19. La inconclusa
El aleteo ya no para.
Desde que he vuelto de la unidad, desde que he entrado en casa con la hora de las siete y cincuenta y dos todavía tirándome de la manga y las dos fechas de Vidal repartidas por los bolsillos, lo tengo dentro, constante, un golpeteo blando contra un cristal que no existe, del lado de dentro de la frente, sin ráfagas ya, sin pausas, como si la polilla que lo hace hubiera decidido que esta noche no descansa, que esta noche se queda conmigo hasta el final de lo que sea que va a pasar.
La dejo aletear. Ya no me levanto a buscarla al cuarto de la luz, porque sé que no está allí, que no está en ninguna jaula, que el cristal contra el que bate no es de ninguna ventana de esta casa.
No tengo tiempo de apagarla aunque supiera cómo.
Tengo hasta el catorce, y el catorce, según el reloj del horno, ha empezado hace media hora.
Empiezo por arriba. Es trabajo, identificar es trabajo, de los más limpios que hay, comparar una boca con otra boca, y el trabajo, aunque el aleteo no pare, todavía sé hacerlo.
Es lo que hacemos con los que no tienen nombre: los comparamos con los que faltan, diente a diente, hueso a hueso, hasta que dos fichas encajan y un desconocido vuelve a ser alguien y una familia deja de esperar.
Es de las pocas cosas buenas del oficio, devolverle el nombre a un muerto, la única que se parece a una resurrección.
Voy nombre por nombre. Cada niña de la lista que pudiera tener dos años en el rango de fechas, la coto contra los huesos de mi desconocida y contra su odontograma.
Esta desapareció con cuatro años; los huesos dicen dos; no es.
Esta con año y medio, encaja casi, pero apareció viva a los tres días en casa de la abuela; la tacho.
Esta encaja en la edad, dos años justos, y me quedo un momento con ella, con su foto de ficha, una niña morena con un lazo, y la descarto por la dentición, porque a esta niña de la lista le faltaba un incisivo de leche, consta en su cartilla, se le había caído de un golpe en un columpio, y a mi desconocida ese incisivo está, blanco y entero, en su casilla del odontograma.
Descarto. Descarto. Diente que no coincide, niña que tacho.
La boca de mi niña no coincide con ninguna boca que alguien haya echado de menos y denunciado.
Es raro. Es más que raro. Debería coincidir con alguna.
Una niña de dos años no aparece muerta en un talud sin que en algún sitio haya una madre que un día, en una comisaría, con las manos temblando, dijo no está, mi hija no está .
Las niñas de dos años no se pierden solas, no se van de casa, no cogen un tren; alguien las pierde, o alguien las lleva, y en cualquiera de los dos casos hay alguien.
Y sin embargo recorro la lista entera, dos veces, tres, comparo cada odontograma antemortem con el mío, y ninguna de las que faltan es la que tengo en los huesos.
Como si a mi desconocida no la hubiera echado de menos nadie.
Como si nadie hubiera ido nunca a ninguna comisaría a decir que faltaba.
Como si esta niña no le faltara a nadie, no porque no le importara a nadie —que a Rubén no le importaba a nadie y aun así el ayuntamiento lo enterró—, sino por algo peor, algo que no sé nombrar, algo que tiene que ver con que su falta no esté denunciada en ningún sitio salvo aquí, en esta mesa, en mí.
El reloj del horno marca la una y diez. El aleteo, dentro, más fuerte, subiendo con el fracaso.
Y hago entonces una cosa que no está en ningún protocolo de identificación, una cosa que no se hace, que ningún antropólogo forense haría a la una de la madrugada delante de un odontograma: empiezo a probarle nombres.
En voz alta. A ver cuál le sienta. Como se le prueba un abrigo a un niño para ver si le está bien.
Le digo nombres de la lista, los que descarté, sólo por oír cómo suenan puestos sobre ella, sobre la boca de leche del dibujo.
Nombres de niña de dos años, nombres que en 2019, en 2020, alguien eligió con ilusión, escribió en un registro, bordó en un babero, para una cría que luego se perdió.
Los digo despacio, uno a uno, en voz baja, a la habitación vacía, mirando el odontograma como si la boca de leche fuera a moverse, a contestarme que sí a alguno.
