna noche necesitas entrar a mirar algo sin que haya nadie», me dijo, como quien no quiere la cosa, como quien te da una copia de sus llaves por si acaso; y yo no le pregunté por qué me daba justo ahora la llave de un sitio del que ella misma me tuvo apartada tres años, por qué la mujer que me escribía «no vengas al Instituto, hay gente que no conoces» me abría de pronto la puerta de atrás, la de después de medianoche, la de cuando no hay nadie.

No lo pregunté. Lo agradecí. A caballo regalado no se le mira el diente, y menos si el caballo es Nuria, y menos esta semana, con lo que corre.

Así que a las dos y diez de la madrugada del catorce marco el código en el teclado del muelle, y el teclado pita, y la puerta hace clic, ese clic pesado de las puertas de seguridad, y entro en mi casa vieja.

Porque esto fue mi casa antes que la otra, antes que la de las jaulas y la luz blanca y la puerta que no abro.

Once años entrando por aquí, casi siempre de día pero muchas veces de noche, con el busca sonando a las tantas, a leerles la hora a los muertos que iban llegando.

El pasillo huele igual, exactamente igual, y el olor me tira de un sitio de dentro más hondo que la memoria: a desinfectante de pino, a frío de cámara, a formol, a ese fondo dulce que no se va nunca por mucho que frieguen, que es el olor de mi vida entera, el olor en el que fui alguien.

Las luces de emergencia, verdes, marcan el camino que podría hacer con los ojos cerrados y que durante once años hice medio dormida.

No he pisado esto desde que me dieron la baja, hace tres años, desde el día en que salí por la puerta de delante sin saber que era la última vez, con una caja de mis cosas —una caja como la de Vidal, ahora que lo pienso, todos cabemos al final en una caja—, y el cuerpo, sin embargo, se acuerda de todo, va solo: sabe dónde está el interruptor que no voy a encender, cuál es la baldosa que baila junto a la báscula, cuántos pasos hay hasta la sala, dónde tuerce el pasillo.

Once años no se le olvidan a un cuerpo en tres.

La sala de autopsias está a doce grados y vacía, con las dos mesas de acero brillando poco bajo las luces piloto, esa iluminación mínima que se deja de noche para que el que entre no tropiece.

La conozco toda. La uno y la dos. Voy a la dos, que era la mía, la que elegía siempre porque queda debajo del mejor foco, el de luz más blanca y más pareja, el que no engaña con las sombras; en once años dejé de contar los cuerpos que leí sobre esta mesa dos.

Enciendo sólo ese foco, el de la dos, con el interruptor que sé cuál es sin buscarlo: una única luz sobre una única mesa, un círculo blanco en medio de la penumbra, y todo lo demás a oscuras.

Las polillas van hacia la luz. Si sólo hay una, van hacia esa.

Yo también, esta noche; yo también he venido hacia la única luz que hay encendida en todo el edificio, como una de las mías hacia el tubo.

Saco lo que traigo. El expediente de la séptima, el de la niña sin nombre, sin identificar, sin coincidencia en ninguna lista, lo dejo abierto en el carro de instrumental, junto a la mesa.

Extiendo sobre el acero una sábana verde, limpia, de las que hay dobladas en el armario de siempre, en la balda de siempre, la que se pone para recibir a los que llegan, para que cuando traigan un cuerpo no toque el metal desnudo, que el metal desnudo es lo más frío que hay.

La aliso con la mano, con las dos manos, de un lado a otro, hasta que no queda una arruga, hasta que queda lisa y verde y vacía.

Preparo la mesa como se prepara para alguien que va a venir, porque alguien va a venir.

Y del bolsillo saco la mariposa.

La que llevo desde hace días envuelta en el pañuelo, y otras dos más que he traído esta noche, por si acaso, en una caja pequeña acolchada de las que uso para transportarlas sin que se les rocen las escamas.

Tres. Verdes, con las colas largas, quietas, dormidas en el frío.

