22. Imago
Es catorce de enero. Las tres y cuarenta. La sala está a doce grados y sobre la mesa dos, sobre la sábana verde que he alisado yo misma hace un rato hasta dejarla sin una arruga, hay una Actias luna viva.
La registro antes de entenderla, porque el cuerpo lee antes que la cabeza y esta noche el cuerpo va por delante, como lleva días yendo.
Hembra. Ocho centímetros de envergadura, quizá nueve.
Las alas abiertas, verde pálido, las colas largas enteras, sin un desgarro, los cuatro ocelos simétricos.
Recién salida: se le nota en el cuerpo todavía hinchado, en las alas ya secas pero nuevas.
Y viva. Las mueve, despacio, las abre y las cierra sobre la sábana verde como un pulmón que respira, arriba y abajo, sin prisa, ajena a los doce grados que deberían tenerla entumecida.
Y la parte de mí que lleva treinta años sin fallar se detiene.
Reviso la cadena, como reviso siempre, del efecto a la causa, hacia atrás.
Las luna no vuelan en enero. No las hay volando en enero en ningún sitio del mundo: el ciclo de la especie se cierra en otoño y lo que queda espera en un capullo, enterrado en la hojarasca, a que la primavera caliente la tierra y le dé la señal.
En enero, en la naturaleza, no hay una sola luna adulta despierta sobre la faz del planeta.
Y esta, además, no es de aquí; es americana, no existe suelta en este país, no hay ninguna en libertad a este lado del océano.
Una luna viva en España en enero sólo puede salir de un sitio: de una jaula con luz, de alguien que sabe alargar el fotoperiodo y subir un grado en la recta final y clavarle a una hembra la fecha exacta de su salida.
De un criador. De alguien que crió esta pupa a oscuras y la despertó a propósito, para hoy.
La miro abrir y cerrar las alas sobre el acero, imposible, viva, fuera de toda estación y de todo continente, y pienso, con la parte de mí que no miente nunca, la parte que cuenta las larvas y no se deja engañar por un grado: esto no lo he puesto yo.
Y si no lo he puesto yo, entonces nada.
Nuria está de pie junto a la mesa uno. Lleva ahí, lo veo ahora, mucho más que los pocos minutos que mi memoria le había concedido; lleva ahí desde antes que yo, o casi, lleva ahí toda la noche esperándome como yo esperaba a otro.
Ha entrado por la tercera puerta, la que yo no vigilaba, la del muelle, la que abre el código que me dio ella misma hace tres días sin venir a cuento.
No se acerca. Se queda a la distancia que ha aprendido a lo largo de vaya una a saber cuántas noches como esta, la distancia desde la que se puede hablar sin que el otro huya.
—No hay ningún Lepidopterista —dice. No es una pregunta. Lo ha dicho antes, muchas veces, lo noto en cómo lo dice, con una paciencia gastada de tanto usarla, sin apoyar ninguna palabra más que otra—. Nunca lo hubo, Vera.
—Hay siete.
—Hay siete expedientes. Muertes viejas, cerradas, naturales, accidentales, de gente que no conociste y que se murió cada una a su manera, sin que nadie las matara.
Los abriste tú, uno a uno, los que yo te iba llevando.
Les pusiste tú las alas, en tus notas, en tu cabeza, nunca en los cuerpos.
—No levanta la voz, no la ha levantado en toda la noche—.
Yo te traje los archivos creyendo que te sostenían, creyendo que te daba algo a lo que agarrarte, y lo que hacía era darte más piso al edificio.
Y hoy te traigo esto. —Señala la polilla con la barbilla, sin mirarla, como se señala algo que a uno le ha costado mucho traer, meses, un cuidado a oscuras cada noche—.
Porque es lo único que vas a creer. No te fías de nadie, nunca te has fiado de nadie, pero te fías de un bicho, porque los bichos no mienten, me lo enseñaste tú.
Mírala. Es enero. Es americana. La has mirado ya con esa cabeza tuya.
Dime tú qué hace ahí. Dímelo tú, que eres la única que puede.
No se lo digo. Porque lo sé.
No siento que las paredes se muevan. Ése es el problema, ése es el horror de verdad: que las paredes no se mueven.
En las películas la sala se estira, la cámara gira, el suelo se abre.
Aquí no. Aquí todo se queda exactamente donde está —la luz única y blanca sobre la mesa dos, el zumbido de sesenta hercios del tubo, el frío de doce grados, el olor dulce del fondo que no se va, la aguja roja del reloj dando vueltas— mientras el dato entra y ocupa su sitio con la limpieza silenciosa de una pieza que llevaba años dando vueltas alrededor de su hueco y por fin cae dentro y encaja, clac, sin ruido.
