Todo lo que florece en la muerte 17. Foto 0752
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17. Foto 0752

Necesito una foto de una luna bien puesta.

Es para la séptima. Mañana es catorce y a la niña le falta la mariposa, y antes de ponérsela quiero tener delante una buena, una hembra con las alas del todo abiertas y la orientación correcta, para que la descripción no me falle, para que cuando la escriba en la ficha sea una descripción y no un recuerdo.

Tengo cientos. Años de hembras verdes contra fondos oscuros, cada una con su día y su hora al pie, ordenadas en el móvil como un archivo, que es lo que son: mi archivo particular, mi cementerio de bolsillo, la fila de todas las que he criado y visto morir.

Abro la carpeta y deslizo hacia atrás buscando una en la que la postura sea limpia, las cuatro colas enteras, los ocelos simétricos, la que sirva de patrón.

Voy pasando. Verde tras verde. Invierno, verano, invierno.

La misma polilla repetida en años distintos, siempre de noche, siempre contra el negro del terrario, siempre igual y nunca la misma, ochenta lápidas verdes con su fecha.

El pulgar sube solo, deprisa, con el gesto automático de quien pasa fotos sin mirarlas del todo.

Y otra vez, como en Nochevieja, aparece la que no es igual.

La de la mañana. La de la luz de verdad entrando de lado, la polilla sobre algo claro con el sol de un día que no es de estudio ni de jaula, el sol que no vuelve a salir en ninguna otra de las ochenta.

En Nochevieja la cerré antes de mirarla, con el mismo tirón con que se retira la mano de lo que quema.

Ahora, no sé por qué —quizá porque estoy cansada, quizá porque la víspera del catorce me tiene la guardia baja—, con el pulgar ya encima para cerrarla, se me quedan los ojos medio segundo de más en la esquina de la pantalla, donde la aplicación pone el dato que yo misma le enseñé a poner, la fecha y la hora de cada foto, porque una foto sin hora, para mí, no vale nada, porque la hora es lo primero que le pido a todo.

8 de agosto de 2019. 07:52.

Cierro la foto con violencia. El pulgar da un golpe seco contra el cristal, la pantalla salta a otra cosa, a la cuadrícula, al verde de las otras, y el móvil se me va de la mano al borde de la mesa y lo agarro antes de que caiga sin saber que lo estoy agarrando, con un reflejo que llega antes que yo.

Siete y cincuenta y dos.

Yo leo horas. Es lo que soy, lo único que soy sin discusión.

Le miro a un cuerpo la fauna que lleva encima y le digo la hora a la que empezó a estar muerto, con un margen de nada, y no me equivoco, no me he equivocado nunca en un juicio, porque las horas no mienten y yo sé leerlas mejor que nadie de este país.

Toda mi vida es eso: coger una hora que nadie ve, una hora escondida entre larvas y grados, y ponerla limpia sobre la mesa de un juez.

Y aquí hay una hora, las siete y cincuenta y dos, escrita por mí, con mi mano, en mi propio archivo, en mi propio teléfono, y es la única hora del mundo que no consigo leer.

La miro y no me dice nada. La miro y se me apaga la parte de la cabeza que lee horas, esa que no se apaga nunca, esa que funciona incluso cuando todo lo demás falla, como si esa hora en concreto tuviera un hueco donde debería tener significado, un blanco exacto, del tamaño de un minuto, igual que el blanco del otro lado de la puerta que no abro.

Dos blancos en mi vida, del mismo blanco.

Una hora y una habitación. Y por primera vez, muy de lejos, sin dejarlo llegar, se me pasa por algún sitio que a lo mejor son el mismo blanco, que a lo mejor la hora y la habitación son las dos puertas de un mismo cuarto.

Me llevo dos dedos a la muñeca. Es lo que hago. Cuento para volver.

No vuelvo.

El número está alto, muy alto, más de lo que lo he tenido nunca delante de un papel, y por primera vez ni lo termino de contar, porque contar no sirve, porque la cuenta ya no me trae de vuelta a ningún sitio, porque el sitio al que me traía ya no está donde estaba.

La herramienta que llevo toda la vida usando para recolocarme dentro de mí misma se me ha quedado en la mano, muerta, como un termómetro roto que marca cualquier cosa menos la temperatura.

Respiro por la nariz, cuatro tiempos. No baja.

Cuento estadios, primero, segundo, tercero.

No baja. Digo en voz alta, a la habitación vacía, la temperatura que hace, dieciocho grados, para agarrarme a un dato verdadero, a un número que sí sé de qué es, y el dato está ahí, y es cierto, y no me sujeta, se me escurre como se escurre todo esta noche.

El dorso de la mano derecha, la que sostiene el móvil, me tira tanto que me lo cambio a la otra mano.

La piel pálida de la quemadura, estirada, caliente por dentro, como si acabaran de hacérmela ahora mismo, como si la cosa que la hizo no estuviera a seis años y medio de distancia sino a siete y cincuenta y dos, ahí mismo, del otro lado de la pantalla que acabo de cerrar.

Pongo el móvil con la pantalla contra la madera.

No lo meto en el cajón, no lo apago; sólo lo giro del revés, para que esa foto deje de mirarme desde debajo del cristal, porque tengo la sensación absurda de que la foto me mira, de que la mañana de sol que hay guardada ahí dentro está esperando a que yo la abra.

Y me quedo muy quieta, con las manos planas sobre la mesa, sintiendo la madera fría bajo las palmas, esperando a que el corazón se canse solo ya que no voy a poder convencerlo yo.

No me pregunto qué hice a las siete y cincuenta y dos de aquella mañana.

No me lo pregunto igual que no abro la puerta del fondo: por decisión vieja, por costumbre del cuerpo, porque hay una hora en mi vida que aprendí a no leer, la única, y llevo años sin leerla, y no voy a empezar hoy, la víspera del catorce, con la niña todavía sin su mariposa y el reloj corriendo.

Pero la hora se queda. Boca abajo, debajo de la mesa, contra la madera, apagada, sigue ahí, marcando, como marcan las cosas que uno esconde, que no dejan de estar por estar tapadas.

Y por primera vez desde que empezó todo esto tengo la sensación —no la idea, la sensación, que es peor, que llega antes, que llega por debajo de las palabras— de que la fecha que me importa no es la que tengo redondeada en rojo en la pared, la que cuento hacia atrás cada noche, la del asesino.

Es la otra.

La que no leo.