Todo lo que florece en la muerte 15. Nuria miente bien
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15. Nuria miente bien

Los mensajes de Nuria han cambiado de forma, y a mí las formas me dicen más que los contenidos, porque el contenido lo elige uno y la forma se le escapa.

Hasta ahora eran cortos, de guardia, disparados en un descanso entre caja y caja: ¿has comido, has dormido, no vengas al Instituto.

Metralla de cariño, escritos con el pulgar y sin releer.

Desde ayer son otra cosa. Más largos, más pensados, con la sintaxis colocada, con las comas en su sitio, como si en vez de escribirlos deprisa los hubiera redactado, borrado, vuelto a escribir.

Eso me hace levantar la cabeza, aunque no sé todavía por qué.

Un mensaje redactado es un mensaje que teme algo.

Nuria escribe deprisa cuando está tranquila y despacio cuando no, igual que declara deprisa el que dice la verdad y despacio el que la construye, y llevo toda la vida oyendo declarar.

La tarde del doce me llega uno que ni siquiera es un mensaje.

Es un correo. Nuria no me manda correos desde que dejé de trabajar, desde que dejamos de tener un asunto que tratar por escrito.

Vera, he estado pensando y te lo pido en serio, aunque sé que vas a hacer lo que te dé la gana, como siempre.

No me contestes que no por escrito. Llámame y dímelo, que te oiga la voz.

Lo leo dos veces. Ese día es mío. Déjamelo.

Lo entiendo enseguida, o creo que lo entiendo, que no es lo mismo pero esa tarde a mí me lo pareció.

Nuria tiene miedo. Le he contado lo del catorce, le he dicho que él vuelve ese día, y Nuria, que me quiere y que no cree del todo en mi asesino pero sí cree del todo en que a mí me pasa algo los días señalados —lo ha visto otras veces, me ha recogido otras veces de otras fechas—, ha decidido montar guardia.

Quiere tenerme controlada el catorce, lejos de las cajas, con una película mala y un plato de comida, para que la fecha me pille en su sofá y no en mi mesa.

Es lo que haría una buena amiga con alguien que se le tuerce en las fechas.

Es Nuria cuidando, un poco más fuerte que de costumbre porque esta fecha le da más miedo que las otras, y con razón, porque yo también le tengo a esta más miedo que a las otras, aunque por motivos que le he dicho y motivos que no.

Eso es lo que leo. La lectura es limpia, encaja pieza con pieza, y me quedo con ella, porque encaja y porque es cómoda, y no vuelvo sobre ella para ver si hay otra lectura que encaje igual de bien y sea peor.

La llamo, como me pide, que me oiga la voz.

—Vale —le digo—. El catorce voy a tu casa.

Se le nota el alivio hasta en cómo suelta el aire, un alivio grande, desproporcionado para una película mala y un plato de comida.

—¿En serio? ¿Sin peleas?

—Sin peleas. —No le digo que pienso ir un rato y luego irme, que el catorce es el día y yo el día no lo paso en un sofá; que a media mañana, cuando ella esté haciendo la comida, encontraré una excusa y me iré a donde tenga que estar.

Se lo digo por dentro, no por fuera. A Nuria hay cosas que se le dicen sólo por dentro, y esta es una, y no me pesa mentirle porque llevo mintiéndole de esta manera pequeña desde hace meses y las dos hemos hecho de esas mentiras pequeñas el suelo sobre el que nos queremos.

Hablamos un poco. De nada. De la auditoría, que termina el dieciséis y la deja libre por primera vez en un mes; del frío, que este año se ha metido pronto.

Y cuando ya nos vamos a despedir, con esa ligereza falsa de quien deja lo que de verdad quería preguntar para el final, para que parezca que se le ocurre ahora, Nuria dice:

—Oye, una cosa de bichos. Tú que sabes.

—Dime.

—Si quisiera que una hembra saliera un día concreto. Exacto. No «esta semana», no «por San Valentín». Un día. ¿Se puede afinar tanto?

Y aquí, por un momento, soy feliz, con la parte de mí que todavía disfruta de saber esto, de que alguien me pregunte algo que sé, de ser útil en la única lengua que hablo entera.