Ninguno le sienta. Ninguno es el suyo. Lo noto como se nota que una llave no es de una cerradura: entra en el bombín, hace por girar, y no gira, se queda a medio camino.
Y entonces, en algún punto de la lista, en el silencio entre un nombre descartado y el siguiente, va a salirme otro.
No de la lista. De otro sitio. Un nombre que no está en ningún papel de esta mesa, que no está en la lista de Nuria, que no lo ha escrito nadie aquí, y que sube solo, por su cuenta, desde muy abajo, desde donde suben las cosas que una tiene guardadas con llave, y sube por la garganta, y llega hasta la boca, hasta la lengua, hasta los dientes, hasta el borde mismo de decirse, dos sílabas, ya casi las dos sílabas—
Y no lo digo.
La boca se me para. Se cierra sola, los labios se juntan por su cuenta, con la misma decisión con que el brazo no se levanta hacia el pomo.
Igual que se me paró la mano con Elena a media palabra, igual que se me apagaron los ojos con la hora de la foto, ahora es la boca la que se cierra sobre un nombre que no llego a oír porque no dejo que salga, que no sé cuál es porque no permito que se termine de formar, un nombre con la forma de un hueco, del mismo hueco que hay detrás de la puerta y dentro de la hora de las siete y cincuenta y dos.
Tres huecos ya, con la misma forma exacta.
La mano, los ojos, la boca: tres cosas mías que se apagan solas en el mismo punto, ante la misma cosa.
Y una parte de mí, la parte que cuenta y cruza y no se deja engañar por un grado, la forense que sigue trabajando debajo de todo esto, apunta eso, fríamente, en algún sitio donde no lo veo pero lo escribe: demasiados huecos iguales.
Eso significa algo. En un cuerpo, tres marcas iguales en tres sitios distintos significan siempre lo mismo: que las hizo la misma cosa.
Los huecos iguales siempre significan que falta la misma pieza.
Cierro la boca del todo. Trago el nombre sin oírlo, lo empujo hacia abajo, de vuelta a donde subió.
El aleteo, un instante, se hace ensordecedor, llena la casa entera por dentro de mi cabeza, y luego baja, despacio, como si le hubiera dado lo que quería con sólo llegar al borde, como si el aleteo sólo pidiera eso, que el nombre llegue hasta los dientes, y se conformara con no dejarlo salir.
La una y media. El catorce, andando.
Aparto la lista. La séptima se queda otra noche sin nombre, la inconclusa, la única de las siete a la que no consigo darle lo primero que se le da a un muerto, antes que la hora, antes que la mariposa: saber quién era.
No puedo ponerle la mariposa hasta que tenga nombre; no se corona a una desconocida, se corona a alguien, y una niña sin nombre no es todavía del todo alguien, es un hueco con forma de niña.
Así que la mariposa que llevo estos días en el bolsillo, envuelta en el pañuelo, sigue esperando, y la niña sigue esperando, y yo, que le he puesto la hora a cientos de muertos, que he devuelto decenas de nombres a decenas de familias, sigo sin poder darle a esta lo único que me pide, lo único que sé hacer y con ella no puedo.
Miro el círculo rojo del catorce en la pared. Ya no quedan casillas debajo. Se acabaron. Es hoy.
No me acuesto. Me quedo delante del odontograma, delante de esa boca de leche con todos los dientes en su sitio, sana, entera, ningún incisivo de menos, y ningún nombre encima; y delante de la lista de todas las niñas que a alguien le faltan y que no son la mía.
La parte fría de mí ya lo ha apuntado y no lo suelta, me lo repite: falta la misma pieza en demasiados sitios de esta casa.
A las dos de la madrugada del catorce, con el aleteo dentro convertido ya casi en un ruido más de las paredes, en un latido de la casa, sigo sentada delante de una niña sin nombre que empiezo a no soportar no poder nombrar, con un nombre atragantado que no me dejo oír, sabiendo que esta noche no voy a dormir, y sin dejarme mirar todavía, de frente, lo que alguna parte de mí ya ha decidido hacer con ella antes de que amanezca.