No me pregunto por qué traigo tres mariposas a una sala de autopsias vacía a las dos de la mañana; hace tiempo que hay cosas que hago sin preguntármelas, y traer mis polillas cuando salgo a esperar a los muertos es una de ellas, como llevar las llaves o el móvil o el pañuelo, una cosa que está en el bolsillo antes de que yo decida ponerla.

Las dejo en el carro, al lado del expediente, a mano.

Por si hacen falta. Por si esta noche, por fin, después de trece días, hay que ponerle a alguien lo suyo, y no hay tiempo de ir a por ellas, y tienen que estar aquí, a mano, verdes, listas.

Después me quedo quieta junto a la mesa dos, bajo la única luz, y espero.

Espero a que él venga. Es su noche, la del catorce, su aniversario, el día que marca en el calendario y espera todo el año, y la séptima está sin terminar, sin nombre y sin mariposa, y un hombre así no deja el trabajo a medias, y menos en su fecha, así que va a venir, aquí, a una mesa bajo una luz, que es donde se terminan las niñas, el único sitio donde se puede terminar a una niña como es debido.

Voy a estar delante cuando lo haga. Voy a verle por fin la cara al que se sienta con los que se mueren solos, al que no le veo la cara por mucho que la busque.

Y si no llega, si esta vez, por lo que sea, no llega, entonces la que va a terminar a la séptima seré yo, porque alguien tiene que coronarla, porque no se puede dejar a una niña sin nombre y sin nada encima, tirada en un expediente que el dieciséis se cierra y se archiva y se olvida para siempre; y para eso he traído las tres, por si me toca a mí ser el que estuvo.

El aleteo, dentro, no ha parado desde anoche.

Aquí, en el frío de la sala, con la sábana verde vacía delante y el edificio callado alrededor, se ha vuelto casi cómodo, un compañero, el único ruido en un edificio dormido lleno de gente que ya no respira, en las cámaras, del otro lado de la pared.

Bate despacio, paciente, como si también él esperara.

Miro la hora en el reloj de pared, uno de esos redondos de institución, blanco, con la aguja roja de los segundos dando vueltas, el mismo reloj bajo el que trabajé once años, que sigue andando, que ha seguido andando todo este tiempo sin mí.

Las tres y cuarto. Las tres y media. El edificio cruje una vez, se asienta con ese quejido que dan los edificios grandes de noche, y calla.

En algún sitio, muy lejos o muy cerca, no sé, me parece oír una puerta, un roce de tela, unos pasos blandos que podrían ser míos de hace once años, o de un vigilante, o de cualquiera, o de nadie; pero no me vuelvo, porque estoy mirando la puerta por donde tiene que entrar él, la de delante, la de los vivos, la de doble hoja, y no la de atrás, la de las cámaras, por donde entran los que ya no lo son.

No se me ocurre pensar que hay una tercera manera de entrar en esta sala esta noche, una que no es la puerta de los vivos ni la de los muertos.

Que es la del muelle. La de atrás del todo.

La que abre el código que me dio, hace tres días, la única persona del mundo que sabía que yo iba a estar aquí esta noche antes incluso de que lo supiera yo.

Preparo el foco. Compruebo que la sábana está lisa, vuelvo a pasarle la mano aunque ya lo está.

Pongo la mano un momento sobre la caja de las polillas, para tenerlas localizadas, para saber dónde están sin mirar.

Y sigo esperando, de pie, bajo la luz, en el frío de doce grados de las salas donde yo sé estar, donde llevo toda la vida sabiendo estar, a que empiece por fin lo que llevo trece días esperando que empiece.

Y en algún momento, sin un ruido que lo anuncie, sin que se abra ninguna de las puertas que vigilo, la sala deja de estar vacía.

No sabría decir cómo lo sé. No he oído nada, no he visto nada, la puerta de los vivos sigue cerrada y la de los muertos también.

Pero llevo toda la vida entrando en habitaciones llenas de muertos, y sé, mejor que nadie en este país, el instante exacto en que en una de ellas hay algo, o alguien, que un momento antes no había.