Todo lo que florece en la muerte 12. No es un insecto cadavérico
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12. No es un insecto cadavérico

El archivo de pruebas de la unidad está en el sótano y huele a formol, a etiqueta vieja y a frío de nevera, y es el único sitio de todo el edificio donde me muevo como en mi casa.

No hay ventanas. La luz es de fluorescente, blanca y plana, la luz que no hace sombras y por eso no engaña, la luz con la que hay que mirar las cosas que importan.

Aquí no hay teorías, no hay familias que consolar, no hay jueces piadosos: hay viales.

Estanterías de metal, corredera tras corredera, con viales pequeños ordenados por año y por número, cada uno con su larva o su pupa flotando en alcohol, cada uno con su etiqueta, cada uno la prueba física de que un día alguien miró un cuerpo y contó bien.

Podría pasarme una vida aquí abajo. En cierto modo me la pasé: años de subir muestras a este tipo de sótanos, de bajar a buscarlas, de reconocer mi propia letra en una etiqueta de hace una década.

El formol no me molesta. El formol, a estas alturas, casi me consuela.

Vidal me ha citado a las diez para el sellado.

Antes del dieciséis hay que revisar que cada muestra tiene su cadena de custodia en regla, que ningún vial se va al archivo definitivo sin su papel, sin su firma, sin la prueba de que pasó de mano en mano sin perderse por el camino, y para eso sirvo yo, porque una muestra entomológica mal etiquetada la detecto de un vistazo, una especie mal escrita, un estadio que no cuadra con el tamaño, una fecha que no encaja.

Empiezo por ahí, por lo que sé hacer, y durante media hora soy otra vez sólo eso, una técnica cotejando muestras, y es media hora buena.

Vidal me acompaña por el pasillo entre estanterías con las manos en la espalda, sin ayudar, mirándome trabajar como me miró la primera vez, dejándome gastar, aprendiendo de mí cosas que ya no le van a servir porque su unidad se cierra en seis días.

—Esa la conoce bien —dice Vidal detrás de mí. No es una pregunta. Lleva un rato detrás de mí, esperando, lo noto ahora, esperando quizá a que fuera yo la que cogiera precisamente este vial.

—Es de Concha. La conté yo.

—Ya lo sé. Pone su firma. —Se acerca un paso—. Déjeme que le enseñe una cosa, doctora, ya que la tengo aquí, con el vial en la mano. Es la pregunta que ayer no quise hacerle por teléfono, la que le dije que no quería hacerle mal.

Dejo el vial en su hueco, con cuidado, en la posición exacta en que estaba. Me vuelvo.

—Esa larva —dice, señalándola con la barbilla— estuvo en el cuerpo de la señora Vilar.

Por eso está en un vial. Estuvo porque el cuerpo estaba; llegó ella sola, voló hasta la ventana, entró, hizo su trabajo, puso, y de eso salió esa larva que usted recogió porque cuenta la hora.

Real. Está, se toca, se guarda. La firmo yo, que no entiendo de bichos, porque hasta yo entiendo que una mosca en un muerto es una mosca en un muerto.

—Baja la voz, sin dureza, y la falta de dureza es lo que hace daño—.

Ahora dígame una cosa. En sus notas, sobre la almohada de la señora Vilar, hay una mariposa.

Una Actias luna , escribe usted, con las alas abiertas, mirando al norte, colocada con cuidado.

La data igual que la larva, con la misma seguridad, con la misma letra.

La pone en el cuadro de pruebas al lado de la mosca, como si fueran lo mismo.

—Abre las manos, vacías—. ¿Dónde está esa mariposa, doctora?

Porque yo he bajado esta mañana antes que usted, y he buscado el vial, y no está. ¿Dónde está?

—No la recogieron. Ya se lo dije. En dos mil dieciocho nadie levantaba una polilla de una escena.

—No. —Niega despacio con la cabeza, y en el gesto no hay triunfo, sólo un cansancio antiguo—.

No es que no la recogieran. Es que no se recoge.

Vaya usted por estas estanterías, balda por balda, año por año, todos los muertos de esta unidad y de las que la precedieron, treinta años de sótano.

Miles de viales. Moscas, moscardas, escarabajos, alguna avispa, un díptero raro que le hará ilusión.

¿Sabe cuántas mariposas hay? Ninguna. Ni una, doctora, en treinta años de archivo.

Ni una polilla en alcohol en toda la historia de esta casa.

Porque una polilla no coloniza un cuerpo.

No pone en la carne, no se come al muerto, no llega por él, ni siquiera tiene boca con que comer, usted misma me lo explicaría mejor que yo.

No data nada. No prueba nada. —Coge aire, y lo suelta despacio—.

No es un insecto forense. Es un adorno. Y los adornos no van en un vial, porque a nadie se le ocurre guardar en alcohol una cosa que no dice ninguna hora.

Lo dice y se queda callado, esperando, como se espera después de decir algo que uno sabe que va a doler, sin apartar la vista, dándome el tiempo entero.

