18. El plazo
La unidad de Vidal, de noche y a medio desmontar, ya se parece a lo que va a ser dentro de tres días: nada.
Las estanterías, vacías, con las marcas del polvo donde estuvieron las carpetas, rectángulos limpios sobre el metal sucio, la huella de lo que hubo.
Las cajas, apiladas junto a la puerta, selladas con cinta y firmadas una por una con la letra de Vidal, listas para el furgón que se las llevará al archivo general, a criar polvo en una estantería que ya no visita nadie.
Han quitado hasta los carteles de las paredes; queda un calendario del año pasado colgado de una chincheta, olvidado, y el reloj de pared, que sigue andando para nadie.
Sólo queda encendido el flexo de su mesa, un charco de luz amarilla en una sala que se apaga por partes.
Me ha hecho venir él, con un mensaje de dos líneas: que pase esta noche, que es la última que la unidad existe como unidad, que hay cosas que se dicen mejor sin gente delante y sin luz de día.
Vengo con la cabeza todavía a las siete y cincuenta y dos de una mañana de hace seis años, arrastrando esa hora como quien arrastra un pie dormido, notándola detrás de cada pensamiento, y me obligo a dejarla en la puerta, en el felpudo, porque delante de Vidal no puedo permitirme ir arrastrando nada; delante de Vidal hay que ir entera o no ir.
Está guardando lo último de su mesa en una caja pequeña, de zapatos, y es una imagen que me quedo mirando más de lo que debería: veintiocho años de un hombre cabiendo en una caja de zapatos.
Una taza con un escudo de un equipo. Un abrecartas de latón.
Un marco que, al meterlo, gira hacia sí para que yo no vea la foto, un gesto rápido, de pudor, de quien no enseña a quién tiene o tuvo.
Un paquete de pañuelos de papel. Un cargador.
Poco más. Cuando entro, para, y deja la caja como si le diera vergüenza que lo pillara recogiéndose.
—Gracias por venir, doctora. Siéntese, si encuentra dónde.
Encuentro una silla, la única que queda sin apilar. Él se queda de pie, con las manos apoyadas en la caja de sus cosas, y me lo dice sin rodeos, que es como se dicen las cosas de verdad y como se despide la gente que no sabe despedirse:
—El dieciséis por la mañana viene el furgón.
Todo esto —señala las cajas con la barbilla— se va al archivo general y se cierra.
Los siete, también. A partir del dieciséis usted ya no tiene expedientes que consultar, porque ya no hay unidad ni consulta ni sótano ni un servidor sentado aquí para dejarla entrar.
Se acabó. Quería decírselo yo, esta noche, cara a cara, y no que se enterara usted un día de estos al plantarse en el portal y encontrarse la puerta con un candado y una placa quitada.
—El dieciséis —repito.
—El dieciséis.
Y hago la cuenta que hago siempre, la única que sé hacer últimamente.
El dieciséis es dentro de tres días. Entre esta noche y el dieciséis hay dos días enteros.
Pero entre esta noche y el catorce hay sólo unas horas, porque el catorce empieza a medianoche, dentro de nada, esta misma noche se convierte en el trece y el trece en la víspera.
Así que el plazo de Vidal y el mío casi se tocan y no se tocan, corren en paralelo sin encontrarse: él me da hasta el dieciséis, un plazo de papel, administrativo, de furgón y de archivo; yo no necesito hasta el dieciséis.
Yo necesito el catorce, que llega antes, que llega ya, y para el catorce me sobra todo el tiempo que a Vidal le parece que me está dando y me falta lo único que él no me puede dar, que no está en su mano ni en su furgón, que es que el hombre no venga.
—Me vale —le digo—. Con el catorce me vale.
Vidal me mira. Sabe que estamos hablando de dos calendarios distintos y que el suyo es de papel y el mío no, que cuando yo digo el catorce y él dice el dieciséis no estamos diciendo dos fechas sino dos idiomas.
No entra. Está cansado de entrar; en el sótano, con el vial de Concha en la mano, entró todo lo que se puede entrar sin empujar, y no le sirvió de nada, y esta noche, la última, ya no lo intenta.
Sólo cierra la caja de zapatos, mete la solapa por dentro.
—Doctora. El dieciséis se cierra la unidad.
No se cierra ningún catorce, porque no hay ningún catorce, porque no hay ningún hombre que venga.
—Levanta una mano, despacio, antes de que yo conteste—.
No se lo discuto. Ya no. Lo intenté ayer y aprendí.
Se lo digo para el acta que llevo yo por dentro, que también tengo la mía, la que no se archiva.
Usted haga lo que tenga que hacer, que va a hacerlo con mi permiso o sin él.