—Se puede afinar mucho —le digo—. Si empiezas con tiempo y controlas el fotoperiodo y la temperatura, la horquilla se te queda en un par de días.

Y si ya la tienes empupada y a punto, en la recta final ajustas con el calor: un grado más y adelantas, un grado menos y frenas.

Es como llevar un huevo al punto: al final todo está en el último minuto.

Con una pupa madura y buen pulso con el termostato, le clavas el día que quieras. ¿Para qué quieres tú clavar un día?

—Cosa del laboratorio —dice, sin pensarlo, demasiado rápido para lo despacio que ha preguntado, con la respuesta ya puesta antes de la pregunta—.

Una demostración para los de prácticas, que empiezan tarde este año.

Quiero que les salga la mariposa el primer día de clase, para el efecto. Ya sabes cómo son los críos.

—Ya. —Y le doy dos o tres detalles más, el margen que hay que dejar por si se adelanta, cómo se nota que una pupa está a punto por el color, que se oscurece, que se transparentan las alas plegadas dentro, porque me lo pregunta y porque enseñar es de las pocas cosas que hago sin hacerle daño a nadie.

Le explico cómo se clava una fecha. Con gusto.

Con todo el detalle. Le pongo en la mano, pieza a pieza, la manera exacta de sacar una polilla viva el día que ella elija, y me siento bien haciéndolo, útil, maestra otra vez de mi mejor alumna, y no se me ocurre preguntarme qué día ha elegido ni por qué una demostración para críos necesita esa precisión de relojero.

Colgamos.

Por un momento —medio segundo, no más— algo en la conversación me suena mal.

Es un ruido de fondo, como una nota desafinada en una orquesta que no sabes cuál es pero oyes.

La pregunta llegó demasiado al final, disfrazada de casual, y una pregunta que se disfraza de casual casi nunca lo es; eso lo sé, es de las primeras cosas que aprendí leyendo a la gente, que lo importante se dice siempre con la mano en el pomo de la puerta, de salida, como quien no quiere darle importancia a lo único que le importa.

Y la demostración para los de prácticas…

Nuria nunca ha dado esas demostraciones.

Las doy yo. Las daba yo. Ella asistía, tomaba notas, aprendía.

Una demostración de eclosión forzada es cosa mía, de mi época, y que Nuria hable de darla ella, con esa naturalidad, es una nota que no está en la partitura.

Descarto la idea antes de terminar de pensarla.

La descarto con una facilidad que debería alarmarme y no me alarma.

Es Nuria. A Nuria la leo desde hace años, la formé, la vi convertirse en alguien que no aparta la cara, y Nuria no tiene dobleces; es la única persona de mi vida que no tiene dobleces, la única a la que no le busco el segundo fondo porque sé que no lo tiene, la única cuyo silencio no me pongo a leer.

Si pregunta por una mariposa es por una mariposa.

Si quiere el catorce es porque me quiere.

Pensar otra cosa de Nuria sería como sospechar del suelo por si un día decide no estar, y una no puede vivir sospechando del suelo; hay que dar por bueno el suelo para poder pisar, y Nuria es mi suelo.

Vuelvo a los siete. No los dejo, aunque me lo haya pedido; el catorce corre y no voy a parar dos días justo ahora, faltando lo que falta.

Pero le hago caso en una cosa, sin darme cuenta de que le hago caso: aparto un momento la vista de la mesa y miro el móvil, el correo suyo todavía abierto, ese día es mío, déjamelo , y pienso que tengo suerte, que en medio de todo esto tengo la suerte de tener a alguien que quiere para sí un día malo mío sólo para que no lo pase sola, alguien que me hace tortillas y me cuenta las mariposas y me reclama las fechas peores. Poca gente tiene eso. Yo lo tengo.

No pienso en lo otro. En que llevo toda la vida leyendo a los muertos por lo que callan, sacándoles la verdad a los que ya no pueden decírmela, y que la única persona a la que nunca le miro lo que calla, la única a la que le doy por buena cada palabra sin pasarla por el tamiz que le paso a todo lo demás, es la que tengo enfrente, viva, mintiéndome bien, por mi bien.