14. La habitación
Me despierto de pie.
En el pasillo, a oscuras, con la mano derecha en el pomo de la puerta que no abro.
La mano ya está ahí cuando la cabeza llega.
Ése es el orden esta noche, y empieza a ser el orden de casi todo: primero el cuerpo, en su sitio, haciendo lo suyo, y luego yo, un paso por detrás, alcanzándolo, como quien llega tarde a una habitación y encuentra las cosas ya movidas.
No sé cómo he venido. Lo último que tengo es la cama, las sábanas frías, dos palabras que no me dejaban dormir y que no repito.
Después, nada. Un tramo cortado, igual que el de ayer con Elena, con la misma juntura limpia, sólo que el de ayer lo pasé sentada, delante de una fecha, y este lo he pasado andando: me he levantado dormida, he cruzado el dormitorio, el pasillo, he esquivado a oscuras la mesa del recibidor y la silla que sé que está donde está, he hecho todo el camino hasta aquí con la seguridad de un sonámbulo que sabe adónde va aunque no haya nadie despierto para dirigirlo, ni siquiera yo.
El cuerpo tenía un destino esta noche y no me lo consultó. Y el destino era este. Esta puerta.
El reloj del horno, al fondo de la casa, marca las cuatro y veinte en verde.
Miro la puerta. Es una puerta como las demás, blanca, con su moldura, con su pomo redondo de latón que hace años no gira.
La diferencia con las otras no se ve; está en mí.
A esta no la abro. Lo decidí una vez, hace mucho, en algún momento de un invierno que no quiero fechar, y decidirlo una vez bastó para siempre: desde entonces el brazo no se levanta solo hacia este pomo, y yo no le he tenido que recordar nunca que no debe; era una de esas prohibiciones que el cuerpo aprende una vez y no vuelve a discutir.
Salvo que ahora se ha levantado. Sin consultarme, mientras yo dormía, el brazo ha hecho lo único que tenía prohibido, y la mano está puesta, cerrada sobre el latón frío, y noto —esto es lo que me despierta del todo, esto es lo que me trae de vuelta al cuerpo de golpe— que ya ha girado un poco.
Un cuarto de vuelta, puede que menos. No sé cuánto llevaba ahí antes de que yo llegara.
No sé si estaba abriendo o si sólo había llegado hasta el pomo y esperaba.
No sé si, de haber tardado yo un minuto más en despertar, la puerta estaría abierta y yo estaría dentro, mirando lo que sea que hay dentro.
No abro.
Me quedo así, la mano en el pomo, sin terminar de girarlo y sin soltarlo, en esa frontera exacta donde el cuerpo ha llegado más lejos que nunca y yo lo he alcanzado justo a tiempo para pararlo.
Detrás de la puerta no hay ningún ruido.
Ninguno. Ni el aleteo, que estas noches está en todas partes, ni la casa, ni la caldera, ni nada; la puerta no respira, no tira de mí, no llama.
No es una puerta embrujada, no hay nada al otro lado que me quiera dentro.
El que me quiere dentro está de este lado, es mío, es el brazo que se ha levantado solo.
Y lo que más miedo me da, ahora que lo pienso aquí de pie a las cuatro y veinte, con la mano en un latón que no se calienta, es que no consigo recordar qué hay al otro lado.
Hace tanto que no la abro que por dentro ha dejado de ser una habitación con cosas concretas, con muebles que yo podría enumerar, y se ha vuelto un blanco, un cuarto sin contenido, una palabra tapada con la mano de la que sólo queda el hueco.
Sé que ahí dentro hay algo que era mío. Con toda mi vida hecha de saber exactamente qué hay en cada sitio, de datar, de nombrar, de no dejar una casilla vacía, hay una puerta en mi propia casa detrás de la cual no sé qué guardo, y no lo sé porque yo misma me he borrado el saberlo, y esa es la única cosa que he borrado bien en toda mi vida.
El dorso de la mano, el de la quemadura, me tira.
Aquí, delante de esta puerta, me tira siempre más, la piel pálida que se estira como si le quedara cerca la cosa que la hizo, como si la cosa que la hizo estuviera al otro lado del latón y la piel se acordara aunque yo no.
No me lo explico y no me lo pregunto. Hay una lista de cosas que no me pregunto y crece cada día, y en lo alto de la lista, desde hace años, está lo que hay detrás de esta puerta; y esta noche subo a esa lista una entrada nueva, la escribo mentalmente al lado de las otras: por qué mi cuerpo, cuando yo no lo vigilo, cuando le suelto las riendas ocho horas para dormir, viene aquí, a este pomo, y empieza a girarlo.
Adónde cree que va. A qué cree que llega.
Suelto el pomo. Lo hago despacio, dedo a dedo, primero el meñique, como se suelta algo que uno no quiere que note que lo ha soltado, no vaya a ser que el latón, o lo que hay detrás del latón, se dé cuenta.
La puerta se queda como estaba, cerrada, con su moldura y su latón y su cuarto de vuelta que devuelvo yo a su sitio girando el pomo al revés, con cuidado, hasta el tope, para dejarlo como estaba. Guardando su blanco.
Vuelvo por el pasillo. No enciendo. Conozco la casa a oscuras mejor que con luz; con luz vería la puerta, y a oscuras sólo la sé, que es más fácil.
En la cama me pongo dos dedos en la muñeca, no porque el corazón esté disparado —no lo está, va lento, va como el de alguien que lleva rato despierto sin saberlo—, sino porque contarlo es la manera que tengo de volver a ser yo, de recolocarme en mi propio cuerpo después de que se haya ido sin mí a hacer recados que no me cuenta.
Cincuenta y ocho. Cincuenta y nueve. Cuento despacio hasta que el número y el pulso vuelven a ser la misma cosa, hasta que la mano que cuenta y la muñeca contada son otra vez de la misma mujer, hasta que vuelvo a caber entera dentro de mí.
Faltan dos días para el catorce. Me digo eso, que es una fecha con la que sí sé qué hacer, una fecha que va por fuera, en el calendario de la pared, en un círculo rojo, no detrás de una puerta; y me agarro a ella para dormirme, de espaldas al pasillo, dándole la espalda a la puerta que no he abierto y que mañana, cuando me levante, con la luz del día y el pulso mío, volveré a pasar de largo como todas las mañanas, como si esta noche no hubiera venido, dormida, a ponerle la mano encima.