7. Fenoll
A la consulta de la doctora Fenoll voy cada dos semanas desde hace tres años, y en tres años he aprendido a manejarla en cuarenta y cinco minutos, que es lo que dura una sesión y lo que dura mi paciencia.
La consulta está en un edificio de médicos de la parte nueva, de esos con el nombre en placas doradas en el portal y un ascensor que huele a ambientador de vainilla.
Cuarta planta. La sala de espera tiene revistas de hace meses, una lámina de un cuadro que quiere ser tranquilizador y no lo consigue, y otra paciente que nunca es la misma y que siempre evita mirarme, porque en la sala de espera de una psiquiatra nadie mira a nadie, todos fingimos leer las revistas de hace meses.
Me llaman a las cinco en punto. Fenoll es puntual; la puntualidad es la primera cosa que me gustó de ella, antes de aprender a defenderme de todo lo demás.
No es difícil defenderse, en realidad; sólo es agotador.
Fenoll trabaja con las mismas herramientas que yo, sólo que ella las usa con los vivos: el silencio para que el otro se gaste, la pregunta abierta que parece amable y es una red, la atención puesta en lo que uno hace con las manos mientras habla de otra cosa.
Yo hago lo mismo con la gente y con los cadáveres.
La diferencia entre nosotras es que yo sé que lo estoy haciendo y creo que ella cree que yo no lo sé.
Sobre esa creencia suya se sostienen nuestros cuarenta y cinco minutos, y si algún día se le cae esa creencia se nos cae la sesión entera, así que mi trabajo, cada quince días, es sostenérsela.
Me siento en el sillón de siempre, el que está un poco más bajo que el suyo, detalle que ella no habrá elegido y que yo noté el primer día: la que escucha, más alta; la que confiesa, más baja; una geometría de poder tan vieja como los confesionarios.
Entre los dos, una mesita con una caja de pañuelos que en tres años no he tocado, y que Fenoll repone igual porque otros pacientes sí la tocan, y a veces pienso en esos otros pacientes, en la mujer que sale llorando antes de que yo entre seca, y me pregunto si Fenoll nos ordena en su cabeza por la caja de pañuelos: los que la usan y los que no.
Yo soy de los que no. Fenoll tiene cincuenta años, una rebeca de punto distinta cada estación, y una manera de cruzar las manos sobre el cuaderno que dice tenemos todo el tiempo del mundo , que es la primera mentira de la sesión y la única que dice ella.
—¿Qué tal ha ido el fin de año? —empieza.
—Tranquilo.
—¿Sola?
—Con las mariposas. —Le doy la sonrisa que tranquiliza, la que tengo ensayada para ella—. Estoy bien, Elsa. Duermo mejor. Como. Salgo a andar por las mañanas.
Le sirvo las tres palabras que necesita, en orden: dormir, comer, salir.
Fenoll las recibe y no las apunta, que es como sé que no se las ha creído.
Cuando me cree, apunta; el bolígrafo es su polígrafo al revés, se mueve cuando le digo la verdad y se queda quieto cuando le miento, y ella no sabe que yo leo su bolígrafo como ella lee mi muñeca. Cuando no me cree, me mira.
Hoy me mira.
—Cuénteme del trabajo —dice.
Aquí voy con cuidado, porque el trabajo es lo que no puede quitarme y ella lo sabe, y todo lo demás de la sesión es una escaramuza para llegar a esto sin que se note.
No le hablo de un asesino. Con Fenoll he aprendido a lijar las palabras: no digo Lepidopterista, no digo serie, no digo firma.
Digo casos fríos. Digo que colaboro con la unidad del inspector Vidal, que reviso datas de muerte antiguas, que aporto criterio entomológico donde en su día no lo hubo.
Todo cierto. Todo dicho en el tono con que se cuenta una afición sana, un voluntariado, un puzle para una jubilada anticipada.
Nada que preocupe a nadie. Lijo tanto las palabras que a veces, oyéndome, casi me creo la versión lijada, y ese es el único momento de la sesión en que bajo la guardia, cuando casi me creo a mí misma, y Fenoll, que lleva tres años esperando ese momento, lo aprovecha siempre.
—¿Y le sienta bien? —pregunta.
—Me mantiene la cabeza en algo.
—No le he preguntado si le mantiene la cabeza ocupada. Le he preguntado si le sienta bien. No es lo mismo.
No es lo mismo, no. Fenoll también lija las palabras, y las suyas cortan más porque las afila menos. Por eso llevamos tres años.
—Me sienta bien —digo, y lo digo despacio, con peso, porque es mi mejor carta y hay que jugarla sin que parezca una carta—. Es lo que me hace levantarme. Si me lo quita, no sé con qué me quedo. Usted lo sabe.
Y ahí la tengo. Porque Fenoll sabe que es verdad, sabe que el trabajo es el único suelo que piso, y una psiquiatra no le arranca a nadie el único suelo que pisa por muy torcido que le parezca el suelo.
