6. Amelia, dos años
Leo los cuatro párrafos. Los leo despacio, como leo todo, buscando lo que el periodista no sabía que estaba escribiendo.
El periodista tenía prisa y decencia, que en un caso así vienen juntas: no da la calle, no da el apellido entero, no cuenta si había una verja sin cerrar o una puerta corredera que alguien dejó abierta el tiempo de contestar una llamada.
«La familia, muy conocida en la localidad, no ha querido hacer declaraciones.
» Traducido: la familia se ha encerrado y el pueblo ha decidido no mirar, que es la forma que tienen los pueblos de ser piadosos, no mirar.
«El segundo ahogamiento infantil este verano en la comarca.
» El primero también se cerró como accidente.
Los veranos se llevan niños a las piscinas con una regularidad que asusta y que nadie llama patrón porque llamarlo patrón sería insoportable.
Y ahí está. «Cayó a la piscina.» Una niña de dos años no cae a una piscina y se queda dentro sin más.
Una niña de dos años se cae, sí —a esa edad la cabeza pesa más que el resto y basta asomarse—, pero luego el agua la mueve, la lleva a un rincón, la deja de cualquier manera contra el skimmer, boca abajo, con el pelo abierto en la superficie como una medusa pálida.
Así encuentran a los que se ahogan solos: mal puestos, sin dignidad, doblados donde los dejó la corriente, con la cara para abajo, que es lo peor para el que llega, la cara para abajo.
A Amelia la encontraron boca arriba. Eso no lo dice el recorte, pero lo sé, porque él todavía no sabía hacerlo bien y a los que empiezan se les nota el cuidado torpe: la sacó al escalón, o la giró en el agua, la puso boca arriba, con la cara fuera, para que lo primero que viera la madre al llegar corriendo no fuera el pelo flotando sino una cara, aunque fuera esa cara.
La primera vez todavía dudaba. La mariposa, si la hubo, sería pequeña, mal colocada, una prueba de ensayo que la Guardia Civil apartó con la manga sin verla.
Con Amelia aprendió. Con Concha, dos años después, ya no dudaba.
Y entonces vuelvo a la primera línea, para fecharla en el esquema, y la leo otra vez sin querer.
Una niña de dos años.
Dos años.
No pasa nada durante un segundo. Después el corazón me da un golpe raro, uno solo, fuera de sitio, como cuando un peldaño no está donde el pie lo esperaba.
Me llevo dos dedos a la muñeca izquierda antes de decidir hacerlo.
Cuento. Ciento seis. Respiro por la nariz, cuatro tiempos, suelto.
Vuelvo a contar. Ciento ocho. No baja. Es la primera vez en mucho tiempo que hago lo que siempre me funciona y no me funciona, que le doy al cuerpo la orden que obedece siempre y el cuerpo no obedece, como si hubiera dejado de ser mío por un rato, como si el pulso lo llevara otra desde otro sitio.
Miro la palabra en el papel. Dos años. No es información nueva.
Sé la edad de las siete de memoria, la de Amelia la sé desde el primer día, la he escrito yo misma en el esquema hace semanas sin que me temblara el pulso.
He leído «dos años» en informes cien veces, mil, la he dicho en voz alta en un juzgado, la he escrito en una casilla al lado de una foto peor que esta.
Es la misma niña de siempre, la misma cifra. No ha cambiado nada en el papel.
Ha cambiado algo en mí y no sé qué, y no saber qué es lo que menos soporto, porque yo soy la que sabe, la que le pone nombre a lo que a los demás sólo les da miedo, y una cifra en un papel me ha quitado eso, me ha dejado del otro lado, en el sitio del que no sabe.
Dejo el bolígrafo. Me levanto. Necesito que la casa deje de estar tan quieta.
Salgo a la calle. Es dos de enero, hace un frío limpio y la ciudad tiene esa resaca floja de después de las fiestas: comercios a medio abrir, luces de Navidad encendidas de día porque nadie las apaga hasta Reyes, gente arrastrando la basura de la cena de anoche, un contenedor de vidrio reventando de botellas.
Camino sin sitio adonde ir, que es lo que hago cuando el cuerpo no me obedece: lo canso, lo saco a andar como se saca a un perro, a ver si así se calla.
Bajo hasta la plaza, doy la vuelta a la fuente apagada, vuelvo.
El pulso afloja un poco con el movimiento.
Empieza a portarse. El frío en la cara ayuda; el frío es un dato, y a los datos sé mandarlos.