Pero que conste que un servidor, la última noche que esto fue algo, se lo dijo a la cara y sin subir la voz.
—Consta.
Se queda un momento en silencio, con la caja cerrada entre las manos, mirándola, y luego dice, en otro tono, más bajo, el tono con que se sueltan las cosas que uno no tenía previsto soltar y suelta al final, cuando ya se va, con la mano en el pomo:
—He hablado con la doctora Belmonte.
—Ya.
—Me ha dicho que el catorce lo pasa usted con ella, en su casa.
—Me mira, y en la mirada hay un alivio de verdad, no de cortesía—.
Me quedo más tranquilo, se lo confieso. No me gustaba la idea de usted sola ese día.
Uno se pasa la vida ocupándose de muertos y al final aprende que a los que hay que cuidar es a los vivos que se quedan, que esos sí se pueden cuidar todavía.
Y ahí, con esa frase, se me coloca en su sitio una cosa que llevaba meses suelta, dando vueltas: aquella primera tarde, en esta misma unidad, cuando bajé las escaleras con las siete bajo el brazo y lo vi a través del cristal de la puerta coger el teléfono fijo y marcar, despacio, un número que se sabía de memoria, a alguien que no era yo.
A quién llamaba. Llamaba a Nuria. Llevan hablando de mí desde el principio, los dos, por encima de mi cabeza, con esa manera que tiene la gente que te quiere de organizarse a tus espaldas para que no te caigas, de repartirse las guardias sin decírtelo, de ser una red debajo de ti sin que tú veas la red.
Debería molestarme. Debería, porque a mí que la gente decida cosas sobre mí a mis espaldas me ha sacado siempre de quicio.
No me molesta. Esta noche, con la hora de las siete y cincuenta y dos todavía tirándome de la manga, casi agradezco que haya dos personas en el mundo haciendo turnos, una policía retirada y una entomóloga en activo, para que yo no me quede sola en una fecha.
Sólo que se equivocan de fecha. Los dos.
Creen que la fecha mala es el catorce, la que Nuria me ha pedido para ella, la que Vidal respira tranquilo sabiéndome acompañada.
Han montado toda su red debajo del catorce.
Y yo, esta noche, por primera vez, ya no estoy tan segura de que la fecha mala sea el catorce, de que la red esté puesta debajo del día que hay que estar.
Pero eso no se lo digo. Ni a él ni a nadie.
—El catorce estoy con Nuria —le digo, que es verdad a medias, la mitad que lo tranquiliza—. No se preocupe.
—Bien. —Coge su caja de zapatos bajo el brazo, apaga el flexo, y la sala se queda del todo a oscuras salvo la luz de emergencia sobre la puerta, verde, esa luz verde que hay en todos los edificios para avisar de una salida, la única que no se apaga nunca—.
La acompaño abajo. Es lo último que hago como jefe de esto: cerrar la puerta con usted dentro por última vez, y luego con usted fuera para siempre.
Bajamos las escaleras juntos, sin hablar, con el eco de nuestros pasos en un edificio que ya está medio muerto.
En el portal deja la caja en el suelo un momento y me tiende la mano, cosa que no ha hecho nunca en todas las veces que he venido, y me la estrecha una vez, seca, corta, una mano grande y fría de haber estado apagando cosas.
—Cuídese el catorce, doctora. Y el quince.
Y todos los que vengan detrás. —Suelta la mano—.
A los muertos ya les hemos dado lo que se podía dar.
Los siete, el hombre del piso, todos. Ahora tóquele a usted quedarse entre los vivos, que es lo más difícil que hay, más difícil que datar a un ahogado, y no lo enseñan en ninguna carrera ni lo firma ningún juez.
Recoge su caja, se mete otra vez en el edificio a apagar lo que quede, a cerrar lo último, y me deja en la acera con su plazo, el dieciséis, guardado en un bolsillo, y con el mío, el catorce, latiendo en el otro, los dos relojes andando a la vez y marcando horas distintas.
Y sólo uno de los dos, lo sé mientras camino hacia el coche por la calle vacía, marca la hora que de verdad me va a alcanzar.
No es ninguno de los dos que llevo en los bolsillos.
No es el dieciséis de Vidal ni el catorce mío.
Es la otra. La de la foto. Las siete y cincuenta y dos de una mañana de agosto.
Pero esa no cabe en ningún plazo, no tiene casilla, no la puedo redondear en rojo en ninguna pared, así que la dejo latir sola, en su bolsillo sin nombre, y me subo al coche con los dos relojes de mentira y arranco camino de casa, camino de una noche que ya, mientras conduzco, se está convirtiendo en la víspera.