Todo lo que florece en la muerte 8. El que cayó
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8. El que cayó

La autovía del norte huele a sal mucho antes de que se vea el mar.

Conduzco hora y media el cinco de enero con el expediente de Iván en el asiento del copiloto, sujeto con el cinturón para que no se abra en las curvas, porque a algunos hay que leerlos en su sitio y el sitio de Iván es un acantilado.

Salir de la ciudad me sienta raro. Hace meses que no conduzco más de veinte minutos seguidos, y el cuerpo, que se ha acostumbrado a una casa y a un trayecto corto hasta la unidad, se resiste al principio, se pone en guardia como si conducir fuera algo que hacían otros, la Vera de antes, la que iba a las casas.

Pero a los veinte minutos el gesto vuelve solo, las manos se acuerdan del volante, y en la autovía vacía de enero, con el mar todavía invisible detrás de las lomas, casi soy otra vez alguien que va a un sitio a hacer su trabajo.

El paisaje cambia: los campos de la meseta se rizan en colinas, las colinas se pelan, aparecen los primeros eucaliptos torcidos por el viento del oeste, y de pronto, en una curva, el mar, gris, enorme, indiferente, el mar que no ha oído hablar de ninguno de mis siete.

Antes de bajar del coche lo leo entero otra vez, en el aparcamiento del mirador, con el mar golpeando abajo y el limpiaparabrisas quieto.

No concluyente. La firma del informe entomológico no es la mía; es de un compañero de la delegación de la costa, Requejo, un hombre competente al que le tocó un cuerpo imposible y escribió lo honrado: que no podía dar una hora.

Y tiene razón en no darla. La data del que cae en un sitio como este siempre miente.

Un cuerpo en un acantilado no es un cuerpo en una habitación; es un cuerpo en una lavadora.

El sol de junio lo seca por arriba, la humedad del mar lo pudre por debajo, las gaviotas y los cangrejos trabajan más rápido y más sucio que cualquier mosca, y el agua sube y baja dos veces al día y se lleva lo que tendría que quedarse quieto para que yo lo contara.

Requejo lo intentó: recogió lo que quedaba de fauna, cruzó lo que pudo, y al final escribió la única frase decente, no concluyente , que es la que escribe un buen forense cuando la naturaleza le ha borrado los deberes.

Aquí los insectos llegan tarde y trabajan mal, y una hora exacta se vuelve una horquilla de dos días.

Dos días es mucho. En dos días caben muchas cosas. Caben, por ejemplo, otras manos.

Bajo del coche. El viento es de los que empujan.

El pueblo del faro es de los que en invierno se quedan en cuatro casas y un bar, con las persianas de las de veraneo bajadas y salitre en todo.

Es un sitio pequeño y todos los sitios pequeños tienen su acantilado, el suyo, el que los del pueblo conocen y los de fuera no, el que sale en las conversaciones en voz baja cuando alguien joven falta.

El de aquí no tiene valla en el tramo malo, sólo un cartel oxidado que pide precaución a nadie y una cadena caída que separaba algo de algo hace años.

Camino hasta donde la hierba se vence sobre el vacío y me quedo a un metro del borde, que es la distancia a la que se queda alguien que ha visto lo que hay abajo cuando la cosa sale mal.

Desde aquí se entiende el sitio. La caída son cuarenta metros largos, y al fondo no hay arena: hay lajas negras, mojadas, planas, que la marea tapa y destapa, y contra las que un cuerpo no cae, se rompe.

Reconstruyo. Es lo que hago. Iván sube por el sendero del faro un veinticinco de junio, al caer la tarde, cuando ya no hay pescadores ni turistas, cuando el faro todavía no se ha encendido.

Diecisiete de la clase lo llorarían después; el pueblo entero iría al entierro; su nombre se quedaría en esas conversaciones en voz baja para siempre.

Pero eso es después. Ahora es sólo un chico de dieciséis subiendo un sendero que conoce desde niño, con lo que sea que carga un chico de dieciséis para subir aquí un martes de junio.

Se sienta, quizá, donde ahora hay una piedra plana con líquenes.

Mira el mar el tiempo que se mira el mar antes de una cosa así. Y luego se levanta.

El expediente dice que quizá se levantó solo.

Que a los dieciséis años a veces sube uno a un sitio como este por su propio pie y da el paso por su propia cuenta, y que cuando pasa eso no hay nada que buscar, ningún culpable, sólo un chico y un borde y un dolor que a esa edad parece que no va a acabarse nunca porque a esa edad nada ha durado todavía lo suficiente para enseñarte que las cosas acaban.

El sistema lo llama etiología indeterminada porque el sistema es piadoso y no quiere escribir en un papel la palabra que rompería del todo a una familia, y porque «no se descarta acto voluntario» es una manera de dejarles a los padres una rendija por donde seguir pensando que a lo mejor fue un resbalón, un mareo, el viento.

