9. Daniel
El día de Reyes suena el telefonillo a las seis de la tarde, y no es Nuria, porque Nuria avisa.
Descuelgo y no dice nada durante un segundo, y en ese segundo ya sé quién es, porque hay silencios que se reconocen igual que las voces.
Estuve doce años oyendo ese silencio al otro lado de una cama, de una mesa, de un teléfono; sé cómo respira Daniel cuando no encuentra la primera palabra.
—Soy yo —dice al fin—. Te traigo una cosa de mi madre. Subo un momento, si no molesto.
Le abro. Cuento los pisos por el ruido del ascensor, que en este edificio se oye subir, ese quejido de poleas que Daniel se pasó dos años diciendo que iba a arreglar y no arregló, porque los aparejadores arreglan las casas de los demás y dejan la suya para nunca.
Me da tiempo a mirar la casa como la vería él: las carpetas en fila sobre la mesa, la caja de los siete, la libreta con el bolígrafo encima, y al fondo, la puerta.
No recojo nada. Que lo vea. Quiero que lo vea, que vea que la mujer que dejó a oscuras ahora tiene la mesa llena, que hace algo, que no se apagó del todo cuando él apagó la luz al salir.
Esta casa fue nuestra. La compramos con una hipoteca que todavía pago yo sola, la pintamos un verano él y yo con la ropa manchada de blanco, discutimos por el color de una pared que al final quedó del color que él quería.
Conozco cada ruido que hace: la cañería que canta, la persiana que se atranca, el ascensor que se queja.
Daniel también los conoce, y por eso subir aquí le cuesta lo que le cuesta, porque no sube a una casa cualquiera, sube a la caja donde guardamos una vida entera y donde esa vida se rompió, y hay que tener mucho valor o ninguna otra opción para volver a entrar en la caja donde se te rompió lo que se te rompió.
Aparece en el rellano con un roscón en una caja atada con cordel dorado y un abrigo bueno que no le conozco, uno que ha elegido otra persona, o que ha elegido él para otra persona.
Cuarenta y cinco años le sientan mejor de lo que le sentaban los cuarenta; ha adelgazado, se cuida, tiene la cara de un hombre que vuelve a dormir del tirón.
La gente que ha decidido seguir viva tiene una piel distinta, más suelta, como si por dentro ya no apretara nada.
Daniel la tiene. Lo apunto sin querer, como apunto todo, y me alegro por él y me duele, las dos cosas en el mismo sitio del pecho, sin que se dejen separar.
—De parte de mi madre —dice, y me tiende la caja sin llegar a entrar del todo, con un pie en el rellano, como quien deja comida en la puerta de una casa donde hay algo que muerde—. Que no se te pase el día sin roscón. Ya la conoces.
La conozco. Su madre me sigue queriendo con una terquedad que a Daniel le incomoda, me llama por mi cumpleaños, me manda roscón por Reyes con su hijo de recadero porque sabe que él es el único que va a subir, y en esa terquedad suya hay algo que agradezco y algo que no soporto, porque su madre me quiere como se quiere a una hija, y yo ya no sé estar en el sitio de nadie.
—Dale las gracias.
—Se las das tú, que le hace ilusión. Te llama.
Cojo el roscón. Huele a azahar, a fruta escarchada, a las Navidades de una vida que ya no vivo.
Daniel mira por encima de mi hombro hacia dentro, hacia la mesa, y algo se le queda quieto en la cara.
No pregunta. Sabe lo que hago; lo sabe por Nuria, que le tiene al tanto sin decírmelo, o lo sabe porque me conoce y sabe lo que hago con las manos cuando no tengo otra cosa que hacer con ellas.
—¿Sigues con eso —dice.
No es una pregunta del todo. Y como no es del todo una pregunta, la contesto entera.
Le hablo del caso. No lo lijo como con Fenoll; a Daniel se lo doy limpio, con la palabra Lepidopterista dentro, porque quiero que vea que tengo algo, que me levanto por algo, que no soy la mujer que él dejó en una casa a oscuras hace ya años.
Le cuento los seis y la séptima. Le cuento que a la séptima le falta lo suyo y que él vuelve a terminar lo que deja a medias.
Se lo cuento bien, con orden, con la data de Iván y la almohada de Concha, para que entienda que hay un hilo, que no me lo invento, que soy la de siempre haciendo lo de siempre.
Y mientras se lo cuento, me oigo, y me oigo bien, ordenada, competente, y pienso: que vea esto, que se lleve esto, que le cuente a la de la casa con luz que su exmujer no está loca, que su exmujer trabaja.
Daniel escucha hasta el final. No me interrumpe.
Aprendió hace mucho a no interrumpirme cuando hablo de trabajo, porque de trabajo yo siempre tenía razón y él lo sabía y le gustaba que la tuviera, antes, cuando mi trabajo era leer muertos de otros y no éste.