Se lo he puesto delante como se le pone a alguien un dato que no puede rebatir, con la misma técnica con que le pongo a un juez una data que no admite discusión: no se discute, se acata.
No me lo va a quitar. Lo veo en cómo baja un segundo la vista al cuaderno y no escribe.
—Nadie le va a quitar nada —dice—. ¿Puedo pedirle una cosa, a cambio de no pedirle ninguna otra?
—Puede.
—Usted mide a todo el mundo. Le mide la hora a la gente por los bichos, con una precisión que a mí me da vértigo. —Junta un poco más las manos—. Mídase usted. Esta semana. Cuando note que el cuerpo se le va por su cuenta, no lo corrija enseguida. Sólo fíjese. Qué lo dispara. Nada más.
—Qué lo dispara —repito, como si tomara nota, para que crea que la tomo.
—Eso.
Y entonces, sin pretenderlo, mientras lo repito, la mano izquierda se me va sola a la muñeca contraria, el gesto de siempre, ese que hago sin permiso.
Es medio segundo. Aparto la mano en cuanto me doy cuenta.
Pero Fenoll lo ha visto —le he visto verlo, los ojos que bajan a mi muñeca y vuelven a mi cara sin cambiar de expresión, que es su manera de guardar una cosa para después— y por un momento el sillón bajo me molesta más de lo que me molesta nunca, y entiendo que la petición de que me mida no era una petición: era una trampa, y la trampa ya ha funcionado, porque me acabo de medir delante de ella sin querer, y ella lo ha anotado en el único cuaderno que le importa, que no es el de la mesa.
—El objeto de todo esto —dice ella entonces, con un cuidado nuevo, tanteando el hielo antes de pisarlo—. De los casos. De las niñas. Vera, cuando habla de las víctimas… ¿de quién habla?
—De las víctimas.
Lo digo sin un temblor. Sostengo el silencio que viene después, que es largo, que es su mejor herramienta, y no me caigo dentro.
Cuento hacia atrás por dentro, sin que se me note, siete casos por su número, CF-cero-ocho-uno-dos, cero-siete-cuatro-cuatro, para tener la cabeza ocupada en algo que no sea la pregunta, para llenar el silencio de números y que no quepa dentro lo que ella espera que quepa.
Fenoll espera. Yo espero más. Gana quien tenga menos que perder en el silencio, y hoy esa soy yo, porque yo sé de qué no quiero hablar y ella sólo sospecha, y entre saber y sospechar hay toda la ventaja del mundo.
Cede primero. Descruza las manos.
—Está bien —dice—. Lo dejamos aquí. Nos vemos en dos semanas.
Me levanto. He ganado los cuarenta y cinco minutos.
Salgo a la sala de espera con la ligereza precisa de quien no ha soltado nada, saludo con la cabeza a la paciente que evita mirarme, le digo a la recepcionista la fecha de la próxima, bajo en el ascensor de vainilla, salgo a la calle.
Ha ido bien. Fenoll no me quita el trabajo, no ha entrado, no ha llegado a la palabra que rondaba y que las dos sabíamos que rondaba. La sesión ha sido mía.
Estoy tan segura de que ha sido mía que no se me ocurre pensar en lo que Fenoll escribe cuando cierro la puerta.
CENTRO MÉDICO [—] · Dra. E. Fenoll · Psiquiatría Paciente: V. S. Sesión 71. 3 de enero.
Acude puntual, cuidada, colaboradora. Discurso organizado, funcionamiento cognitivo intacto. Se mantiene la paradoja de riesgo: cuanto más conservada la función, más sólida y menos accesible la construcción.
Persiste el duelo no elaborado con reelaboración de carácter delirante-persecutorio.
La paciente externaliza por completo la agencia de la pérdida sobre un constructo (verbalizado hoy como «los casos», «la unidad»).
El constructo cumple función homeostática: la sostiene y la organiza.
Contraindicada su retirada abrupta; hacerlo sin alternativa de sostén podría precipitar descompensación grave.
Continúa la evitación del objeto del duelo. No lo nombra. Hoy, al aproximarme, redirige de nuevo «la pérdida» hacia «el trabajo», con recursos verbales notables. Sabe lo que hace; ahí reside la dificultad.
Observo activación somática ante el acercamiento (gesto de automonitorización de pulso, reiterado, no consciente). Refiere, de manera indirecta, mala tolerancia a estímulos de la primera infancia. Trabajar tolerancia. No forzar el insight.
Plan: mantener frecuencia quincenal. No confrontar el constructo. Vigilar proximidad de fechas señaladas del calendario personal.
(Margen, no clínico: hoy tampoco me ha dejado entrar, y yo tampoco he empujado. Habrá que decidir cuál de las dos cobardías le está haciendo más daño. No hoy.)