Todo lo que florece en la muerte 13. La repetición
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13. La repetición

He dejado a Elena para el final sin saber por qué.

El extracto es corto. Los niños que se mueren en casa dejan expedientes cortos; no hace falta mucho papel para una desgracia que no tiene culpable, y toda la maquinaria del Estado, que para un asesinato levanta mil folios, para una niña que se para sola en su cama levanta media docena y baja la cabeza.

Seis años. Un corazón con un defecto que nadie oyó, una pared de músculo un poco más gruesa de lo que debía, la clase de cosa que no da síntomas hasta que da el único que da, que es este.

Se acostó una niña sana, o que todos creían sana, y por la mañana no se despertó, y la madre entró a llamarla para el desayuno y la llamó dos veces antes de entender que el silencio de esa cama era otro silencio.

En agosto, con las ventanas abiertas por el calor.

Autopsia, porque un niño que muere en su cama sin causa aparente se autopsia siempre, hay que abrir a un niño de seis años para poder escribir «natural» y dejar dormir a los padres, y alguien lo hizo, en algún depósito, un día de agosto de hace cuatro años, y encontró el corazón mal hecho y cerró el caso con la palabra más piadosa que tiene el oficio.

Y no termino la palabra.

Porque he vuelto a leer la primera línea sin querer, la fecha, y la fecha es ocho de agosto de dos mil veintiuno, y ahora mismo hay un aleteo.

No fuera. Dentro. Un golpeteo blando, insistente, contra un cristal que no está en esta habitación, muy cerca, del lado de dentro de la frente, como si algo hubiera quedado atrapado ahí y quisiera salir.

Levanto la cabeza. Miro hacia el pasillo, hacia el cuarto de la luz, por si una de las forzadas se ha soltado y está contra el tubo del fluorescente, batiendo contra la luz.

Me levanto incluso, voy hasta la puerta del cuarto, la abro: las jaulas cerradas, la gasa quieta, ninguna suelta, ningún ruido más que el zumbido de siempre.

No hay nada. Vuelvo a la mesa y el aleteo sigue, no viene de ninguna mariposa que yo pueda apagar, viene de un cristal que no encuentro.

La habitación se inclina un grado. No es mareo de bajar la tensión, que ese lo conozco y sé pararlo; es otra cosa, un suelo que deja de estar del todo horizontal, la sensación de cuando el tren de al lado se pone en marcha y por un momento el que se mueve eres tú, y no sabes cuál de los dos trenes es el que anda.

Me agarro al borde de la mesa, a algo que no se mueva.

Ocho de agosto. Leo la fecha una vez más, a ver qué tiene, a ver por qué me hace esto un dato que no me hizo nada en la columna hace tres días, cuando lo escribí entre las otras fechas y se quedó quieto como todas; un dato de una niña que no conocí, de un verano que no es este, de una cama que no he visto.

No tiene nada. Es una fecha como las otras.

Un día de calor de hace cuatro veranos en el que un corazón pequeño se paró en una cama con las ventanas abiertas.

No tiene nada y el aleteo no para.

Aparto la vista del papel. Cierro los ojos.

Cuento —no pulsaciones, no me sirve el pulso hoy, hoy el pulso está en el mismo bando que el aleteo—, cuento otra cosa, cuento estadios larvarios para tener la cabeza puesta en algo que sé, en algo que no falla, primero, segundo, tercero, y vuelta a empezar, primero, segundo, y en algún momento ya no sé si sigo contando o sólo lo pienso, y el aleteo se me mete debajo del conteo, entre número y número, y—

Miro el reloj. Son las siete.

Eran las seis y media cuando he abierto a Elena. Lo sé porque miro la hora al empezar, siempre, es lo primero que hago con una carpeta, apuntar la hora de inicio como se apunta en una autopsia. Las seis y media. Y ahora son las siete, y entre una hora y la otra hay treinta minutos que no encuentro.

Treinta minutos. No es un despiste. Un despiste es no darse cuenta de que ha pasado el tiempo; esto es otra cosa, esto es un tramo que no está, un trozo de cinta que alguien ha cortado y ha vuelto a pegar sin que se note la juntura salvo por el salto en la imagen.