Y cuando termino, deja pasar un momento, y luego dice, muy bajo, con un cuidado que hace más daño que cualquier grito:
—Vera. No hay ningún asesino.
Lo dice como se le habla a alguien que se ha dormido en mala postura, para que no le duela después.
Sin rabia. Sin discutir. No me lleva la contraria punto por punto, no me pide pruebas, no entra en el hilo; se queda fuera del hilo entero, como si el hilo no mereciera que se metan en él, sólo que se diga esto y ya.
Y ese es el golpe, que no discuta. A un rival se le discute; a Daniel yo no le importo lo bastante poco como para discutirme, le importo lo bastante como para no hacerlo.
—No lo entiendes —le digo.
—No —dice—. Nunca lo entendí. —Y en cómo lo dice hay algo que no es sólo del caso, algo más viejo, de cuando todavía dormíamos en la misma cama y él veía una cosa y yo veía otra encima de la misma cosa.
Siempre fue así entre nosotros, incluso antes: yo delante de un problema buscaba el mecanismo, la causa, el quién; él buscaba a quién llamar, cómo seguir, qué hacer con las manos.
Nos complementábamos, decíamos. Hasta que hubo un problema que no tenía mecanismo ni quién, sólo un agujero, y él supo estar delante del agujero y yo no, y esa fue la grieta por la que se nos fue todo, mucho antes de los papeles.
Se hace un silencio de los nuestros. Nos sale bien, ese silencio; llevamos años perfeccionándolo, primero juntos y luego cada uno por su lado.
Daniel baja la vista, y por primera vez desde que ha subido mira, un segundo, hacia el fondo del pasillo.
Hacia la puerta que no abro. Sabe cuál es.
La pintamos juntos, esa puerta, del mismo blanco que la pared que él quería.
Sabe qué hay detrás. No dice su nombre, no dice ninguna palabra, no da un paso hacia ella; sólo la mira ese segundo, y en ese segundo veo pasarle por la cara algo que no me deja ver del todo, un peso suyo, distinto del mío, que carga solo y que nunca me ha puesto encima, quizá porque piensa que ya tengo bastante con el mío, quizá porque el suyo es de una clase que no se comparte.
Y vuelve a mí. Y entre esa puerta y nosotros dos hay una cosa entera que ninguno nombra y que llevamos sin nombrar tanto tiempo que ya casi tiene su propia forma, como un mueble más de la casa.
Es lo único que compartimos ya. Eso que no se dice.
—Me tengo que ir —dice—. Me esperan.
Lo apunto también: me esperan . Alguien lo espera un día de Reyes en una casa con luz, con la mesa puesta, a lo mejor con niños que no son míos y que no tienen por qué no serlo, y esa parte no la pienso hasta el final tampoco.
Me alegro por él con la parte de mí que todavía sabe alegrarse, que es pequeña y la tengo guardada donde no estorbe.
—Come algo del roscón —dice ya en la puerta—. Aunque sea el trozo sin sorpresa.
Se para un instante. No abre la boca para decir nada más; hace otra cosa, más suya: alarga la mano y endereza el felpudo con el pie, que estaba torcido, un gesto de arreglar algo pequeño porque lo grande no se puede arreglar, el mismo gesto con que arreglaba grifos y persianas de otros durante veinte años y con que ahora, al pasar por delante de lo único que no tiene arreglo, endereza un felpudo para tener las manos ocupadas en algo que sí.
Después dice mi nombre, una sola vez, sin nada detrás —«Vera»—, y baja las escaleras sin esperar el ascensor que canta.
Me quedo con el roscón en las manos y con las siete en la mesa.
Lo dejo en la encimera, sin abrir el cordel.
Vuelvo a la mesa. Daniel nunca entendió el trabajo, y no fue el divorcio lo que nos separó, fue esto, fue mucho antes: que él, delante de una desgracia, sólo veía la desgracia, el final, el agujero, y yo veía quién había estado.
Él mira un cuerpo y ve que no había nadie.
Yo miro el mismo cuerpo y veo al que se quedó a mirar.
No se puede vivir con alguien que insiste en que no hay nadie cuando tú sabes que sí, igual que él no pudo vivir con alguien que insistía en que sí cuando él sabía que no; y a lo mejor los dos teníamos razón cada uno en su casa, y por eso hicieron falta dos casas.
La puerta del fondo sigue cerrada. Él la ha mirado una vez, al entrar, y ninguno de los dos ha dicho nada, y así seguimos, turnándonos un silencio que no se cae nunca porque los dos sabemos cuándo toca sostenerlo.
Fuera empieza a oírse una cabalgata tarde, música y petardos flojos, la ciudad repartiendo a sus reyes a los niños que sí tienen quien les traiga algo.
Aquí dentro hay siete cajas y un roscón que se irá poniendo duro.
Me siento a trabajar. A mí no me espera nadie en una casa con luz.
Pero me esperan siete, y a los que esperan no se les deja tirados.