16. El descartado
El cajero donde murió Rubén Salas sigue en su esquina de la parte vieja, y esta mañana del trece de enero hace dentro el mismo frío que lo mató.
He venido andando. Es de las pocas de los siete que puedo visitar a pie, porque Rubén murió cerca, en el centro, entre gente, a doscientos metros de tres cafeterías con la calefacción puesta y los cristales empañados de vaho por dentro.
Es una esquina de las de siempre, de las que uno cruza mil veces sin mirar: una farmacia, una tienda de móviles, y el cajero, ese cubículo acristalado que los bancos ponen en los portales de sus oficinas cerradas para que la gente saque dinero de noche y que, sin querer, es lo más parecido a un refugio con calefacción que ofrece una ciudad a quien no tiene otro.
Empujo la puerta de cristal —esas puertas que se abren con cualquier tarjeta, con la primera que llevas en la cartera, hechas para que uno saque dinero, no para que uno viva, aunque alguna gente viva en ellas porque no hay otro sitio que se abra con una tarjeta caducada—, y dentro está el cubículo de siempre: el terminal, el suelo de gres, el cartel de horario, y en un rincón, contra el radiador que no funciona y que quizá nunca funcionó, el sitio donde Rubén Salas se echó a dormir una noche de febrero con la mínima en seis bajo cero, buscando un cobijo que resultó no serlo.
Saco su carpeta. Es la más fina de las siete.
Nadie reclamó el cuerpo. Cuatro palabras.
Un hombre de treinta y cuatro años se muere de frío a doscientos metros de tres cafeterías calientes, y cuando por fin le ponen nombre —tardaron, porque un hombre sin domicilio conocido no tiene huellas en ningún sitio útil, no vota, no cotiza, no falta en ningún trabajo del que llamen a preguntar—, cuando por fin averiguan que se llamaba Rubén Salas y que tenía treinta y cuatro años, no hay nadie al otro lado del nombre.
Ni una madre, ni un hermano, ni una exmujer con rencor, ni un compañero de trabajo, ni un casero al que le debiera el mes.
Treinta y cuatro años de vida y ni una sola persona a la que llamar.
Lo entierra el ayuntamiento en la fosa común de los que no son de nadie, con un número, y ese entierro pagado por todos y por nadie es la manera que tiene una ciudad de decir que este hombre no le importaba a la ciudad, que era de sobra, que se podía descontar.
La hipotermia, además, no es una muerte fea.
Esto la gente no lo sabe y yo sí: el que se muere de frío, en la última fase, deja de tener frío.
El cuerpo se rinde, la sangre se retira a proteger el centro, y llega un momento en que el que se congela siente calor, un calor falso, y hay quien se quita la ropa creyendo que se abrasa.
Rubén, a lo mejor, se murió creyendo que por fin había entrado en calor, en ese cajero helado, contra ese radiador roto.
Es lo único bueno que puedo decir de cómo se fue, y lo digo, porque de Rubén hay que decir todo lo bueno que se pueda, que es poco.
Me quedo de pie en el rincón del radiador roto, con el frío subiéndome por los pies desde el gres, un frío que se mete por la suela y sube, y pienso en él. En cómo lo eligió.
Porque a Rubén lo eligió, y ahora, con los siete casi cerrados, empiezo a ver por qué a estos y no a otros, qué tienen en común los que un asesino junta.
Él no mata a cualquiera. No entra en una casa cualquiera a buscar a una persona cualquiera con una vida por delante, con hijos que la esperan, con un lunes al que volver.
Él elige a los que ya se están yendo. A los que el mundo ha soltado antes de que se mueran, a los que la ciudad ha descontado en vida.
Una anciana a la que nadie visita en seis días.
Un chico de dieciséis al borde de un acantilado con un dolor que nadie le vio.
Un hombre que duerme en un cajero con la mínima en seis bajo cero y al que la gente rodea sin mirar.
Los que se iban a morir igual, esa misma noche o la siguiente, solos y sin que nadie mirase, los que ya estaban medio muertos de la única muerte que de verdad mata, que es la de no importarle a nadie.
Y a esos —esto es lo suyo, esto es lo que ningún juez va a entender nunca, lo que no cabe en ninguna ley— no los mata para quitarles nada, porque no tienen nada que quitar.