La única mariposa de verdad de toda esta historia fue una.
Una sola. Y no estuvo sobre ninguno de los siete.
No hubo mariposa en Concha, ni en Rubén, ni en el chico del acantilado, ni en ninguno; en ninguno, nunca, en ningún expediente, en ningún vial, Vidal tenía razón, no había ni una porque yo las puse todas después, con la cabeza, sobre unos cuerpos que ya no las llevaban.
La única de verdad estuvo en una jaula, en mi casa, una mañana de agosto, recién salida, con las alas todavía blandas colgando para secarse, y me paré a fotografiarla a las siete y cincuenta y dos. La foto que no puedo mirar. La hora que no sé leer. Y después cogí el coche.
Y aquí, a los doce grados de la sala donde le he puesto la hora a cientos de muertos, bajo el foco de la mesa dos, me llega por fin, entera, sin costuras, sin bruma, la única hora que llevo seis años sin poder leer.
Agosto. Cuarenta y un grados a la sombra aquel día; lo pedí al observatorio, como pedí la de Concha, sólo que esta no la pedí para un informe.
Un habitáculo cerrado al sol pasa de cincuenta grados en veinte minutos; lo he escrito en informes, lo he explicado despacio a jueces que no se lo creían, lo sé mejor que nadie en este país.
La colonización empieza con una curva, y la curva no opina, la curva sólo cuenta grados y horas y no sabe de quién es el cuerpo que cuenta.
La curva daba una hora de inicio, un minuto exacto, el minuto en que un cuerpo pequeño empezó a estar a esa temperatura; y ese minuto era el minuto en que yo cerré una puerta de coche y me colgué la bata y entré a esta misma casa a leerles la hora a dos desconocidos.
La carne no miente. Los insectos no mienten. Es la única frase mía que sigue siendo verdad, después de todo, la única que no he pervertido.
Sólo mentí yo.
Y la séptima —la inconclusa, la niña de dos años y dos meses sin nombre a la que llevo trece días sin poder nombrar, cuyo odontograma no coincidía con ninguna niña que a alguien le faltara, a la que la boca se me cerraba cada vez que su nombre subía hasta el borde—, la séptima no es ninguna desconocida de ningún talud.
Hubo una niña real en ese talud, sí, una niña de verdad sin identificar, pobre criatura de nadie; pero yo no la estaba buscando a ella.
Le puse encima, sin saberlo, la cara de la única niña de dos años y dos meses cuyo nombre no soporto decir.
La convertí en la mía. Por eso no coincidía con ninguna desaparecida: porque la que yo buscaba no está desaparecida, no la busca ninguna comisaría, no falta en ninguna lista.
Sé exactamente dónde está. Detrás de qué puerta que no abro.
Bajo qué losa, en qué cementerio, con qué nombre y qué dos fechas grabadas que llevo seis años sin ir a leer.
El aleteo, el que llevo dentro desde hace días, desde hace años en realidad, golpeando contra un cristal que yo creía que no existía —contra una ventanilla, ahora lo sé, ahora lo veo, contra el cristal caliente y cerrado de una puerta que no abrí a tiempo—, el aleteo se para.
De golpe. En seco. Ya no tiene nada que anunciar.
Lo que anunciaba está aquí, dicho, encima de la mesa dos, verde y vivo sobre una sábana verde, y el silencio que deja al pararse es el silencio más grande que he oído en mi vida, un silencio de doce grados sin una sola mosca dentro.
La mariposa que Nuria ha sacado a fuerza de luz y de un grado de más para clavarla en este día —con lo que yo misma le expliqué hace tres días, con gusto, con todo el detalle, pieza a pieza, la manera exacta de sacar una polilla viva el día que ella eligiera—, la mariposa que ha criado en secreto durante meses y ha traído hasta aquí, hasta mi vieja mesa dos, para que yo no pueda seguir mintiéndome, abre y cierra las alas, despacio, viva, indiferente a lo que ha venido a hacer.
Nuria no dice nada más. Espera al otro lado de la mesa, a la distancia que ha aprendido, con las manos quietas, a que yo haga lo que voy a hacer con esto que por fin, después de seis años, sé.
Y yo miro la polilla, verde sobre el verde, viva sobre la mesa de los muertos. Y sé el nombre. Lo tengo entero, por primera vez en seis años, subiendo por donde subió anoche, llegando a la boca, a la lengua, a los dientes, a punto de decirse.