Yo no me lo creo.

No porque tenga una prueba. Porque conozco al que sube con ellos.

Un chico de dieciséis que va a hacer eso no está solo, aunque no haya nadie a su lado.

Está con todo lo que lo empuja, y a veces —no siempre, pero a veces— alguien lo ve.

Alguien que sabe mirar. Y ese alguien no lo agarra del brazo, no lo salva a gritos, no llama a nadie, porque ha entendido antes que nadie que a este chico ya no se le puede salvar; lo único que se le puede hacer es acompañarlo para que el último minuto no sea de espanto.

Sentarse a su lado en la piedra de los líquenes.

No decir nada. Dejar que dé el paso y, cuando lo da, no cerrar los ojos: mirar hasta el final, para que al menos uno de los dos no aparte la vista.

Y bajar después por el sendero de cabras, con cuidado, y encontrar el cuerpo antes que el marinero, y ponerle algo bello encima.

Un ala. Rota, esta vez. Una sola ala de mariposa, rota, junto a lo que quedó de él sobre las lajas negras, porque a este no le cabía una mariposa entera; a este le correspondía lo partido, lo que ya venía roto de casa.

Lo empujó con dulzura. No con las manos. Con el permiso. Le dio permiso para caer y se quedó a mirar. Es la forma más suave de matar que existe y la única que no deja marca, y por eso el sistema archiva y yo no.

Me agacho junto a la piedra de los líquenes. Paso la mano por encima, por el frío mojado de la roca, por el liquen que crece igual encima de las piedras y encima de las lápidas sin distinguir, y digo en voz baja, para el viento, una cosa que no pienso decir hasta que ya la estoy diciendo:

—Yo podría haberlo evitado.

El viento se la lleva enseguida, la deshace antes de que termine de sonar.

Me quedo con la frase medio segundo, extrañada de ella como de un objeto que aparece en el bolsillo y uno no recuerda haber guardado.

Yo. No sé por qué he dicho yo. Yo no conocí a Iván Puga.

Tenía dieciséis años y se cayó de un acantilado el verano de dos mil diecinueve, a hora y media de mi casa, mientras yo estaba en la mía haciendo mi vida, que aquel verano todavía era una vida entera, con sus mañanas y sus rutinas y sus cosas por hacer al día siguiente.

No evité nada de un chico que no sabía que existía, en un pueblo al que no había ido nunca, un martes de junio en el que yo estaría haciendo cualquiera de las cosas pequeñas que hacía entonces sin saber que las estaba haciendo por última vez.

Lo corrijo, en voz alta, para dejarlo bien dicho:

—Él podría haberlo evitado. Y no quiso. Por eso se quedó a mirar.

Eso está mejor. Eso es lo cierto. Él —el que sabe mirar, el que sube con ellos— podría haber gritado y no gritó, podría haber llamado y no llamó, eligió el acompañamiento en vez del rescate.

Ésa es su crueldad y ésa es su piedad, las dos en el mismo gesto.

Lo escribo mentalmente para la ficha, con el pronombre en su sitio, con el yo guardado otra vez donde estaba.

Pero la frase primera sigue ahí, en la hierba, donde la solté.

No se va del todo. Me levanto y me sacudo el frío de la roca de la mano, la derecha, la de la quemadura, que aquí arriba con este aire me tira más que nunca, como si el aire de este sitio supiera algo de esa mano que yo no le he contado, y me quedo mirando el mar como se supone que lo miró él, a ver si veo lo que vio, y sólo veo agua y piedra y una horquilla de dos días donde tendría que haber una hora exacta.

Vuelvo al coche antes de que se vaya la luz, que en enero y en el norte se va pronto y de golpe.

Meto el expediente en su carpeta, lo pongo otra vez en el copiloto, le abrocho el cinturón, y el chasquido de esa hebilla, el de una hebilla cualquiera cerrándose sobre un asiento, me deja un segundo la mano quieta en el aire antes de arrancar, sin razón, y luego arranco.

En la libreta, en el aparcamiento, con el motor ya en marcha para el calor, escribo lo de Iván para no olvidarlo: V4.

Ala rota, no entera. Empujado con dulzura.

Data inservible: dos días, caben otras manos.

Debajo, sin querer, me encuentro escribiendo otra línea, más pequeña, y la dejo aunque no es para la ficha:

Alguien tendría que haberse sentado con él dos minutos más.

No pongo quién. Hago hora y media de vuelta con la sal secándose en el parabrisas en manchas blancas que el limpiaparabrisas no quita, sólo reparte, y no vuelvo a decir la frase en voz alta, pero la pienso todo el camino, en primera persona, sin darme permiso para pensarla así.