Yo mido el tiempo mejor que nadie; yo le saco el tiempo a un cuerpo que lleva semanas muerto, le adivino la hora exacta a un desconocido, y no soy capaz de decir qué he hecho con treinta minutos míos, aquí sentada, con la luz encendida.

No sé si me he levantado. La silla está donde estaba.

El bolígrafo, en el suelo, y no recuerdo que se me cayera.

La carpeta de Elena, cerrada. La he cerrado yo, tiene que haber sido yo, no hay nadie más en esta casa, pero no me acuerdo de cerrarla, y en el papel, debajo de la ficha, donde yo había empezado a escribir sobre los oj— , la frase sigue sin terminar, con la raya del bolígrafo alargada hacia abajo, hacia el borde del folio, un surco largo en el papel como si la mano hubiera seguido apretando, arrastrando la punta, durante un rato, después de que yo me fuera de donde sea que me fui.

El aleteo ha parado. La habitación está horizontal otra vez. Todo en su sitio, como si no hubiera pasado nada, salvo la media hora que falta y el surco del bolígrafo.

Recojo el bolígrafo. Me obligo a hacer lo que hago siempre cuando el cuerpo se me desmanda: buscarle una causa que quepa en una frase, porque una causa en una frase es una cosa domesticada y lo que no cabe en una frase es una cosa suelta por la casa.

No he comido desde el café de la mañana.

Ayer estuve en el sótano de la unidad tres horas con el frío de la nevera metido en los huesos.

Duermo mal desde hace días. Falta el catorce y la cabeza va deprisa, a lo mejor demasiado deprisa.

Cualquiera de esas explicaciones sirve, y me quedo con todas a la vez, en montón, porque una sola no me tranquiliza y cuatro juntas casi, y porque en el montón se esconde bien la que no me digo.

No apunto lo de los treinta minutos. No sabría dónde.

No hay una casilla en mi esquema para aquí la forense perdió media hora delante de una fecha y no sabe en qué , y lo que no tiene casilla, para mí, no ha pasado del todo; ese es el truco de toda una vida rellenando casillas, que lo que no cabe en ninguna se puede tratar como si no existiera.

Cierro a Elena. Y esto no es como con Amelia.

A Amelia la terminé hace unos días a la fuerza, apretando los dientes, ganándole el pulso a base de trabajo; el cuerpo me pedía dejarla y yo me impuse y la cerré entera, gané yo.

A Elena no consigo ni empezarla. No es que la deje sin terminar: es que la fecha me echa del expediente cada vez que me acerco a ella, media hora entera me echa, como si el papel tuviera un borde caliente justo en esa línea y la mano lo supiera antes que yo y me apartara para que no me quemara.

La devuelvo a la caja convencida de que mañana, con la cabeza fresca, le pongo las alas sobre los ojos y acabo. No me creo del todo ese mañana.

Pero antes de guardar la caja hago una cosa que no me explico y que no me paro a explicarme: cojo la carpeta de Elena otra vez, sola, y la aparto de las otras seis.

La dejo en un lado de la mesa, ella sola, lejos del montón, como se aparta algo que quema o algo que está de más o algo que no se soporta cerca.

Y sólo cuando ya la he apartado me doy cuenta de que no sé cuál de las tres cosas es, si la aparto porque me estorba o porque quema o porque no la soporto, y de que las tres, esta noche, son la misma cosa dicha de tres maneras.

Apago la luz. En la pared, el círculo rojo del catorce. Tres casillas.

Ocho de agosto, pienso ya en la cama, sin querer pensarlo, sin saber por qué lo pienso, la fecha volviendo sola como vuelve una palabra que se te ha quedado en la punta de la lengua y no es la que buscabas.

Y me duermo antes de encontrarle el sitio a esa fecha, que es lo único que mi cabeza sabe hacer con ella, lo que lleva años haciendo sin que yo lo supiera: no encontrarle el sitio, dejarla suelta, no dejar que aterrice en ningún día concreto de mi propia vida.