Los mata para que no se mueran como iban a morirse: sin testigo.
Se sienta con ellos. Está. Les hace compañía en el único minuto en que la compañía ya no sirve para nada salvo para lo único que de verdad importa, que es no estar solo.
Y cuando acaba, les deja algo hermoso encima, una mariposa, una crisálida, lo que sea, para que la primera cosa que vea el que los encuentre no sea la indignidad de un cuerpo tirado en un cajero, sino que alguien estuvo, que a alguien le importó lo suficiente como para colocarlo bien, como para coronarlo.
A Rubén le dejó una crisálida en el bolsillo del abrigo.
Cerrada, todavía sin abrir, marrón, una promesa de mariposa que nunca iba a salir, porque las crisálidas no salen dentro de un bolsillo, en el frío, en un muerto.
En el bolsillo, pegada al pecho, donde se guarda lo que uno no quiere perder, la cartera, las llaves, las cosas de una vida con puertas que cerrar.
No se la puso en la mano ni sobre la cara, como a los demás; a Rubén, que se pasó la vida con los bolsillos vacíos, sin llaves de ninguna puerta, sin cartera que cuidar, le puso algo en el bolsillo.
Le dio, para el otro lado, la única cosa que no tuvo en este: algo suyo en el bolsillo, algo que llevarse.
Lo pienso y me doy cuenta de que llevo un rato hablando de él con una ternura que no le pongo a casi nada, a casi nadie, ni siquiera a los vivos.
Y me doy cuenta de otra cosa, aquí de pie en el frío que mató a Rubén: que a veces ya no lo pienso como a un hombre.
Un hombre tiene cara, tiene coche, tiene una casa a la que volver después de dejar una crisálida en el bolsillo de un muerto.
A este no le veo la cara. Lo he perseguido meses y no le he puesto nunca una cara, ni un cuerpo, ni una manera de andar.
Cuando intento verlo, cuando cierro los ojos y trato de imaginármelo saliendo del cajero al frío de febrero, no hay un hombre; hay una manera de estar con los que se mueren solos.
Una manera de que nadie se vaya sin que alguien mire.
Eso es lo que persigo. Ahora lo sé decir.
No persigo a un asesino. Persigo una forma de no dejar solo a nadie en el último minuto, y la persigo con toda mi alma, y no me pregunto por qué se persigue con el alma una cosa así.
El frío del cajero es el que necesito no sentir, y lo siento.
Me subo el cuello del abrigo. Fuera pasa la gente de un trece de enero cualquiera, con sus prisas y sus cafés para llevar, por delante de la puerta de cristal, sin entrar, sin mirar dentro, exactamente igual que pasaban la noche que Rubén se quedó quieto contra este radiador y el frío le subió por los pies como me sube a mí ahora.
Nadie entró entonces. Nadie entra ahora.
La ciudad tiene una habilidad enorme, casi un talento, para no ver lo que se muere despacio en sus esquinas, para pasar de largo por delante del cristal, para que lo que ocurre en un cajero a las cuatro de la madrugada no ocurra del todo porque nadie lo mira.
Guardo la carpeta. En el bolsillo del abrigo, el mío, llevo lo que traigo siempre estos días por si acaso, envuelto en un pañuelo para que no se estropee con el roce, y al meter la mano para guardar el expediente lo rozo, noto el bulto blando entre el pañuelo, y no lo saco, y no lo miro, y lo dejo ahí, con las cosas que estos días llevo encima sin querer saber para qué las llevo.
Mañana es catorce. Salgo del cajero al frío de la calle, que después del de dentro casi parece templado, y desde la acera me vuelvo una vez a mirar el rincón del radiador roto a través del cristal, el sitio donde un hombre se murió sin que nadie mirara, que es la única muerte que de verdad no soporto: la que nadie mira.
Todas las demás las aguanto. He aguantado miles.
Puedo mirar cualquier cosa que le hayan hecho a un cuerpo, cualquier horror, con la mano firme y la cabeza fría.
Pero un muerto que se murió sin que nadie lo mirara, esa no la aguanto, esa me deshace, y no sé de dónde me viene una excepción tan concreta en una mujer que no tiene ninguna otra.
Y no me pregunto por qué esa no.