20. Fenoll, segunda nota
Me llama N. B. a hora intempestiva. La noto serena por fuera y decidida por dentro, que en ella es más preocupante que si llorara. Habla en voz baja, como quien no quiere despertar a nadie, aunque está sola. Dice que no me llamaría a esta hora si no estuviera segura de lo que va a hacer.
Motivo: el estado de la paciente en las últimas horas.
No duerme desde hace días, no responde a mensajes, mantiene actividad continua en torno a «los casos».
Refiere N. B. episodios recientes de desconexión —lagunas breves de las que la paciente no da cuenta— y conductas automáticas nocturnas.
Nada de esto me sorprende. Era lo previsible en estas fechas: se aproxima el aniversario desplazado.
N. B. me comunica que va a intervenir. Esta misma madrugada.
No una intervención terapéutica en sentido estricto: una confrontación directa con el constructo, por medios propios, algo —dice— que sólo la paciente, con lo que es y con lo que sabe, no podrá seguir negando; algo elegido a la medida exacta de su inteligencia, que es lo que la hace peligrosamente eficaz.
No me pide permiso. Me informa. Y me informa, entiendo, no para que la autorice, sino para que quede constancia, para no estar sola en el acta que las dos llevamos por dentro.
Le expongo el riesgo, que es real y grave: retirar de golpe un constructo que cumple función homeostática, sin un sostén que ocupe su sitio, puede precipitar un cuadro que no sepamos contener —desde una descompensación depresiva mayor hasta algo peor, que no escribo pero que las dos sabemos escribir.
Y le expongo también lo que las dos sabemos y llevamos años sin decirnos en voz alta: que el sostén tampoco está funcionando.
Que sostener, en este caso, ha sido sólo dejar que el edificio siga creciendo hacia arriba, planta sobre planta, sobre unos cimientos que no existen, y que un edificio así se cae solo tarde o temprano, y que quizá sea menos malo tirarlo a mano, con alguien mirando, que esperar a que se derrumbe una noche sin nadie delante.
Que conste con precisión, porque algún día alguien me lo preguntará y quiero haberlo escrito antes de que me lo pregunten: no prescribo la intervención de N.
B. Y no la impido. N. B. va a hacerlo con o sin mi conformidad, porque quiere a la paciente más de lo que me teme a mí, y porque cree —puede que con razón— que el vínculo que ella tiene con la paciente autoriza cosas que mi título no autoriza.
Quizá acierte en no temerme. En tres años yo no me he atrevido a hacer lo que ella va a hacer esta noche.
Mi única indicación, la mínima que me permito y la única que sé que va a seguir: que N. B. no esté sola cuando ocurra, y que haya previsto, para después, quién recoge lo que quede. Sea lo que sea lo que quede. Que tenga un teléfono a mano. El mío, esta noche, encendido.
(Margen, no clínico. Llevo tres años eligiendo la espera y llamándola prudencia, y esta madrugada, mientras yo espero en camisón junto a un teléfono, alguien con menos títulos y más valor que yo va a dejar de esperar por las dos.
Ojalá me equivoque en el riesgo. Ojalá se equivoque ella en todo lo demás, y no haya, debajo de todo esto, debajo del constructo y de la fecha y del pararrayos, lo que las dos tememos que hay, lo que ninguna de las dos ha dicho nunca en voz alta en tres años porque decirlo lo haría verdad.)