Y entonces, en la esquina de la panadería, hay una madre agachada abrochándole el abrigo a un niño pequeño.
Muy pequeño. Dos años, calculo, porque calcular edades es lo que hago, lo hago con los huesos y lo hago con los vivos igual, aunque nadie me lo pida, y este tiene dos años: la cabeza todavía grande para el cuerpo, esa desproporción que se corrige sola con los años y que a los dos está en su punto más tierno y más torpe, la manera de no tenerse del todo de pie, de fiarlo todo al dedo de la madre, la mano gorda con hoyuelos en los nudillos agarrada a ese dedo como quien se agarra a lo único que hay.
Se ríe de algo, de nada, de que la madre le sopla en el cuello para abrigarlo.
Una risa de dos años, esa que se corta en seco y arranca otra vez sin razón, la risa que todavía no sabe que existan las razones para no reírse.
Me paro. No decido pararme; me paro.
Ciento diez. Ciento doce. La respiración por la nariz no hace nada.
El dorso de la mano derecha me tira, la piel pálida que se estira raro con el frío, y me la meto en el bolsillo como si eso lo arreglara.
La madre levanta al niño, se lo pone en la cadera con el gesto automático de quien lo hace cuarenta veces al día, sin pensar, y el niño me mira por encima del hombro de ella con la cara redonda y seria de los que todavía miran a los desconocidos sin miedo, porque nadie les ha enseñado aún de qué hay que tenerlo.
Me mira a los ojos, sin saber que se mira a los ojos con nadie, con esa gravedad de los muy pequeños que es lo más parecido a la de los muertos que hay entre los vivos.
Y no aparto la vista, y no sé por qué no aparto la vista, y el pulso me sube a un número que ya no cuento.
Me doy la vuelta. Vuelvo por donde he venido, más deprisa de lo que he salido, contando pasos en vez de pulsaciones porque los pasos sí me obedecen, uno, dos, tres, hasta la esquina, hasta perder de vista la panadería y la cadera de la madre y la cara del niño que me miraba sin miedo.
No entro en la panadería. No compro pan. Mañana le diré a Nuria que hoy tampoco tenía hambre, que es más fácil que explicarle esto, entre otras cosas porque esto no sé explicármelo ni a mí.
En casa, la calefacción a dieciocho, la mesa como la dejé, Amelia boca arriba en cuatro párrafos de periódico.
Y hago justo lo contrario de lo que me pide el cuerpo.
El cuerpo me pide guardarla, apartarla, dejarla para otro día en que el pulso vuelva a ser mío.
No la guardo. Yo no dejo nada sin terminar, y menos hoy, y menos voy a consentir que una cifra —dos años— me quite de las manos un trabajo que sé hacer dormida.
Me siento. Enciendo el foco. Y termino a Amelia entera, con la mano firme aunque el pulso no lo esté, porque la mano y el pulso son dos cosas distintas y yo llevo toda la vida entrenando a la mano para que no le haga caso al pulso.
La reconstruyo del todo. La escena: la piscina, la hora, la temperatura del agua un día de agosto, el tiempo que tarda una niña de doce kilos en dejar de flotar.
Le pongo lo suyo, las alas extendidas sobre el pecho, la primera, la torpe, y lo hago con más detalle del que pide el caso, con un cuidado que no me exige Amelia sino yo: la orientación exacta de la mariposa, la especie, el sexo del ejemplar, cosas que ningún juez me va a preguntar nunca porque no hay juez, no hay causa, no hay más que un recorte de cuatro párrafos, pero yo relleno cada casilla como si mañana tuviera que defenderla, hasta que la ficha queda cerrada, impecable, sin un cabo suelto.
Trabajo deprisa y bien, que es como trabajo cuando no quiero pensar, y no pienso.
Y cuando acabo con Amelia, sin levantar la vista, alargo la mano hacia la carpeta siguiente, porque el problema no es trabajar; el problema es parar.
Parar es cuando vuelve la cifra. Parar es cuando vuelve la cara redonda del niño de la panadería mirándome sin miedo.
Es la mano izquierda la que me frena. Se me ha ido otra vez a la muñeca contraria, sola, y lleva un rato contando por su cuenta un pulso que no consigo bajar desde la panadería.
Ciento dos. La retiro. Abro la carpeta siguiente.
El trabajo no me baja el pulso; sólo lo tapa.
Y esta noche, como casi todas, me conformo con taparlo, porque tapar es lo que sé hacer, y hay noches en que saber tapar es lo único que hay entre una y el suelo.