Y yo no puedo rebatirlo. Ésa es la parte que me deja quieta con la mano todavía cerca del vial de Concha.

No puedo, porque tiene razón en cada palabra, en cada coma.

Una polilla no es un insecto cadavérico.

Lo sé mejor que él, mejor que nadie en este edificio, mejor que casi nadie en este país: me he pasado la vida distinguiendo lo que llega a un cuerpo por el cuerpo de lo que llega por otra cosa.

Una luna adulta no tiene aparato bucal, no se acerca a un cadáver por el cadáver, no aparece en una escena por ninguna razón que quepa en un informe.

Si yo mañana tuviera que dar en un juicio la hora de una muerte, y me jugara en ello mi firma, no miraría una mariposa; miraría las moscas de este vial, contaría, cruzaría, restaría.

Todo lo que dice Vidal lo firmaría yo con los ojos cerrados. Cada palabra es mía antes que suya.

Y por eso mismo entiendo, mientras me lo dice, lo que Vidal no alcanza a entender, y la salida se me abre delante con una claridad que casi es un alivio.

—Tiene usted toda la razón —le digo, y lo veo desconcertarse un segundo, porque esperaba pelea y le llega acuerdo—. No data nada. No prueba nada. No está en ningún vial y no lo estará nunca. Y ésa es justo la cuestión, inspector. Ésa es la firma.

—No le sigo.

—Un hombre que quisiera hablarle al juez dejaría una prueba.

Algo que datar, algo que guardar en alcohol, algo para el expediente, algo que sirviera contra él o a favor de él.

Él no deja eso. Él deja lo único que sabe que no va a ir a ningún expediente, lo único que la comitiva tira sin fotografiar, lo único que ningún forense del mundo recoge porque no significa nada forense.

Deja una polilla. ¿Por qué una polilla, pudiendo dejar cualquier cosa?

Porque no habla para el juez. Habla para el que sepa que una polilla en un cuerpo no pinta nada y aun así está ahí, colocada con cuidado, mirando al norte, imposible de ignorar para el único ojo capaz de entender lo imposible que es.

Habla para el único que iba a mirar dos veces.

—Doy un paso hacia él, y me oigo la voz firme, buena—.

Sabía que yo lo entendería. Puso su firma donde sólo yo la iba a leer, precisamente porque no sirve de prueba, precisamente porque usted, ahora, me la señala como una ausencia.

La ausencia que usted me señala no lo desmonta, inspector.

Lo confirma. Cuanto menos prueba nada, más habla.

Vidal me mira un rato largo. No me interrumpe.

Y cuando habla, no discute lo que he dicho —no puede, es un edificio cerrado, cada pieza sostiene a la siguiente—; hace algo peor: baja la vista al vial de Concha, a la larva de verdad flotando en su alcohol, la real, la que sí estuvo, y luego me mira a mí, muy despacio, con esa lástima suya que aparto y que hoy no consigo apartar del todo.

—Doctora —dice—. Se oye usted, ¿verdad? Se está oyendo.

—Me oigo perfectamente.

—Una prueba que no prueba nada. Una firma que no se puede ver.

Un asesino que sólo le habla a usted, en un idioma que sólo lee usted, y que deja de señal justo la única cosa que no deja rastro, la única que, cuanto más falta, más lo confirma.

—Hace una pausa, y la pausa pesa, y en la pausa está toda su experiencia de hombre que ha visto a mucha gente construir esto mismo—.

Piénselo desde fuera un momento. Si yo le contara ese caso a usted, a la que era la mejor de este país, con esa cabeza suya que no se deja engañar por un grado…

¿qué me diría usted a mí? ¿Qué le diría usted a un policía que le trajera una firma que sólo se ve si te la crees?

No le contesto. Cojo el vial de Concha, compruebo que su etiqueta está en regla, que su papel lo acompaña, y lo devuelvo a su hueco con el cuidado con que se devuelve lo único de esta sala que no admite discusión, la única cosa aquí abajo que dice una hora de verdad.

Sigo con el sellado. Coteja que hago, vial que firmo, casilla que marco, porque el trabajo no me discute nada y hoy necesito algo que no me discuta, algo que sólo tenga una respuesta y que la respuesta sea la que es.

Vidal me deja hacer. No insiste. Ha aprendido, como Nuria, que insistir me endurece. Antes de que suba las escaleras, ya con mi carpeta bajo el brazo, sólo dice, con la voz otra vez cansada y amable:

—El dieciséis se sella todo esto. Después ya no hay viales que mirar, ni sótano, ni unidad, ni preguntas que hacerle a un servidor. —Y luego, más bajo, casi para él—: Cuídese estos días, doctora. Que vienen fechas.

Subo a la calle, del frío de nevera del sótano al frío seco de enero, que después del de abajo se agradece como si fuera primavera.

Faltan cuatro para el catorce. La pregunta de Vidal —qué me diría yo a mí— se me queda dentro, en el sitio donde debería estar la respuesta, y no le doy la respuesta, porque la respuesta la sé y no la quiero, y porque hay preguntas que una sabe contestar de cualquiera menos de sí misma.